LA MUERTE EN UN TRAPICHE

 

«Mi cuarto es en una parte de la ramada donde duermen los peones: tabique por medio tenía su cama un peón enfermo, que hacía días que estaba padeciendo, y que a pesar de mis cuidados y recetas (¡de mis recetas!) el pobre empeoraba cada día; después de una larga dolencia se había hinchado, y por último el hombre se enjutó como un esqueleto, conservando sólo el rostro abotagado. Desde mi lecho sentía toda la noche, al través del ligero tabique de cañas, el trasegar y los quejidos del paciente, que poco me dejaban descansar.

 

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Aspecto de un trapiche en movimiento

 

«En la noche del viernes al sábado último la atmósfera estaba pesada y el calor era sofocante: me dormí agobiado con aquel sueño inquieto que presentan fantasmas que sólo están en el cerebro y que uno intenta desechar instintivamente con la mano. A poco tiempo sentí ruido sonoro de voces que alternaban, y que al principio tome por pesadilla de mi letargo, pero que al fin me despertaron; puse atención, y conocí que rezaban el rosario en el cuarto inmediato. Este rezo, y el estertor que interrumpía de cuando en cuando la monotonía de la oración, me dijeron bastante que el desgraciado Eduardo Bustos, ñor Luardo, estaba expirando. Me incorporé en la oscuridad y me puse a acompañar con el corazón la oración de despedida: tuve tristeza y miedo, e instintivamente me puse a buscar con la vista compañía... Estaba solo. Encendí luz y vi el reloj, eran las cuatro de la mañana: la hora en que tocan el alba en San Francisco, y la hora de la muerte de mi padre. ¡Qué recuerdo! Levánteme, abrí la puerta de mi cuarto: la noche estaba negra, con esa oscuridad que precede siempre al amanecer y antes de comenzar el canto del gallo: una ráfaga de luz rojiza salía del cuarto vecino, alumbraba el patio y alcanzaba hasta la enramada del frente. Me acerqué allí con pavor: el moribundo estaba tendido en una barbacoa sobre el junco que le había hecho poner y medio cubierto por los harapos que en la agonía había revuelto; con la cara abotagada y lívida, y con una expresión de terror indefinible, que se comunicaba a todos los circunstantes. Recordé entonces que Napoleón había presentado el mismo aspecto de terror al morir. ¿Son las visiones espantables que se presentan al espíritu al entrar por las puertas de la eternidad y que se reflejan en el rostro? ¿Es la presencia de Dios, que lo mismo aterra a los fuertes que a los humildes, lo mismo a Napoleón el Grande que a ñor Bustos el trapichero? ¿Es un simple fenómeno fisiológico, descomposición de la materia inerte, de que no se apercibe el moribundo, y que sin embargo aterra a los espectadores? ¡Esta es la gran duda! La humanidad entera, en todos los siglos, antes de llegar a la muerte, ha venido a golpear a las puertas de bronce de la eternidad: ningún eco responde de sus inmensas soledades, y en vano ha interrogado al cadáver y al sepulcro.

«Los peones habían puesto una cruz formada por dos cañas a la cabecera del agonizante, y otra entre sus manos cruzadas, y que éste apretaba como un náufrago la rama que lo puede salvar. Los peones, hombres y mujeres, acompañaban con recogimiento el rosario que entonaba el mayoral; éste, más inmediato al moribundo, tenía un mecho encendido que alumbraba por ráfagas intermitentes esta lúgubre escena. La oración y la agonía fueron disminuyendo lentamente, hasta que una y otra cesaron del todo: el cadáver había reemplazado al hombre. Hice poner a un lado y a otro dos velas encendidas y mandé que dieran parte al comisario del distrito del acontecimiento nocturno, y me puse a esperar el día para dar sepultura al difunto. Esperaba y meditaba. La muerte para el pobre es un descanso, porque la vida para él es una constante agonía; y aunque muera sin sacerdote (que los sacerdotes sólo habitan las ciudades) tiene un gran intercesor en Aquel que vino a enseñar, padecer y morir, particularmente por los pobres y por los humildes; y ñor Luardo era tan pobre que tenía por camisa un costal, y así murió resignado con la voluntad de Dios. No hay duda de que El habrá recibido con amor esta alma que sufrió tanto en un cuerpo tan feo y miserable.

«El repetido canto del gallo me anunciaba que la aurora iba a aparecer, y en efecto, a poco rato apareció, por el lado de Bogotá, sonrosada y risueña. Esta indiferencia de la naturaleza por las penas del hombre, me quebranta el corazón siempre que la miro.

«A poco se presento el comisario con dos peones diestros en construir los ataúdes o catafalcos que se usan en los trapiches; pues una barbacoa, para conducir el cuerpo de un hombre, no se hace como otra cualquiera para cargar maíz o tierra, y de ello se envanecen los peritos. Dos varas largas con sus atravesaños de guaduas, sirve para recibir las espaldas del difunto y para cargarlo: de ellas parten otros atravesaños formando ángulos obtusos a dar a otras dos varas más cortas, y que encierran al difunto como en una cuna grosera. Hecha la barbacoa pusieron en el fondo hojas de palma, y colocado el cadáver, rellenaron los huecos con los harapos del difunto y lo cubrieron con otras hojas sostenidas con cabuya, dejando descubiertas las manos cruzadas que apretaban la cruz, y la lívida cara: el aparato mortuorio estaba terminado. Ahora, dije, que se suspenda por hoy el trabajo, y vamos todos a dar sepultura a este infeliz. Puse a las mujeres en procesión adelante, luego a los hombres, que llevaban las barras, las palas y los azadones para abrir la sepultura, después la barbacoa del muerto que no dejaba de presentar un aspecto miedoso, y por último marchaba yo llevando la cruz que estaba a la cabecera del difunto al tiempo de expirar.

«En este orden llegamos a una vega del río Apulo que está sombreado por guásimos, cámbulos y palmas; escogí el lugar retirado y que me pareció más a propósito, desde donde pudiera escucharse el murmullo de las aguas del río en el silencio de las noches de luna, y dije: caven aquí.

«Abierta la sepultura y depositado el cuerpo por los hombres, hice que las mujeres arrojaran la tierra para que todos tuviéramos parte en esta despedida rústica pero cristiana. Yo emparejé la tierra pisada sobre el cadáver, y puse en la cabecera la cruz que traía en la procesión, sin más túmulo y sin más epitafio. Concluida la operación, dije en voz alta: Ahora, compañeros, un Padrenuestro por el descanso de ñor Eduardo Bustos, y para que Dios tenga misericordia de él y de nosotros. Rezamos el Padrenuestro con recogimiento, y nos volvimos todos tristes y cabizbajos a seguir con el trabajo de la vida, después de haber despedido a la muerte que había venido a visitarnos.

«R. R.»

 

 

 

 

 

 

 

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