PASCAL MARSAULT, órgano (Francia)
CLEMENT SAURIER, Trompeta (Alemania)
Por los caminos del órgano
NOTAS AL ROGRAMA II
Nicolás Alexiades Uribe
GEORG PHILIPP TELEMANN (1681-1767), o el llamado irrevocable de la
vocación.
Telemann puede escribir una pieza litúrgica de ocho partes con la misma
facilidad con la que cualquier persona escribe una carta, dijo Georg-Friedrich
Händel (1685-1759). El compositor más prolijo de toda la historia fue también
uno de los más precoces: a la edad de diez años tocaba teclado, violín, flauta
y cítara, y a los doce firmó su primera ópera, Sigismundus, compuesta sobre
un texto de Christian-Heinrich Postel (1658-1705). Resulta irónico que semejante
talento musical haya titubeado entre la añeja tradición luterana de su
familia y la oposición de su madre, quien se sintió consternada al ver que su
infante producía más páginas de música que tareas escolares. En 1701, con
veinte años, Telemann se matriculó en la Facultad de Leyes de la Universidad
de Leipzig, por insistencia de su progenitora. Pero el talento y la vocación artística del joven eran irrevocables; de camino hacia Leipzig paró en
Halle para conocer a Händel, y al poco tiempo de su arribo sus planes de
estudio comenzaron a trastabillar: en vez de dedicarse a las leyes, las lenguas
o la ciencia, Telemann fundó el Collegium Musicum, agrupación que
más tarde dirigiría Bach. Simultáneamente componía piezas operáticas para
el teatro de la ciudad, y desde 1704 ocuparía el puesto de organista de la
Neue Kirche. No obstante, los celos del entonces Cantor de la Thomaskirche,
Johann Kuhnau (1660-1722, predecesor de Bach) provocó la partida de
Telemann, quien aceptó el puesto de Maestro de Capilla de la Corte del
Conde Erdmann II, en la Provincia de Sorau. Su llegada como Maestro de
Conciertos a Eisenach, hacia 1708, precedió por poco tiempo la partida de
Johann Sebastian Bach de allí. La producción musical de Telemann creció
geométricamente al ser nombrado Cantor del Johanneum de Hamburgo, en
1721. Este puesto comprendía la dirección musical de las cinco iglesias más
importantes de la ciudad, además de incontables responsabilidades docentes
y de composición; era el medio perfecto para dar rienda suelta a su pluma
ardiente. A Telemann se le solicitaba entregar dos cantatas por semana, una
pasión anual, y trabajos varios de naturaleza tanto litúrgica como profana.
Cuando concursó para el puesto de Cantor de la Thomaskirche de Leipzig
fue declarado ganador por encima de Bach, pero el ayuntamiento de
Hamburgo entró en pánico al enterarse de su renuncia inminente y aceptó
aumentarle el salario e incluirlo como compositor para la ópera. Falleció allí
en 1767 y lo sucedió en sus deberes Carl Philipp Emanuel Bach (1714-1788),
su ahijado e hijo de Johann Sebastian. El catálogo de composiciones de
Telemann no parece tener fin: 1046 cantatas sacras, 46 pasiones y una lista
interminable de obras varias, entre ellas la Suite heroica para un instrumento
melódico y bajo continuo. Dicha suite comprende doce marchas representa-tivas de alguna faceta de la personalidad de un héroe: La vigilancia, La
majestad y La tranquilidad son tres de ellas, así como lo es La gracia que
esta noche será escuchada en una adaptación para órgano y trompeta hecha
por Marie-Claire Alain (n. 1926).
ALESSANDRO MARCELLO (1669-1747): aludido con respeto por el Cantor
de Leipzig.
De Marcello se sabe relativamente poco. En buena medida debemos la información que nos ha llegado a referencias de su carrera como abogado: tanto él como su más célebre hermano Benedetto (1686-1739) estudiaron leyes y
se desempeñaron con prestancia en el medio de la diplomacia y la nobleza
italianas. Alessandro fue diplomático en el Peloponeso. Como miembro de la
Accademia della Crusca publicó en 1719 ocho libros de coplas, y después de
su ascenso a la dirección de la Accademia degli Animosi hizo esfuerzos por
enriquecer la colección de instrumentos que ahora reposa en el Museo Nacional
de Instrumentos Musicales en Roma. Su obra musical es de gran
calidad, aunque poco numerosa, y curiosamente ha sido una transcripción
realizada por Bach la que lo ha popularizado en nuestro tiempo. Bach tomó el
Adagio del Concierto en Re menor para oboe, cuerdas y continuo de Marcello
y lo transcribió finamente para el clavecín, en un respetuoso manuscrito que
ofrece, primero, el sobrio original de Marcello, y luego la propuesta de Bach
con ornamentaciones muy a la barroca, llenas de invención y sorpresa. La
versión del concierto completo que hoy nos será ofrecida es una adaptación
de Pascal Marsault realizada sobre una reducción para piano del norteamericano
Richard Hervig (n. 1917).
JOHANN SEBASTIAN BACH
El gusto de Bach por la famosa colección de conciertos de Vivaldi titulada
lEstro Armonico no se detuvo con las trascripciones que de éstos hizo para órgano solo. Hacia 1730 adaptó el número 10 de la colección, y hoy lo conocemos
como Concierto en La menor, BWV 1065, para cuatro claves y cuerdas.
En varios pasajes agregó sus propias densidades armónicas con magistral
inteligencia, de lo cual resultaron algunas de las páginas Bach-Vivaldi
más espectaculares. El compositor e intérprete suizo Guy Bovet (n. 1942) nos
lleva un paso más allá en el proceso de metamorfosis musical de la obra con
una transcripción para órgano solo, que pasa a ser Bach-Vivaldi-Bovet.
De otro concierto, aún no encontrado, que Bach debió haber compuesto
durante su estancia en Weimar, resultó el BWV 1056, originalmente escrito
para clavecín y orquesta de cuerdas. Bach reutilizó el Adagio de este concierto
en el primer movimiento (Sinfonía) de la Cantata BWV 156, cuya
versión original comprende alto, tenor y bajo solistas, coro, oboe, cuerdas y
bajo continuo. La cantata fue estrenada en Lepizig en 1729, está compuesta
sobre textos del poeta alemán Picander (Christian Friedrich Henrici, 1700-
1764) y lleva por título Me hallo con un pié en la tumba. Contrario a lo que
se pudiese pensar, el plano espiritual aquí no es la tristeza sino la confianza del creyente quien, al acercarse al final, se entrega a las manos del Salvador.
De allí la serenidad que reina en sus notas. La escuchamos esta noche en
reducción literal para órgano y trompeta.
WOLFGANG AMADEUS MOZART (1756-1791), sobre los pedales del órgano.
La relación de Mozart con el que él mismo llamaba El Rey de los Instrumentos permanece aún en un rincón nebuloso de la vida de uno de los más
geniales compositores de la historia. Este caso de olvido biográfico se da
también con varios otros compositores cuya prestancia como organistas
permanece a la sombra de sus ejecutorias como pianistas. No cabe la menor
duda de que la fascinación de Mozart por el órgano comenzó tomado de la
mano de su padre Leopold. Durante los extensos viajes que realizó con él por
Europa, las iglesias más importantes eran una parada obligada para su progenitor,
quien antaño se había sentido atraído por el sacerdocio. En la localidad
bávara de Wasserburg, Wolfgang, con siete u ocho años de edad, se
quedó absorto frente al órgano y tuvo un primer contacto inolvidable. Las últimas noticias escribió su padre en una carta son que, para entretenernos,
fuimos a visitar el órgano, y le expliqué a Wolfgang el uso de los pedales.
Inmediatamente probó tocarlos, primero parándose sobre ellos
[parec ía] como si hubiese practicado la maniobra durante meses enteros. Todos
estaban impresionados. Muchos de estos encuentros con El Rey fueron
casuales y registrados con poco rigor por sus biógrafos. Cuando Leopold
fue a Haarlem para visitar a un editor que trabajaba en la publicación de su
método para violín, el organista de St. Bavo los invitó a ver el órgano. Este
instrumento terminado en 1735 y conservado hasta hoy en día era y sigue
siendo uno de los más suntuosos de toda Europa. Con sus más de 60 registros
(incluyendo dos con tubos de 32, es decir, de diez metros de longitud)
continúa siendo hoy una meca del arte del órgano. El acceso era restringido
y costoso: media guinea por escucharlo, y media corona para los que bombeaban
el aire, si uno quería tocar. Pero Mozart era invitado especial del
organista titular, así que se le concedió una hora de prueba gratis, entre las
10 y las 11 de la mañana.
La Misa de Coronación en Do mayor, KV 317, para órgano, coro, solistas y
orquesta, fue compuesta en 1779 para el tiempo pascual; posteriormente fue
rebautizada para la ceremonia de coronación, en Viena, del Emperador
Leopoldo II (1747-1792, emperador desde 1790). El tema del Agnus Dei de la
misa reapareció luego en la ópera Las bodas de Fígaro, en el aria Dove sono,
confirmando el acento operático de la música sacra de W. A. Mozart.
CAMILLE SAINT-SAËNS (1835-1921), el organista eclipsado por el pianista-compositor.
Es muy probable que la precocidad musical de Saint-Saëns encuentre un
solo ejemplo equiparable en toda la historia de la música: el de W. A. Mozart. A los dos años y medio Saint-Saëns ya tocaba el piano, leía y escribía música
a los tres, y componía obras a los cinco. El 6 de marzo de 1846, con apenas
diez años, tocó de memoria en la Salle Pleyel de París el cuarto concierto de
Mozart y el tercero de Beethoven, junto con cinco obras más para piano
solo. Al final del concierto alguien le preguntó a su madre ¿Y qué música
esperamos que esté tocando cuando tenga 20?, a lo que la orgullosa madre
respondió ¡Estará tocando la suya propia!. Es curioso que al igual que
Mozart, y así como Mendelssohn, Elgar y Bruckner, entre muchos otros,
Saint-Saëns haya sido un músico de polifacética y brillante carrera cuya
actividad como organista escapó sistemáticamente a la atención de tantos
de sus biógrafos. Es cierto que su carrera como pianista ha sido una de las
más brillantes jamás vistas, y que su catálogo de excelentes y variadas composiciones
sea numeroso, pero ello no justifica pasar por alto su carrera de
organista, que prácticamente precedió a todas sus demás facetas musicales,
incluyendo los 20 años de organista titular de la iglesia parisina de La
Madeleine. Su capacidad intelectual le permitió ser políglota, además de un
versado aficionado por la historia, la geología y la astronomía. Un matrimonio
infeliz a cuestas, el deceso de sus dos hijos con un intervalo de apenas
seis semanas y el fallecimiento de su madre en 1888 sumergieron a Saint-Saëns en un profundo estado depresivo que le hizo considerar el suicidio.
Para sobreponerse a las vicisitudes emprendió una serie de viajes hacia
parajes exóticos como los de Argelia y Egipto. Completó una gira triunfal por
los Estados Unidos en 1915. Pasó solitario sus últimos años y murió a los 86
años en Argelia. Las pompas fúnebres nacionales se realizaron en París el 24
de diciembre.
Menos de un año después de su nombramiento como organista titular de La
Madeleine, Saint-Saëns compuso el primero de al menos tres motetes sobre
el tema Ave María, este en Sol mayor, para mezo-soprano o tenor con acompa
ñamiento de órgano, y dedicado a Marie-Félicie-Clémence de Reiset,
Vicomptesse de Grandval (1830-1907), una noble con vena artística, compositora
y poeta.
ALEXANDRE CELLIER (1883-1968), rescatándolo de la galería de los
olvidados.
Pocos conocen a este compositor francés, discípulo de Charles-Marie Widor
(1844-1937) y Alexandre Guilmant, y organista de la iglesia Temple de lÉtoile
de París, desde 1910 hasta su muerte. Con un segundo premio en armonía
obtenido en 1907 y en fuga en 1911, y un primer premio en órgano en 1908,
Cellier puede ser uno de los últimos discípulos compositores de la escuela
del órgano francés en haber conservado casi intacta la vena del lenguaje
romántico sinfónico. Sin haber causado ninguna revolución con sus composiciones,
las obras de Cellier gravitan en torno a un lenguaje anacrónico para
su época, con la claridad tonal del romanticismo tardío y un gratísimo sabor
que nos remite a formas libres de la música antigua. Su creatividad musical
fue mucho más allá del órgano: además de una decena de obras para su instrumento, compuso dos quintetos con piano, dos cuartetos, una sonata
para viola y piano y otra para violonchelo y piano, y un par de obras
orquestales. ¿Quién las recuerda hoy? Es posible que recordemos a Cellier
más por su prestancia académica que por su producción musical, y esto
gracias a su coautoría en los libros El órgano: sus elementos, su historia, su
estética (París, 1933) y El órgano moderno (París, 1913). Sin embargo, no
sería justo recordarlo únicamente por el notable rigor académico de sus
investigaciones musicológicas, pues sus composiciones son deliciosas sorpresas
dentro de la galería de los más olvidados de la Francia de la primera
mitad del siglo XX. Las Variaciones sobre el Salmo 149 Cantad al Señor
un cántico nuevo, para órgano y trompeta, son un bello ejemplo de la inteligente
síntesis que logra Cellier entre un lenguaje típico del cambio de siglo
con un gusto sensible por las armonías de un pasado remoto. Dividida en
cuatro secciones, la primera lleva el encabezado Tema con armonización de
Claude Goudimel, que hace recordar al antiguo compositor y editor musical
francés (c. 1520-1572). Luego viene una Variación en canon con el bajo,
seguida de una Variación en mayor en forma de musette, y termina con
Final alla bravura.
LEOPOLD MOZART (1719-1787), el formador de un genio.
Oriundo de Augsburg y nacido en el seno de una familia devota creyente,
Leopold Mozart pasaría a ser un protagonista de la historia de la música
gracias, sobretodo, a su papel como progenitor y patrocinador de uno de los
más grandes genios de la cultura de Occidente. Hacia 1739 Leopold se mudó
a Salzburgo, que por entonces era un estado independiente. Graduado del
Gymnasium St. Salvator con magna cum laude, tuvo la idea de estudiar
filosofía en la Universidad Benedictina pero al cabo del tiempo fue expulsado
por inasistencia. Su entorno familiar siempre quiso para él una carrera
clerical, deseo que evidentemente nunca se concretó porque la curiosidad
por las ciencias y la música primaron sobre la vocación religiosa. Para 1740
había terminado su Opus 1 conformado por seis sonatas en trío, e iniciaba
una carrera como intérprete y compositor que, además de sinfonías, conciertos
y otras varias obras, vio la publicación de un método para violín el mismo
año del nacimiento de su célebre hijo Wolfgang Amadeus. Hacia 1775 prácticamente
había cesado de componer para dedicarse con aplicación obsesiva
a la formación y promoción de sus dos hijos, María Anna (nacida en 1751)
y Wolfgang Amadeus, únicos sobrevivientes de una prole de siete. Mucho
se ha discutido sobre la singular relación de Leopoldo y Wolfgang Amadeus.
El primero fue asistente, copista, corrector de texto, archivador de manuscritos
y organizador de viajes del segundo, renunciando completamente a su
propia carrera en aras de construir la de su hijo.
Es casi imposible hacer un catálogo cronológicamente organizado de las
obras de Leopoldo Mozart, y sería inapropiado juzgarlas a todas bajo la
misma lente; es suficiente decir que su estilo se adaptaba sin pudor a las solicitudes particulares del patrón de turno. El ahora popular Concierto en
Re mayor para trompeta fue compuesto en 1762 y atípicamente es en dos
movimientos, de los cuales el primero (Adagio) pide una cadencia de mayor
enjundia (Piu vivo), aquí compuesta por Clément Saunier. La parte para órgano
se basa sobre una reducción para piano de Jean Thilde (1908-1987),
trompetista y arreglista francés.
LOUIS VIERNE (véase reseña biográfica en la página 18).
En 1894, cuando Vierne obtuvo por unanimidad del jurado el primer premio
de órgano en el Conservatorio Nacional de París, Camille Saint-Saëns le
entregó el diploma diciéndole gran organista, enorme talento. Un año antes,
en 1893, Widor había invitado a Vierne a que fuese organista asistente de
su tribuna en St. Sulpice, puesto que sostuvo hasta su nombramiento en
Notre-Dame en 1900. Estando aún en St. Sulpice compuso su Primera sinfon ía para órgano, en Re menor, Op. 14, de seis movimientos, terminada en
1899 y dedicada a Alexandre Guilmant (1837-1911). La influencia de sus dos
grandes fuerzas formadoras -Franck y Widor- está muy presente en esta
obra, que comienza con la venerable forma clásica de Preludio y Fuga. El
preludio, sombrío y majestuoso, nos remite al cromatismo heredado de Franck.
El contrapunto estricto de proporciones clásicas de la Fuga (Widor) se libera
al final en una brillante coda de stylus fantasticus.
OSKAR BÖHME (1870-1938): sólo para cobres.
La vida del alemán Oskar-Wilhelmovitch Böhme permanece empañada por
un cierto halo de misterio. Se sabe que nació en Potschappel, una pequeña
localidad en la vecindad de Dresde, hijo de un trompetista de nombre Wilhelm.
Empezó su formación en casa con su padre, y la continuó en el Conservatorio
de Leipzig (composición y trompeta). Graduado en 1885, su vida se adentra
en lo incierto hasta que Böhme reaparece años después como trompetista de
la Orquesta de la Ópera de Budapest. En 1897 se mudó a San Petersburgo y
tocó corneta en el Teatro Marynsky, ahora el Kirov, desde 1901 hasta 1923.
Luego, y durante nueve años, se dedicó a la docencia en una escuela en la
Isla Vasilievky de San Petersburgo. En 1930 pasó a tocar en el Teatro Dramático de Leningrado hasta la llegada del yugo leninista en 1934, con sus
severas políticas xenofóbicas que le implicaron a Böhme el exilio forzoso en
Orenburg, en el lejano sur de Rusia. Los datos más confiables reportan su
muerte allí en 1938, aunque perduran afirmaciones de su presencia en el
Canal de Turkmenistán hacia 1941. El catálogo de composiciones de Böhme
comprende apenas 41 obras, todas para cobres. Su Concierto en Mi menor,
Op. 18 y su Sexteto en Mi menor, Op. 30 son sus obras más conocida. El
Profesor Max Sommerhalder (n. 1947, virtuoso alemán de la trompeta y biólogo)
llamó al concierto de Böhme el único concierto auténtico para trompeta
de la era romántica, y el primero en su tipo desde aquel de Hummel, compuesto
en 1803. Pascal Marsault nos ofrece su propia adaptación para órgano de
la parte para orquesta, a partir de una reducción para piano de F. Herbst.