LA MÚSICA EN CARTAGENA DE INDIAS

 

Luis Antonio Escobar

 

Cartagena y su Música Negra e Indígena

Desde sus ventanas blancas los niños negros de Colombia miran su futuro que deberá ser cada vez más amable y luminoso.  Niño del barrio San Francisco de Cartagena.
(Fotografía Amparo Angel)

LA TRAGEDIA DE LOS NEGROS

"Adelante, señores, 200 piastras vale esta linda negra, buena lavadora. ¡Doscientas piastras señores! Vedla: es joven aún, ¿quién da más? ¡250 piastras: es regalada. Observad que fuerte y de buena figura. ¿Nada más? ¡261 piastras! Es suya. Y se descubrían sus carnes, se miraban sus dientes, se hacía caminar a los esclavos, como caballos...".

"El negociante de carne humana tiene el sistema de no omitir nada a fin de que los esclavos se entreguen a diversiones tumultuosas, con el propósito de que destierren de sí toda reflexión y adviertan menos sus miserias. El principal objeto del trato que sufre un negro desde que es vendido en el mercado del Norte hasta que llega al Sur, se reduce a matar su pensamiento y a convertirle en un bruto. El traficante de esclavos junta su rebaño en la Virginia y en el Kentucky, le concede a cualquier sitio sano y agradable, muchas veces cerca de aguas termales para que puedan engordar sus negros. Les da una comida abundante, y a fin de que las penas no les hagan enflaquecer, hace que les toquen el violín para que bailen gran parte del día... Constantemente se les encarga que estén alegres y ágiles, en particular delante de los compradores.."

"En estos mercados de carne humana se procedía como en una feria de ganado. La pérdida de un diente, de un dedo del pie, el daño de un ojo, eran impedimentos graves en la venta de las llamadas piezas de la India. Un testigo, describe así este examen bochornoso: ‘Se deben examinar los ojos, la boca, las partes nobles, hacer marchar a los esclavos, hacerles toser violentamente, para ver si tienen hernias. Nada de viejos de piel caída, de pechos estrechos, ojos extraviados o aire imbécil, que denuncien la propensión a la epilepsia. Los negreros son astutos: para preparar a los esclavos a la venta les llenan de drogas, con el fin de hacer lúcida la piel. Les enceran con pólvora de cañón, les frotan con aceite o jugo de limón. Para engañar su edad, les rasuran la barba, pues saben que el ideal es el niño de 15 años. Y a su vez los compradores no se dejan engañar. Pasan la lengua por esos sitios donde la piel debe crecer y distinguen al tacto, lo que se escapa a los ojos y a las manos".

Las anteriores citas que presenta el Padre Angel Valtierra, en su muy documentado libro sobre San Pedro Claver, nos dan apenas una idea de los profundos sufrimientos de esta raza que ahora disfruta del más elemental, pero a la vez, el más preciado don, la libertad. Naturalmente se podrían seguir escribiendo apartes sobre los cuadros macabros de aquellos negros, que hacinados y revueltos, transportaban en medio de olores fétidos y de las más diversas enfermedades, todo lo cual apenas se puede comparar con las atrocidades que increíblemente ha vuelto a cometer el llamado "hombre moderno".

Con los anteriores relatos, es fácil comprender que la música estuviera ausente y, ni siquiera, en forma de lamento. Sufría demasiado el negro como para tratar de expresar sus dolores. La postración y el dolor copaban totalmente la capacidad emocional de aquellas gentes, que como hoy se admite plenamente, están llenas de un gran vigor musical, que precisamente revolucionó el mundo actual, especialmente con el jazz, y además con otras formas de expresión. Una vez que llegaban a Cartagena tenían que amoldarse al capricho de sus dueños, a sus costumbres y religión, todo lo cual iba borrando paulatinamente su cultura musical. Fue la postración, y el gran choque con las nuevas costumbres, lo que casi acaba totalmente con su manera de ser musical.

La palenquera, Antonina Valdés.

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