LA MÚSICA EN CARTAGENA DE INDIAS
Luis Antonio Escobar
Pero al decir primitivismo no es solamente lo negro lo que se principia a valorar o revalorar. Es también todo lo que pueda tener ese impulso y fuerza de lo primitivo, como la escultura Olmeca o Maya, la orfebrería Calima o Sinú, o la estatutaria Agustuniana. Para que veamos la fuerza de sus ritos, de los ritos indígenas y lo que pinta Strawinsky en la Consagración de la Primavera, mejor, Ritos de Primavera, me permito copiar el texto del “Rito del Flechamiento” que Barrera Vásquez publicó en la revista TLALOCAN (1-4275) y que publicó Samuel Martí en su maravilloso libro “Canto, danza y música precortesianos”, pág. 60 y 61.
“X’OKOOT-KAY-H’PPUM-T-HUUL
CANTAR DE LA DANZA DEL ARQUERO
FLECHADOR
Espiador, espiador de los árboles:
a uno, a dos
vamos a cazar a orillas de la arboleda,
en danza ligera hasta tres.
Bien alza la frente,
bien avizora el ojo,
no hagas yerro
para coger el premio.
Bien aguzada has la punta de tu flecha,
bien enastada has la cuerda
de tu arco; puesta tienes buena
resma de catsim en las plumas
del extremo de la vara de tu flecha.
Bien untado has
grasa de ciervo macho
en tus bíceps, en tus muslos,
en tus rodillas, en tus gemelos,
en tus costillas, en tu pecho.
Da tres ligeras vueltas
alrededor de la columna pétrea pintada,
aquélla donde atado está aquel viril
muchacho, impoluto, virgen, hombre.
Da la primera; a la segunda
coge tu arco, ponle su dardo
apúntale al pecho; no es necesario
que pongas toda tu fuerza para
asaetearlo; para no
herirlo hasta lo hondo de sus carnes
y así pueda sufrir
el Bello Señor Dios.
A la segunda vuelta que des a esa
columna pétrea azul, segunda vuelta
que dieres, fléchalo otra vez,
Eso habrás de hacerlo sin
dejar de danzar, porque
así lo hacen los buenos
escuderos peleadores hombres que
se escogen para dar gusto
a los ojos del Señor Dios.
Así como asoma el sol
por sobre el bosque al oriente,
comienza, del flechador arquero
el canto. Aquellos escuderos
peleadores, lo ponen todo”.
“Dos eran los ritos sacrificiales de esta fiesta, el TLACACALIZTLI: flechamiento de hombres colocados en unas aspas, y el TLACAXIPEHUALIZTLI, propiamente dicho, que era la desollación de los sacrificados para que revistieran sus pieles los sacerdotes. Ambos ritos son de carácter fálico. El primero es una mágica celebración del connubio del sol y la tierra”.
Todo indica que existieron muchas ceremonias en las que se representaba la unión sexual del sol con la tierra, a veces la fuerza sexual femenina cuando eran los “maridos” de las magas mujeres diabólicas los que recibían la fuerza femenina. La otra forma de sacrificio, el TLACAXIPEHUALIZTLI es la representación mágica de la parte masculina. “Se desnuda el falo para entrar en acción: penetra la flecha y hace brotar sangre. La sangre es el fundamento de toda la vida, la solar lo mismo que la humana. El resultado de la boda mística del sol con la tierra es la abundancia de alimentos. Más adelante nos relata Samuel Marti: “Ralph Linton, citando los datos que recogió el Dr. G.A. Fotsey nos informa que todavía en el siglo pasado el grupo Skidi de los Pawnee, tribu de las Grandes Praderas de Estados Unidos del Norte, solían ofrendar una doncella desnuda por medio de una ceremonia de flechamiento, esencialmente igual a las descritas por Landa y Sahagún”.
Es lo anterior una muestra de que la historia se repite y de que el neoindigenismo o primitivismo se toca en todas partes. La Consagración de la Primavera es esencialmente el mismo rito, sólo que en vez de flechamiento, la joven desnuda es consumida por las llamas como ofrenda a los Dioses. Ese retorno al querer encontrar el lenguaje primitivo o natural, es tan importante o más, que el retorno a lo Griego, a lo clásico, es el continuo retorno del hombre que gira llevando siempre consigo los mismos problemas. He citado este bellísimo poema de la ceremonia del flechamiento, pues así se ayuda a conformar una mejor idea de lo que se está tramando, urdiendo, mezclando entre las diferentes razas que existen en Colombia y que en mucho tuvieron que ver con nuestra bellísima Cartagena, hervidero de pasiones, de hombres esclavos y amos buscadores de oro y de indias, hombres sedientos de placeres y también hombres sedientos de Dios que se encontraron dentro de las murallas para formar, poco a poco, nuestra personalidad.
