LA MÚSICA EN CARTAGENA DE INDIAS

 

Luis Antonio Escobar

 

LOS ALABADOS

El Alabado es una forma musical de origen medioeval. Está basada la melodía en las escalas eclesiásticas, también llamadas modales, ausente de acompañamientos instrumentales. En rigor es una melodía casi ambrosiana o gregoriana pero de poder narrativo y dramático. Era la forma que venía como anillo al dedo para los negros que también cantaban de manera espontánea e improvisada, rezos a sus dioses. Las diferencias eran pocas. Ahora en el Alabado, los negros, que tenían conceptos sexuales diferentes a los blancos o europeos, no tenían obispos o sacerdotes que entonaran los versos o temas para ser cantados y por consiguiente lo hacían las mujeres. Tiene carácter antifonal o responsorial, es decir, es el canto-diálogo entre el sacerdote y los fieles. Ese aspecto desapareció entre los negros. Sin embargo los temas continuaron ligados a lo trascendental o religioso y tampoco agregaron tambores o instrumentos. Uno de los alabados más bellos y populares que aún se escuchaban hace pocos años, es el del tema de la muerte que dice así:

Me puse a considerar
mi sepultura y mi entierro.
Siete pies de tierra ocupo
y a mí mismo me da miedo
y a mí mismo me da miedo
y el corazón se me abraza
de verme muerto y tendido
y en la mitad de esta casa
y en la mitad de esta casa
y allí me estarán velando.


Es el autoentierro que seguramente todo el mundo se lo imagina tarde o temprano, tema trascendental en todos sus aspectos, especialmente en la época medioeval tan "gozosa" de lo espectacular, de lo macabro, hasta el punto de convertir la muerte, o el tema de la muerte, en lo contrario, en lo intrascendente. Fue el "manoseo" del tema que aparece en las pinturas con cientos de calaveras, en las danzas macabras que trocaban los huesos, la calavera y la tibia, en resonantes instrumentos de percusión. También, lógicamente, de tanto fantasear con el tema de la muerte, surgieron obras verdaderamente bellas, muy ligadas a los alabados. Tal es el caso del Dies irae, Dies illa, de la misa de difuntos, o el del Stabat Mater dolorosa, y del famoso Miserere mei Deus, que todavía se cantan con ese tono patético propio del medioevo. Pues bien, aquí los negros tomaron esos cantos y los volvieron modelos para sus melodías narrativas, no sólo de carácter religioso.

Cuando Odilio Orfé dice, refiriéndose a la melodía: "... se caracterizan por el diseño preciso de sus temas, sus secuencias modales, la eventual extensión del desarrollo que presentan en el marco del litúrgico estilo antifonal y, sobre todo, en su profundo sentido espiritual y psicológico", parece que se estuviera refiriendo a los cantos de la región del Pacífico colombiano. Hay que agregar que Orfé llama al tonista o cantador principal Akpuon que inicia la entonación y controla la antífona con el coro llamado Ankori. Personalmente veo la relación directa, y de esto presento pruebas con los mismos textos y cantos religiosos, con la tradición católica que llega y se extiende por el Pacífico. En cambio Odilio Orfé relaciona todas estas prácticas con el rito lucumí y yoruba. Además, hago notar la coincidencia de los primitivos religiosos que utilizan el canto casi en la misma forma, cantos al estilo antifonal, estilo de solista y coro, de sacerdote y fieles, de pregunta y respuesta, diálogo natural antes de que la música existiera como una ciencia que precisamente arranca apenas en el siglo X con el desarrollo de la polifonía vocal. Reiteremos que el canto en los primeros cristianos y en los negros fue la expresión musical natural. Después vendrían los instrumentos.

Este tipo de música, de carácter religioso, que los negros en Colombia adoptaron para comunicar sus sentimientos, retuvo melodías que debieron ser muy populares en aquellos tiempos. Tal es el caso del "Gloria al Padre, Gloria al Hijo, Gloria al Espíritu Santo, Santísima Trinidad, nos envuelva con su manto", etc. Eran los responsorios cantados por el pueblo en las iglesias cuando celebraban el famoso Trisagio, generalmente el jueves a las tres de la tarde, pues así lo hacían en mi pueblo. Fue una devoción muy especial y solemne pues "exponían el Santísimo", es decir que la custodia quedaba a la vista de los fieles con la hostia consagrada.

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