LA MÚSICA EN CARTAGENA DE INDIAS

 

Luis Antonio Escobar

 

LA CONTRADANZA

            Uno de los aires o formas musicales más importantes, especialmente en vísperas de la Independencia, es decir hacia el año 1800, es la llamada CONTRADANZA. La palabra parece que sí tuviera su iniciación en el doble vocablo, country y dance que al juntarse produciría la palabra Contradanza, particularmente en Francia, en donde se arraiga en los salones, no importa que hubiese venido de Inglaterra de tiempo atrás. Tampoco importaba el lugar de procedencia para los primeros habitantes mestizos y negros de las ciudades americanas. Llegaba de Europa y en los salones y teatros, que ya se ufanaban de representar obras importantes, principiaba a resonar, extendiendo sus ritmos, poco a poco, por todas partes. Los llamados “hits” musicales han existido siempre, quizá en Grecia, ligados bellamente a la poesía y el drama; en Roma, como base de la diversión y excitación. Más tarde aparecen melodías célebres y posteriormente se sabe de grandes trozos musicales, por ejemplo, el “Lasciate mi morire” de Monteverdi, al que tuvieron que hacerle muchos “arreglos” populares. De ahí en adelante son muchos los “hits” y en especial las modas de aires musicales, que van penetrando la fantasía de jóvenes y viejos, hasta llegar a los famosos Beatles, que vuelven a causar furor de multitudes, como lo hacía o provocaba el mismo Nerón. Por consiguiente, al llegar a la Contradanza, el fenómeno es sencillo de explicar. Se trataba de la danza de moda, de la música base para cantar, danzar, bailar, hablar, que daba oportunidad a la exhibición, e te.,,, La contradanza, por consiguiente, no fue un fenómeno de las tierras colombianas. Llegó de Europa y también, por ejemplo, se apoderó de los negros, y lógicamente, de las clases burguesas que seguían la moda, que iban a teatro, que bailaban en casas o salones. Esta, desde luego, era música de diversión, y quizá, su fuerza estribaba en el suspenso rítmico o acentuación musical que se prestaba para que, con los pies, se detallara. Los negros parece que no resistieron al embrujo de esta danza, que era hecha como para ellos, pues por primera vez, aparentemente, se trataba de dar más primacía a los pies y el ritmo, que a la melodía y la elegancia. Hasta en estos detalles ya se hubiera podido advertir el proceso hacia la independencia de los pueblos, que ya no se sujetaban a la decadente y falsa elegancia de la nobleza. Sin embargo, no hay que olvidar que posteriormente, tal vez a finales del siglo pasado, aparece especialmente en la región andina una contradanza fina, delicada, de movimientos ya estilizados en los pies, fruto de la superación de lo que pudo ser la contradanza primera, que tanto ayudó durante la independencia y que sirvió realmente de música de victoria, de música para avivar el fervor patriótico. Fue, de todas maneras, la danza favorita del Libertador que debió bailar alegremente en las celebraciones de la In­dependencia y posteriormente con su amada Manuelita y con otras distinguidas damas valerosas, llenas de ansias de libertad. La más conocida es la contradanza “La Libertadora” en honor de Bolívar. Pero lo importante en relación con nuestro tema, es afirmar que todas estas modas llegaban a Cartagena y que seguramente de ahí pasaron, especialmente a la región del Pacífico en donde, hasta hace poco, se tocaban y bailaban de manera folclórica, como un aire propio y, desde luego, con “conjuntos” muy reducidos, tambores y flautas y sin instrumentos de cobre. Aquí, nuevamente, se tiene que ver el gran poder de adaptación del negro, máxime si se trata de danza y de música. Pero recordemos que era una danza blanca, inglesa, y francesa por adopción, que debió causar furor entre la “sociedad” de Cartagena y de Santa Fe de Bogotá, de Popayán, Tunja y Mompós, allí interpretadas por las “arpistas momposinas”. Este aire musical es el ligado a nuestra independencia y existieron miles de danzas y contradanzas que se llegaron a editar bellísimamente, con carátulas de lánguidas y románticas damas, moda hasta el momento del célebre pianista y compositor Luis Antonio Calvo, el mejor autor, no sólo de tales formas musicales, sino de intermezzos, valses, pasillos, bambucos, que realizó magistralmente, y como síntesis colombiana del romanticismo que principiaba a opacarse con el modernismo. Agreguemos que Luis A. Calvo ha sido el más fino cultor de estas músicas de salón, distinguidas, refrenadas, románticas, con buen gusto y sin degenerar en lo cursi, músicas que también reflejaban una “buena sociedad”, de buenas costumbres, finas y de un ritmo que ahora nos parece imposible que hubiera existido. Recordemos también que Cartagena gozó con aquellas páginas de Calvo, que se interpretaron los valses, bambucos, danzas y contradanzas, todo ello también como reflejo de una sociedad, indudablemente culta, educada, o para usar un término moderno, no desfasada. Pero aquí tengo que hacer notar muy claramente que “el hábito no hace al monje”. En el AVISO DE LA HABANA, en 1809, un editorial, en parte decía: “... por qué no hemos de extrañar de nosotros la “balsa” (Valse) y contradanza, invenciones siempre indecentes que la diabólica Francia nos introduxo? Ellos en su esencia son diametralmente contrarios al cristianismo, gestos, meneos lascivos y una rufiandad impudente son sus constitutivos, que provocan por la fatiga y el calor que produce en el cuerpo la concupiscencia.

Cartagena, ciudad amiga, entregada para calmar la sed de los viajeros, ciudad de cabelleras con ventanas, de fina y larga garganta apaciguada, de medio cuerpo hundido en el refresco de sus sales y sus aguas.

(Fotografía Hernán Díaz)

No parece que en Colombia hubieran escrito editoriales de esa clase contra las contradanzas, o que se hubiera bailado concupiscentemente. Para ese tiempo era lo que hoy es el rock y otras modas, entre las cuales anda el espíritu negro.

La importancia de la contradanza en el sector del Caribe y primordialmente en Cuba, se podría medir por los resultados. Bastaría con decir que después vino la danza y el danzón y con estas dos formas musicales cubanísimas, la irrupción de la música negra en todo el mundo. A estos ambientes musicales del Caribe no podía estar “ajena Cartagena”. Finalmente principiaba a adquirir un caríz “tropical”, nuestro, la música de aquella fabulosa y desconocida región. Es interesante anotar que es allí donde se anticipa el gran movimiento que posteriormente adquiriría fuerza incontenible en todo el mundo. Me refiero, naturalmente, al jazz.

Odilio Orfé, en “La Danza y la Música en Cuba” del libro, “Africa en América Latina”, dice: “La contradanza bailable propició la creación del módulo instrumental denominado orquesta típica cubana o de viento. La danza, sucesora de la contradanza, acentúa la presencia de elementos afroides tanto en lo musical como danzariamente. Raimundo Valenzuela (1848-1905) también director de orquesta y trombonista, es otro ejemplo entre muchos que se pudieran presentar de compositores de danzas. Y Miguel Failde (1858-1921) surge como creador del DANZON, versión cubanísima, ya de corte nacional, de un baile de origen alemán muy de moda en Cuba desde la década de 1850, con fondo musical de la danza cubana, 2/4, pero con un aire más lento que otros géneros, incluido el de las comparsas y cabildos”. Continúa: “Miguel Failde escribió muchos danzones con temática africana, al igual que Raimundo Valenzuela y Rafael Landa”.

Los datos anteriores nos demuestran cómo, poco a poco, nacía la música del Caribe. Estoy seguro de que en Cartagena existieron los compositores de danzas y contradanzas y hasta de danzones, que estuvieron muy de moda hasta hace pocas décadas. Para ratificar la influencia tremenda de la música negra basta citar los nombres de algunos danzones y danzas: Yayoé, Yerefá, Congos de Lubini, el Ñañigo, Ohún, Yemayá, Africa habla, Ireme, Maco Ireme, Bozambo, etc. Ya quedó dicho que principiaba a saborearse la música negra. El danzón comenzó a hacer furor. Era algo auténtico; finalmente el negro tenía su música. Principiaba a bailar y crear coreografías y pasos mestizos. Brotaban sus facultades creadoras hasta en el uso de determinados instrumentos que en Cuba fueron, especialmente, la flauta y el flautín. En Norteamérica sería el clarinete, el contrabajo, la trompeta, el trombón, por citar los más caracterizados en el jazz. Y viene luego el sentido de la improvisación, su gusto por determinadas inflexiones melódicas y armónicas, el tipismo en el piano, el hartazgo de las disonancias que se vuelven en sus manos, atractivas. En fin, se impone toda la riqueza musical negra.

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