LA MÚSICA EN CARTAGENA DE INDIAS
Luis Antonio Escobar
En Santafé de Bogotá el arzobispo Lobo Guerrero había mandado tallar el precioso y sobrio coro capitular plateresco de la iglesia, elegante facistol y además le había ordenado pintar al miniaturista insigne, Francisco de Páramo, los Libros Corales.
El archivo de la Catedral de Bogotá puede ennorgullecerse de estos bellísimos libros. Es una colección que significó la muerte de muchos carneros. Se trata de libros inmensos que se podían ver a distancia y en los cuales se dibujaba la música, es decir el tetragrama con las versiones de los diferentes días y ceremonias. Al comenzar, cada letra era bellísimamente dibujada y adornada como había sido costumbre en la europa medioeval. Tuve oportunidad de investigar o seguir los rastros que hubieran quedado en Colombia y hallé algunos en el Convento de San Francisco en la ciudad de Tunja y otros en el Desierto de la Candelaria, Boyacá. Estos no tan hermosos como los de Bogotá. En Cartagena no he podido encontrar los que deberían estar en el Convento de San Agustín, libros corales que también elaboró y dibujó Francisco de Páramo con su discípulo Juan de Parado, en los primeros años del siglo XVII y con destino a ese convento, según Guillermo Hernández de Alba y Gabriel Giraldo Jaramillo. Pero esto nos dice que Cartagena debió tener un buen grupo de religiosos dedicados al canto llano. De otra manera no se hubieran molestado en elaborar seis de esos inmensos libros corales. Recordemos que son libros de unos noventa centímetros de largo por cuarenta a cincuenta de ancho, con pasta sacada también de cuero de carnero, adecuada para que recibiera tintas y dibujos bellísimos.
Y a propósito de libros, "I.A. Leonard, ha revelado que 103 ejemplares de la primera edición del QUIJOTE llegaron a Cartagena el mismo año de su publicación (1605)"; (Manual de Historia 1. María Teresa Cristina).
