CAPITULO OCTAVO
EL TIPLE EN LA VIDA NACIONAL
A. El ámbito social
La herencia que el tiple recibe de la guitarra renacentista no consiste únicamente en las características morfológicas. Adquiere, además, la misma condición dentro del entorno social. Mientras las clases nobles y palaciegas españolas prefieren sofisticados medios sonoros como la vihuela cortesana y el laúd, el pueblo raso encuentra en la sencilla guitarra de cuatro órdenes, que no ofrece complicaciones teóricas, la herramienta adecuada para expresar sus gustos y necesidades. Es un instrumento mirado con desdén por los nobles refinados y por eso Covarrubias se duele de que la guitarra pueda ser interpretada por cualquier mozo de caballerías (55).
Son esos los términos en que viene a las Indias. Traída y tañida, no por músicos eminentes de alta formación académica, sino por soldados y segundones, tripulantes y subalternos, campesinos empobrecidos en estériles parcelas de Andalucía o Extremadura, que anhelan encontrar fortuna en la generosidad de nuestro suelo.
Durante varios siglos, la guitarrilla permanece de manera humilde pero decidida en el complejo cultural del virreinato. Es al principio un germen de transculturación. Pero a medida que el criollo se va aferrando a la tierra que lo sustenta; al paso que el mestizo incrementa su participación dentro del volumen poblacional, el instrumento ve crecer sus raíces y hundirse con mayor vigor en el campo demográfico, como patrimonio colectivo y popular.
Para los artesanos, servidores y campesinos es compañera indispensable en bodas y funerales, en duelos y parrandas. Allá las clases pudientes con sus violines y arpas. La gleba que no ostenta escudos ni blasones, que carece de apellidos importantes o prebendas económicas, echa mano del guitarrillo, lo convierte en emblema, canta con él sus bundes y torbellinos, no tan elaborados quizás como los paspiés, boleros y contradanzas, pero de sabor más genuino y sentido.
Con el despuntar del alba republicana, cambian los personajes pero no las circunstancias. En los salones de la aristocracia criolla, delicadas manos femeninas tañen la guitarra de seis cuerdas acompañando al piano o al violín. María del Carmen, hija del presidente Domingo Caycedo, hace de la guitarra española su amiga y confidente en páginas ingenuas que llegan hasta nuestros días, como eco de la música de los años 1825-40.
El tiple se ha quedado en las manos callosas de la gente común; mirado como instrumento de segunda categoría, minimizado, despreciado, subvalorado. Pero vivo, actuante, con vigencia solidaria, cotidiana y permanente.
Antonio José Restrepo, con la gracia de su castizo estilo y el valor de la experiencia propia, narra cómo es la diferencia social entre los instrumentos:
En Colombia se hace completa diferencia que ya marcamos,
entre el canto de los blancos de la clase superior y el canto popular
neto de las clases inferiores en cultura y riqueza (...)
Cuando yo tuve uso de razón, como dice Astete,
y comencé a darme cuenta de las cosas, a gustar del canto
y de la música, por allá en medio de la guerra civil de 1860-64,
en mi glorioso pueblo de Concordia (...) no había en aquel
mi pueblo sencillo más instrumentos músicos que la guitarra gaditana (...)
rasgueada y cifrada por los blancos y aun por las señoras de ellos,
algunas de las cuales solían cantar sus canciones en las tertulias caseras (...)
Con la guitarra sonora se acordaba en raras ocasiones un violín
desperdigado, de aquellos “templados por el trisagio”, que inmortalizó
el doctor Hermenegildo Botero y que algún sacristán de gorja
bajaba del coro angélico al modesto salón de la alcaldesa.
Pero imperaban siempre entre la gente del bronce, de bayetón o ruana,
guarniel repleto de chismes, machete al cinto, garrote
de guasco o verraquillo colgado al brazo, el ojo del zurriago,
descalzo el pie o alguna vez con alpargatas, sombrero de caña de iraca,
caído maliciosamente de un lado, baja el ala y quebrada la copa;
imperaban siempre, digo, la vihuela barrigona, el tiple cenceño,
acompañados del tamboril (si acaso había baile), del guache estrepitoso,
y todos ellos secundando el canto bravo
(cante jondo, que dicen en España) de los fornidos jayanes que
los tocaban, ya reposadamente como en la guabina, los monos o el bambuco,
ya en las notas apresuradas y vehementes de la caña, el gavilán, el bizarro,
el salgaelsol, el amanecer, la cartagena, el sapo, el gallinacito, el currulao,
el mapalé o la frenética carrumba (175, p. 390-92).
Hacia 1837 acude a la plaza de mercado de Sonsón un hombre del pueblo llamado Roso Valencia, a improvisar ensaladas o trovas marcando sus acordes en el tiplecito cuatrero”. Por esas mismas fechas, el poeta Gregorio Gutiérrez González ignora a Roso y se hace acompañar en sus serenatas por la elegante guitarra que toca Félix Mejía (29, p. 46 y 71).
En Santander, hacia 1840, se habla de los “bailes de tercera, que eran los de la gente de baja condición, que se verificaban en las afueras del pueblo (...) se amenizaban con tiple y pandereta” (80, p. 68).
Cuando la Comisión Corográfica sale en 1850 a dejar testimonio gráfico y literario de la vida de la nación, da sin proponérselo el mejor ejemplo de las diferencias sociales de los instrumentos. Cuando hay que pintar un paseo de “gente bien” en los alrededores de Bogotá (Lámina 30 del Album), aparece la guitarra en manos de un solemne cachaco de bigote, vestido de paño y sombrero de fieltro. Cuando se trata de campesinos o proletarios, es el tiple el que asoma, con su escaso tamaño, entre curtidas manos semiocultas por ruanas descomunales.
En los escritores del grupo de El Mosaico, el ámbito descrito para el tiple huele a trapiche y a guarapo: fondas camineras, serenatas aldeanas, fiestas patronales en pueblos de tierra caliente, aglomeraciones donde las clases inferiores no precisan tarjeta de invitación.
Pero, por otro lado, el instrumento ha ido calando en la clase media. Los lánguidos acordes tipleros empiezan a escucharse en reuniones familiares, en noches de bohemia estudiantil, donde los señoritos se contagian del gusto por una música que les llega de estratos inferiores. En tiendas y ventorrillos urbanos se forma el caldo de cultivo para un creciente romanticismo que conducirá a la emotiva expresión centenarista. Por eso empiezan también a surgir las voces angustiadas de quienes creen que la infiltración del tiple en las altas esferas sociales conlleva la pérdida del buen gusto y el refinamiento. Manuel Pombo exclama:
Hay guitarras comunes que sólo sirven para acompañar cantos vulgares;
instrumentos de baja condición, alma de la parranda y de la orgía;
pero la guitarra aristocrática, educada en los salones y gabinetes (...),
esa guitarra distinguida que recuerda los tiempos poéticos de los
trovadores y las frescas veladas del caballero (...), la guitarra de Sor,
de Aguado, de Huerta, de Londoño, de González, de Franco, de Padilla
y varios otros; esa guitarra que mereció los elogios de poetas como Thomas
y Chateaubriand y que privó con honra en la corte de Luis XIV, no tendrá
dentro de poco reemplazo en la buena sociedad (162).
Es batalla perdida. El tiple se ha consolidado. Pero no en desmedro de la guitarra, a la que hace compañera en morganática unión. No importa que un secretario del Arzobispo de Bogotá lance fulminantes anatemas como éste, de 1864:
Se avisa al público en general (...) que no habrá en las
próximas fiestas de aguinaldos chirriadera en los templos,
como las funciones de zarzuela que se dieron en los dos años pasados.
Por consiguiente no habrá títeres en la iglesia, ni música de tiples,
guacharacas y panderetas; ni se tocará la jurga, ni el bambuco ni el palito
ni la caña ni alguno de los sones populares de las ventas y los figones (16, p. 4).
En las novelas de Tomás Carrasquilla queda resumido el proceso de ascenso social del tiple, similar al experimentado en todas las comarcas del país.
En El zarco se encuentra el siguiente diálogo:
- Andá, tráete el capador y el cuatrico - manda el cura
al primer trago - para que me toqués y me cantés mientras
me tomo el cacao.
- Si ya no surrunguea en el cuatrico - indica mano Higinio –
Si pu’ai se consiguió una vigüela (41, p. 1414).
En Frutos de mi tierra, la primera vez que el tiple es mencionado por su nombre, está en manos de “negros de la crema fina”, mientras la orquesta del Jockey Club de Medellín tiene “guitarras, bandolas y acompañadores” (41, p. 81). En Grandeza, el tiple es ya ejecutado por “artesanos y artistas de todo género, hasta del comercial” durante una gallinación en Campoalegre (41, p. 259). Luego, en la misma novela, para el baile de máscaras “unos vienen de tiple y canciones por lo serio; otros de carrascas y de coplas por lo charro” (41, p. 336). Ese es, ni más ni menos, el proceso: desde el bunde popular, hasta el baile de máscaras de la alta sociedad. Y todo en un lapso no mayor de cuarenta años, los que van de 1850 a 1890.
A partir de la última década de ese siglo se halla el tiple en manos “blancas y de buena familia”. Alterna con la guitarra en los salones bogotanos, en las casonas solariegas del Valle, en la intimidad de las tertulias paisas. Pero sin haber dejado de pertenecer al jolgorio de un San Pedro huilense, una molienda en Vélez, un piquete bogotano o una lechona ambalemuna.
Porque desde entonces el tiple adquiere dimensión de símbolo. Invade todos los estratos sociales. Se convierte en arma, utensilio y herramienta. Se humanizan sus cuerdas y con ellas se dice y expresa todo lo que el pueblo necesita decir y expresar. Es “mi sentir hecho canción” para un huilense como el Papi Tovar, mientras para un santandereano como José A. Morales es “clarín y bandera, alma comunera, rencor y querer”. En ese “tiple sentimental y macho” encuentra un caldense como Bernardo Arias Trujillo “todos los tonos que traducen estados de alma colombiana.
Nadie mejor que Jorge Robledo Ortiz, cantor de la raza, para evocar en sentidas palabras lo que el tiple significa en el ámbito social colombiano. Que esa voz telúrica irrumpa desde la atalaya montañera para tocar a rebato por todos los confines de la patria, en un texto inédito gentilmente cedido para este libro:
En esa caja de madera frágil, de cintura de mujer y
anatomía de violín maicero, está el proceso anímico
de una raza invencible, de un pueblo nacido para la
grandeza, para la conquista y el triunfo.
Un tiple fue el compañero de nuestros abuelos cuando
se aventuraron en la selva a sembrar caseríos y a descuajar
el porvenir. En sus cuerdas está la historia de todos los maizales
de Antioquia y del Quindío, de los cafetales que crecen a la sombra
de los yarumos y de las chapoleras en flor; de los arrieros de Bolívar
y del Cauca, de Anserma y de Sonsón, de esos hombres
que se enfrentaban al monte y al camino sin otras armas que un
escapulario, un corazón sin miedo y una frente limpia como sus
apellidos de ascendencia vasca.
Por las cuerdas de un tiple descendían los mineros al
socavón para arrancarle a las entrañas de la tierra
el oro para la argolla de la amada y el resplandor
para la custodia de la iglesia campesina.
Un tiple ha sido el consejero inseparable de nuestros
ingenieros. Ellos saben que antes de nivelar el teodolito,
es preciso apretar las clavijas de ese instrumento que
les ha de recordar la buena fe, el cumplimiento, la
responsabilidad y la entereza de unos viejos cuya palabra
valía más que una escritura.
Cuando un tiple suena, el alma tiene temple de virilidad
y las manos que lo rasgan son callosas y los ojos son
firmes y el gesto es resuelto y el amor es sincero.
Para que un tiple suene con su sabor de casta, es preciso que
esté respaldado por diez generaciones de hachas, que se
estremezca con el recuerdo del abuelo y que se conozca de
memoria todos los senderos de arriería, todas las fondas
camineras, las fatigas del trabajo y las alegrías y penas del amor.
El tiple que descansa en un clavo y recuesta su carga de
bambucos a la blanca pared de la casita campesina, tiene
nuestro mismo apellido y se sabe los nombres de nuestros
seres queridos. Cuando lo tomamos en las manos, nos
parece que acariciamos el cofre de la abuela; la trenza
sin pecado de una novia lejana que se peinaba con la misma
loción con que se peinan la yerbabuena y el tomillo; el rústico
bastón que servía a nuestro padre para apoyar su buena voluntad
y la paz de esas horas en las que Dios llenaba todos los rincones
del alma y la vida era simple y abierta como los corredores,
por donde se entraba el crepúsculo en busca de canciones.
En el tiple están los sueños de los hijos, la juguetona
inexperiencia de los nietos, la oración de la madre, el
retorno del hermano mayor, el canto de un río que se quedó
en la infancia, la copla del arriero, la madrugada de los surcos,
las noches que en Titiribí copaban los socavones para jugarse
al dado una constelación y las serenatas que servían de prólogo
a un nuevo hogar honrado, con manteles humildes, con pan en
abundancia y con la fe colgada como una hamaca entre el crucifijo y los maizales.
No es gratuito el afecto con que Robledo Ortiz menciona a Titiribí. Esta población, engastada como una joya en los riscos del suroeste antioqueño, es cuna de grandes hombres en la política, las artes, las ciencias y las letras. Nombres que no pueden leerse sin emoción: Nito Restrepo, Salvo Ruiz, Jaime Llano González, Fernando Calle Garcés, Jorge Montoya Toro, José González (José Buche), Pedro Bedoya, Licio Restrepo, Eduardo Cadavid Angel, Alejandro Correa, Santiago Vélez Escobar, Francisco Betancur, entre otros muchos, pertenecen a la pléyade de valores musicales de Titiribí, para quienes el tiple ha sido cómplice y testigo permanente de aventuras en los etéreos dominios del arte, rociado a veces generosamente con el gustoso guaro regional.
A manera de concreción práctica de toda esa suma de sentimientos y gracias al fervor de Fernando Calle Garcés, la municipalidad de Titiribí dio el ejemplo de incorporar el tiple como elemento primordial a su escudo de armas, convirtiéndose de paso en la primera región del mundo que utiliza este instrumento con propósitos heráldicos. Por tratarse de una hermosa simbología, vale la pena transcribir la explicación que Calle Garcés, como autor del proyecto, da de su concepción:
En el primer cuartel superior izquierdo, está un arcabuz
con tres flechas que significan que nuestros aborígenes
fueron indios; el fondo verde de ese cuartel nos indica
la agricultura de nuestra tierra.
En el segundo cuartel superior derecho se encuentra una
rama de cafeto enfrutecida, indicativa de la riqueza
cafetera de la comarca. Se ha rescatado para la heráldica
un instrumento típico colombiano como es el tiple. Colocarlo
en este cuartel significa un reconocimiento a los viejos troveros
que sembraron de coplas y canciones las fondas camineras y
las veredas de nuestro pueblo como lo hacían los antiguos juglares
en épocas remotas. El fondo de este segundo cuartel es oro que
significa la minería que ha sido fuente de trabajo y riqueza de la comarca.
El tercer cuartel lo comprende la mitad del escudo. En él
se plasma la salida del oro y del carbón de la mina, que
como se dijo anteriormente, forman la principal riqueza de la población.
Sobre las montañas, en la parte superior izquierda de este cuartel,
aparece un sol naciente que nos cubre a todos por igual sin distingos
de raza, de creencias ni colores; y en la parte superior derecha,
la rueda dentada que demuestra el trabajo de nuestros hombres
en lucha permanente por la subsistencia. Hacen parte también del
escudo cuatro banderas astadas del municipio: dos a cada lado,
que se pierden en la mitad de la parte inferior del escudo.
En la parte superior, entre un óvalo, aparece el nombre del municipio.
Allí mismo se incluye el año de fundación del caserío, 1775, que
posteriormente fue elevado a la categoría de municipio,
al ser trasladado al sitio actual.
Cuando el tiple se lleva a los altares patrios, dentro de los símbolos terrígenas, alternando con los hontanares genéticos, los medios de subsistencia y los paisajes del entorno telúrico, es porque definitivamente se ha incorporado a la vida más íntima de un pueblo. Ante esto, no queda nada por decir.
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Escudo de armas de la ciudad de Titiribí, Antioquia, único en el mundo que ostenta un tiple dentro de los elementos heráldicos, al lado del oro y el carbón, el café, la rueda del trabajo y la flechas indígenas. Foto cortesía de F. Calle. |
B. Los intérpretes
Por las breñas del Chicamocha, entre los cañaduzales de Tipacoque y las datileras de Soatá, limitado al suelo por sus pies descalzos y al hombro por su tiple chiquinquireño, anda desde hace tiempos un humilde labriego. Es el primero que llaman cuando hay boda o velorio fino. Es el primero que se trepa a la flota, en medio de gallinas sudadas y calabazos de guarapo, cuando se arma la romería a Chiquinquirá. Toca para los godos paramunos y los liberales calentanos. Suena su tiple en los rincones de las fondas mientras los demás hablan gravemente de tumbar al alcalde, correr la acequia o arreglar el camino real.
Su nombre lo conocen todos: Agapito. Su apellido solamente lo sabe Eduardo Caballero Calderón, que lo aventó al oficio de tiplero por el mundo agreste de su Tipacoque. Pidámosle a Agapito que abandone esas páginas inmortales, que trascienda su atmósfera literaria y venga aquí en nombre y representación de todos los tipleros campesinos. Los que han hecho la historia verdadera del tiple, que no está contada en fríos tratados académicos ni consta en archivos o notarías, porque se escribe cada noche en moliendas, serenatas y toldas de arriería. Que Agapito rasgue unos acordes elementales para recordar a todos sus congéneres anónimos y proletarios, los “tipos del campo que dibujaba la Comisión Corográfica, los Agapitos que desde la noche de los tiempos han cargado en sus hombros el madero sonoro, para redimir a su pueblo de penas y fatigas. Y que sea el primero en la lista, para que su nombre reemplace a todos los que inadvertidamente han quedado omitidos.
Porque estaría incompleto este recorrido por los dominios del tiple si no se consignaran los nombres de aquellos ejecutantes poseedores de diversos grados de maestría pero igualados en el entusiasmo, que escribieron a golpes de bambuco la sonora historia del instrumento. Sus nombres, recopilados escarbando crónicas y tratados, repasando periódicos y programas viejos, esculcando memorias de amigos y archivos, entran a estas páginas por derecho de conquista, como guardianes del tesoro cultural de la patria.
1. Siglo diecinueve
Ante todo, el general Santander. Con su ejemplo de calentano desenvuelto, enseñó a los cachacos santafereños que el tiple podía ser aceptado en los más remilgados salones. A tal punto lo logró, que en tertulias de 1847 un inglés, Mister Sheridan, había aprendido a rasgar el tiple con perfección y cantaba los más lindos bambucos.
Santos Mogollón hizo gala de virtuosismo en los pesebres de 1856, interpretando en el tiple los valses de moda.
José Eleuterio Suárez, Lorenzo Lleras, Ramón Ordóñez, José Viteri y Telésforo D’Alemán llegaron a tan altos grados que se dieron el lujo de escribir sus métodos de enseñanza.
Diego Fallon, que sabía de todo. Poeta, compositor, pedagogo, ingeniero, matemático, tiplista eximio y reformador de la bandola.
Roberto de Narváez, hombre exquisito y culto. Tocaba tan dulce y sentido, que llegó a afirmarse que “antes de tocar, mojaba los dedos en el alma”.
Antonio Morales, tunjano y rimador, “en cuyas manos el tiple hacía bailar las piedras”; autor de aquella cumbre poética que empieza:
Soy José Risurrición
y mi apelativo es Ramos;
toy pa’servirle a mis amos
con toda satisjaición.
Se recuerda también en Bogotá al Chato Ayarza, quien con el Chato Melo a la bandola y Nicomedes Mata a la guitarra, conformó un trío del que se habló hasta en la Academia de la Lengua.
El Ciego Carlos Escamilla, tan genial como músico y tiplista, que se recurría a sus dictados para los arreglos de acompañamiento de la “Lira Colombiana”. Morales Pino dejó el recuerdo de su impecable rasgueado y es factible que a él se deba la evolución en el número de cuerdas. Hay que mencionar a su maestro en Cartago, José María Hoyos.
Mateo Tibidor, casanareño de Yopal, para quien el tiple era un juguete y hacía figuras con el instrumento.
Narciso Mora, caballero de bien al viejo estilo, constructor y ejecutante de guitarras, bandolas y tiples.
Eusebio, el Motoso Uribe y Heliodoro, de quienes no queda constancia de sus nombres completos, pero cuyas voces y tiples continúan vibrando en la historia musical del altiplano.
Severo Berrío, militar y músico - confluencia común en una época de guerras civiles e hidalguía espiritual -, quien al compás de un tiple guaduero entonaba canciones tolimenses.
David Arévalo, intérprete de las canciones del Catire Aureliano González. El caleño Luis Carlos Alvarez, maestro en la ebanistería y en el tiple de bambuquero.
Y aquel Perico, el zipaquireño Pedro C. Peña quien, en 1856, abandona la costumbre tradicional de rasgueado y empieza a puntear las mejores melodías de su tiempo. De Perico se recuerda aún el gracioso aviso con el que anunciaba los productos de sus misceláneas en la Ciudad de la Sal:
Aquí encuentra usted pabilo,
lápices, plumas y tinta,
polvos, jabones y cintas,
telas de bonito estilo,
camisas y pantalones,
peinillas, ganchos, botones,
y hasta cuajo comprimido.
Para todo mal remedio
menos, ay, que triste suerte,
ni droga contra la muerte
ni antídoto contra el tedio.
Ñito Restrepo expande esta lista, consagrando su evocación a copleros y rimadores a lo divino o a lo humano, dentro de la más pura estirpe de Quevedo o Calderón, según el caso:
Rafael Londoño, cantor de agarre, hijo del ño Mateo que peleó en Ayacucho; Carmen Lora, del Tonusco; Indalecio Ortiz, titiribiseño; Martín López, Sampayo y Trinidad Rodelo, de la tierra abajo, de Remedios al Magdalena; Cocoa, el cantor manizaleño; Vicente González, alias Vicentón; Pastor Correa; Milagros Cachón, que produjo sensación en Quibdó; Juan Yepes, musicalizador del Canto del Antioqueño, obra del malogrado Epifanio; el negro Emiliano Pasos, cuya voz de bajo profundo hacía el dúo a Yepes; Valentín Diosa, cantor de cartel; José Miguel Córdoba, empecinado serenatero en Concordia y luego próspero comerciante en la Villa.
Hay otros que merecen figurar: Roso Valencia en Sonsón; Cesáreo Mesa y Francisco Ortega en Medellín, cantores famosos hacia 1830-40.
Salvo Ruiz, digno rival del gallo que le saliera en coplas y tiplería, trovador legendario de quien vale al pena recordar los versos en que hace testamento,
Pa’dejále a la familia
mis versos, mi viejo tiple,
la copa y una peinilla.
Y el mundo pa’que lo breguen
ahora que está tan bueno,
lleno de acaparadores
ventajosos y rateros (185).
Sin dejar de mencionar por eso al mismo Ñito, “que les podía dar a todos la ventaja de la semana por el sábado”.
De la mano de Hernán Restrepo Duque podemos conocer a otros personajes del tiple en el siglo pasado:
Ricardo Acevedo Bernal, Alejandro A. Flórez Roa, Ernesto Neira, Roberto Mesa, Pablo J. Valderrama y el Ciego Ras, entre quienes descollaron en Bogotá. Nicolás Soto, Germán Benítez, Clímaco Vergara, el Manco Eduardo Arango, Chucho Garcés, Quico Puerta González, entre la bohemia de Guanteros en Medellín.
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