Don Gonzalo sería otro Quijote, o mejor, uno más de los precursores de Don Quijote. Educado, hijo de abogado y él también abogado. Hechizantes debieron ser las fuerzas que lo impulsaron a viajar, a conquistar las nuevas tierras hasta llegar a Bacatá y mucho más lejos.

 

“Entonces llegaron a la ciudad de Granada provisiones reales, por las cuales se nombraba al jurista Gonzalo Jiménez de Quesada, Justicia Mayor de la hueste expedicionaria que, bajo la capitanía de Pedro Fernández de Luso debía ir a Santa Marta”. (Luis Galvis Madero, el Adelantado). Y así comienza la historia. Entra en el ruedo y principia la faena. De ahora en adelante vendrían los problemas, desde la ayuda al soldado herido hasta la impaciencia sin causa. Llegan a Santa Marta a finales de 1535 y muy pronto Don Gonzalo ya está en busca del nacimiento del río Magdalena. Es nombrado Teniente General y así se prepara para tan temeraria aventura en la cual jugaría, como en toda aventura, la ambicion del oro, la fama o hasta la misma fe ciega de vencer, ese sentido del jugador que irremediablemente espera ganar o comenzar a ganar.

En el caso de Gonzalo Jiménez de Quesada y de Simón Bolívar, nuestra imaginación no resiste estereotipos pues son figuras cuya fuerza y vigor rompen toda clase de moldes en que los quieran aprisionar. Los dos irrumpen y penetran, Don Gonzalo rompiendo selvas vírgenes, haciendo primer camino entre fangos, lagunas, ríos, abriendo vapores de ciénagas, sintiendo la humedad y el calor, soportando el ataque de alimañas ponzoñosas que diezmaban sus tropas tan escasas. Bolívar también viajada a caballo o a pie, en barco o en canoa pero para desenmarañar las selvas de las mentes llenas de envidia, de celos o frialdad, lucha contra la más feroz alimaña que es la indolencia; enciende y alimenta la hoguera de la libertad. Ambas fueron tareas duras que significaban lucha pertinaz, afán sin sosiego. Ambos fueron obreros fuertes, quizá lo más lejano a las figuras de colorines que seguirán abriendo la imaginación de niños y viejos. Pero ellos, niños y viejos, también vislumbran, inventan, sueñan o presienten miles de historias de la misma historia. Por eso cuando niños y cuando viejos nos gusta que nos repitan la misma historia que, naturalmente, cada vez es otra historia.

Don Gonzalo Jiménez de Quesada había nacido en medio de exaltaciones religiosas que perseguían despiadadamente a los judíos, incendiaban bibliotecas y fomentaban los desbordes típicos del romanticismo caballeresco. Y ya debernos pensar que si aquello sucedía en la llamada Madre Patria, como, o qué no se haría en exceso con los pobrecitos indios en tan lejanas tierras donde la autoridad la imponía cada soldado, cada espada o cada conquistador, inclusive motivado por el propio miedo de no poder subsistir. Esas exaltaciones, imaginación absolutamente libre, favorecieron la Conquista pues ya podemos agregar cuántas historias se crearían y crecerían con los primeros hombres que al regresar recontaban sus propias y ajenas aventuras, las cosas que habían visto, muchas reales y verdaderamente fantásticas; selvas vírgenes, oro en abundancia, enormes ríos, temibles caimanes y culebras descomunales, todo, todo aquello que dejaría prácticamente sin fundamento el entono de las historias de caballería. Nacía con la Conquista la nueva Caballería Andante y comenzaba la aventura más grande del hombre, la mas osada y fantástica, quizás más que la misma conquista de la luna. Muchos fueron los Quijotes y los Sanchos que vinieron con mentes afiebradas tras el goce de las indias y el resplandor de los metales.

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...surgían sus casas circulares, de techos altos cónicos...

Fotografia: Francisco Mora.

 

Citemos nuevamente al historiador Luis Galvis:

“Cesar, escrito sin tilde, o Zazare, tiene origen indígena y significa ‘‘Agua calmada’’, pero no son tan tranquilas sus aguas cuando crecen’’. Mas adelante continúa: ‘‘...en aquellas tierras encenagadas, tenía su señorío el cacique Tamalameque. Esta voz motilona de origen, era también el nombre de la población que se levantaba en la desembocadura del Cesar. Correspondía, tal vez, a la antigua Tamara. En medio de las aguas. separadas por una estrecha lengua de tierra de difícil acceso, surgían sus casas circulares, de techos altos cónicos, agrupadas en tres barrios de forma triangular. Habitaban esa región los malibú, cabuy o pacabuyes de las lagunas. Por el agua agitada suavemente por el oleaje, los indios desnudos de la tribu, en hileras, de pie, manejaban remando la frágil piragua construida de una sola pieza alargada y estrecha’’.

Aquellos indígenas eran los descendientes de quienes, en lo que hoy es territorio colombiano, elaboraron las más bellas y sonoras flautas de pico. La historia que pinta nuestra imaginación los coloca tocando flautas ceremoniales en grupos, liturgias mecidas por el vaivén del agua y por el arrullo de sus dulces cantos. Tenían los únicos instrumentos con sonidos bellamente definidos y cuya sonoridad no es igualada por ningún otro, incluyendo la mayoría de los instrumentos precolombinos de todas las regiones y épocas. Por esto, por lo que significan estos instrumentos, hay que hacer una pausa en el viaje de Don Gonzalo.

Las flautas malibúes que así las he bautizado en mi libro sobre la música precolombina, y que tambien podrían ser llamadas flautas pacabuyes pues a esa misma región se les atribuye su desentierro “guaquero” y arqueológico, hacen suponer que los antecesores de quienes atacaron fieramente a don Gonzalo, habían llegado a un gran desarrollo musical. Fueron flautas hechas con la misma medida, con los mismos materiales de cerámica, el mismo color, los mismos cuatro huecos centrados a la misma distancia con los cuales producían los mismos sonidos y además, con la misma babilla o caimán cuya figura adornaba el final de la flauta cónica, como si se tratara de productos modernos contramarcados o precisamente por lo que pudiera representar el animal en sus creencias tan ligadas a la amada agua.

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Las preciosas flautas malibúes signos del gran adelanto musical indígena en tierra colombiana.

Fotografia: Luis Antonio Escobar.

Don Gonzalo de seguro no escuchó sonido alguno de esas u otras flautas pues por su sensibilidad y cultura algo hubiera escrito o se hubiera admirado de encontrar mejores instrumentos musicales que los de su amada España. Hay que contar que dichos instrumentos musicales estuvieron en auge, así lo suponen los arqueólogos, para el siglo trece, en la misma región de los malibúes o pacabuyes, es decir cuando por la misma época y al otro lado del mar, el rey Alfonso el Sabio jugaba sus partidas de ajedrez y componía sus cántigas en honor de la Virgen María ante la complacencia de árabes y judíos que se solazaban con el ambiente de su corte. ¿Qué hubiera dicho aquel sabio rey de haber podido tocar tan bellas y sonoras flautas y de seres que habitaban entre selvas y lagunas, ese rey que tanto amó la música? Claro está, para la época en que se hallaba Don Gonzalo ya no se escuchaban, ni él estaba para conciertos ni músicas, así fueran celestiales. Ahora el cacique lo atacaba pues “con sus indios armados defendió la entrada pero Jiménez de Quesada atacó con sus tropas por el angosto paso, y trabada la refriega, cayó la población en su poder”. La lucha debió ser implacable y violenta ya que “veinte días después, habiéndolo encontrado (el río Magdalena) en pequeñas canoas y con peligro de su vida, pasó hambreado con todos sus hombres por la desembocadura del Cesar’’.

También los hambreados zancudos harían fiesta con zumbidos musicales proporcionando desesperado tormento a aquellos raros seres que poco a poco irían a llegar a Barranca Bermeja “en donde Jiménez de Quesada, como Alejandro, pero en un mundo opuesto y desconocido, descubrió el petróleo a orillas del Magdalena, mas solo conoció, por los indigenas, los usos medicinales para el cansancio’’

No hay para qué demorarnos en el camino que lo ha traído desde Santa Marta pasando por Barrancabermeja hasta llegar a la tierra de los Moscas o Muiscas. Nada especial se encuentra en relación con la música. Pero agreguemos que ni siquiera los colorines ni la misma imaginación pueden relatar hechos en los que la naturaleza juega papel preponderante. Difícil imaginar a este puñado de hombres en medio de la selva en donde los caballos más que ayuda serían estorbo, caminando paso a paso por entre alimañanas, pantanos, sudorosos por el esfuerzo y por la tragedia de sentirse ahogados entre gigantescos árboles e inmensos territorios, presintiendo siempre el ataque traidor de flechas mortíferas o como dice Juan Rodríguez Freyle al iniciar su Carnero, “en que murieron muchos soldados flechados de flecha de hierba y ponzoña, y otros comidos de tigres y caimanes, que hay muchos en el río y montañas de aquel río; y otros picados de culebras, los más del mal del país y temple de la tierra; en cuya navegación gasta­on mas tiempo de un año, navegando siempre y caminando sin guías, hasta que hallaron en el dicho río, hacia los cuatro brazos un arroyo pequeño, por donde entraron, y subiendo por él encontraron con un indio que llevaba dos panes de sal, el cual los guió por el río arriba, y salidos de él por tierra los guió hasta las sierras del Opón, términos de Vélez, hasta meterlos en este Nuevo Reino”.

Y pasada la noche de la angustia iría a llegar una mañana de recompensa, la alborada de la nueva vida que traería reposo, la visión incomparable de la Sabana de Bogotá, con poblados y tribus organizadas todo lo cual aparecería como un sueño, como una fantasía inalcanzable, praderas y climas benignos y paisajes que irian a herir hermosamente el recuerdo de sus vegas con limonares, de aquella Santa Fe que habían fundado sus soberanos en España y que Don Gonzalo conocía y amaba tanto. Esto pronto lo iría a mover, a fundar la otra Santa Fe en tierras que por fin eran comparables por su belleza.

 

 

 

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