Juan Díaz principió por querer conquistar el cariño de Elvira con suntuosos regalos, que ella siempre rechazaba, y con otra infinidad de demostraciones que empezaron por hacerlo ridículo a sus ojos y concluyeron por hacerlo odioso; pero Juan Díaz no por esto desmayó, y acostumbrado a vencer todos los obstáculos por medio de la astucia, el oro y la corrupción, resolvió emplear sus instrumentos en esta empresa, en la cual estaban interesados su corazón, su vanidad y su venganza.

Valióse de los nobles que le debían dinero para que favoreciesen sus pretensiones con Gonzalico; pero éste, con un desprecio por la riqueza desconocido en nuestro siglo, permaneció inflexible. Valióse de algunas mujeres para que insinuasen su amor en el corazón de Elvira; pero encontró allí una roca. Entonces, perdiendo su acostumbrada habilidad, resolvió apelar a la violencia y robarse a doña Elvira, como medio seguro de casarse con ella para que el padre pudiese salvar su honra.

Con oro y con maldad, entonces como ahora, las cosas eran fáciles. Juan Díaz encontró quien ejecutase el acto sin que lo comprometiesen en caso de ser descubierto.

Una tarde cuando doña Elvira atravesaba el sendero de piñones y pencas que conducía de su casa al río, salieron dos hombres fornidos, y como quien levanta una paloma, la tomó el uno en sus brazos mientras el otro se puso en asecho para evitar el ser sorprendidos. Pero quien ama, vela. Rodrigo iba todas las tardes a mirar de lejos a Elvira, y oculto en la maleza permanecía hasta que ella regresaba del baño. Al ver la infame acción ejecutada por esos villanos, se lanzó sobre ellos y con la rabia de un tigre y la fuerza de un gigante les arrebató a su querida, maltratándoles terriblemente y obligándoles a huir.

Este acontecimiento llenó de terror a Elvira de espanto a su padre y de cólera a Rodrigo. Cuando Juan Díaz supo lo acontecido soltó una feroz carcajada y dijo:

—Con que teníamos un rival en Rodrigo, y al traidor había yo confiado mi secreto. ¡Bueno, a éste también le alcanzará mi venganza!

Pocos días después tuvo necesidad Juan Díaz de remitir a las cajas reales el entero que debía hacer como rematador de los ramos de alcabala y aguardientes, que montaba a más de4.000patacones, y como a la persona de más confianza confió a Rodrigo su conducción.

La víspera del viaje estuvieron hasta las seis de la noche pesando, en presencia de varios amigos,

castellano por castellano, todo el oro que Rodrigo debía conducir, y después de que lo acomodaron en pequeños cajones forrados en cuero y que fueron colocados en el cuarto de Rodrigo, Juan Díaz, haciéndole firmar el competente recibo, se despidió de él porque se iba a pasar la noche en el campo, debiendo aquél madrugar con la aurora.

Rodrigo, que tenía su pensamiento en otra parte, sólo deseaba que se concluyese la enojosa tarea para ir adonde su Elvira, que impaciente y llorosa lo esperaba. Cerró la puerta de su cuarto y se fue a verla.

¡Oh momentos supremos para los amantes! Lágrimas que revelan al fin un amor no confesado, tiernas despedidas, juramentos de amor y de constancia, sublime amalgama de supremo dolor y de inefable dicha, ¡cuan veloces sois! Rodrigo y Elvira, estrechándose la mano, se dieron el último adiós.

Al mismo tiempo concluía Juan Díaz una operación que no era tan poética, pero no menos interesante que la escena de los amantes. Apenas salió Rodrigo, entró por una puerta excusada, descosió algunos zurrones, extrajo el oro y lo sustituyó con hierros; volvió a cerrar los zurrones y se retiró después de haberse robado su propio caudal.

Lo que después pasó es fácil preverlo: el oro no llegó a Santafé, Rodrigo que no daba razón de su pérdida, fue detenido y encarcelado, y pocos días después entraba a Tocaima maniatado para ser juzgado como ladrón de la real hacienda, por lo cual tenía la pena de ser ahorcado.

Su entrada fue el primer triunfo de Juan Díaz.

—¡Cáscaras, de la que se libertó mi hija, decía Gonzalico, de haber tenido por marido a un ahorcado!

Sólo Elvira tenía fe en la inocencia de su amante, lloraba por él, y pedía al cielo su libertad.

Después de varios trámites y de haberse interrogado todos los testigos que vieron recibir el oro, Rodrigo fue condenado por la audiencia de Santafé a ser ahorcado en la plaza de Tocaima.

Este fue el segundo placer de Juan Díaz.

Elvira, desesperada, loca, en su horrible dolor, en su tormento, resuelta a buscar todos los medios de salvar a su amante, habiendo implorado a los jueces, se acordó de Juan Díaz y le escribió suplicándole que en nombre de ese amor que tantas veces le había jurado, hiciese algo por salvar a Rodrigo.

Este fue el tercer placer de Juan Díaz.

El sevillano, que conocía el amor de Elvira, no le quitó toda esperanza; fue atormentándola con bellas y lisonjeras ilusiones, que al día siguiente hacía desvanecer; fue arrancándole promesas, inspirándole confianza, tomándose libertades, haciéndole exigencias, hasta que hizo de ella un débil instrumento que manejaba como quería, con solo aumentar los terrores o animar las esperanzas.

Entre tanto el día señalado para la ejecución que era el martes después de Pascua, se acercaba, y ninguna esperanza había ya sobre la tierra.

El jueves santo sacaba el estandarte del Cristo Juan Díaz, y se preparaba una procesión tan suntuosa como jamás se había dado en Tocaima, y digna de las riquezas del sevillano. Elvira, lánguida, agonizante y cadavérica, había convenido en ir, a pesar de su situación, por tenerlo grato; y Rodrigo, que estaba en la rejilla de la cárcel, debía presenciarlo todo.

A las tres de la tarde la multitud se agolpaba a las puertas de la iglesia, un paso había salido ya y la procesión avanzaba por en medio de la gente, cuando se presentó Juan Díaz en la puerta a recibir el estandarte de la cruz; y apenas lo cogió, un rayo cruzó la atmósfera y un trueno formidable retumbó en el cielo. La multitud se paró aterrada, y al mismo tiempo se deshizo una furiosa tempestad que impidió que saliese la procesión.

Juan Díaz, lleno de rabia, se puso a maldecir con increíble horror de la multitud espantada.

El viernes santo, día guardado siempre con religiosa solemnidad entre los católicos, era en aquellos tiempos de una severidad y rigidez extremas. La carne no la comían ni aun los niños: todos ayunaban, y los más religiosos se mantenían con pan, agua y ajenjos. Ni un grito, ni una voz, ni una campana se oían en la ciudad, y el día y la noche se pasaban en las ceremonias sagradas o en la meditación de la pasión y muerte de Nuestro Señor.

Pues bien: Juan Díaz, por una extravagancia incomprensible, resolvió dar una espléndida cena en su casa en la noche del viernes santo, día9de abril, después de la procesión de la Soledad, y logró de algunos jóvenes disolutos que le acompañasen, y que muchos nobles, sus deudores, se comprometiesen a asistir.

Su casa estaba resplandeciente de luz; el pueblo, que había asistido a la procesión, se dirigía a la casa grande, y al ver el aparato de la fiesta principió a murmurar contra tamaña profanación del más grande de los días: pero Juan Díaz se había ganado a algunos hombres, y por medio de ellos empezó a repartirle aguardiente, y al cabo de dos horas el pueblo se olvidaba de que era viernes santo.

Entre tanto los disolutos principiaban a entrar y los nobles se deslizaban entre la multitud, avergonzados y temerosos de ser conocidos, y ganaban el portón lo más pronto que podían.

Juan Díaz, que estaba radiante, orgulloso y satisfecho haciendo los honores de la fiesta, había hecho decir a Elvira:

«Rodrigo es inocente, pero está ya condenado y morirá sin falta. Podéis salvarlo si os prestáis a ir a rescatarlo a la prisión mientras yo distraigo en mi casa a las autoridades. Os envío una llave de la cárcel. De allí lo llevaréis a casa por una puerta excusada y estará a salvo. Si vaciláis va a morir».

Elvira asistió a la procesión de la Soledad y se perdió entre la gente. Fue a la prisión, rescató a su amante y por una calle excusada se dirigió a la puerta del solar de la casa grande. Allí una persona les dijo:

—Entrad por aquí y esperad un momento. Los condujeron por un pasadizo oscuro a una pieza que estaba igualmente en las tinieblas y donde se escuchaba el rumor y bullicio que había en el salón.

Gonzalico, que había perdido a su hija en la procesión, la buscó en vano: volvió a su casa y la encontró vacía; se dirigió al acaso adonde iba la gente y llegó a la casa de Juan Díaz preguntando a todos por ella, y nadie le daba razón. Guiado por un fatal presentimiento entró a la casa y se quedó abismado al oír la algazara y el bullicio que remaban en el festín.

—Bien venido seáis, capitán Hernán González, le dijo Juan Díaz; para vos hay un lugar predilecto en este banquete.

—Mi hija es lo que busco, contestó Gonzalico.

—Voy a traérosla.

Entonces Juan Díaz se retiro, entro a la pieza en donde estaba Elvira, y tomándola de la mano, levantó una cortina y la presentó en el festín.

—Vedla todos, dijo. Ella misma ha venido a mi casa.

El viejo Gonzalico se quedó como herido por un rayo: los convidados echaron vivas a Juan Díaz y apuraron sus copas.

—¡Maldito seas, Juan Díaz! dijo el viejo. ¡Malditas sean tus riquezas!

—¡Ni Dios puede quitármelas, dijo Juan Díaz, ni Dios puede quitarme a Elvira!

Entonces un vago rumor empieza a oírse, la multitud grita en la calle espantada, el ruido se aumenta y se hace atronador y terrible, un viento colosal apaga todas las luces y una ola inmensa de agua invade el salón y se lleva todo cuanto se le opone.

Una inmensa creciente del Bogotá se llevó con. Juan Díaz la casa grande y la ciudad de Tocaima.

Al día siguiente sólo se encontraron los dos cadáveres de los amantes abrazados en la playa y la imagen de San Jacinto flotando sobre las aguas.

La ciudad de los Caballeros de San Jacinto, situada después sobre una hermosa planicie en la orilla izquierda del río Bogotá, y que tiene el mejor temperamento de Colombia, con30grados de calor, y aguas termales de admirable virtud. La ciudad de Tocaima, con su escudo de armas y su título de noble y coronada villa, concedido por el rey, se había quedado dormida en medio de la selva, desde poco tiempo después de su erección, con sus casas pajizas y sus cercas de piñones, sin que nada ni nadie viniese a despertarla.

Sólo bajaban a ella, de Bogotá, aquellos o aquellas a quienes el doctor Merizalde les decía, visto el desenfreno de sus costumbres: «Si no teméis a Dios, temed al gálico», y que para curarse éste venían a bañarse en el agua de Catarnica, que era una verdadera piscina, mereciendo que se le hiciese por el doctor Gamba, un clérigo chistoso, la novena más original que puede leerse; y estos escasos temperamentos sólo duraban allí algunos meses, llevando después un recuerdo tan ingrato de la ciudad, que iban a componer unos La Tocaimada, poema satírico contra las costumbres del país, del que ponemos una muestra:

 

Estando trastornada mi cabeza
vino a verme una Musa socarrona,
pero tal era el sueño y la pereza,
que al principio creí que era una mona.

 

Mientras más la miraba, más asombro
me causó tan fantástica figura,
no pudiendo atinar por más que hiciera,
si era mujer o bruja, o qué cosa era.
En vano conjeturo, en vano pienso
qué diosa echa maíz a una cochina,
cuyas enaguas blancas son de lienzo,
y un calabazo por el aire bate
con su mano esmaltada de carate,
pero al fin, enroscado como un cuerno,
aunque lleno de miedo le pregunto:
«¿Eres alguna diosa del Averno,
o tal vez una ninfa de aquí junto,
porque según tus armas y tu traje
se te debe rendir tal homenaje?»
«Tú eres, me contesta, un hombre perro,
¿quién habrá tan sencillo que te crea,
que ignores soy la diosa de este cerro,
la divina y pintada Caratea?
Por ahora te perdono: ven conmigo,
escucha bien atento lo que digo. . .
Tú serás el cantor de las bellezas
que esta hermosa ciudad tiene en su seno,
relata lo que vieres, y al momento
obtendrás la alta fama de un jumento.
No temas que te acusen de borracho,
ni que digan que estás en desvarío».
Dijo: y tomándome la diestra al punto,
me arrastró con tal fuerza y con tal brío,
que espantado quedé y medio difunto.
Ella entonces gritaba sofocada:
«¡Este sí cantará la Tocaimada!»
Llegamos, pues, a lo alto de una loma
y guardando silencio, medio seria,
por un gran agujero ella me asoma
a observar la ciudad de veneria.
¡Qué grandes voces di! ¡Qué exclamaciones!
Al mirar los espinos y piñones,
«¡altos dioses! grité; ¡cuan admirado
en la presente situación me siento!
¡Aquí ninguno morirá empachado,
pues excede la purga al alimento!
Tocaima la feliz ha conseguido
que nadie sea de cólico afligido».
Mi grande admiración la ninfa aquieta,
me aconseja que en todo sea prudente,
y sacando del seno una limeta
me brinda con un mate de aguardiente.
«Siempre que tú, me dice, lo tomares,
tendrás más gloria que los Doce Pares».
 
Al instante este néctar delicioso
de tal modo me pone trastornado,
que al moverme de un lado cauteloso
boca arriba caí, del otro lado.
Sin bebida tan suave, ¡cuándo hubiera
tan dichoso mortal que tanto viera!
 
Rómpese de improviso el alto cielo;
suena un terrible trueno en el momento,
sólo se oye clamor y desconsuelo
por el agua, por tierra y por el viento. . .
Cada uno de los dioses alegaba
que reinar en Tocaima le tocaba.
 
Con grave majestad y señorío
prorrumpe el gran tenante de este modo:
—«Todo el mundo obedece a mi albedrío,
a mi voz tiembla el universo todo.
Escuchad: la ciudad no será dada,
ninguno de vosotros será el dueño,
antes bien quedaráse abandonada
por largos siglos a su torpe sueño.
De este modo ninguno de los dioses
quedará incomodado ni afligido,
dejemos que esas bestias tan feroces
se queden para siempre en el olvido.
No hagamos caso de esos animales
pues ellos no hacen caso de inmortales.
 
Al oír la maldición, súbitamente
lleno de susto y de sudor cubierto,
desperté entre confuso y admirado,
observando que todo era muy cierto
lo que aquella noche había soñado.
Así fue este gran sueño no entendido
y puede ser exacto lo fingido».
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