LA MÚSICA EN CARTAGENA DE INDIAS

Luis Antonio Escobar

 

INSTRUMENTOS MUSICALES

LA VIHUELA

No debieron llegar todos los instrumentos musicales pero sí los más populares y amados del pueblo español. Entre estos hay que mencionar, primordialmente, el derivado del laúd, la vihuela, instrumento para el cual los grandes compositores españoles ya habían escrito las más bellas páginas musicales, e inclusive, amplias disertaciones sobre el manejo y aprendizaje del propio instrumento que se hallaba en plena evolución. De ahí surgiría pronto la guitarra, pero a América llega la vihuela. La copla colombiana está llena de referencias sobre la vihuela y no sobre la guitarra que también llegó a nuestro país, pero un poco más tarde. La vihuela fue el instrumento que acompañó los cantos de nuestros antepasados, la que encontró armonías, ritmos y melodías que fueron conformando poco a poco nuestro folclor, especialmente el de la región andina. De la vihuela sale el tiple que como hermano gemelo, asumiría más tarde la supremacía. Seguramente la vihuela se escuchó en Cartagena pero no fue la ciudad que más la amara. Santa Fe de Bogotá iría a tener ese amor que se propagó por toda la región andina y que dio fruto con sus derivados: el tiple, el requinto, —pequeña vihuela—, el requintillo, la bandola y la guitarra. En la vihuela se tocaba al estilo polifónico, pues este instrumento se había desarrollado a la par que el movimiento contrapuntístico europeo. En el tiple, en Colombia, se acomodan los ritmos y "rasgueos" armónicos. La guitarra se siguió utilizando como instrumento polifónico pero en América se principió a usar, primordialmente, de la manera más fácil, simplemente para acompañar melodías. También surgiría en América la gran excepción, el gran compositor de obras para guitarra, Heitor Villalobos, en cuyas páginas musicales se dibuja claramente el carácter espiritual de Latinoamérica y un fino romanticismo. Se podría decir, que al igual que Chopin dibujó cierto espíritu parisino y europeo del siglo pasado, Villalobos resumió, por primera vez, cierta bondad tristeza y delicadeza de nuestros pueblos. También un cartagenero del siglo XX, Adolfo Mejía, utilizaría la guitarra para sintetizar sentimientos que se expresaban comúnmente por medio de los famosos boleros, forma musical que se apoderó, en un momento dado, no sólo de los desesperados románticos, sino de todas las capas sociales que así expresaban sus pasiones recónditas. Aunque de manera diferente en cuanto a estilo, nuestro compositor colombiano, Adolfo Mejía, se hubiera podido parangonar con el maestro Agustín Lara. Aquí estamos viendo cómo la guitarra, derivada de la vihuela y el laúd, entra por Cartagena, y sus influencias siguen perdurando hasta nuestros días y seguirán, quizá, por muchos siglos. Al igual que el piano, es un instrumento más importante que todos los inventos, pues no hay nada superior al deseo del hombre de querer expresar lo que es y no es, de pintar con sonidos todas sus quimeras, de engañarse dulcemente o de consolarse a sí mismo.

EL ARPA

El otro instrumento amado de los españoles y que llegó a las tierras colonizadas, fue el arpa. Las hubo de varios tamaños, pues en siglos anteriores se utilizaba la llamada arpa gótica, instrumento pequeño, cuyo mástil terminaba en punta curvada. Había reaparecido en Irlanda y se había convertido en uno de lo instrumentos más populares. Pero ya para el siglo XVI, el arpa española y europea, tenía su forma actual. No olvidemos que para este instrumento ya se escribía música y que se usaba, tanto en las cortes y palacios, como en las iglesias. En el archivo de la Catedral de Bogotá y de otras ciudades de aquel tiempo, se han encontrado papeles con música para arpa que acompañaba el canto o los grupos corales. En los bellísimos murales de la Iglesia de Santo Domingo, en la ciudad de Oaxaca, se destaca esplendorosamente, tocada por ángeles. En la ciudad de Bogotá, existe una famosa puerta, la más bella puerta de Colombia, que une a la Catedral con la iglesia del Sagrario. En esta bella obra maestra, aparecen los instrumentos que llegaron en la Colonia a la Nueva Granada y que son: el arpa, el laúd, la viola de gamba y la chirimía. Estos instrumentos están tocados por ángeles andróginos, naturalmente atractivos a cualquier espectador, aún sin ser melómano... ¿Qué sucedió con el arpa en Cartagena? Desgraciadamente yo no conozco ninguna relación sobre este instrumento que sin lugar a dudas, debieron haber usado en Cartagena. Y queda reforzada mi afirmación con lo que he descubierto sobre el uso de este instrumento tanto en Santa Marta como en Mompós. Veamos las referencias:

Se trata del cronista sueco Carl August Gosselman quien en su "Viaje por Colombia" 1825 y 1826 relata lo siguiente: "Al igual que en Cartagena, les gusta mucho el baile. A la vez es frecuente escuchar a las mujeres tocar una especie de pequeña arpa. Ellas no saben distinguir las notas, pero poseen buen oído, así es que tocan con una precisión y ritmo admirables. Ayudadas por las formas en que se recortan las uñas, chasquean con mucha fuerza, cortándose en poco tiempo las cuerdas. En un depósito ubicado en el mismo instrumento mantienen las cuerdas y tienen gran habilidad para arreglar una cuerda cortada o colocar una nueva. De ese modo no tiene mucha significación el hecho de que la música sea interrumpida y acompañada de un "caramba se reventó la cuerda", porque rápidamente la pieza vuelve a seguir el mismo ritmo, como si este breve intermedio tan solo fuese una pausa larga.

Raras veces se las oye cantar y después de haberlo comprobado, uno desea que lo hagan más espaciadamente, ya que les suena muy mal la voz; resulta extraño esto considerando su hermoso lenguaje musical y su gran oído. El error, con probable seguridad se encuentra —si no en su totalidad al menos en gran parte— en el poco entrenamiento del elemento indispensable para el canto: la voz".

Esta muy interesante narración se presta para preguntar, qué tipo de arpa utilizaban esas señoritas samarias pues da a entender que fuera una especie de arpa gótica, que es casi una tercera parte de la que se usa actualmente en los Llanos Orientales de Colombia. Naturalmente, esto no nos debería sorprender, pues en el Oriente y en Europa se han usado de todos los tamaños y formas imaginables. Pero lo cierto es que en América son casi iguales en los diferentes lugares, es decir, arpas que al estar de pie el tocador o intérprete, le llegan a su garganta. Y qué se hicieron las arpas y las señoritas que cantaban en Santa Marta?... Se deduce que eran instrumentos muy usados pues cuando el narrador llega a Mompós nos relata:

"El mejor talento está reservado a las mujeres de aquí. Estas tocan el arpa con verdadera maestría y virtuosismo, y por ello su fama ha atravesado todo el país. Lo inaudito es que las notas musicales les son absolutamente desconocidas, lo que acrecienta el valor de su habilidad. Es común encontrarse un cuarteto de ellas, tocando y entonando alguna pieza, mientras que cada una se acompaña con la voz, sin la más leve falla. Su seguridad es total. Pese a todo, no son orgullosas ni egoístas con su arte. Con gusto permiten a los forasteros escuchar sus pequeños conciertos nocturnos. He aquí una gran diferencia con Santa Marta, donde las mujeres no cultivan el canto. Seguramente se han dado cuenta de sus limitaciones, ya que no atormentan a nadie con sus voces, ni siquiera a ellas mismas".

Fueron entonces las momposinas, las diestras en tocar el arpa, en cantar y encantar, pues nuestro narrador por todo lo que se puede leer en su magnífico libro, no era fácil de contentar. Estas citas producen cierta tristeza, pues revelan que hemos sido indolentes y no hemos sabido conservar lo que sí saben valorar extranjeros y entendidos en arte. Ahora solamente queda el amor inmenso por el arpa en los llanos y el recuerdo de las habilidades de las samarias y momposinas, que seguramente también tuvieron las cartageneras. Al narrador le hace mucha gracia el hecho de que "no sepan notas", es decir, que no hubieran estudiado música y que tocaran el arpa, tal como lo hacen ahora los llaneros, sin saber dónde queda el do. Es el talento natural que también se revela de manera extraordinaria en Cuzco, en Chile y Paraguay sin olvidar a nuestros llaneros venezolanos que habitan la misma región de los colombianos, ya que el arte no tiene fronteras.

Estos bellos seres andróginos, ángeles músicos, sintetizaron el inmenso afecto por el más amado instrumento del siglo XVI. El arpa se tocó en Cartagena y Santafé, pero en el siglo pasado fueron las samarias y especialmente las momposinas, las más diestras tañedoras. En los Llanos Orientales los vaqueros con sus manos callosas, también arpaban delicadamente el instrumento.
(Fotografía Antonio Nariño)

 

EL ÓRGANO

Este instrumento, indispensable en todas las iglesias de categoría y que tuvo su gran evolución, precisamente durante la época de la conquista, y la maravillosa culminación, con la obra de Juan Sebastián Bach, durante el período barroco, no faltó en las iglesias importantes durante la colonia ni posteriormente. Se las ingeniaron para fabricar órganos con cañas de castilla... según refiere el sacerdote historiador, José Ignacio Perdomo Escobar al hablar del primer órgano en la población indígena de Caxicá. Más tarde, la propia catedral de Bogotá, contó con varios excelentes instrumentos, cuyos "cañones llegarían de Cartagena". Me temo que solamente se referían a la importación vía Cartagena, y no a su fabricación en esa ciudad, aunque durante el siglo pasado y comienzos de éste, en el territorio de Boyacá se podían encontrar preciosos órganos hechos totalmente allí. Aún quedan varios de esos órganos hechos en Colombia. En el coro de la Iglesia de San Ignacio de Tunja, afortunadamente convertida en Museo de San Ignacio, se puede apreciar el órgano que existió, y que aún suena dulcemente a pesar de su deterioro.

Recuerdo ahora que en la relación de Holton de hace un poco más de un siglo, se refiere a lo que encontró en Barranquilla:

"Lo que más me llamó la atención fue el órgano, de tamaño de salón, pero con dos fuelles externos enormes que requieren dos hombres para hacerlos funcionar. El trabajo de madera es bastante burdo y los cañones forman una fila que se proyecta horizontalmente desde adelante. Los de la fila del frente tienen pintados rostros largos y estrechos, como caras reflejadas en el dorso de una cuchara. El cura tiene su ayudante".

Cartagena debió contar con muchos instrumentos de muy buena calidad, pero la humedad y el tiempo siguen siendo los peores enemigos, los destructores implacables. Inclusive el órgano obsequiado por el Papa León XIII, con motivo de la canonización de San Pedro Claver, construido en la ciudad del tranquilizante Perugino, aún se yergue, pero soportando mudamente su prematura vejez impuesta por la humedad y por el descuido musical que impera en obispos y feligreses desde hace bastante tiempo.

EL PIANO

Un caso distinto es el del instrumento que parece haber conquistado el amor de los cartageneros y en especial de las cartageneras, el piano. No hablemos de las espinetas, clavicordios o de los clavicémbalos, que aunque hubieran existido en Cartagena, sus vidas debieron ser muy cortas, por la fragilidad de sus cajas y lo elemental de sus construcciones, finas, pero delicadísimas. Claro que debieron llegar a Cartagena y de ahí pasar a muchos rincones de Colombia. Sin embargo, fue el piano el instrumento preferido y el que conservó el espíritu musical de la ciudad. Al igual que en Santa Fe de Bogotá, si se hubiera hecho inventario, hoy seguramente nos sorprenderíamos de la cantidad. Fue el piano el instrumento intérprete de las piezas de moda que no podían faltar en los bailes de sociedad. Aún hoy, muy distinguidísimas matronas de Cartagena, hacen maravillar a quienes las pueden escuchar. En esos pianos resonaron los pasillos, bambucos, sones, rumbas, valses, fandangos, danzas y contradanzas, los boleros y hasta los montunos, improvisaciones, que como a la usanza desde el temprano barroco hasta el romanticismo en Europa, daban oportunidad al ejecutante de lucirse mostrando sus habilidades de variador de temas. Pero en el "montuno", y en otras formas musicales ya se habían hecho presentes la síntesis de las experiencias y mezclas de la música negra. Ese, desde luego, es un fenómeno reciente. El piano de las cartageneras, principalmente servía para demostrar sus capacidades artísticas, su buen nivel cultural y social y por consiguiente solamente se podían tocar en éste, las fórmulas musicales que vinieran o estuvieran de moda en Europa. Era música que prácticamente excluía lo negro e indígena.

Para comienzos de este siglo principian a cambiar las cosas. Sucede lo contrario. Aparece en los Estados Unidos la fiebre del jazz y es el piano el primer gran protagonista, el instrumento moldeador de las nuevas expresiones. Igualmente sucede en Latinoamérica con la música de ritmos negros, especialmente con los sones, rumbas, montunos, sambas, etc. El piano se convertía en el portavoz de los negros que irían a conquistar todo el mundo con su desparpajo rítmico. Otra cosa diferente era el siglo XVIII. Existe un relato de Carl August Gosselman sobre su viaje de 1825. Refiriéndose a Río Negro hay algunos párrafos que vale la pena transcribirlos para efectos, no solamente musicales, ya que contemplan aspectos interesantes en varios sentidos.

"Encontrar un salón de tal exquisitez, enclavado tan al interior de Suramérica, amoblado y decorado con una pompa cercana a la europea, resultó verdaderamente inesperado. Especialmente cuando se comenzaron a contemplar un sinnúmero de espejos, lámparas de colgar, mesas, sillas y un piano de cola. Muebles y cosas que sólo pueden haber llegado hasta aquí en las espaldas de los peones.

..Lo que más me sorprendió hallar fue el inmenso piano de cola. De una parte por la tremenda dificultad que era traerlo, pues llegar hasta estas tierras con un mueble de tal proporción constituía empresa de titanes; y de otra, porque aún no había logrado ver ninguno de ellos en Colombia.

Consideré que era un lujo innecesario, ya que nadie podía sacar notas diáfanas del instrumento y todo cuanto lograban tocar eran unos ritmos de valses aprendidos al oído, por lo cual el piano desafinado demostraba que se estaba exhibiendo la riqueza del dueño más que las virtudes de aquél".

Nuestro buen cronista sueco quedó maravillado al encontrar un piano de cola en Río Negro, en aquellos tiempos, cuando todo llegaba a lomo de mula u hombro de humano. Las notas del piano no podrían salir muy "diáfanas", pues no podía existir afinador en aquella localidad, que "poseía una población de seis mil habitantes, algunas casas grandes, muchas iglesias y una hermosa catedral recién levantada", según el mismo Gosselman.

Lo anterior demuestra que el piano principiaba a llegar a todas las casas importantes, no sólo de las grandes ciudades. Y si se tratara de pintar una sociedad en trance de superación musical, habría que recordar las divertidas páginas que sobre el piano y la pianola escribió García Márquez en los Cien Años de Soledad. También cabría la historia de lo que sucedió, no en el siglo pasado, sino hace apenas unas dos décadas, no en Río Negro pero tampoco en Cartagena o Bogotá: Charlaba el empresario de un famosísimo pianista con su empleado, el portero del teatro en donde se celebraba el recital y le decía: "Mira, tu no sabes cuánta energía consumen tocando estos pianistas. Prácticamente terminan agotados. Habría que tener lista una bebida". El gran pianista adelantaba su recital interpretando con toda fogosidad el primer movimiento de la Sonata Patética de Beethoven. Los asistentes se embelesaban y no existía otro sonido sino el que salía de las manos del gran concertista. De repente, como si se tratara del guión de una película del gran Cantinflas, pausada y ceremoniosamente comenzó a adentrarse en el escenario nuestro querido portero, quien elegantemente llevaba una bandeja desportillada y en medio una botella de Coca-cola con un vaso. Se acercó hasta colocar la bandeja encima del piano para luego verter el líquido en el vaso, todo esto en medio de los tempestuosos acordes del desconcertado concertista, quien en exceso de comprensión, prosiguió la interpretación de la obra, sin inmutarse y sin... tomarse la coca-cola...

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