LA MÚSICA EN
CARTAGENA DE INDIAS
Luis Antonio
Escobar
PROHIBICIÓN DE BAILES POPULARES
Hasta ahora no he
hablado de la música negra y considero que el relato siguiente se refiere a la mezcla de
razas y de gustos populares, no necesariamente a los negros en particular. El relato lo
hace el gran historiador cartegenero, Eduardo Lemaitre en su excelente Breve Historia de
Cartagena, aludiendo a la época de Don Pedro Messiá de la Cerda (1761-1772):
"Otro suceso que,
ya en otro campo, tuvo ocurrencia durante este período fue la prohibición, bajo pena de
excomunión que el obispo de la Diócesis, don Diego Peredo, hizo de los bailes populares
llamados "bundes o fandangos", por los muchos excesos que ocasionaban. Como se
podrá imaginar, la protesta fue general y, en previsión de una delicada situación de
orden público, el Gobernador don Fernando Morillo y Velarde y la misma Corte de Madrid,
se vieron precisados a intervenir, para suspender aquella rigurosa medida del Señor
Peredo, lo que se logró, con ciertas limitaciones, como la de que los dichos bailes no se
llevaran a cabo en vísperas de fiestas de guardar, para que el pueblo no dejara de
asistir a la misa".
Resulta interesante
anotar que la prohibición de los bailes produjera conmoción, inclusive entre los
españoles, y que situaciones tan dolorosas y deprimentes siguieran sin corrección y sin
causar sobresalto... Aquí vuelve a recordarse aquello de que al pueblo, "dale
circo"... Pero es obvio. Para los cartageneros, y en especial para los negros, el
baile es una expresión natural de suma importancia.
Vale la pena
contraponer otra orden dada, no ya en Cartagena, sino en la Ciudad de los Reyes, Lima, y
que aparece en la Constitución vigésima sexta que promulgó el Primer Concilio celebrado
en esa ciudad en el año 1522 y que ordena:
"Que los
clérigos...no toquen de noche instrumentos músicos, ni danzen, ni canten cantares
deshonestos..."
Que el clérigo que
"fuere hallado de noche a cualquiera hora, que sea, con algunos instrumentos
músicos. . . será preso por diez días, y multado en otros diez pesos. . . demás de ser
perdidos los dichos instrumentos para el dicho Alguacil, y Fiscal; y so la misma pena
prohibimos, que ninguno danze, ni cante cantares deshonestos, ni profanos, en bodas, Misas
nuevas ni en otras fiestas, ni que en ellas tañen vigüelas, o..."
"Que en las
Iglesias, y lugares sagrados no se hagan comedias, ni representaciones profanas, ni
vayles, ni saraos, ni canten cantares deshonestos".
Con las divertidas
citas anteriores, nos damos cuenta cabal de que lo que se prohibía en Cartagena, apenas
eran bailes populares y en ningún caso se refieren a sacerdotes o monjas, o decires o
cantares deshonestos. Pero aún así, las danzas de Lima no se podrían comparar con los
escándalos de los mismos españoles, que todavía en el siglo X, efectuaban sus bailes en
el propio recinto de la iglesia y en los cementerios, -danzas macabras-, contra lo cual
tuvieron que luchar obispos y sacerdotes utilizando toda suerte de anatemas y
excomuniones. Naturalmente se trataba de la tradición española, tan fuerte, con tantos
arraigos y ancestros, que aún sigue contemplando la danza como precioso vehículo de
expresión. Recordemos también las famosas Cántigas, atribuidas al Rey Alfonso, El
Sabio, relación de los milagros de la Virgen María, que eran cantadas en lengua gallega
y danzadas al pie de sus altares, en plazas, atrios e iglesias. Era la supervivencia de
las danzas sagradas. Al combatir la danza el error era de la misma iglesia, que seguía
viéndola solamente como la causante de la incitación al pecado, y no como la forma más
natural y espontánea de extroversión de los muchísimos sentimientos del hombre,
incluyendo, obviamente, la comunicación con Dios, algo que era la base ritual firme y
profunda de muchas religiones.
En Cartagena las danzas
y bailes llegados de España, no podían prohibirse tan fácilmente, y más, entonces,
cuando se le echaba leña al fuego, es decir, cuando se juntaba la sangre negra que se
revuelve de verdadera alegría con la danza y el baile. Recordemos aquí, cómo el ingenio
del hombre se crece cuando se trata de buscar retozos. La moda de las famosas
"Tapadas" limeñas, hermosas mujeres de la sociedad, que salían de incógnito,
su rostro medio tapado, a dejarse seducir caminando por las calles de la ciudad,
encontrando en algunas ocasiones que eran sus propios esposos quienes más reincidían con
sus asedios. Como en toda época, el hombre necesita y vive ávido de diversiones. En
Cartagena nunca han faltado, pero nunca han llegado a cometer excesos o escándalos
mayores, quizá porque el pueblo ha encontrado la mágica solución de vivir alegre y
sanamente extrovertido. La danza sigue obrando esos milagros, que según los griegos,
llegaba al extremo de producirlos hasta en la política. En el caso de Cartagena, y ella
representa a toda la Costa Atlántica, los bailes y las danzas con toda clase de
tradiciones y orígenes, son el meollo de su alegría y de su vida, y aparece hasta en el
propio caminar.
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