El amor violento está cerca del odio.
Los defectos morales, así como los físicos, aumentan cuando se envejece.
Hay buenos matrimonios, pero nadie dice deliciosos.
Nadie se conforma con ser engañado por sus enemigos, ni traicionado por sus amigos; y todos quedan satisfechos cuando ellos mismos se engañan o su corazón los traiciona.
Es tan fácil engañarse a sí mismo sin notarlo, como es difícil engañar a los demás sin que se aperciban.
Nada es más engañoso que el modo de pedir y de dar consejos. El que los pide, parece hacerlo de una manera deferente y respetuosa por su amigo, mientras que sólo está pensando en que el otro apruebe su conducta y tener así una disculpa; y el que aconseja paga la confianza que en él se deposita manifestando un celo ardiente y desinteresado, mientras que sólo piensa al darlos en lo que le conviene o en adquirir el dictado de sabio.
La más hábil de todas las astucias es la de fingir haber caído en los lazos que se nos tienden; y fácilmente cae el que cree haber engañado a los demás.
La resolución de no engañar nunca, puede exponernos a ser engañados.
Estamos tan habituados a disfrazar nuestros sentimientos con los demás, que al fin los disfrazamos con nosotros mismos.
Se hacen más traiciones por debilidad que por propósito deliberado de engañar.
Algunos hacen bien para compensar el mal que hacen.
Los que ostentan resistir a las pasiones no saben que es más por debilidad de sus pasiones que por fuerza de su razón.
No habría seductores si se les quitara el placer de contarlo.
Los más hábiles afectan toda su vida condenar la astucia, pero es para servirse de ella en primera ocasión y con grande interés.
El constante uso de la astucia es prueba de limitado espíritu, y con frecuencia se está tapando de un lado y destapando del otro.
La astucia y la traición no se emplean sino por los que no tienen genio para seguir el camino recto.
El que quiera que lo engañen, trate de engañar a los demás.
Muchas veces el hombre sencillo destruye con su sencillez la astucia de los hábiles.
Es privilegio de los sabios decir mucho en pocas palabras; pero los necios tienen el de hablar mucho y no decir nada.
Nadie gusta de lisonjear a otro ni lo hace sin interés. La lisonja es una adulación hábil, oculta y delicada, que satisface de diferente manera al que la recibe y al que la tributa: el uno la toma como recompensa de su mérito, y el otro la tributa para hacer comprender su equidad y su discernimiento.
Con frecuencia tributamos alabanzas envenenadas que dejan comprender que aquellos a quienes alabamos tienen grandes defectos que no podemos revelar.
Muchas veces alabamos para que a su turno nos alaben.
Pocos hombres tienen el juicio de preferir el vituperio que les es útil a la lisonja que les daña.
Hay reproches que son una alabanza y alabanzas que son un insulto.
El que rechaza las alabanzas lo hace para que lo hagan dos veces.
El deseo de merecer las alabanzas que se nos tributan, fortifica nuestra virtud; y las que se tributan al valor, a la belleza y a la ciencia, contribuyen a aumentarlas.
Es más fácil dejar gobernar que gobernar a los otros.
Si nuestro amor propio no nos lisonjease, la adulación ajena no nos dañaría.
La naturaleza da el mérito, pero sólo la fortuna y el estímulo lo ponen de manifiesto.
Las contrariedades de la fortuna nos corrigen de muchos defectos que la razón sola no alcanzaría a corregir.
Hay muchos hombres de mérito y de virtud que no gustan, y muchos llenos de defectos que son simpáticos.
La gloria de los hombres debe ser medida por los medios de que se valieron para alcanzarla.
Los reyes hacen hombres públicos como fabrican moneda, les dan el nombre y el valor que quieren,
y el público tiene que recibirlos según figuran y no según su verdadero e intrínseco mérito.
Por brillante que sea una acción no debe ser calificada de grande si no es el resultado de un gran designio.
El arte de hacer lucir mediocres cualidades consigue más estimación que el verdadero mérito.
Es más fácil parecer dignos en los empleos que no se nos dan, que ser dignos en los que ejercemos.
El mérito atrae la estimación de pocos; la fortuna nos da la del público.
El mundo recompensa más la apariencia que el verdadero mérito.
La avaricia está más lejos de la economía que la liberalidad.
La esperanza, por engañosa que sea, nos lleva por un camino agradable al fin de nuestra vida.
Muchas veces la timidez y la pereza nos detienen en el camino de la virtud, y nosotros decimos que ha sido nuestra fuerza de alma.
Las virtudes se pierden en el interés como los ríos en el mar.
Hay dos clases de caridad: una que nos inspira el deseo de aprender lo que puede sernos útil, y otra inspirada por el orgullo que nos da el deseo de saber lo que los demás ignoran.
Es mejor emplear la fortaleza de nuestra alma en soportar las desgracias que nos sobrevienen que en prever las que nos pueden sobrevenir.
La constancia en el amor es una inconstancia perpetua que hace que nuestro corazón se adhiera a todas las cualidades de la persona amada, dando unas veces la preferencia a una, y otras a otra, con admirable variabilidad.
Hay dos constancias en el amor: una que consiste en encontrar en la persona querida nuevos encantos, y otra en el aburrimiento de amar, que nos hace estar quietos.
Nada se ama sino por relación a nosotros mismos y siguiendo nuestros gustos e inclinaciones, y cuando preferimos los amigos a nosotros mismos, lo hacemos por placer.
Los hombres no vivirían largo tiempo en sociedad, si no estuviese en su poder engañarse mutuamente.
Nos quejamos con frecuencia de nuestros amigos para justificar de antemano nuestras infidelidades.
El arrepentimiento muchas veces es mayor que el pesar del mal que hemos hecho, por el miedo del mal que puede sobrevenirnos.
Los vicios pueden entrar en la composición de las grandes virtudes, como los venenos en la composición de los remedios heroicos. La prudencia, el genio y la habilidad los mezclan y se sirven de ellos contra los males de la vida.
En honor de la virtud es preciso reconocer que los grandes males de la humanidad le han venido siempre por sus vicios.
Hay crímenes que se hacen gloriosos por su magnitud y su brillo; tales son las conquistas.
Confesamos nuestros defectos para que los otros nos los perdonen.
Hay héroes del mal y héroes del bien.
Sólo los grandes hombres pueden cometer grandes faltas. Podemos asegurar que los vicios nos van llegando en el curso de la vida, como huéspedes a quienes es preciso ir dando alojamiento; pero la experiencia puede servirnos para recibir sus visitas repetidas veces. Cuando los vicios nos dejan, decimos que nosotros los hemos dejado.
La gratitud es más limitada de lo que son en general nuestros deseos y nuestras esperanzas.
Nada es tan contagioso como el ejemplo, y no hacemos grandes bienes ni grandes males sino por imitación. Imitamos a los buenos por emulación y a los malos por la malignidad de nuestra naturaleza, que la vergüenza retiene prisionera y que el ejemplo pone en libertad.
Es una gran locura pretender ser sabio un hombre aislado.
A pesar de cualquier pretexto que demos para nuestras pesadumbres, siempre es cierto que ellas provienen de interés y de vanidad.
Hay en las aflicciones una hipocresía que proviene de distintas causas: unas veces, bajo pretexto de llorar a una persona querida, lloramos por nosotros, lloramos la pérdida o la disminución de nuestra fortuna, de nuestros placeres o de nuestra consideración; o bien la buena opinión que ella tenía de nosotros. Así, los muertos tienen el honor de las lágrimas que no corren sino por los vivos. Digo que es una especie de hipocresía, porque los que lloran no engañan sólo a los otros, sino que se engañan a sí mismos. Hay otra hipocresía que no es inocente, porque se impone a todo el mundo, y que consiste en la aflicción de ciertas personas que aspiran a la gloria de un profundo o inmortal dolor. Cuando el tiempo, que todo lo consume, hace cesar el dolor que en realidad sentían, no dejan por eso de prorrumpir en llanto, de quejarse y de suspirar; se hacen personajes lúgubres y tratan de persuadir a todo el mundo de que su dolor no tendrá fin. Esta triste y fatigosa tarea es con frecuencia exhibida con vanidad por las mujeres ambiciosas. Como su sexo les obstruye todos los caminos que conducen a la gloria, ellas procuran hacerse célebres por una inconsolable aflicción. Hay otras lágrimas que, como las fuentes pequeñas, corren poco y se secan fácilmente, y muchas personas lloran por parecer tiernas y sensibles, otras por ser consoladas, y, en fin, se llora por no sufrir la vergüenza de no saber llorar.
En la adversidad de nuestros mejores amigos hay algo cruel que nos complace, quizás porque nuestro orgullo habrá sido herido, sin saberlo, por su prosperidad.
Las desgracias de nuestros amigos nos sirven a veces para ostentar nuestra ternura por ellos.
Cuando trabajamos en favor de los otros no nos engañamos en cuanto a nuestro propio bien. Es como si diéramos a usura lo que ofrecemos regalado, y ganarse a todo el mundo por modo digno y delicado.
La bondad no es meritoria sino cuando nace de fuerza de alma; lo demás es pereza o impotencia de voluntad.
Nada satisface más nuestro orgullo que la confianza de los grandes, porque la miramos como un efecto de nuestro mérito, sin considerar que con frecuencia no es más que la vanidad de referirlo o la imposibilidad de guardar el secreto.
Se puede decir del agrado en las mujeres, que es una simetría de la que se ignoran las reglas; o una relación secreta entre las formas y el espíritu, o de las facciones con el color y el aire de la persona.
La coquetería está en el alma de toda mujer; pero muchas no la usan por miedo, o porque la condena su razón.
Frecuentemente se incomoda a los otros con cosas que nosotros creemos que les son lisonjeras.
En general nada es imposible, y hay camino para llegar a todas partes; y con una voluntad decidida tomaríamos caminos que creemos cerrados y que se nos abrirían.
La soberana inteligencia consiste en conocer lo que valen las cosas.
Lo que parece generosidad no es muchas veces más que una ambición disfrazada, que desdeña lo pequeño para llegar a lo grande.
La fidelidad en algunos no es más que habilidad para atraer la confianza: un medio de elevarse y hacerse depositarios de grandes secretos.
La magnanimidad lo desprecia todo, y todo lo consigue.
Hay tanta elocuencia en el tono de la voz, en las acciones y en la mirada de un orador, como en sus palabras inspiradas.
La verdadera elocuencia consiste en decir lo necesario, y nada más que lo necesario.
Hay personas a quienes parece que les sientan los defectos, y otras a quienes les afean las cualidades.
La humildad no es con frecuencia más que una fingida sumisión de que se hace uso para someter a los otros: un artificio del orgullo que se abate para levantarse sobre los demás; y aunque se transforma de mil maneras, jamás está mejor disfrazado ni engaña mejor que cuando se viste con el ropaje de la humildad.
Todos afectan un semblante para parecer lo que quieren que los otros crean. De manera que la sociedad no es más que un baile de máscaras.
Hay recaídas en las enfermedades del alma como en las del cuerpo; y cuando creemos estar curados de una pasión, estamos más cerca del sepulcro.
Las heridas del alma son como las del cuerpo: por bien que se curen dejan honda cicatriz.
Lo que impide a alguno el entregarse completamente a un solo vicio, es el tener muchísimos.
Olvidamos fácilmente nuestros fallos cuando sólo son conocidos de nosotros.
Con frecuencia ensalzamos la gloria de unos con el designio de abatir la de los otros; y sin duda se habría elogiado menos, por unos, al señor de Condé, y por otros al señor de Turena, si no se hubiera tenido en mira rebajar alternativamente la gloria del contrario.
El deseo de aparecer como hombre vivo impide a muchos el serlo.
El que cree que puede vivir sin los otros, se engaña grandemente; pero más se engaña el que cree que los otros no pueden vivir sin él.
El interés pone en juego las virtudes, o los vicios.
La severidad en algunas mujeres es un adorno que agregan a la belleza.
La honradez de algunas otras es sólo amor a su reputación y a su reposo.
La locura nos sigue en todas las edades de la vida. Si algunos no la padecen, es porque sus locuras están de acuerdo con su época, su condición y su fortuna.
Hay personas de quienes se duda que sean malas, pero de las cuales no queda duda al verlas.
Hay hombres sencillos que emplean hábilmente su sencillez.
No son los más sabios los que creen no cometer ¿amas una locura.
Cuando uno envejece se hace más prudente y comete más locuras.
La mayor parte de las gentes no juzgan de los hombres sino por el ruido que hacen.
El amor de la gloria, el temor de la vergüenza, el deseo de hacer fortuna o de llevar una vida cómoda y sabrosa, son las causas del valor y de la constancia en los hombres.
El valor en el soldado no es más que un medio peligroso de ganar la vida.
Al completo valor y a la completa cobardía, son dos extremos a que difícilmente se llega. El campo que entre ellos hay es extenso, y hay puestos para todos los valientes, de los que hay tantos ejemplos diferentes como hay rostros humanos. Hay quienes se exponen voluntarios al principio de una acción, y que se acobardan con la duración. Otros, que se contentan con satisfacer el honor, y no hacen nada más. Otros, que no son completamente señores de su valor; otros, que se dejan arrastrar por el pánico general, y otros, en fin, que cargan con brío por no estarse quietos en sus puestos. Hay a quienes el hábito de vencer los pequeños peligros los prepara para los grandes riesgos. Estos son valientes con la espada en la mano y temen el ruido de la pólvora; y hay otros, al contrario, a quienes anima el olor de la pólvora y son cobardes de hombre a hombre. Todos estos valores de diferentes especies convienen en que disminuyen de noche y en la soledad, pues en la oscuridad se ocultan las buenas y las malas acciones, y cada uno puede hacer lo que quiere.
El verdadero valor consiste en hacer sin testigos lo que se haría a los ojos de todos.
La intrepidez es una fuerza extraordinaria del alma, que la eleva ante todo sobre todas las vacilaciones, todos los temores y todas las emociones de una vida de peligros que no podría existir sin ella; y esta fuerza es la que mantiene a los héroes en un estado apacible y en el completo uso de su razón, aun en medio de los accidentes más terribles.
La hipocresía es un homenaje que el vicio rinde a la virtud.
La mayor parte de los hombres se exponen en la guerra lo bastante para salvar su honor; pero no lo suficiente para que triunfe la causa por la cual la exponen.
La vanidad, la vergüenza, y sobre todo el temperamento, influyen en el valor del hombre y en la virtud de la mujer.
Se quiere adquirir gloria pero no perder la vida, lo que hace que los bravos sean más astutos en esquivar los golpes, que los rábulas en esquivar la justicia.
Hay ingratos que son menos culpables de la ingratitud que sus benefactores.
Hay gratitud de gratitudes, como la buena fe de los comerciantes, quienes muchas veces pagan sólo por tener quienes les abran crédito.
No todos los que pagan la deuda de gratitud son personas reconocidas.
Jamás están de acuerdo el que da con el que recibe, sobre el pago de la deuda de gratitud; y entre ellos está el orgullo que a ambos engaña.
El mucho empeño en pagar una deuda de gratitud, prueba que no hay mucho reconocimiento.
El orgullo no quiere deber; el amor propio no quiere pagar.
El beneficio que de alguno hemos recibido, debe hacernos respetar más el que nos pueda hacer.
La gravedad es un misterio del cuerpo, inventada para ocultar la mediocridad del espíritu.
La lisonja es moneda falsa que circula siempre, porque la vanidad la admite sin recelo.
La educación que con frecuencia se da a los jóvenes, no hace sino aumentar su vanidad y su orgullo.
La liberalidad es muchas veces el orgullo de dar, que se estima más que el valor de lo que se da.
La compasión algunas veces es un sentimiento de nuestros propios males, vistos de cerca en otros desgraciados; una previsión de las desgracias en que podemos caer; y si nos compadecemos del caído es porque tenemos miedo de caer nosotros.
La obstinación en una idea es prueba de la estrechez de nuestra razón.
Se engañan los que creen que sólo las pasiones violentas como la ambición, el amor o el orgullo, pueden triunfar en su alma.
La pereza, tan lánguida y floja como es, no debe de ser con frecuencia la señora de nuestra alma; ella usurpa el lugar de nuestros deseos, y destruye y consume insensiblemente todas las pasiones y todas las virtudes.
La presteza en creer en la maldad de los demás, sin previo examen, es obra de la pereza y del orgullo. Queremos siempre hallar a los otros culpables, y no nos detenemos en averiguar sus faltas.
En nuestros litigios recusamos a los jueces por los más leves motivos, y sin embargo sometemos nuestra reputación y nuestra gloria al juicio de nuestros contemporáneos que son nuestros enemigos, y nuestros contrarios por rivalidad, por celos o por preocupaciones, o por sus pocas luces; y para obtener de ellos un fallo favorable exponemos neciamente nuestro reposo y nuestra vida.
No hay un juez bastante hábil que conozca todo el mal que puede hacer con dictar una sentencia injusta.
El honor adquirido es una garantía social del que se adquiera en el porvenir.
La juventud es una embriaguez permanente: es la fiebre de la razón.
Nos gusta conocer a fondo a los demás, pero no que nos conozcan a nosotros.
Hay personas muy bien recibidas en la sociedad, cuyo único mérito consiste en tener los vicios de todos sus miembros.
La ausencia mata las pasiones pequeñas y aumenta las grandes, como el viento, que apaga las velas y enciende las hogueras.
- Ausencia es aire
- que apaga el fuego chico
- y enciende el grande.
Las mujeres creen con frecuencia amar cuando en realidad no aman. La ocupación de una intriga, la emoción del alma, el entretenimiento de la galantería, la inclinación natural al placer, el orgullo de ser amadas, la pena de rehusar, las persuade de que están enamoradas, cuando en todo esto no hay más que coquetería.
Cuando exageramos el cariño que nuestros amigos nos profesan, es menos por gratitud que por hacer juzgar de nuestro mérito.
La aprobación que se les da a los recién llegados es para censurar a los que están establecidos.
El orgullo que tanta envidia nos engendra, también nos sirve para moderarla.
Hay mentiras tan bien disfrazadas de verdad, que a nadie aconsejamos que se empeñe en no ser engañado.
Hay más talento en aprovecharse de un buen consejo que en no aceptarlo.
Hay picaros que serían menos peligrosos si no tuvieran algunas cualidades que los disculpasen.
Es imposible amar por segunda vez lo que ha llegado a aborrecerse.
Hay más defectos en nuestro carácter que en nuestra alma.
El mérito de los hombres tiene su estación como las frutas.
Amamos siempre a aquellos que nos admiran, pero no amamos a los que admiramos.
Hay locuras que se transmiten como las enfermedades contagiosas.
Muchos desprecian la fortuna, pero muy pocos son los que la regulan.
No hay ingratos para aquel que está todavía en aptitud de repartir favores.
Hay tontos que parecen destinados a hacer siempre tonterías, no sólo por su gusto sino también impelidos por una fuerza fatal e irresistible».
