La obra de Gaspar Sanz, Instrucción de música sobre la guitarra española aparece en 1674 y tiene ocho ediciones sucesivas, la última de ellas en 1697. Está dedicada por completo a la guitarra de cinco órdenes y no menciona la de cuatro (198). Tampoco se considera ésta en las publicaciones de Lucas Ruiz de Rivayaz (1677) y Francisco Guerau (1684).
Aparentemente, podría pensarse que la guitarra de cuatro órdenes ha sufrido un eclipse. La realidad es que los métodos para la de cinco enseñan música punteada, para lo cual se requieren aptitudes y conocimientos especiales, que sólo pueden ostentar los músicos profesionales y unos cuantos aficionados capacitados para entender los sistemas de tablatura. Como la de cuatro se toca rasgueada, con acordes de acompañamiento para canciones populares, los tratadistas de estos años no consideran necesario insistir en un tema ya cubierto ampliamente por Amat.
Porque la guitarra de cuatro órdenes continúa en manos del pueblo. Luis de Góngora, en uno de sus Romances Líricos la nombra así:
En mi aposento otras veces
una guitarrilla tomo,
que como barbero templo
y como bárbaro toco.
Con esto engaño las horas
en los días perezosos (86, p. 65).
Por eso mismo, cuando Mozart y Daponte necesitan ambientar en la Sevilla barroca su ópera Las bodas de Fígaro, se atienen a las indicaciones de Beaumarchais y colocan la guitarrilla en manos del barbero, como se observa en el Acto I, escena II:
Se vuol bailare | (Si desea bailar |
Los pintores europeos del siglo diecisiete ofrecen un especial interés, ya que para esa época empieza a formarse la escuela plástica neogranadina, bajo el liderazgo de Gregorio Vásquez Ceballos; esta escuela dibuja muchos instrumentos dentro de los temas religiosos usuales. Por consiguiente, existe la manera de compararlos con los instrumentos dibujados por los mismos años en los países europeos.
Los sevillanos Diego Velásquez (1599-1660) y Francisco de Zurbarán (1598-1664), muestran la guitarra en pinturas que hoy forman parte del gran tesoro artístico de la humanidad. Los tres músicos, de Velásquez, expuesto en la Gemaldegalerie de Berlín, enseña con profusión de detalles dos guitarras y un violín. Zurbarán, en Las tentaciones de San Jerónimo, da una visión poco corriente del instrumento por detrás, con lo cual puede apreciarse el fondo plano, así como las incurvaciones laterales y el modo de fijar los trastes al mástil.
Una muy nítida representación frontal, donde pueden distinguirse perfectamente los cuatro órdenes duplicados y la prima simple, es la ofrecida en el Angel con guitarra del español Guzmán de la Cuesta, cuadro que se exhibe en el Bowes Museum de Durham, Inglaterra. En 1693, José García Hidalgo editó en Madrid unos Principios para estudiar el nobilísimo arte de la pintura, con ilustraciones de las manos y las posiciones de los dedos para formar los acordes de los cinco órdenes, adaptando y mejorando los dibujos contenidos en el método de Gaspar Sanz.
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Detalle del cuadro Dos damas de la familia Lake, de Peter Lely, Tate Gatlery, |
Como los anteriores, muchos artistas de otros países dedicaron su paleta al instrumento en boga. El inglés Peter Lely (1618-1680); los flamencos Pieter Brueghel el Joven, Theodoor Rombouts (1597-1637), David Ryckaert (1612-1661), Jan Vermeer (1632-1675), Karel Dujardin (1622-1678); los franceses Jean de Boulogne (1594-1632), Jean Daret (1613-1668), David Teniers el Joven (1610-1690). Como si fuera poco, con la sola obra pictórica de Antoine Watteau (1684-1721) bastaría para conocer todas las posiciones, acordes, detalles de construcción, proporciones, medidas, ambiente social y entorno general de la guitarra barroca.
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Página del libro “Principios para estudiar el nobilísimo arte de la pintura, de J. García Hidalgo, 1693. |
Por su parte, toda la literatura española del siglo de oro está saturada de menciones al instrumento. Hablan de él Cervantes, Lope de Vega, Calderón, Góngora, Mateo Alemán, Espinel y demás componentes de la pléyade genial de la época gloriosa de las letras castellanas.


