UNA NOVELA
Había entonces, en la vera del camino, a la derecha, antes de llegar a la plazoleta en donde está situada la iglesia y el pueblo de Tena, sobre una pequeña eminencia, una casa arruinada, cuyos muros estaban cubiertos por las lianas que crecen rápidamente en tierra caliente; los espaciosos patios empedrados, llenos ya de escobo y de maleza; y lo que habría sido la portada, formada por enormes piedras, derruida entonces, presentaba como un arco de verdura, esmaltado por flores de batatilla, formando todo un paisaje melancólico y poético.
Allí había pasado un drama a fines del siglo XVII,el cual vamos a referir.
El pueblecito de Tena se componía entonces de un grupo de chozas pajizas de indios reducidos, pero indolentes y perezosos, que se limitaban a sembrar lo absolutamente necesario para vivir, al rededor de una iglesia sencilla y humilde, y en la cual el venerable sacerdote, que era cura, los reunía con frecuencia para enseñarles la doctrina, obligándolos a asistir todos los domingos a la misa.
La hacienda se componía de la gran casa que se veía arruinada ya, pero que antes presentaba un aspecto imponente, levantándose airosa y elegante en medio de un bosque de naranjos y otros árboles frutales, y reflejando sus blancos muros de piedra, y rojos tejados, al brillante sol de la tierra caliente.
Había una enramada pajiza, en la cual crujía eternamente un trapiche de madera, movido por mulas. De éstas, unas cincuenta estaban alrededor de la ramada, comían el bagazo de la caña y esperaban servicio. Y la hacienda era servida por una cuadrilla de esclavos, muchos de los cuales eran congos recientemente importados de Africa, y otros, aunque nacidos en el país, conservaban las costumbres africanas de sus padres. Iban casi desnudos, y en sacando su tarea en el trapiche, se tendían en las anchas hamacas a fumar tabaco o a dormir indolentes.
A la cuadrilla había pertenecido antes un mulato nacido esclavo por ser hijo de negra, pero este mulato, a fuerza de constancia, de trabajo y de audacia, había reunido con qué comprar su libertad; y libre ya, se había retirado a vivir solo en el fondo de las selvas que cubrían el otro lado del río Bogotá, y de cuando en cuando aparecía en el pueblecito de Tena, sin que nadie supiera por dónde había vadeado el río. Venía siempre armado de un largo cuchillo de monte.
En torno de la pequeña población sólo había selvas espesas, impenetrables y sombrías; y a lo lejos se oía el ruido del fragoroso Bogotá, que en inmenso torbellino y con olas agitadas corría entre enormes piedras; y apenas los más audaces de los vecinos se atrevían a llegar hasta su orilla, pero sin que nadie osase pasar al otro lado.
La hacienda pertenecía al señor Elicechea, padre de una familia numerosa, de la cual Lucía era la hija mayor, y como tal la preferida, concentrando en ella el padre su amor, su porvenir y su esperanza. Ella, criada en medio de las selvas, tenía un carácter entusiasta, independiente y medio salvaje, pero era sumisa y amante con su padre; y la familia toda formaba un núcleo encantador de pocos afectos y de costumbres sencillas. Nada alteraba la soledad de esas regiones ni turbaba la tranquilidad y el sosiego de esta familia. Los años pasaban; Lucía era cada día más hermosa, y la vida para ellos era dulce y feliz, en ese clima encantador y bajo ese cielo azul que todo lo embellece.
De cuando en cuando algún viajero que iba de Santafé para el Magdalena, atravesaba por el camino de Tena, y si por casualidad el padre estaba en el corredor de su casa, lo invitaba a entrar y le pedían los de la familia noticias de Santafé, que venían todos a oír, rodeando al viajero. Esto era cuanto llegaba a Tena del ruido del mundo, y cuanto Lucía sabía de él, sin embargo de que en sus sueños de joven se lo imaginaba magnífico y deslumbrador.
Conocióla y enamoróse de ella un joven Doronzoro, hijo del dueño de la cercana hacienda de Doima, y Lucía le correspondió, entablándose entre los dos unos sabrosísimos amores.
Acabadas las tareas en el trapiche de Doima, Doronzoro montaba en su mula y atravesaba, ya de noche, la sombría montaña y el estrecho sendero que entonces era el camino real, y cuando de lejos, al dominar la cordillera, veía la luz que en una de las ventanas de la casa de Lucía reflejaba, su corazón palpitaba de emociones, y lleno de esperanzas apresuraba el paso de su mula para llegar más pronto a donde lo aguardaba su hermosa prometida.
Ella pasaba el día soñando con sus amores, y, al anochecer, se vestía con un traje blanco, ceñida la cintura con una cinta, y trenzada su blonda y larga cabellera. Encendía una luz y la colocaba en donde él la pudiera divisar de lejos, y llena de amor y de ansiedad esperaba su llegada.
¡Qué de pláticas amorosas en el ancho corredor que había en la casa, que dominaba el camino y al cual llegaban los sordos ruidos de la selva en la noche y los perfumes de que estaba impregnada la atmósfera! ¡Cuántos castillos aéreos, fantásticos, hermosos, levantados en el porvenir por sus cerebros juveniles! ¡Qué de sueños dorados y de esperanzas color de rosa!
Los dos enamorados platicaban sabroso hasta las diez de la noche, hora en que la familia acostumbraba retirarse, y en la cual él, tomando su mula, volvía a recorrer el camino que pocas horas antes había pasado lleno de ilusiones.
En una de estas noches en que el joven volvía a su morada, sonó en medio de la selva un tiro, vióse una llamarada, y la mula espantada y jadeante, al escape, condujo a su amo a la casa de la familia. La mula apareció con tres pequeñas heridas, como de balines de un trabuco, pero al joven nada le había pasado.
Hiciéronse las mayores investigaciones. El alcalde de Tena tomó vivo interés en descubrir al autor de ese atentado; pero todo fue inútil, pues en el pueblo nadie poseía un arma de fuego; y por otra parte, el joven Doronzoro no tenía enemigo ninguno y nadie podía explicarse, por lo mismo, el motivo de esta alevosía.
El tiempo fijado para el matrimonio llegó. Las dos familias hicieron para celebrarlo costosos preparativos. Se mandó a Santafé por todo lo necesario para que la ceremonia tuviese lugar con la mayor solemnidad. Hubo convidados de La Mesa de Juan Díaz y sus alrededores, de Tocaima, y hasta de Santafé vinieron los parientes de la novia, que eran de las primeras familias de la ciudad.
Un domingo el pueblecito de Tena, iluminado por un sol magnífico y brillante, aparecía como ataviado para una fiesta de Corpus.
En las chozas de los indios habían colgadas ramas de palmas de cuesco; y la cuadrilla de negros desplegada desde la iglesia hasta la casa do habitación, teniendo cada uno de ellos, hombres y mujeres, un ramo de flores silvestres, formaba una calle por en medio de la cual debía pasar la novia a recibir la bendición.
Hubo en la iglesia una misa solemne, cual nunca se había oído en esas regiones, pues habían traído de la capital una buena orquesta; y en aquel país agreste y rodeado de selvas, los cánticos místicos y la música sagrada producían un efecto maravilloso sobre la multitud.
Concluida la ceremonia, la boda salió de la iglesia para la casa, en una especie de procesión, precedida por los novios y seguida de todos los convidados, quienes habían llevado sus vestidos de la corte; las mujeres con trajes de brocado y grano de oro y plata, que lucían magníficos a los reflejos del sol, y los hombres con grandes casacas de color, chalecos bordados con piedras preciosas y calzón corto hasta la rodilla, formando todos un abigarrado conjunto del mayor lucimiento.
Lucía, del brazo de su esposo, apoyándose fuertemente como para sentir bien que en efecto le pertenecía, iba más pálida que siempre. Sus grandes ojos, lánguidos, serenos, estaban humedecidos por las lágrimas; pero su boca sonreía felizmente, y enviaba a todos los que la saludaban una palabra de cariño.
Eran las doce del día, el sol radiaba suntuoso en medio de un cielo despejado y sin nubes; los árboles del camino, de un verde brillante, movidos por una blanda brisa, parecía que se inclinaban para saludar a la feliz pareja; los negros de la cuadrilla, con mil gestos y posturas originales, le manifestaban a su ama el amor que le tenían y el regocijo que sentían, y los indios iban atrás del cortejo echando voladores y tocando tambor y chirimía.
El día se pasó en fiestas, bailes, cantos y refrescos; y la imaginación se representa aún a las parejas danzando en los hoy derruidos salones; a los hombres alegres, bebiendo el buen vino de España; y a los amantes buscando los sitios misteriosos para cambiar sus caricias y hacerse confidencias.
Al anochecer los convidados empezaron a despedirse. Las mulas que los habían conducido fueron traídas al frente de la casa y hacían un grande alboroto, y damas y caballeros montaron para irse. Las amigas le daban un estrecho abrazo a Lucía y los ancianos la bendecían con ternura. Doronzoro, ayudando a montar a las señoras y despidiéndose de sus amigos, en medio del bullicio que hacían las cabalgaduras impacientes por salir, de los gritos de adiós que daban todos, y de los abrazos de los padres, parecía multiplicarse, atendiendo a todos y a todo, cumpliendo así con los deberes sociales.
Cuando volvió al salón donde estaba Lucía, la llama, la busca, interroga a todos por ella. Todo inútil. ¡Lucía había desaparecido!
Mientras que reinaban el bullicio y la algazara de la despedida, aprovechando un momento en que ella atravesaba sola el espacioso corredor, el mulato se lanzó sobre ella, la arrebató, le tapó la boca y montando precipitadamente en una briosa mula, partió con ella por en medio de las selvas agrestes y desconocidas. Lucía aterrada, sorprendida, absorta, sin saber lo que le pasaba, cayó en un lánguido desmayo, y como leve carga se dejó llevar sin poner obstáculo ni hacer resistencia. El mulato llevándola adelante de la montura, con un cuidado y un esmero extraordinarios, caminó muchas horas por en medio de la montaña y por senderos que sólo él conocía. Sería media noche cuando llegó a la orilla del río Bogotá, que bramaba impetuoso y terrible, porque estaba crecido, y sus ondas eran grandes cataratas que caían con un ruido siniestro y aterrador.
La luna brillaba en occidente con una luz plácida y serena, y sus rayos, que al través de las ramas de los inmensos árboles pasaban, daban al paisaje un aspecto melancólico y triste, e iluminaban la cara pálida y yerta de Lucía, a quien el mulato, al llegar a la orilla del río, había depositado sobre un lecho de verdura.
El mulato quitó el freno a la mula, echó los estribos sobre la montura, la condujo de cabestro hasta la orilla y le dio una palmada en el anca. La mula olió el agua, dio un fuerte resoplido, intentó resistirse, pero forzada por su amo, dio un gran salto y se lanzó al río a luchar con las olas embravecidas para ganar el otro lado.
Desde mucho tiempo antes el mulato a fuerza de trabajo, constancia y maña, había logrado poner de la una orilla a la otra del río, atada a las ramas de los más gruesos árboles, una cuerda formada de rejos y de bejucos, y de la cual estaba suspendida una barbacoa o cama, hecha de cañabrava, por medio de un gancho que pasaba sobre la cuerda. Esta tarabita le servía, con frecuencia, para venir al pueblo de Tena; y él mismo la manejaba, sentándose en la barbacoa y cogiendo el rejo con las manos, la impulsaba con un esfuerzo inaudito.
Esa noche tomó a Lucía en los brazos, subió por el tronco del árbol, al cual estaba atado el rejo de la tarabita, la acostó en la barbacoa cuidadosamente, y luego, en pie en la misma barbacoa, le dio un empuje formidable, y empezó la difícil travesía.
Cuando aún no había llegado a la mitad del río, pero muy distante ya de la orilla para poder regresar, se sintió cansado, mas hizo un nuevo esfuerzo y la barbacoa adelantó algunas varas. De repente se siente desfallecer; no puede ya permanecer en pie, los brazos rendidos aflojan la cuerda que lo sostenía, y el mulato se fue al abismo por donde corría el río amenazador y terrible, lanzando un grito espantoso, mezcla de dolor, de rabia y de desesperación.
La noche en la casa de la hacienda había sido de ansiedad y de angustia. Se mandaron postas en todas direcciones en solicitud de alguna noticia sobre el paradero de Lucía. Los criados exploraban todos los alrededores, y la cuadrilla de negros, puesta en movimiento, hacía investigaciones y buscaba por todas partes.
La madre, inconsolable, lloraba creyéndola para siempre perdida y quizás muerta. El padre melancólico, sombrío, callado, trataba de descifrar este misterio espantoso, pero en vano. Doronzoro anhelante, loco, desesperado, iba de un punto a otro, corría en todas direcciones, sin conciencia de lo que hacía; lanzaba gritos aterradores y terribles al aire, o llamaba a Lucía con acento tierno y dulce, como si ella lo escuchara y pudiera venir a sus súplicas.
Ya al amanecer un negro de la cuadrilla descubrió las pisadas de una bestia impresas en el fango de un sendero estrecho y desconocido; y tomando a Doronzoro de la mano lo llevó con él, dándole algunas esperanzas. Tras ellos siguieron el padre, todos los criados y los negros de la hacienda.
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La Tarabita |
Caminaron muchas horas, siguiendo siempre las huellas impresas en el lodo. En un lugar estrecho encontraron prendido de la rama de un árbol un jirón del velo de la novia, y esto animó sus esperanzas, y redoblaron la carrera con la ilusión de encontrarla.
Era ya bien claro el día cuando Doronzoro y el negro, llegaron los primeros a la orilla del río, que reflejaba como con ondas de diamante a los rayos del sol que brillaba magnífico en Oriente. ¡Qué visión se presentó delante de Doronzoro!
En medio del éter impalpable y luminoso, suspendida como por milagro en el aire, sobre el abismo, vio a Lucía arrodillada en la barbacoa, risueña, y enviándole besos.
¡Pero ay, él no podía llegar hasta donde ella estaba, arrancarla al peligro, quitarla del abismo y estrecharla entre sus brazos!
Intentó varias veces lanzarse al río y con esfuerzo inaudito pararse en la mitad y recibir en sus brazos a Lucía, si acaso se caía. Otras veces se imaginaba poder llegar hasta ella, caminando sobre la cuerda y sosteniéndose en los gajos de los árboles que caían sobre el río; pero viendo todos sus esfuerzos inútiles, se limitó a hacerle señas a Lucía para que estuviese tranquila mientras se tomaba alguna providencia.
Entre tanto el padre y todos los criados llegaron, y con una calma que a Doronzoro desesperaba, formaron una cadena de hombres que sosteniéndose unos de los otros, pudo llegar el último hasta una piedra que había en medio del río y que no estaba cubierta por las ondas. Sobre los hombros de éste se encaramó un negrito que pudo atar una cuerda a uno de los extremos de la tarabita, y tirando todos de esta cuerda, fue arrastrada la barbacoa lentamente. Y como Venus, por encima de las ondas, Lucía llegó a la orilla, sana y salva, entre los transportes de amor de su esposo, los de ternura de su padre y los gritos de alegría de la multitud.
Pero ¡ay! en el beso de supremo amor que a su novio le dio, se fue la vida que hasta entonces la había sostenido; se fue su alma candorosa y amante, se fue su razón comprimida por tantas horas de angustia y de peligros, y cayendo como aletargada en los brazos de su amante, al despertar ya estaba demente; y así duró por muchos años, vagando por los caminos e internándose en la floresta.
A su muerte, que no fue muy lejana, los padres abandonaron, llenos de dolor, los sitios en donde habían vivido tantos años felices; la hacienda decayó, y la casa empujada por los años se veía derruida a la orilla del camino.
La hacienda de Tena, del poder de las hijas del coronel Briceño pasó al del doctor Francisco Javier Zaldúa, abogado distinguido de Bogotá, quien sólo iba allí como a temperar; sus inmensos terrenos permanecieron por mucho tiempo incultos, y ni él ni nadie preveía el inmenso valor que después adquirieron.
Compraron la hacienda los señores Julio y Pablo Barriga, verdaderos plantadores de la industria y de la civilización y del progreso (los mismos fundadores de la ferrería de La Pradera); dividieron la tierra en pequeños predios que arrendaron, de modo que hoy en cada colina se ve una habitación y en cada valle un cortijo; sembraron de caña la fértil vega que da al Bogotá; establecieron un ingenio movido por agua, que devora las cañas como un monstruo insaciable y voraz, y fundaron en la parte alta de la hacienda un cafetal con medio millón de árboles que ya producen frutos.
Del poder de los señores Barrigas pasó la hacienda al del señor Alejandro Urdaneta; y muerto este caballero se dividió la hacienda entre la señora, su viuda, y los señores Fould Fréres, de París, y cada una de las partes de ella da una renta como la de un nabab de la India.
La situación de Tena es encantadora. Está en medio de colinas verdes que semejan cojines de terciopelo, y la suavidad del clima convida, como el de Italia, al amor, a la voluptuosidad y a la poesía. Las flores de batatilla, los rojos chochos, el agrás, crecen espontáneamente y esmaltan la pradera. Enhiestas guaduas se mecen elegantes, al compás de una brisa perfumada, y un arroyo que de la alta sierra se desprende, atraviesa la alegre aldea y la llena de ruidos.
Hoy, además de las casas pajizas que forman la población, está la casa de teja de la hacienda, que es grande, cómoda y hermosa; y el señor Carlos Rodríguez ha construido una hermosa quinta que pudiera rivalizar con las famosas villas de Niza o Montecarlo.
Débese el camino que hoy existe de Tena a La Mesa a una junta que se reunió en esta ciudad (y con dolor omitimos los nombres de sus miembros por ignorarlos), presidida por el doctor Benigno Guarnizo, y auxiliada por el gobernador, con fondos de la provincia.
El doctor Benigno Guarnizo nació en la ciudad de La Mesa, en el departamento de Cundinamarca, y muy joven aún vino a Bogotá, cruzó la beca blanca del Colegio del Rosario y adquirió el amor a la libertad que parece innato en todos sus hijos, y que es engendrado por la dignidad e independencia personal que allí se adquirían y por la práctica del gobierno propio en que desde temprano se tomaba parte, conforme a las instituciones que lo regían. Decía, a propósito de este colegio, en el senado, el doctor J. A. Pardo, defendiendo su autonomía: «El día en que el rey de España aprobó aquellas instituciones firmó la independencia de la Colonia». Y es sin duda por esto por lo que siempre se le ha mirado de reojo por los amigos del poder absoluto; y por lo que fue atacado y destruido o arrebatado por Morillo, el Pacificador en1816;por Mosquera cuando fue dictador y por todo gobierno absolutista.
Allí estudió Guarnizo filosofía y derecho, se graduó de doctor en la Universidad Nacional y obtuvo el título de abogado de los tribunales de la república. Esta ha sido la carrera de todos los jóvenes decentes en el país por un largo período de tiempo; pero el empleo que han hecho después de sus títulos y de su ilustración, ha sido en todos muy diferente. Unos, al volver de la universidad a su país natal, han fundado aristocracias ridículas y héchose reconocer como los grandes hombres de su tierra, favoreciendo y viviendo de las imposiciones sobre el pueblo, de contribuciones abrumantes y de los monopolios exclusivos. Otros, abusando de su saber, han explotado la ignorancia general del país. Rábulas odiosos han caído como buitres sobre la herencia de la viuda y el dinero del huérfano; han fundado tribunales propios, donde la justicia se ha vendido en pública subasta; y hasta han organizado partidos que poco se preocupaban de las ideas, de los principios de la República, sino sólo de la riqueza de cada uno de sus miembros. Por último, otros, y éstos han sido muy pocos, han devuelto a la sociedad en servicios los dones de ciencia y de virtud que ella les dio, y se han dado a servir al pueblo donde nacieron.
De estos últimos fue el doctor Guarnizo quien, en la esfera que le tocó, como alcalde de La Mesa, síndico, concejero, diputado a las asambleas de la provincia de Bogotá, representante al congreso en varios períodos, fiscal del tribunal de Cundinamarca, y gobernador de la provincia de Tequendama, y en todos los puestos que ocupó, en todos los actos de su vida privada, y en todas las ocasiones que se le presentaron, mostróse liberal, despreocupado y demócrata.
Cuando el partido liberal vino al poder en1849, la república entera se estremeció llena de temor, de esperanzas y de alegría, como la mujer que siente palpitar en su seno el fruto de un legítimo amor, que pronto va a venir, y que siente los dolores del alumbramiento y la infinita dicha de ser madre. En esa época, en que apenas había un presentimiento de los destinos a que estaba llamado aquel partido, en el cerebro de algunos jóvenes bullía el germen de las grandes ideas, y en algunos pechos generosos el impulso que lleva a las nobles acciones, y en todos el entusiasmo irreflexivo que apasiona a las multitudes y las pone del lado de la causa del bien, para que triunfe; en aquella época memorable en que se emancipó la Iglesia, se derribó el cadalso, se libertó a los negros, se fundó la justicia, se establecieron escuelas, se abolió el diezmo, se eliminó el ejército, se dio libertad absoluta al pensamiento, a la palabra y a la prensa, se descentralizaron las rentas y se elevó la dignidad humana a la altura de la divinidad, entonces el doctor Guarnizo estuvo en su puesto, ayudando a sus amigos y defendiendo al pueblo contra los embates de la reacción aristocrática y absolutista.
En un país como Colombia, ser liberal es como haber sido en Roma Espartaco, y haber abrazado la causa de los siervos; todas las maldiciones de los dioses, todo el odio de los sacerdotes, todo el encono del público, toda la desconfianza de la sociedad, toda la irritación del fanatismo, todo el despecho de los intereses heridos, y el alarma que sus ideas infunden, lo rodean por todos lados, lo asedian, lo persiguen, y envenenándole las aguas, incendiándole todo asilo, talando sus cosechas, no le queda al hombre libre más recurso que morir, no con el muslo atravesado por una flecha como Espartaco, sino con el corazón hecho pedazos por la desesperación. Y haber sido liberal como el doctor Guarnizo por una larga vida, y liberal inquebrantable, es un título de recomendación que el porvenir no deberá olvidar.
Encorvados bajo el peso de las preocupaciones, los colombianos viven como esas cariátides de piedra condenadas a sostener el peso de los grandes edificios, que no pueden jamás levantar la cabeza a contemplar el cielo y el espacio, y sólo alcanzan a ver lo que se humilla, lo que se abate, lo que se dobla, ante la inmensa preocupación, y, lo que es peor, ven la fama, el nombre, la reputación, la gloria, como guirnaldas que van cayendo al suelo arrojadas por una opinión corrompida y viciada por la Regeneración. A esto debe atribuirse lo fácil que es imponerles a los colombianos un nuevo peso, alzarse con el poder, y estando arriba, los traidores ser adorados como dioses, y obedecidos como señores los perjuros y los infames, con tal de que ellos se doblen también al peso de la preocupación.
Y convertirse en cariátide y sostener a estos perjuros es una acción meritoria que se premia con tanto más esplendor cuanto más liberal ha sido un hombre; pero el doctor Guarnizo no fue jamás de estos favorecidos de la sociedad: justo es tributarle este digno homenaje.
En bien o en mal, difícil es decirlo, sólo el tiempo, que mata las pasiones y realza las virtudes, vendrá a sentenciar y a decidir si la generación que se ha levantado se aparta de la generación que ya se extingue, como fueron diferentes los hombres de la revolución francesa, inspirados por la filosofía del sigloXVIII,de los hombres que desde Napoleón han vivido en Francia, y soportado las monarquías de los Borbones, de los Orleans, y al NapoleónIII,hasta que apareció la República. Por lo mismo es preciso que los que hoy veneran las instituciones liberales que sus padres fundaron y que han sido derruidas como a impulso del huracán; los que guardan fieles la memoria de sus padres, no borren siquiera los nombres de los que contribuyeron a fundarlas, y amantes conserven la tradición de la virtud.
Para esto, y únicamente para que no se olvide un nombre digno, hemos escrito en estas páginas el del doctor Benigno Guarnizo.
Abierto el camino a La Mesa, el comercio entre el interior y las tierras calientes tomó grande incremento; las orillas del camino se cultivaron y se cubrieron de dehesas. Se fundaron muchos ingenios para moler caña, y la linda ciudad de La Mesa, de suave clima (de16grados de temperatura), se levantó como por encanto, y se hizo el emporio de un inmenso comercio y de una eterna feria.
A esta ciudad se entra por una hermosa alameda de palmas, naranjos y cámbulos, que floridos siempre, cubren el suelo de flores y embalsaman el aire con el olor de los azahares; su cementerio es el más aseado y pintoresco de toda la República.
La belleza y cultura de La Mesa, y en gran parte su prosperidad, débense a la actividad, constancia y esmero del señor Juan Gregorio del Cantillo, miembro de una antigua familia bogotana residente allí, quien, como alcalde perpetuo, consagró toda su vida a embellecerla y adornarla. ¡Cuan pocos hombres dejan como él, a su muerte, tan bellos rastros de su útil existencia!
Fue siempre conocido este caballero con el nombre de Juancho; casóse con una hermana del doctor Guarnizo, y fue su casa en La Mesa, hospitalario asilo para todos los viajeros. Cantillo era un amigo generoso y leal; y su afable trato y la originalidad de su carácter lo hicieron un personaje cuyo recuerdo jamás se borrará de la memoria de los mesunos.
Va un rasgo de su original carácter:
El señor don Pedro Domínguez de Hoyos, intendente en tiempo de la dictadura del general Urdaneta, construyó un puente importantísimo sobre la quebrada La Carbonera, uniendo dos partes de la ciudad, pero lo construyó con el trabajo de algunos presos políticos. Juancho juró no pasar nunca por ese puente, y lo cumplió hasta que murió. Desviaba su caballo del camino y vadeaba la quebrada por el punto más próximo. Extravagante o no, este rasgo nos encanta. El hombre no debe ceder nunca ni transigir con lo que no estima bueno. Así es como se levantan los caracteres y se funda la moral.
El señor don Francisco Caycedo, como jefe político de La Mesa, mejoró notablemente el camino que de esta ciudad conduce a la de Tocaima, y el gobierno del general López, siendo ministro el señor don Victoriano de Diego Paredes, hizo construir el puente sobre el río Apulo por el arquitecto Tomás Reed, quien había sido traído por el general Mosquera para la construcción del Capitolio Nacional.

