LA MÚSICA EN CARTAGENA DE INDIAS
Luis Antonio Escobar
Hace apenas unos meses, en el Parque Bolívar de Cartagena, al pie de su estatua, presencié la reunión de los músicos de la banda municipal. Allí, en armoniosa bulla, negros, blancos, achocolatados, mestizos, mulatos, preparaban sus papeles y los defendían de la brisa danzarina. Al iniciar la inolvidable retreta, volvían a surgir las contradanzas y con éstas, el recuerdo y la añoranza de los tiempos que formaban, labraban nuestra Patria. La música es patria, es recuerdo de sus gentes y sus actos, es sangre que vuelve a apresurarse como pez que retorna a sus viejos manantiales.
Ojalá nunca se acaben las bandas de los pueblos ni de las ciudades que, como la de Cartagena, hace revivir el pasado. No es la afinación ni el equilibrio instrumental; tampoco la interpretación perfecta. Esa música desafinada pero fresca, espontánea, la escuchaba en Cartagena, leída en papeles viejos, amarillentos y casi desleídos, tocada en instrumentos que inspiraban como los viejos, suave afecto, pues bien hubieran podido ser instrumentos de la Colonia. Sin embargo, sentado en el escaño, acompañado de ancianos y niños que jugaban muy cerca de los músicos, escuchábamos la retreta que sabía a entusiasmo de soldados, a holanes y faldas esparcidas, a sonrisas de todas las edades. Me imaginaba también a Manuelita, la poseedora de Bolívar, danzando en fiestas, asechada de la envidia de tantos otros y otras y, por eso mismo, afirmando más el paso de la contradanza. De esas músicas, tristemente, apenas quedan retazos, girones que el tiempo no ha alcanzado a silenciar y que solamente, en muy contadas ciudades del mundo, podrán escucharse de tan bella manera, especialmente en Cartagena y en aquel hermoso rincón, al pie de quien supo también bailar y conquistar el amor de las mujeres llevando el paso de la contradanza, al pie del Palacio de la Inquisición, como si los recuerdos fueran ahora festones que moviera el tiempo para acariciar suave o imperceptiblemente el sueño de los viejos o el retozo de los niños.
Escuchamos las danzas, de sabor caribeño. Qué donaire y qué encanto tienen estas músicas y qué triste que las dejemos olvidar. Quizá ya solamente se puedan escuchar en Cartagena. Habría que decirles, al oído de gobernadores, alcaldes y concejales, que nunca dejen terminar este grupo, La Banda Municipal, que es algo que queda todavía de otros tiempos de Cartagena, la encargada de crear imágenes del pasado, de revivir la historia. Bien vale la pena viajar a Cartagena de Indias para escuchar aquellas contradanzas, danzas y danzones creados por músicos cartageneros y que, como en los sonetos del “Tuerto López”, resumen el tiempo maleable, de ayer o de hoy, nostalgias que también en el futuro recogerán como de ese tiempo.
Todo lo anterior podría servirnos de base para afirmar que la música en Cartagena siempre tuvo vigencia y autenticidad. Las bandas, llegadas con la moda de Europa, se asimilaron y pronto fueron a parar a pueblos y caseríos transformadas en los pequeños conjuntos de tambores, clarinetes o trompetas o hasta de trombones, bajos y gaitas. Los negros tomaron los instrumentos de las bandas y al comienzo imitaron sus ritmos o las músicas europeas, pero muy pronto, con esos mismos instrumentos, generalmente de cobre, crearon sus aires, sus porros, cumbias, mapalés y sus improvisaciones, es decir, el folclor musical que siempre ha estado presente y se manifiesta hasta con el sonido de una caja de galletas. Especialmente las bandas se unieron, como en casi toda Colombia, a las fiestas de los toros, al despliegue o esplendor de los caballeros jinetes, al hervor de las gentes que lanzaban serpentinas, que elegían reinas, que ayudaban a la construcción de los templos, que asistían ceremoniosamente a las procesiones de los santos patronos de ciudades y pueblos. Allí estaba siempre la banda de los músicos que festejaban el lanzamiento de globos y que, en suma, daba alegría fiestera. De allí irían a surgir las famosas papayeras, también resumen de alegría, a veces desbordada por el alcohol y la incertidumbre de los resultados de las corridas de toros. Alguien podría agregar que, por muchos aspectos exagerados, también se hacía presente el sentido del “machismo”. Pero este ya no es tema nuestro. En cambio, aunque de manera muy marginal, hay que añadir que la música prefirió llevar temas sin compromiso, temas que, fuera de los del amor, se refirieran a animales. Se acuerdan del Gallo Tuerto, El Caimán, El Pájaro Mochilero, La Puerca?
De todas maneras, las bandas constituyeron un aporte musical impresionante que aún permanece como algo auténtico, algo que representa el modo de ser y de sentir de costeños y huilenses, de campesinos paramunos o calentanos. En todas partes las bandas musicales han dejado huella espiritual, y como contaba al comienzo de esta nota, en Cartagena aún suenan esas músicas sin sentido de tiempo.
