Otros temperantes escribían versos como éste:

En una como ciudad,
unos como caballeros,
en unos como caballos,
montaban otros como ellos.

Y, sin embargo, Tocaima poseía los terrenos más fértiles, los sitios más hermosos y valores inmensos que nadie conocía.

Traído al interior el pasto de Guinea, el señor don Antonio Toledo, padre de numerosa familia que se formó en Tocaima, puso una pequeña manga, que fue como una revelación de su inmenso beneficio, y de que un día la Vega de Gonzalico, cubierta entonces de espinos y llena de culebras, sería la más linda y valiosa propiedad, y de que al rededor de la ciudad solitaria se levantarían grandes haciendas y residencias suntuosas.

Era don Pablo Afanador un hombre sencillo y campechano de Tocaima, educado en las antiguas costumbres y habituado a no cultivar más terreno de sus extensas propiedades que el necesario para una labranza de cacao, una platanera y el muy Indispensable para los alimentos de la casa. Llegó a esa ciudad el movimiento civilizador que lo dejó pasmado y atónito al principio, pero pronto entró en él, y poseyendo muchos conocimientos en las cosas de tierra caliente, en un momento les ganó a todos, y fundó dos o tres haciendas en sus tierras.

Antonio Toledo y Cuervo, natural de Tocaima, elegante caballero, lleno de sal ática en la conversación, y heredero del valor de su tío, el coronel Cuervo, quintado en Popayán durante la guerra de la independencia, fue un hombre sumamente trabajador. Toledo abatió más montaña que todos los otros plantadores juntos; y apenas abría en una parte el bosque, provocaba compradores, vendía, y se iba a otra. De tal manera trabajó, que todas las haciendas de Tocaima fueron de él, o en todas dejó una huella de su industria. Su familia posee hoy la magnífica hacienda de Mesa de Limones.

Sus dos hermanos, Rafael y Caupolicán Toledo, siguieron su ejemplo: el uno fundó la hacienda de Portillo, en donde reside aún; y el otro, Caupolicán, con próspera suerte, después de haber trabajado en Tocaima, trasladó su familia a Bogotá, y hoy es dueño de la valiosa hacienda de La Mesa que circunda la población.

A Francisco de Asís Mogollón, hijo del pueblo y como él laborioso, modesto y sufrido, quien llegó a ser coronel de la República, conquistando sus charreteras con dos heridas; valiente en la guerra, y trabajador en la paz, le debe Tocaima el cultivo de muchas de sus tierras, y lo que es más valioso, la colocación del puente colgante que hay allí sobre el río Bogotá, y que hizo venir de Europa el señor José María Saravia Ferro.

Gregorio Torres, Claudio Doncel, Luciano Afanador y muchos otros, merecen también especial mención por haber sido de los hijos de esa población los que más se empeñaron en cultivar la tierra.

Había un hombre llamado el caratoso, porque en efecto tenía la cara azul y las manos con manchas blancas como de marfil, cuyo nombre no recordamos; pero que en concepto de los hombres de aquella época era el que había tumbado más monte y sembrado más pasto en los alrededores de Tocaima. Nunca usaba camisa, iba desnudo de la cintura para arriba, y cubierto sólo con un pantalón de lienzo que no le llegaba a la cintura. Su cabalgadura era una yegua rucia, a la que faltaban las dos orejas y era sorda, y su montura una silla de dos cabezas sobre la cual extendía un cuero de ovejo. Las dos cabezas de la silla le servían para sujetar los lazos con que amarraba los enormes racimos de plátanos, que dos adelante y dos atrás llevaba de su estancia a la ciudad, y así atravesaba la plaza cuatro veces al día.

El caratoso era padre de una infinidad de caratositos que detrás del abuelo iban a pie y llevando a la espalda cada uno su racimo de plátanos. Este caratoso, por un contraste singular, fue el fundador de Corinto.

A Cayo y a Juan José Olarte les debemos un recuerdo: fueron compañeros de colegio, nos recibieron con amor siempre que bajamos a Tocaima; ambos ejercieron su profesión, el uno de médico y el otro de abogado en esa ciudad, fundaron dos honradas familias y cultivaron la hacienda de Puna, que habían heredado de su padre.

Don Elias Sarmiento también se estableció por estas regiones y fundó una hacienda en Tocaima. Quisiéramos poder trazar la biografía de cada una de estas notabilidades; pero si una generación entera se ha acabado sin hacer de ellos mención, si sus familias no han reclamado para ellos un puesto en la historia industrial del país, ¿qué podemos hacer nosotros, que sólo queremos salvar sus nombres del olvido en que yacen?

Andrés Torres fue fundador en Tocaima de la hacienda de La Virginia, y Luciano Posada de La Balsa,

Quizás habremos olvidado sin quererlo a los más meritorios y a los más dignos, pues cuando escribimos nos atenemos sólo a los recuerdos de infancia y a algunos datos que hemos recogido. Otros más afortunados inscribirán en el panteón de los hombres útiles sus nombres venerandos.

El señor doctor don José Antonio Umaña, hijo de un prócer de la independencia, fusilado en la Villa de Leiva, y natural de Tunja, en donde había desempeñado los cargos de rector y catedrático de legislación en aquella universidad, hombre ilustrado, ingenioso, activo y filántropo, enfermó en las regiones andinas y vino a Tocaima en busca de salud.

Esta fue la Resurrección de Lázaro, pues a poco tiempo Tocaima lucía casas de teja, frescas y elegantes; tenía una espaciosa casa consistorial y dos escuelas; una buena prisión, y en todas las casas cocinas cómodas, fogones económicos, y a su ejemplo en las familias establecido ese confort y esas comodidades que cuestan poco y hacen la felicidad.

El señor Umaña sabía de todo y era hábil para todo. Era abogado, ingeniero, constructor, médico y filósofo. Rozaba y ponía potreros en Corinto y La Guayacana, montaba un ingenio de azúcar en Acuatá, y construía una famosa enramada donde puso el horno de elevada estufa que sirvió después de modelo para muchos otros; recetaba y curaba a los enfermos, consolaba a los leprosos, e instruía deleitando a todos los que lo rodeaban.

Espíritu recto, moralista severo, amigo amable, filántropo sincero, fue el juez en todas las dificultades que entre los cultivadores se ofrecían, haciendo respetar siempre el derecho escrito, que tan bien conocía, e impidiendo el despojo que los nuevos pobladores intentaran contra los antiguos dueños.

Dio asilo en su casa a muchos desgraciados leprosos en los momentos en que tenían necesidad de salvarse, pues no habiendo lazareto éstos vivían en Tocaima, y el miedo al contagio hacía que la población se levantase furiosa a veces contra los elefancíacos que se habían apoderado de la ciudad. Su hogar tenía algo del de los antiguos patriarcas, donde los viajeros encontraban hospitalidad, y se dividía de buena voluntad con ellos el pan de la familia.

Para él escribimos hace ya muchos años estos versos:

 

Como dos ondas que a la mar rodando
y unidas lleva arroyo cristalino,
al llegar a espumoso remolino,
treguas al sol quemante demandando,
el viejo sauce su ramaje alzando,
sombra y amor les brinda en el camino;
y las ondas siguiendo en su destino
van de este cauce el nombre murmurando;
así también, la suerte de mi Rosa,
unida hasta la muerte, va conmigo,
y al dejar a Tocaima, la ardorosa,
do la amistad nos dio sombra y abrigo,
la memoria guardamos cariñosa,
de nuestro viejo, ciego y noble amigo.

Los Latorres fueron llamados por Emiro Kastos, en uno de sus inmortales artículos, los Titanes de la industria, sorprendido de ver los trabajos que habían acometido en tierra caliente, y como su memoria nos es tan querida, y a ellos y a sus trabajos nos asociamos, queremos extendernos un poco para que su figura histórica sea contemplada por las nuevas generaciones, a fin de que la envidia de su grandeza las obligue a hacer nuevos esfuerzos.

Los Latorres eran de una familia respetable del campo, y todos ellos vinieron a Bogotá, recibieron educación y siguieron una carrera profesional. Alejo y Evaristo fueron abogados, Eustasio y Cándido médicos, José Antonio e Ignacio, agricultores.

Eran todos los Latorres gallardos mozos, altos y fornidos, montaban bien a caballo y los tenían famosos; no apretaban la bolsa, y por eso tenían mucha popularidad entre los cachacos; y concluida que fue su carrera en los colegios, dedicáronse al campo, excepto Alejo, que regentó por mucho tiempo, con lucimiento, la clase de legislación en el Colegio del Rosario, y que fue representante al congreso y diputado a la cámara de provincia. Al fin de fines, vinieron como todo prójimo a sembrar pasto a estas regiones. Fueron Alejo y Evaristo dueños de la hacienda de San Pedro, ingenio de caña en el municipio de La Mesa, la cual mejoraron considerablemente, y luego compraron al señor Antonio Tobar la hacienda de El Peñón, en Tocaima, empezando a descuajar montaña y a sembrarla de pasto, con tal audacia y tal empeño, que arrancaron a Restrepo la expresión que ya hemos mencionado.

Evaristo de la Torre allegaba fondos para los trabajos de las haciendas, y Alejo de la Torre dirigía los de tierra fría y caliente: compraba los ganados y los ponía en movimiento, de Casanare a Tocaima, los flacos que debían engordarse, y de Tocaima a Bogotá los que debían matarse; pero siempre había en el camino una manada de ganado de los Latorres, que subía o que bajaba.

El trabajo iniciado por Franklin, el sencillo y noble patriota americano, y continuado por los moralistas ingleses modernos, entre los cuales se distingue Stuart Mili, de formar hombres elevados y dignos, capaces de cumplir todos sus deberes sociales y de llenar la posición en que la suerte o la casualidad los coloque; este trabajo nos ha parecido siempre el más útil y el más fecundo de nuestro siglo, que ha desprendido la moral de las antiguas ligaduras, y que busca en hechos prácticos la mejora social.

Y de todas las obras de Stuart Mili la que más apreciamos es El Carácter, la cual debería leerse siempre en familia y estar en todos los hogares. Y si tanto estimamos las enseñanzas morales de tan distinguidos autores, puede calcularse nuestra admiración por los hombres que realizan esos bellos ideales y que son un ejemplo vivo y amable de honradez, de probidad y de virtud.

El carácter de Alejo de la Torre era elevado, digno y austero. Jamás dijo una mentira y no engañó a nadie. Su palabra era una escritura pública, y nunca le dio la mano a quien hubiera cometido una falta social. Austero republicano y liberal por obra de la ciencia y de la meditación, fue también, como esposo, ejemplo, y como padre, modelo.

Eustasio de la Torre era el más distinguido entre los hermanos, por ser el más buen mozo y por sus exquisitos modales, su trato caballeroso, aire franco y genio chistoso.

Casóse muy joven en Bogotá con la señorita Rosa Narváez, educada en Cartagena con el esmero y atención de las antiguas familias, y que al llegar a la capital deslumbró por su gracia y elegancia.

A ella le decía Germán Piñeres en un banquete:

Rosita, allá en Cartagena
fuiste la primera flor,
y aquí al pie de Monserrate,
eres de damas honor.

Su casa fue el centro de la buena sociedad, del tono aristocrático y delicado, y formaron una familia que luego ocupó su puesto dignamente.

Eustasio de la Torre, tan trabajador como sus hermanos, fundó la hacienda de Acuatá en el distrito de Tocaima.

Asociáronse a la compañía de Alejo y Evaristo de la Torre, Federico y Medardo Rivas, dando grande extensión a los negocios y aumentando el círculo de las especulaciones. Recibían mercancías de Europa; tenían la hacienda de Cortés en la Sabana; continuaron con la hacienda de San Pedro, de miel de caña; compraron El Tigre; aumentaron la hacienda de El Peñón; compraron los inmensos y fértiles terrenos de Casasviejas; se hicieron dueños de El Gramalotal, frente de Ambalema, y de El Diamante, en Lérida; y la compañía de Latorre y Rivas tuvo alguna resonancia y gran riqueza; pero Alejo de la Torre fue herido por la suerte, y cayó enfermo, a consecuencia de las frecuentes entradas y salidas de la tierra caliente; y la sociedad se habría acabado, y todo desquiciado, sin el Atlas, nacido para llevar un mundo entero de trabajo sobre sus espaldas; sin Federico Rivas, quien pasmó a todos los que entonces trabajaban en tierra caliente, por su actividad, energía, constancia y facilidad en el trabajo.

De día, en medio del bosque y animando a los trabajadores, señalando la tarea del día siguiente y dirigiendo la toma que debía seguir cierto curso para regar el cacaotal que se iba a sembrar en Casasviejas, o el ingenio que iban a montar en San Pedro, y cuando todos iban a descansar, él emprendía viaje; a media noche se le veía por los caminos desiertos, y al amanecer aparecía en otra hacienda en donde sus cuidados se necesitaban.

A veces se detenía en el camino y entraba a una choza miserable, alumbrada por un candil alimentado por aceite de higuerilla. Era que allí agonizaba una mujer y llegaba a tiempo para salvarla, con una operación tan sabia como delicada, o era un infeliz que tiritaba de fríos, a quien le dejaba quinina. Rivas era un médico eminente en concepto de los doctores Pardo, Vargas, Maldonado y Riomalo.

Federico Rivas tenía un vicio, ¿quién no lo adquiere en tierra caliente, viviendo en la soledad, el alma triste, y lejos de todos los seres amados? Su vicio consistía en investigar todas las desgracias para consolarlas, todos los dolores para aliviarlos, todos los sufrimientos para tomar parte en ellos; y no vivía para sí sino para los que padecían, imponiéndose la obligación de cuidarlos a todos como a los miembros de su familia, y de no tener ni una hora de reposo ni de descanso, porque estas horas les correspondían de derecho a los desgraciados y de éstos había tantos en las regiones que él tenía que recorrer.

¡Pobre hermano nuestro! Vivió trabajando y haciendo beneficios, y murió pobre; pero colmado de las bendiciones de los desgraciados, y mientras que la memoria de muchos de los ricos que antes había en estas regiones se ha olvidado ya, muchos recuerdan aún los beneficios que les hizo el doctor Federico Rivas.

¿Es bueno o es malo ser bueno?

Para que se forme una idea del cariño que a Evaristo de la Torre profesábamos, colocamos aquí el discurso pronunciado ante su cadáver:

«La separación entre suspiros y lágrimas; la ausencia eterna, aterradora y terrible, y el olvido triste y melancólico, pero inevitable, como es inevitable el que una onda borre las huellas de lo que ya pasó, esta es la muerte.

«Asistimos a la primera escena de este drama lúgubre de la naturaleza; lloramos la separación de nuestro querido amigo Evaristo de la Torre; pronto una capa de tierra cubrirá a nuestros ojos su cadáver; jamás volveremos a estrechar su mano generosa, ni en la felicidad ni en la desgracia; y antes de que el olvido, hermano del silencio que reina en esta morada y que aguarda a la puerta los huéspedes para acompañarlos en los días de triste soledad y en sus noches de duelo y de tinieblas: antes de que el olvido borre las páginas de una larga vida de virtudes y merecimientos, vengo a dar testimonio de la verdad, y mi adiós de despedida al leal amigo, al buen ciudadano, al obrero infatigable.

«Dotó la naturaleza al hombre cuyo cadáver contempláis, con muchos dones: vasta y poderosa inteligencia, calma serena y figura varonil y hermosa, tan dulce, que en tiempo de Jesús y a las orillas del mar de Galilea, lo hubieran, sin duda, tomado por uno de sus discípulos. Pasada la juventud, el tiempo, ese obrero misterioso e infatigable que todo lo crea, todo lo cambia y todo lo destruye, hizo de él un anciano venerable a quien todos respetaban, porque al mirarlo se creía descubrir algo de la sencillez y de la majestad romanas.

«Hay, sin duda, almas predestinadas para el bien, corazones preparados para la virtud, espíritus generosos que felizmente florecen aquí abajo para derramar los beneficios, como florecen los árboles en nuestras montañas para derramar generosamente sus perfumes en medio de la noche. No de otro modo puede explicars la vocación del misionero abandonando patria, familia y porvenir, para ir a los desiertos a propagar la luz del evangelio; y no de otro modo puede explicarse una vida de trabajo incesante, de virtud infatigable, de amor supremo, de abnegación y sacrificios como la que llevó Evaristo de la Torre mientras estuvo en la tierra.

«Trabajar, trabajar, trabajar sin descanso, sin sosiego, como una necesidad, como un consuelo, como una obra de redención y de merecimientos; trabajar por el inválido y por el ciego, por la débil mujer, y por el que no puede hacerlo, es sacar la tarea: al trabajo de ayer sustituir el trabajo de hoy y preparar el de mañana; y con el producto del trabajo aumentar la riqueza nacional, matar la miseria, extinguir el vicio, ahorrar dolores, enjugar lágrimas y derramar los tesoros de su amor y de su caridad en su familia, en sus hermanos, en sus amigos, en sus compañeros, en los necesitados, en los que le pedían y en aquellos que no le pedían, pero cuyas necesidades su corazón generoso adivinaba.

«El tendió sobre la hermosa sabana el camino de ruedas que une a la capital con el occidente; él arrancó de su seno inmensos tesoros de fecundidad; y contemplando triste la multitud hambrienta y miserable que agrupada estaba en el interior, tomando como báculo la vara de la industria, ¡seguidme!, le gritó, y se fue a las montañas, mansión antes de enfermedades y de fieras, abatió los bosques, los cubrió de praderas, dio trabajo a la multitud, y entregó a la civilización del mundo y a la riqueza nacional esas grandes haciendas que fundó en la tierra caliente, y donde pastan hoy millares de reses que dan carne a los ricos.

«Evaristo de la Torre no creía que en una República el ciudadano cumple con su deber apartándose, egoísta, de las luchas inevitables de la democracia; ni que se debe saludar a César, triunfador, o doblar la rodilla ante la injusticia de los siglos; por eso se le vio figurando en todos los acontecimientos políticos de su época, asociándose de corazón a todas las innovaciones y a todos los pensamientos que en su concepto engrandecían la patria o fundaban la libertad.

«Pudo equivocarse en el partido que escogió y en el camino que siguió. La luz es del porvenir, y él juzgará esta época agitada y tormentosa, llena de rencores y de odios, y en la que tanta sangre se ha derramado y tantos sacrificios se han hecho; pero siempre habrá justicia para los obreros del progreso y misericordia para los que trabajaron en las tinieblas y que fueron guiados sólo por su amor a la verdad.

«El gobierno le ha decretado con justicia honores al general De la Torre, aunque éste era el último de sus títulos a la estimación pública y al recuerdo de la posteridad. Evaristo de la Torre no fue militar asalariado, fue un virtuoso ciudadano que asumía el título de general en los momentos de supremo peligro, para defender al gobierno legítimo o a la causa de sus convicciones. La gloria militar con su prestigio eterno jamás pudo cegarlo. La gloria levanta y engrandece, pero pervierte con frecuencia; y él anduvo siempre por la senda trazada por la justicia y marcada por la ley. La gloria levanta émulos y rivales, y él no buscaba sino hermanos; la gloria es luz y fuego, y ella hubiera, quizás, quemado la frente del modesto ciudadano.

«Evaristo de la Torre, como lo hizo en1854,en 1861y en1876,levantaba ejércitos con el prestigio de su virtud y su valor, hacía rudas campañas, asistía a las batallas, aguantaba las balas y la metralla como un viejo granadero; ayudaba a la victoria, y luego sus contrarios lo olvidaban todo, estrechando su mano de amigo; y sus compañeros, sus amigos, olvidaban también que él había ayudado a salvar las instituciones y a fundar la democracia.

«El asistió a los congresos y ayudó a establecer sobre las bases de la justicia y de la economía el crédito público de la nación; y con ese instinto feliz, con esa visión clara que son privilegio de los hombres de Estado, ayudó también con sus consejos a los presidentes a gobernar la República.

«Mi alma está profundamente conmovida; y el dolor no tiene otro lenguaje que el de las lágrimas, ni más ecos que los gemidos y los ayes; por esto, en vez de una oración fúnebre digna del ciudadano a quien tributamos los últimos honores, sólo habéis escuchado de mis labios el triste adiós de su amigo en la eterna despedida».

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