Entonces los artesanos no se quejaban por falta de trabajo, ni de que la importación de artículos manufacturados arruinaba su industria, ni acusaban a los ricos de su miseria, ni calificaban como enemigos del pueblo a los que ejercían un comercio lícito y benéfico; porque sus pobres manufacturas tenían un inmenso consumo en las regiones prósperas del Magdalena; porque había una exportación continua y valiosa de calzado ordinario, de ropa inferior, de monturas, galápagos, frenos, y todos los demás artículos que se producen en Bogotá, y de que los pueblos, desde la sabana hasta Popayán por el sur, y hasta Mompós por occidente, tenían necesidad y medios para comprar; porque los ricos del Magdalena edificaban casas y pagaban bien a los obreros, y porque la condición de éstos, mejorándose, les permitía comprar los artículos que sus hermanos producían.
Es preciso decir también que mientras que el jornal de los artesanos en Ambalema, Honda y todas las regiones productoras de tabaco, era hasta de seis pesos diarios, para los de Bogotá apenas mejoraba, y que muchos artículos que en Bogotá eran muy baratos, en las otras regiones valían diez veces más, por las dificultades del transporte y por las pérdidas ocurridas en el camino.
Es necesario hacer constar que habiendo emigrado a las regiones prósperas del Magdalena muchos de los habitantes de la capital de todas las clases sociales, la ciudad no decayó, y antes parecía animarse; y que reinó la mayor armonía entre los ricos y los pobres, todos los cuales mejoraban de condición.
En el Magdalena la riqueza era derramada por la industria; pero una ley inconsulta destruyó los establecimientos fundados, queriendo favorecer la clase de los trabajadores; arruinó a los propietarios, quitó a los cosecheros el crédito, y le dio un rudo golpe a la confianza. Las contribuciones que sobre el tabaco se establecieron en Antioquia, paralizaron el comercio con aquel Estado; y por fui, rigurosas estaciones, continuas, destructoras, hicieron perder por muchos años las cosechas de tabaco; el amulatamiento concluyó con el cultivo, los cosecheros huyeron, y todo junto produjo la ruina total de aquella industria, que desde1850 había empezado a levantar a la República, y que había dado una exportación de más de siete millones de pesos.
De estos siete millones mucha parte iba a Bogotá a cambio de sus productos manufacturados, o en remesas que los productores de tabaco enviaban a sus familias que se habían quedado. Destruida la producción del tabaco, asolada la hermosa región del Magdalena, los artesanos de Bogotá y la clase industrial, carecieron de estas entradas que les daban pan, trabajo y vida.
Hubo en la República una escuela política llamada por apodo los gólgotas, que nosotros no calificamos, limitándonos a decir que se componía de jóvenes entusiastas, talentosos, poetas y políticos, que escribían, peroraban y se batían en las revoluciones y en favor de su causa con la misma facilidad con que escribían.
Cuando la escena política se cambió, y ya no tuvieron ni Escuela Republicana ni campo donde figurar, vinieron a prestar su contingente al trabajo, y su valioso impulso a la industria en estas regiones. Ya hemos citado a los dos señores Camacho Roldan; citaremos ahora al doctor Miguel Samper, el hábil financista que con sus hermanos Silvestre, Antonio y Manuel, formó una compañía agrícola y comercial, que principió pobre y llegó a ser poderosa. Esta compañía compró los terrenos de La Unión y Vega Grande, sobre la orilla del Magdalena, y empezó a desmontarlos.
Tan agreste era la montaña, tan malo el clima y tan terrible la vida allí, que no había peón que resistiera un mes, y los hermanos, que se iban reemplazando en el trabajo, eran sacados en guando y moribundos, a reponerse en Guaduas.
Si se admira el valor de los hombres que en un día entran a la batalla serenos y desafían el peligro por algunas horas, ¿qué admiración no deben despertar estos cuatro hermanos, que sostuvieron por tan largo tiempo una batalla terrible con la naturaleza, y que por tantos años desafiaron los peligros y se expusieron a la muerte por servir a la más noble de las causas, a la del trabajo y de la civilización?
Los hermanos Samper fundaron dos grandes y valiosas haciendas, donde antes no había más que la soledad de los bosques, y cada uno de ellos ha levantado después una cuantiosa fortuna y formado una familia honorable.
Con mucho gusto colocamos aquí el rasgo biográfico que a la muerte de don Antonio Samper publicó el doctor Manuel Aya en El Sumapaz:
«Tenemos el dolor profundo de registrar en estas columnas la triste nueva de la muerte del señor Antonio Samper, acaecida poco ha en la ciudad de Bogotá. Con él desaparece una energía potente, uno de los hombres de empuje más vigoroso en los negocios, y su vida toda nos deja el ejemplo de un trabajo singular, de audacia en las especulaciones, de espíritu innovador, de inteligencia clara al par de un corazón sencillo, abierto a toda idea elevada, a todo sentimiento generoso: la nobleza y la hidalguía fueron preseas que adornaron al caballero cumplido.
«Siendo casi niños tuvimos la honra de ligarnos a su muy estimada familia con los vínculos de la amistad, y puDimas admirar de cerca en más de un cuarto de siglo, y en la mayor intimidad, aquel carácterrecto como la líneaamable y dulce, al que unía la conversación más jovial y alegre, de chiste y salero inagotables.
«El señor Samper nació en Guadas, cepa de la ilustre familia Samper, el13de junio de1830y murió en Bogotá el18de febrero del corriente año.
«Siendo muy joven encontramos al señor Samper dedicado a los trabajos agrícolas y de granjería a orillas del río Magdalena. Más tarde viene a Bogotá y funda su casa de comercio e inicia, de los primeros, la importación directa de mercancías extranjeras y la exportación de productos nacionales. Simultáneamente emprende luego en varios negocios, y las dificultades le sirven de estímulo, y vence todos los obstáculos, gracias a su tenacidad y a su fuerza moral: ya es una fábrica de cigarros; ora la producción de licores finos y alcoholes rectificados; ora el comercio de drogas y específicos en grande escala.
«De modo que él formó en sus múltiples empresas una escuela de hombres laboriosos y emprendedores, que hoy son personas de valía y que lloran al amigo cariñoso y al jefe director.
«Encontrando estrecho el horizonte de los negocios, se marchó a París y fundó una casa de comisión, y al propio tiempo se ocupó de un asunto científico, y allí lo encontramos consagrado a las matemáticas, descubriendo leyes físicas y problemas de mecánica, y estudiando, a porfía y con tesón, lo que creía debía cambiar al mundo industrial y económico.
«En esta ocasión la fortuna le fue adversa, no alcanzó éxito en la empresa, que estaba fuera de su órbita, y cobrando ánimo y brío, torna a sus ocupaciones de comercio, y dándoles un giro inusitado, sigue a la Argentina y establece negocios de gran vuelo en Buenos Aires. Por desgracia para aquel antes prospero y rico país, aparece la crisis monetaria, el papel moneda, y por tanto el precio excesivo del oro en los mercados y la caída de los valores fiduciarios, la bancarrota general, llegando a afectar esta situación económica a casas cien veces millonarias como la de Bhering, de Londres. Esto hace que el señor Samper deje la Argentina y vuelva otra vez entre nosotros. Entonces, cual gallardo joven, después de sesenta años, vuelve a los bosques, que transforma en fundos valiosos, en plantíos de caña de azúcar, de cafetos y pastos artificiales, y establece alambiques para su explotación y beneficio.
«El veterano del trabajo rinde su jornada en medio de los suyos, muere con la dulzura del justo y se duerme en el sueño eterno 'sin miedo y sin mancha'».
El doctor José María Samper, el poeta, el político, el que tanto ruido hizo después en la República, también fue a prestar su contingente en el ejército de los trabajadores. Bajó a Ambalema, se hizo primer agente de don Pastor Lezama (el más rico propietario de esas regiones), y fundó después una pequeña hacienda, a la que puso por nombre La Fortuna.
El doctor Jacobo Sánchez y su hermano Lino empezaron la fundación de la hacienda de La Virginia, la que compró y engrandeció después el señor José María Saravia, uno de los hombres más emprendedores que ha habido en el país.
Los señores Manuel Murillo y Juan N. Solano compraron unos terrenos en Agua de Dios, e intentaron formar una hacienda, a la que pusieron por nombre Luisa-Ana, por los nombres de sus dos esposas, y faltos de conocimientos y de recursos fracasaron en su empresa, tan loca como noble y audaz. Y sólo los que lo vimos podemos creerlo.
El doctor Aníbal Galindo, el día menos pensado, tomó una muía, bajó la cordillera, llegó al Magdalena, compró un terreno, se proveyó de herramientas y se estableció en San Lorenzo, al que elevó a la categoría de Albania. ¿Qué fue de Albania?
Jacinto Corredor fue al Magdalena a ponerse al frente de la casa de don Mauricio Rizo y a manejar sus haciendas, y cachaco rumboso de Bogotá, atravesaba las llanuras del Tolima y trabajaba en esos climas ardientes como si allí hubiera nacido, y se hubiese criado en medio del trabajo.
La quinta de Jacinto Corredor, sitio de alegres placeres y de ruidosas diversiones en otro tiempo, y lugar adonde se había retirado nuestro amigo a pasar los últimos días con su dulce esposa y sus hijos, y en donde siempre éramos recibidos con amabilidad y contento, fue también el lugar de su muerte, acaecida el día13de septiembre de1889.
La sala de esta quinta no estaba adornada con láminas finas ni con imágenes piadosas, sino con los retratos de seis de los amigos de Corredor, y como esto lo caracteriza, y es muestra de la vida tempestuosa que ha pasado la generación que ya se extingue, creemos necesario, al consagrarle este recuerdo, empezar por el de sus amigos, de quienes eran esos retratos.
El de Narciso Gómez Valdés era el primero: hermoso joven, abogado, instruido; corazón generoso y amante, liberal entusiasta, que estando próximo a enlazarse con la mujer a quien amó, al estallar la revolución del17de abril de1854,encabezada por el general José María Meló, ayudado por el elemento conservador más pernicioso que hay en la América del surel ejército,dejó hogar, novia y felicidad para formar en las filas republicanas y morir en la batalla de Zipaquirá, al lado de su amigo Jacinto Corredor.
Vicente Herrera, el ideal griego del ciudadano y del magistrado. Presidente del Estado de Santander, fundador de sus libertades, y asesinado por una conspiración que allí estalló, y que impidió así el régimen legal y el advenimiento de la libertad.
Ricardo Vanegas, una de las más vastas capacidades políticas que han brillado en Colombia, muerto en una reyerta privada y recogido por Corredor.
Manuel María Franco, soldado valeroso, carácter indomable, veterano aguerrido en cien campañas, general del ejército liberal constitucional de 1854,y muerto en Zipaquirá el27de mayo al tomar esa plaza.
Tomás Herrera, verdadero caballero galante de la democracia; hombre que por sus virtudes cívicas fue de los más notables en la historia contemporánea; de familia distinguida, gallarda presencia, modales finos y liberal inquebrantable. Asumió el cargo de presidente de la República para combatir la dictadura del general Meló, nombró por su edecán a Jacinto Corredor, perdió la batalla de Zipaquirá, y se hizo matar en la de Bogotá el4 de diciembre de1954,en la cual fue vencida la dictadura.
Para haber merecido la amistad de estos hombres distinguidos y la de Murillo, Parra, Pérez, Florentino González, Salgar, y de cuantos han gobernado el país con el sufragio liberal; para haber ocurrido a él en toda calamidad pública los demócratas, y haber tenido por mucho tiempo una buena posición social en Bogotá; para haber despertado en los jóvenes republicanos siempre entusiasmo, en las mujeres interés y en los niños tanto cariño, era preciso que en Jacinto Corredor hubiese algo muy notable que lo distinguiese en el bien, haciéndolo amar de los que lo conocían.
El misterio de ese privilegio estuvo en su carácter; y de ahí nació, como de clara fuente, el que fuese liberal, valiente, laborioso, abnegado y espléndido, condiciones todas que aun en una sociedad pervertida despiertan entusiasmo entre la multitud y conquistan la estimación de los hombres pensadores.
Por ejemplo, en1854,franca y claramente el general José María Meló, comandante general, proclamó la dictadura de la fuerza, y ésta parecía invencible. El partido conservador vaciló entre aceptar la dictadura y conseguir así el poder, o aliarse con sus enemigos, los radicales, y restablecer el imperio constitucional. Pero entonces tuvo dignidad y salió a combatir. ¿Cómo no había de despertar entonces entusiasmo en la sociedad el joven a quien el presidente Herrera elegía por su ayudante; que con él organizaba los ejércitos, que entraba con él a la plaza de Zipaquirá, donde la muerte segaba la vida de los valientes como la hoz un campo de trigo, y que salía de allí con el bayetón cruzado a balazos?
Y ese joven acompañaba después al presidente en su larga peregrinación por toda la República: atravesaba los páramos helados; iba a la ardiente costa; enviaba armas a todas partes; nos ayudaba a levantar el batallón Libres, en García Rovira; peleaba al lado nuestro en Petaquero; y luego, al entrar triunfante en Bogotá, recogía el cadáver de su general, muerto en las calles, y sólo se ocupaba de que se le hicieran funerales suntuosos.
Restablecido el orden constitucional, hizo lo que todos los jóvenes liberales de entonces: se dedicó al trabajo; pero si a él la fortuna le sonrió, para otros de sus amigos fue siempre esquiva; y en poco tiempo formó caudal, y empezó una vida de fasto y de placeres, como nadie la había llevado en Bogotá.
¿Hasta dónde fue generoso? ¿Por qué fue pródigo? Sólo podemos asegurar que jamás se acercó a él un necesitado sin que recibiera el oro a manos llenas; que enjugó muchas lágrimas; recogió a los niños; estimuló a los jóvenes liberales para que escribiesen, pagándoles la impresión de los periódicos; obsequió a sus amigos con exquisita delicadeza; dio banquetes de trescientos cubiertos, y bailes suntuosos a las damas; se dejó estafar de los perversos y robar de los jugadores, y que con el ruido de sus fiestas y el de sus actos generosos llenó a la sociedad por muchos años.
Fortuna tal no podía durar mucho tiempo, y cuando se encontró pobre se fue a trabajar a las orillas del Magdalena, y a ayudar en la obra civilizadora de cultivar esas regiones.
El contraste entre la vida culta de Bogotá, las fiestas a que los dos amigos habíamos asistido, y la de privaciones, sufrimientos y amarguras que llevábamos en las orillas del Magdalena, nos inspiraron la novela Los Peregrinos, la cual dedicamos a Corredor.
Corredor era instintivamente enemigo del despotismo clerical, como lo era del militar y del hipócrita con que el partido conservador revistió la presidencia de la República en1860,y cuando ese gobierno derribó el de Santander, atacó al del Cauca y se armó contra los liberales, Jacinto Corredor, viendo comprometido a su partido en una revolución tanto más justificable cuanto el partido conservador estaba en el poder porque los radicales al triunfar de la dictadura se lo habían entregado, viendo, decimos, comprometida la causa de sus convicciones, dejó sus trabajos, se fue a la guerra y por segunda vez entró victorioso a Bogotá el18de julio de1861.
El gran general Mosquera tenía resabios que no podían soportársele, como ser amigo de la pena de muerte, y una tendencia a la dictadura que lo impulsó hasta estrellarse con el congreso en1867. Entonces los liberales, con la honradez y probidad política que los distinguen siempre, encabezados por el general Santos Acosta, hicieron la conspiración del23de mayo; y el dictador fue depuesto, juzgado como convenía a la dignidad de la nación, y expulsado del país, a pesar de sus inmensos servicios. En esta conspiración entró Jacinto Corredor, siempre enemigo de los dictadores.
Jacinto Corredor no hizo carrera pública, y sin embargo mereció ser miembro de la cámara de representantes, en donde se distinguió por sus opiniones radicales y su carácter inquebrantable; y en las honradas y dignas administraciones de Salgar, Murillo, Pérez y Parra, fue sacado a lucir por su expedición en los negocios, su probidad en el manejo de los fondos públicos y su dignidad nunca desmentida en el desempeño de los destinos de tesorero de la República, administrador de las salinas de Boy acá e intendente general del ejército, cuyos cargos cumplió cual convenía a la elevación de miras de aquellos gobiernos, y a contentamiento del público.
A los hombres debe pintárseles tales como fueron en la vida, para que las generaciones que vienen puedan juzgar con acierto a los antepasados y para que lo que de ellos quede no sea simplemente un panegírico, sino la memoria fiel de sus virtudes y de sus faltas. Esta reflexión bastará para excusar la forma que hemos dado a este escrito.
Las virtudes privadas de Jacinto Corredor bastaron para hacer feliz a su esposa, levantar una familia honorable, formar con honradez la fortuna que a sus hijos dejó, y conquistar el cariño y la estimación de sus amigos.
Bastan ejemplos para patentizar que la generación que dio al país las instituciones más libres que se han conocido en la América del Sur, la que sostuvo los gobiernos honrados que por más de quince años dirigieron los destinos de la República, y la mostraron al exterior, pacífica, digna y respetable, ayudó también a la producción y engrandecimiento material de estas regiones.
Pocos fueron los capitalistas que contribuyeron a la civilización de estas comarcas y muchos los que escasos de medios y luchando con la fortuna quizás adversa, con mil dificultades y fatigas, fueron estableciendo fundos que hoy son sumamente valiosos.
No todos los que trabajaron en estas regiones y que crearon tanta riqueza, se hicieron ricos; muchos empobrecieron más bien; otros no pudieron pagar los capitales que habían tomado a un crecido interés para cultivar sus haciendas, y tuvieron que entregarlas a los usureros; y no pocos, en la crisis que produjo la caída del tabaco de Ambalema, después de muchos años de labor, volvieron, como los inválidos de las guerras civiles, a su pobre hogar, llenos de enfermedades y de miseria. Pero la riqueza que ellos crearon quedó, y este es un título de gloria. La ruina del tabaco arruinó a la nación.
