LA MÚSICA EN CARTAGENA DE INDIAS
Luis Antonio Escobar
Homenaje de la Compañía Central de Seguros a
Cartagena de Indias en el 450º Aniversario de su Fundación
PALABRAS LIMINARES
Como una preciada ofrenda con que regalar a Cartagena de Indias al cumplirse los 450 años de su fundación, el Maestro Luis Antonio Escobar entrega a los cartageneros, y por extensión a todos los amantes y estudiosos de la música en Colombia, los granados frutos de la investigación que adelantara acerca de "La música en Cartagena de Indias". Las comillas corresponden al título del volumen que recoge esos frutos. La rica ofrenda se ajusta con plena dignidad a la altura de las circunstancias. Por la apasionante novedad de su contenido; por su riqueza conceptual; por los derroteros que insinúa o propone, este trabajo del Maestro Escobar habrá de constituirse, a no dudarlo, en obligado texto de consulta para especialistas y también para los aficionados del campo estudiado.
La obra aparece nítidamente determinada por un doble impulso amoroso: el que su autor ha sentido siempre por Cartagena, y el que le suscita el tema tratado, que se proyecta desde dos principales vertientes. En primer lugar, desde la vertiente histórica que abarca toda la primera mitad del libro. A lo largo de esos capítulos iniciales el autor, en una apretada pero muy jugosa síntesis, nos presenta los episodios más destacados del devenir de la música en Cartagena, desde la aparición del primer músico en la Colonia hasta la exaltación de connotadas figuras de la Cartagena musical contemporánea. Maravillado quedará el lector en esta travesía por las múltiples sorpresas que le saldrán al paso, entre otras, saber que en Cartagena se escribió el primer libro sobre música en las Indias; que fue puerto de entrada del canto gregoriano y de diversos instrumentos, la guitarra, uno de ellos, y centro germinal de la liturgia musical a la par que de expertos ejecutantes de las chirimías -los llamados chirimeros-, con cuya música se acompañaba la presencia del "Santísimo" en las calles. También se narra en esos capítulos el historial del dilatado cultivo que tuvieron las arpas, que entraron por Cartagena, el cual alcanzó particular vigor en Mompós y Santa Marta, algo que hoy más parece leyenda que recuento veraz. Su total desaparición mueve al autor, con manriqueño acento, a preguntar: "¿Y qué se hicieron las arpas y las señoritas que cantaban en Santa Marta?". Parece ser, según Escobar, que un destino igual al de las arpas tuvieron el órgano y otros instrumentos aclimatados por largos años en Cartagena y sus alrededores. Se cierra la primera parte, como ya anotamos, con algunas consideraciones sobre la Cartagena musical en el siglo XX. Algunos criticarán que no están todos los que son. Pero sucede que no se trata de un inventario o censo de cuantos cultivaron la música o fueron sus mecenas. En todo caso, la posibilidad está abierta para que el Maestro Escobar amplíe esa perspectiva.
La segunda mitad de la obra, no menos sustancial y sorpresiva que la primera, se proyecta, desde la vertiente de la indagación, en el plano étnico, tanto de lo indígena como de lo negro. A la manera de un alucinante abanico, esta segunda parte abre y despliega su riqueza temática, que incluye aspectos históricos, antropológicos y sociológicos, barajados con la fijación de rasgos diferenciales de la expresión musical indígena y africana. Muchos interrogantes encuentran respuesta en estas páginas. Ejemplo, los orígenes de la percusión entre nosotros. ¿ Tambores africanos? ¿ Tambores indígenas? Se esclarecen también confusos conceptos: "lo folclórico y lo popular ", "las gaitas machos y hembras". Y surgen datos que serán para muchos verdaderas revelaciones en torno a los villancicos, al negro espiritual colombiano (no confundir con el "spiritual" de los negros americanos), y a la música coral, las salves y alabados, nuestras danzas, y tantas cosas más frecuentemente ignoradas o simplemente desconocidas. Y a propósito de esa ignorancia, en su libro, el Maestro Escobar formula una positiva denuncia por la lánguida atención que en nuestros programas educativos se dedica a las culturas indígenas y negras, que no se han "constituido en tema permanente de estudio en nuestros colegios y universidades".
Como es de suponer, la lectura de esta obra no puede ser más refrescante: por el gozoso entusiasmo que la sustenta; por la ausencia en ella de toda pedantería; por el fervor y autenticidad que presidieron su designio y diseño, tan hermosamente declarados por su autor: "He escrito estas páginas -dice- casi con alegría juvenil, desprevenidamente, como si cumpliera con una consigna interna, con buscar mi propio oxígeno o abrir de par en par la ventana que desde Cartagena de Indias otea todos los mares y culturas, la Cartagena que cumple sus cuatrocientos cincuenta años, la que entregó sus playas vírgenes para comenzar a redondear los frutos que a su vez seguirán fructificando y conformando nuestra propia vida ".
Obviamente este libro sólo podía escribirlo un Maestro, como Luis Antonio Escobar, poseedor en alto grado de todos los dones requeridos para la creación musical; dueño de una vasta cultura y una sólida formación adquirida en los más prestigiosos conservatorios de música del mundo; pero, por sobre todo, hombre profundamente sensible por las raíces de su entorno, por las modalidades y características de nuestra cultura, que defiende y exalta con la emoción de patria que vibra en todas sus producciones.
Antes había ya expresado algo que aquí deseo repetir: la convicción que tengo de que el país, con una determinación que comparte plenariamente todo su andamiaje social, ha entrado en una nueva etapa histórica centrada en la afirmación de su identidad, de revaluación de lo propio, de rescate y defensa de los valores que distinguieron a Colombia como nación altamente culta y amable.
Agradezcamos al Maestro Luis Antonio Escobar el valioso aporte que con su libro hace a la afirmación de esa identidad.
RAMON DE ZUBIRÍA.
Bajo el dintel ornamentado de esta bellísima puerta del "Palacio de la Inquisición", penetraron jueces y sentenciados, amos y esclavos, blancos y negros.
(fotografía: Hernán Díaz).
PRELUDIO
Mi entusiasmo al escribir estas notas, se debe a mi cariño por Cartagena y por el tema, verdaderamente apasionante.
La música, resumen de dolor y alegría, es el espejo delicado que refleja todo lo que siente y vive el hombre. Por eso, cuando hablamos de música hablamos del hombre, y ahora, de los hombres que llegaron a Cartagena de Indias; capitanes o esclavos, meretrices o monjas, y aún, de quienes solamente pisaron sus playas y sus calles, para luego proseguir buscando otros mares y otros sueños. Fueron hombres musicales, agobiados por nostalgias y recuerdos, abrumados por todo lo que significa el horizonte y el ritmo ilimitado del mar. La incipiente ciudad los recibió y en su seno se comenzaron a aunar las tres sangres musicales con insospechadas herencias. Así, poco a poco, se iría manifestando la inmensa riqueza musical de lo indígena, español y negro. De la amalgama de estas tres sangres seguirá brotando lo que puede llamarse folclor, si por esto entendemos lo que nace del pueblo, lo que de los siglos va quedando como resumen, encuentro de señales, signos o sonidos propios.
Cuando hablamos de folclor verdadero, contemplamos los primeros dibujos de los hombres, resuenan las melodías ambrosianas, rondeles de músicos y poetas medioevales, los alabados de nuestros negros del Pacífico o el destemplado grito de la guabina que tiñe de rojo el alma y las mejillas de nuestras ingenuas campesinas. Son cantos que en una u otra forma encierran esencias de escultura olmeca, ademanes de severas figuras como las de la Isla de Pascua, cantos que retienen el vibrante ondular de las arquitecturas mayas o la sutil simetría y finísimo color de las telas de Paracas. Todo lo que hace el hombre es de su interior, es su propia escultura y ninguna mejor que la de su propio canto.
Y si lo anterior es comprensible, nó lo es el que las culturas indígenas y negras no se hayan constituido en tema permanente de estudio en nuestros colegios y universidades. Preferimos toda suerte de informaciones, quizá importantes, pero no tan importantes como para dejar de lado el estudio de lo que realmente somos. Todo estudio e información debería tener como referencia, el examen de lo nuestro. Vivimos todavía con el collar de la servidumbre puesto en el cuello de nuestro espíritu, y nuestra rebeldía y arrogancia solamente la usamos para defender, con mayor o menor capacidad, teorías e intereses más afines con otros pueblos o naciones. Nuestra primera obligación está con nosotros mismos. No se puede amar al prójimo si nó nos amamos a nosotros mismos, o dicho de otra manera, el nivel de nuestro amor al prójimo no puede sobrepasar el que nos tengamos. Esto es elemental. Es como la súplica de la ama de casa que cada día tiene que volver a pedir para volver a alimentar a la familia, para subsistir. Así debería ser también nuestra mirada a lo que somos y a lo que debemos ser, permanente, pues de otra manera no podremos subsistir. Somos una familia basada en las tres sangres. Ninguna podrá olvidarse, pues eso somos, producto de nuestras mezclas, y al igual que esas mismas sangres que solamente se purifican tomando a recorrer sus propios caminos para oxigenarse con sus propios movimientos, no tenemos otra alternativa que girar en torno a nosotros mismos.
Por todo lo anterior, me ha gustado hilar este libro, que aspiro a que tenga alma buena y franca, alma de búsqueda del hombre. Lo demás poco interesa. He escrito estas páginas casi con alegría juvenil, desprevenidamente, como si cumpliera con una consigna interna, con buscar mi propio oxígeno o abrir de par en par la ventana que desde Cartagena de Indias otea todos los mares y culturas, la Cartagena que cumple sus cuatrocientos cincuenta años, la que entregó sus playas vírgenes para comenzar a redondear los frutos que a su vez seguirán fructificando y conformando nuestra propia vida.
Luis Antonio Escobar
