LA MÚSICA EN CARTAGENA DE INDIAS
Luis Antonio Escobar
EL CONTINUO CAMBIO EN EL FOLCLOR
El folclor, dijimos, es expresión natural de un grupo. Los grupos o naciones también van cambiando sus hábitos y, por consiguiente, sus músicas, la preferencia por nuevos ritmos. Las nuevas necesidades surgen de acuerdo a las necesidades psicológicas, emocionales, y hasta debido a los medios para expresarse. En esto hay algo muy importante y es que el negro, constantemente, está usando nuevos medios de expresión. No le ha importado tomar la parte metálica de un termo y convertirlo en guacharaca —instrumento que de paso, advierto, es de milenaria tradición indígena como también la maraca—, tomar un tarro y volverlo tambor, golpear un asiento y principiar a bailar. Agreguemos algo más del libro de Holton.
“Entré en la sala y presencié un espectáculo que Christy hubiera dado de $ 500 a $ 1.000 por ver.
Dos parejas, muy negras y más allá de la primavera de la vida, estaban bailando el bunde, una danza chocoana. Lentamente los cuatro daban la vuelta al cuarto en un círculo muy amplio, y cada pareja alternativamente avanzaba al centro, mientras las otras retrocedían. Esta es la teoría, pero la forma de hacerlo sobrepasa mis poderes descriptivos. El hombre empieza sus movimientos centrípetos desenfrenadamente y parece que podría destruir la pareja si llegara a chocar con ella. Y había que ver los pasos improvisados que dba al retroceder! ¡Y la música! Uno tocaba un tambor con las manos, otro golpeaba durísimo una banca con el palo de una escoba y ambos y el resto de la concurrencia cantaban estrepitosamente “Ai ke le le”. Se divertían en forma tan desenfrenada que me parecía que de un momento a otro alguno tendría que desmayarse o caer muerto al suelo. Pareja tras pareja bailaban el bunde y la última en deja la pista fue la Cocinera una negra vieja, que después de haber estado ocupada todo el día tenía puesta la misma camisa que había usado ocho días seguidos en una cocina sin chimenea, y que además tenía dos rotos en el sitio donde precisamente debería haber estado entera”.
Para los colombianos esta relación sobre las habilidades del negro no tienen ningún misterio. Todos lo sabemos, el negro es el gran improvisador, el que toma el palo de la escoba y lo percute con la banca para fijar un patrón rítmico y con este, bailar desaforadamente. Pero si esto lo hace con el palo de la escoba, también lo hace con toda suerte de instrumentos musicales que le pongan a su alcance. Uno de los bellos rasgos de la música de Cartagena y sus alrededores es, que se alcanza a ver esa transformación del folclor. Podemos recordar cómo, en un momento dado, existieron grupos o bandas con instrumentos viejos de las bandas de los pueblos, y de allí surgieron las famosas papayeras, o grupos de instrumentistas, que tocan cualquier instrumento, entre otros, el clarinete, el bugle, los llamados sacabuches, barítonos, cornos, trompetas. No existe prototipo, pues cualquier instrumento lo adoptan en seguida y lo convierten en medio de expresión. Es algo, que como para el narrador sueco, señor Holton, se convierte en maravilla, lo mismo que para cualquier europeo el hecho de ver que los llaneros, con los mismos dedos que lanzan el rejo de enlaar, con esos mismos dedos callosos y gruesos del trabajo, pulsan tan delicada, graciosa y hábilmente, tan sutil instrumento como el arpa. Son fenómenos de las mezclas de razas, de las capacidades de gentes que se apropian de cualquier instrumento para buscar la felicidad, el baile, la danza y la alegría. Pocos colombianos nos damos cuenta de una de las más increíbles características de los habitantes con influencia negra e indígena, y es, la vocación de alegría permanente, el deseo de hacerla triunfar sobre cualquier otra actitud humana. Esto solo lo comprende y lo palpa, diariamente, el llamado costeño. Que pueda ser un escape en la búsqueda de soluciones más interiores, como trata de hacerlo especialmente el boyacense, ya es cuestión que dejo a los analistas sociólogos o sicólogos. Pero lo evidente es que la mezcla de indígenas, negros y blancos, agregando el sol, el mar y sus músicas, hacen de la Costa Atlántica y de Cartagena, lugares en donde reina, en mayor proporción, el gran sentido de la alegría y la distensión. Todo lo anterior podría tener una receta única, que es el poder de la desintoxicación, lograda diariamente por medio de la danza, la música, el canto y hasta la algarabía. El milagro está en poder tomar una escoba, y al golpearla contra un banco, conseguir el poder de la expresión personal, en este caso por medio del ritmo, el movimiento o danza. Esto también nos hace pensar en el sentido de concreción que se nota en todo Cartagenero o Costeño del Atlántico, que como se dice comúnmente, va al grano, con una rapidez desconcertante para quienes dan vueltas alrededor de las ideas. Los síntomas de su personalidad, manifiesta en sus costumbres musicales, revelan toda esa espontaneidad que tantas veces hemos anotado como ligada al negro. En síntesis, hay una cultura Cartagenera, no solamente en el sentido de la tradición de costumbres europeas o indígenas, sino como manifestación auténtica, un modo de ser, de hablar y de reaccionar. Ya lo dijimos, la Cumbia de Lucho Bermúdez ya no es la de los gaiteros, como ésta tampoco es como la del tamborero. Sin embargo, en todas está la misma savia, el mismo impulso, producto de la historia y de las sangres de Cartagena.
