PASCAL MARSAULT, órgano (Francia)
CHRISTIAN SCHMITT, órgano (Alemania)
Por los caminos del órgano
NOTAS AL ROGRAMA I
Nicolás Alexiades Uribe
THÉODORE DUBUOIS (1837-1924), ópera pro-órgano.
No es cierto que Dubois haya sucedido a César Franck (1822-1890) como
organista titular de St. Clotilde, como muchos han escrito, pues el sucesor
fue Gabriel Pierné (1863-1937, titular entre 1890 y 1898). Dubois fue organiste
accompagnateur y maestro de capilla desde 1858 hasta 1868, durante el
titulariado del insigne músico de Lieja. A pesar de haber compuesto una
sinfonía y dos poemas sinfónicos, música de cámara y numerosas obras
para órgano, la mayoría de quienes sí recuerdan hoy a Dubois lo hacen
gracias a su espléndido oratorio Las últimas siete palabras de Cristo. Su
verdadera pasión era la ópera, con al menos media docena de títulos a su
crédito, aunque enfrentó muchas dificultades en verlas escenificadas durante
su vida. Con la cantata Atala ganó el Gran Premio de Roma. Estudió órgano
con François Benois (1794-1878), maestro también de su amigo Camille Saint-Saëns (1835-1921), a quien sucedió como organista de La Madeleine. Desde
1896 hasta 1905 fue director del Conservatorio de París. El importante catálogo
de composiciones de Dubois para órgano ha caído en el olvido injustamente,
pues si bien sus obras exhiben un lenguaje conservador y estética decorativa
al estilo fin du siècle, son siempre gratos momentos musicales para el oyente
y el intérprete. La más famosa de éstas es su Toccata en Sol mayor, publicada
en 1886 como parte del volumen titulado Doce piezas. Al igual que tantas
obras de su tiempo, sus notas y efectos sonoros están pensados para el tipo
de órgano construido por el mítico organero Aristide Cavaillé-Coll (1811-
1899).
FRANÇOIS COUPERIN (1668-1733) y el órgano de los Couperin.
En 1653, cuando François Couperin sucedió a su tío Louis Couperin (c. 1626-
1661) en el puesto de organista titular de St. Gervais de París, al instrumento
de esta iglesia se le empezaba a conocer como el órgano de los Couperin.
Hasta 1924 no se conocían sino copias del único libro de órgano compuesto
por François. Fue entonces que el estudioso francés André Tessier descubrió
un ejemplar original único del libro, aparecido milagrosamente en la Biblioteca
de Carpentras. Este descubrimiento sirvió para despejar todas las dudas en
cuanto a la autoría de la obra, la cual, fechada en 1690, había despertado todo
tipo de controversias por tratarse de una colección genial, difícilmente
atribuible a un compositor de 22 años. En efecto, François Couperin era el
autor del libro, textualmente titulado Piezas de órgano consistentes en Dos
Misas, una para el uso ordinario de Parroquias para las Fiestas solemnes,
la Otra propia de los Conventos de Religiosos y Religiosas. En la segunda
misa está contenido el Cromhorne sur la taille (taille indica que lo canta la voz de tenor, aquí una parte del Kyrie), una preciosa melodía pensada para el
registro francés de cromorno (ancestro del clarinete). A falta del registro
original, el tema grácil y ornamentado de este recitativo lo cantará un Schalmei,
pariente germano del cromorno.
DIETRICH BUXTEHUDE (1637-1707), el músico, el saber universal y las
formas libres.
Más de 300 kilómetros recorrió a pié Johann Sebastian Bach en 1705 para ir
desde Arnstadt hasta Lübeck a escuchar en persona al legendario Dietrich
Buxtehude, organista de la Marienkirche desde 1688. Nacido danés como
Diderik, el joven Dietrich se formó con su padre y ocupó puestos de organista
en Helsingborg y Helsingor. Pero la tribuna que lo catapultaría a la
inmortalidad sería la de organista titular de la Marienkirche en Lübeck. Su
capacidad intelectual era tan legendaria como su técnica al teclado: dominaba
varias lenguas, era un hábil matemático, administrador, filósofo y astrónomo.
Fue el gerente musical de las concurridas Abendmusiken, unas temporadas
de conciertos que, caído el véspero, atraían inusitadas multitudes hasta la
Marienkirche. Toda la programación y la coordinación de centenares de
músicos corrían a su cargo. Pero las actividades gerenciales y sus sesudas
investigaciones le dejaron tiempo suficiente para componer un gran número
de obras espléndidas, del cual, a mucho pesar, una parte importante se ha
perdido. Su catálogo contiene más de cien cantatas, oratorios, una Misa
Breve y numerosas obras para teclado sólo entre las que se destacan, claro
está, sus obras para órgano. Durante los meses de estadía en Lübeck, el
joven Bach recibió la lección de su vida. Nadie antes de Buxtehude había
compuesto con tal exhuberancia para el órgano, y verlo tocar el gran órgano
de la Marienkirche, de cuatro teclados manuales y con una técnica de pedal
que muchos hubiesen envidiado para sus manos, le dio al futuro Cantor de
Leipzig el empuje definitivo para componer sus colosales preludios y fugas.
Es dudoso que Buxtehude haya compuesto el Magnificat Primi Toni, BuxWV
203 para darle a la congregación la nota de entrada del canto coral, pues los
osados y geniales cambios armónicos de esa obra hubiesen confundido
incluso al más astuto de los cantores. Probablemente el Magnificat nació
como una pieza brillante para tocar durante las Abendmusiken. En el nivel
armónico se divide en tres partes y en el formal en nueve, numerología
perfecta para alabar a la Santísima Trinidad y los meses de gestación de la
Santísima Virgen. El tema gregoriano del Magnificat (Fa-Sol-La-La-La) aparece
en varias ocasiones pero tratado con total libertad, y constituye el núcleo de
una de las obras más extraordinarias del Maestro de Lübeck. Muy diferente
y atípica en estilo, Auf meinen lieben Gott BuxWV 179 es, dentro de las
obras de Buxtehude basadas en temas corales, un auténtico inclasificable. Si
bien se construye sobre el tema coral que porta su nombre y que traduce En
mi bienamado Dios, el compositor pone en evidencia la influencia musical
de París sobre Lübeck: lejos de ceñirse a cualquier modelo estilístico
convencional esperado en una obra sobre un tema coral, Buxtehude armó una convincente suite dancé à la francaise sobre este canto de autor
desconocido y utilizado por primera vez en Lübeck cerca de 1603.
JEANNE DEMESSIEUX (1921-1968), la mujer organista-compositora más
brillante del siglo XX.
En 1946, Jeanne Demessieux ofreció una serie de magistrales recitales en la
Salle Pleyel de París, con sus Seis estudios, Op. 5 (verdadera prueba de
acero para el intérprete) y una sinfonía improvisada de cuatro movimientos.
Luego, en 1948, su prestigio creció exponencialmente con una nueva serie
de recitales, en los cuales tocó las Sonatas en Trío y los más importantes
preludios y fugas de Bach, además de obras de Mendelssohn, Liszt y Franck.
En 1962 fue nombrada organista titular de La Madeleine, donde había grabado
la integral de Franck en 1960. En los años 50 había grabado para el sello
Decca los conciertos Op. 4 Nos. 1 y 2 para órgano y orquesta de Händel en
una versión libre, no purista, con gran orquesta, registración de gran órgano
sinfónico y cadencias improvisadas de enormes proporciones. Completó
giras por los Estados Unidos en 1953, 1955 y 1958. Tan sorprendente era su
técnica y tan extraordinarias sus interpretaciones que en 1948, luego de su
segundo legendario recital en la Salle Pleyel, su maestro Marcel Dupré
(1886-1971) entró en conflicto irreconciliable con su discípula, por celotipia
por un lado, y por desacuerdo en cuanto a su futuro por el otro. Su deceso
prematuro en 1968 cortó una de las carreras más brillantes del órgano del
siglo XX, y también de la composición: Demessieux, destacada discípula de
Dupré, llevó hasta las últimas consecuencias posibles el lenguaje musical
del cual fue heredera, sin abordar la atonalidad serial de Olivier Messiaen
cuyas obras conocía al dedillo, pero con una insistente necesidad de nublar
la percepción tonal del oyente mediante el uso de arriesgados intervalos
armónicos. Fue la tribuna y no el escenario la matriz de composición de sus
Doce preludios corales, Op. 7, compuestos por solicitud del público
estadounidense en 1947 y publicados en Boston en 1950. Al igual que para
Dupré, para Demessieux en la iglesia, el servicio litúrgico viene primero. A
esa premisa responde esta colección de preludios corales, apacibles páginas
de discreta poesía que abandonan el protagonismo en aras de la profundidad
espiritual. Cada uno toma un tema gregoriano como fundamento; el tercero
se basa en el Attende Domine.
GABRIEL PIERNÉ (1863-1937), un famoso director de orquesta al órgano.
Nativo de Metz, el francés Gabriel Pierné no es el único caso de prominentes
directores de orquesta con prestancia como organistas: Felix Mendelssohn
y, más cerca de nosotros, Leopold Stokowsky (1882-1977) son dos ejemplos
de músicos directores para quienes el órgano fue un instrumento de referencia.
Sin embargo, el catálogo de composiciones de Pierné cuenta con poquísimas
obras para el órgano. Esto resulta en extremo curioso, pues fue el organista
titular sucesor de su maestro César Franck en la tribuna de Sainte Clotilde de París, posición que ocupó hasta 1898. En el Conservatorio de París ganó
primeros premios en piano (1879), contrapunto y fuga (1881) y órgano (1882)
en la clase de Franck, y ese mismo año le fue conferido el Primer premio de
Roma por la cantata Edith. El extenso catálogo de Pierné abarca obras de
diversos géneros. Sobresale en ellas la refinada orquestación, muy evidente
en su brillante Concierto para piano. Pierné fue el director de orquesta de
los legendarios Conciertos Colonne desde 1910 hasta 1934, tiempo durante
el cual planeó y produjo 48 conciertos por año. Prueba de su altruismo es
que no utilizó esta posición para promover sus propias obras; más bien
abogó por dirigir en premier las obras de nuevos compositores como Claude
Debussy (1862-1918), Maurice Ravel (1875-1937), Louis Vierne (estrenó su
Sinfonía en La menor, Op. 24 para orquesta) o Igor Stravinsky (1882-1971).
En 1893 se publicó su Op. 29, titulado Tres piezas para órgano. La segunda y
tercera piezas de la colección, Cantilène y Scherzando respectivamente,
son las menos escuchadas de las tres. La pasividad de la Cantilena se sitúa
entre el espíritu dramático del Preludio y el impacto del Scherzando, que
con un contrapunto bien pensado, una técnica muy exigente y un apasionado
carácter termina el ciclo.
JOHANN SEBASTIAN BACH, el anuncio del advenimiento del romanticismo.
La Fantasía y Fuga en Sol menor, BWV 542, de Bach, se anticipa por siglo
y medio a su tiempo. La Fantasía lo enfrenta a uno con giros armónicos tan
violentos que le hacen preguntarse sobre la reacción del público cuando
Bach la interpretó en 1720 durante la audición para aspirar al puesto de
organista de la Jakobkirche de Hamburgo. Si aún hoy sus secuencias
armónicas disonantes y cromáticas nos pueden parecer osadas, imaginemos
el asombro de aquel público al escucharlas en el gran órgano de la Jakobkirche
afinado con temperamento desigual. Aunque la Fuga basada sobre una
canción popular neerlandesa no fue compuesta junto con la Fantasía, la
frecuente asociación de la una a la otra las ha hecho coexistir por siglos en
una auténtica simbiosis musical que comprueba la ley de la atracción de los
opuestos; si bien la Fuga exige lo máximo del intérprete, conserva un espíritu
jovial y casi bucólico, una bienvenida experiencia luego de la turbulencia de
la Fantasía. Esta obra fue uno de los mayores objetos de adoración del órgano romántico del siglo XIX, y no sólo de Max Reger (1873-1916),
coterráneo de Bach, pues Louis Vierne (1870-1937) y Charles-Marie Widor
(1844-1937) la interpretaban con pasión.
FELIX MENDELSSOHN (1809-1847), promotor de una revolución del órgano en Inglaterra.
Al igual que Mozart, Mendelssohn fue considerado como uno de los mejores
pianistas de su tiempo y el brillo de su carrera pianística opacó el de su
carrera de organista. Para la llegada del siglo XIX el órgano y su música habían caído hasta el fondo mismo de la decadencia en la Europa continental.
Las vicisitudes políticas, militares y sociales habían desfigurado por completo
la identidad del instrumento, y los órganos abandonados y casi inservibles
eran un común denominador, aún para Mendelssohn: cuando visitó Breslau
en 1823 escribió que había visitado el órgano y había encontrado los tubos
con perforaciones de disparos, completamente inservibles. El primero (1829)
de un total de diez viajes que hizo a Inglaterra impulsó el florecimiento de su
interés por el órgano, interés que se hallaba en estado embrionario desde su
formación musical junto a Ludwig Berger (1777-1839) y Carl Zelter (1758-
1832). Por aquel entonces, muy pocos órganos ingleses poseían un pedalero
completo a la alemana, y era prácticamente imposible tocar en ellos las
grandes obras de Bach, excepto por arreglos para cuatro manos (relativamente
comunes, por obligatoriedad). Mendelssohn ejerció una decisiva influencia
para que el órgano inglés iniciara su vertiginosa evolución hasta convertirse
en el tipo de órgano más espléndido y adelantado de su tiempo. El instrumento
que William Hill construyó para el Auditorio Municipal de Birmingham (1833)
marcó un paradigma pionero en esta evolución (revolución) del órgano
sinfónico inglés de los Auditorios Municipales (Town Hall Organ). Su
visionaria concepción se debió, en buena parte, a la influencia ejercida por
Mendelssohn a través de sus interpretaciones de Bach y de sus propias
obras, que son la contribución más importante al repertorio alemán del órgano
de la primera mitad del siglo XIX.
La Sonata en La mayor, hoy conocida como la número 3, inicialmente había
sido ubicada por Mendelssohn en el primer lugar de su colección de Seis
sonatas, Op 65, para órgano, lugar que, justo antes de entregar el manuscrito
al editor, le concedió a la Sonata en Fa menor. Esta decisión de último
momento nos cuenta mucho sobre el origen de las sonatas, compuestas por
encargo de la editorial inglesa Coventry and Hollier para una colección de
voluntaries, término inglés comúnmente asociado con piezas de órgano
solo. De todas las sonatas, la tercera, en forma bipartita, es la que más se
asemeja al modelo clásico de voluntary; fue seguramente por ello que
Mendelssohn decidió encabezar la colección con la Sonata en Fa menor y
rebautizar a todas las piezas como Sonatas en vez de llamarlas Voluntaries.
La Sonata en Fa menor, op. 65 No. 1 se inicia con un Allegro moderato e
serioso bitemático, con la melodía del coral Was mein Gott will gescheh
allzeit (Lo que Dios quiere siempre se cumple) como segundo tema. Entre
todos los movimientos de sus sonatas para órgano, este es el que más se
acerca a la forma clásica de sonata. El Adagio comienza con exactamente el
mismo acorde con el que termina el movimiento que lo precede, antes de
modular inmediatamente a La bemol mayor, uniendo íntimamente ambos
movimientos. Le sigue un Andante (Recitativo) en forma de canción sin
palabras con alternancia de acordes de órgano pleno; la obra termina con
una tocata de gran vigor que explora el intervalo de cuarta expuesto en el
primer movimiento, una vez más acentuando el carácter cíclico de la obra.
GUILLERMO URIBE-HOLGUÍN (1880-1971), herencia nacional de la
Schola Cantorum de París.
Dentro del vasto catálogo de composiciones del colombiano Uribe-Holguín
no existe, hasta donde se sabe, ninguna obra original para órgano, lo cual no
deja de sorprender puesto que en París se formó junto a Vincent dIndy
(1851-1931), gracias a una beca de estudios. DIndy, Charles Bordes (1863-
1909) y Alexandre Guilmant, por entonces uno de los organistas más
importantes y famosos del planeta, habían fundado la Schola Cantorum en
1896. El profesor de armonía de la Schola era Fernand de la Tombelle (1854-
1928), un excelente organista también. En el archivo de los descendientes de
Uribe-Holguín reposa una carte de visite de Eugène Gigout (1844-1925);
autografiada el 20 de febrero de 1910, y al menos otros dos documentos
autografiados del maestro organista de St. Agustin se hallan en el archivo
del Patronato de Artes y Ciencias de Bogotá. No cabe entonces la menor
duda de que Uribe-Holguín estuvo en el seno de la gran escuela del órgano
sinfónico francés ni de que estrechó la mano de sus más insignes
protagonistas. ¿Por qué no compuso para el órgano? ¿Nunca se sintió atraído
por este instrumento cuya existencia, mal que bien, siempre ha estado un
poco marginada de las grandes corrientes de la música erudita? ¿Existirá
alguna obra oculta de su autoría para el Rey de los Instrumentos? No lo
sabemos. Cuando el maestro Christian Schmitt ojeó una colección de
partituras para piano de Uribe-Holguín, sintió simpatía espontánea por su
fino lenguaje fin du siècle, y decidió adaptar al órgano su sutil Moderato
Op. 22 No. 6.
LOUIS VIERNE (1870-1937): la premonición de un final.
En 1881 Vierne escuchó por primera vez a César Franck improvisando al órgano durante la misa en St. Clotilde, de París. Más tarde escribió:
no
pude contener mis lágrimas. Yo no conocía nada; no entendía nada; pero mi
instinto natural se sacudió violentamente por esta música tan expresiva que
hacía eco en cada uno de mis poros. No podía expresarlo en términos exactos,
pero cuando mi tío (Charles Colin, 1832-1881) me preguntó lo que había
sentido y lo que esta música había hecho en mí, respondí es hermosa porque
es hermosa; no sé por qué, pero es tan hermosa que quisiera tocar música así
y morir inmediatamente después. Estas palabras debieron haberse labrado
en el tiempo como un vaticinio, pues Louis Vierne moriría el 2 de junio de
1937, a las 9:30 de la noche, mientras tocaba su recital número 1750 (!) sentado
a la consola del gran órgano de la catedral de Notre-Dame de París, donde
había sido organista titular desde 1900. Vierne había interpretado con
sobrecogedora emoción su última composición, el Tríptico op. 58, nos cuenta
su discípulo y amigo Maurice Duruflé (1902-1986). Yo estaba a su lado para
asistirlo con la registración. Cuando comenzó la obra Estela para un infante
difunto [Op. 58 no. 3], se puso pálido y sus manos se adhirieron al teclado.
Justo cuando las levantó luego del último acorde, se desplomó sobre el banco del órgano
Se esperaba que improvisara sobre el tema Salve Regina,
pero en lugar de un homenaje final a la Virgen de Notre-Dame, escuchamos únicamente una larga nota de pedal. Su pie reposó sobre el pedalero para
nunca jamás levantarse. En este ser de alma sensible y mente aguda
confluyen las dos corrientes musicales más fuertes del órgano en Francia
durante el siglo XIX: la educación musical de juventud recibida de Cesar
Franck le dio los cimientos sobre los que más adelante Charles-Marie Widor,
sucesor de Franck como profesor de órgano del Conservatorio y padre de la
sinfonía para órgano, cimentaría una formación basada sobre la técnica de
interpretación perfecta que Widor había heredado de Bach a través del belga
Nicolas-Jacques Lemmens (1823-1881). Con matices impresionistas que
colorean un lenguaje armónico altamente desarrollado en sus obras tardías,
los pentagramas de Vierne reúnen algunas de las obras más sensacionales,
más originales y a la vez más desconocidas de la música francesa del cambio
de siglo, entre las cuales figuran no solamente sus seis sinfonías para órgano
solo, sino obras para múltiples formas instrumentales y vocales.
El Finale de su Primera sinfonía, Op. 14 para órgano era llamado por Vierne mi Marsellesa y era su pieza más adorada por las grandes audiencias.
Cuando Alexandre Guilmant lo tocó en su gira por los Estados Unidos en
1904, el público quedó maravillado por el ritmo de carillón y el heroico tema.
Vierne, durante su gira por Norteamérica en 1927, era llamado con
estruendosos aplausos varias veces al escenario cada vez que la interpretaba,
y con justa razón: es una obra irresistible a lo largo de la cual la facilidad del
tema y de las armonías dan paso a inteligentes y deliciosos juegos en canon.
Esta es una de las más famosas obras brillantes del órgano sinfónico francés.