LA MÚSICA EN CARTAGENA DE INDIAS
Luis Antonio Escobar
Quienes viven en el mar, llevan permanentemente en sus retinas, el dibujo de las calles y el contorno voluptuoso de los cuerpos amigos que, como manos suaves, salieron para extender y asir otra esperanza. Cuántos hombres se habrán llevado también en sus pupilas el contorno hechizante de Cartagena, ciudad amiga, entregada para calmar la sed de los viajeros, ciudad de cabelleras con ventanas, de fina y larga garganta apaciguada, de medio cuerpo hundido en el reresco de su sales y sus aguas.
Al terminar estas páginas sobre la música en Cartagena de Indias, me parece que debo volver al barco que sigue navegando mi vida. Como el marinero, también se han apegado a las entrañas de mis ojos, ese color y olor de Cartagena, que se compone de voluptuosidades decantadas, de amarillos blancos, llenos de sol, color piedra o arena. Soy ahora, como el marinero que tiene que hacer enorme fuerza para levantar sus pasos. Así me voy a viajar, llevando mi recuerdo, en el canto de mi recuerdo, el jugueteo de las risas blancas de sus negros, el mirar como de mar profundo de sus indios, el receloso caminar del blanco y la alegría de todos ellos que pareciera la única alegría pura que quedara en el mundo.
El dejar de escribir y pensar sobre Cartagena, da tristeza pues es dejar el mar, es dejar de pensar en el arrume de tradiciones de indios y de negros, de brujerías, de pasos y danzas, de todo lo que hace fresca y tibia nuestra América, a nuestra amada Colombia que se fue moldeando a través de las puertas abiertas de la Bahía de Cartagena, ciudad por donde entraron todas las razas, esperanzas, religiones, instrumentos, danzas, espectáculos, santos e impíos, asesinos y monjes, monstruos y vírgenes recomendadas, todo, como lo que pudiera sacar un mago enloquecido, todo pasó por Cartagena, la ciudad anegada por el mar y el amor de todos los colombianos y de todos los que la conocen, bien o mal, con historia o sin historia, pues su mismo cuerpo hecho de ventanas hacia el pasado y miradas al futuro, hacen presentir lo que no se puede sintetizar en vocablos. Por eso Cartagena no es ciudad para explicarla en ningún sentido, es una ciudad con la que, como en el arte, se intuye y se deja su casi totalidad en el pozo sin fondo de lo insondable y misterioso. Y así nos gusta más Cartagena, la que constantemente se presiente, la que, como mujer voluptuosa, sigue deslizándose en el tiempo, con su cuerpo de piedra y mar, en danza que apenas remedan sus hijos indígenas, danza de ciudad mujer que seguirá dándose con alegría, con cara de sol y brazos de palmeras, con vientre de tambor negro acuñado para que en su temple resuenen sus propias entrañas de pasado, dolorosas, y las entrañas del futuro, alegres, hermanables, imborrables en las pupilas de sus propios hijos.
