3. Segunda mitad del siglo veinte
Con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948, cae la patria de bruces y llega al medio siglo con el alma en vendajes. Una insostenible situación política hace que muchos hombres se vean obligados a tomar el camino del monte. Dumar Aljure y Guadalupe Salcedo, cuando el fragor de la lucha les permite un instante de reposo, entonan en el tiple sus corríos, en versos rescatados diligentemente por Miguel Angel Martín:
Vengo a dejar un recuerdo
como soldado obediente
que improvisa sus cantares
relaciones de su mente;
que tuvo muy poco estudio
pero es algo inteligente,
perseguido del gobierno
sin tener nada pendiente (117, p. 76).
Esa violencia es una sinrazón que entristece a las gentes de bien de todo el continente. Atahualpa Yupanqui, hermano solidario de quienes saben que el hombre “es tierra que anda”, emite desde Argentina su lamento:
Solo una vez he llorado
callao llanto de indio.
Fue en la sierra del Tolima
al tirar mi tiple al río.
Nos íbamos monte adentro.
Era noche de peligro.
¡Que nadie fume ni hable!
Era noche de peligro.
Andábamos silenciosos.
Corazón endurecido.
Cuando llegó la consigna
como un puñal de dos filos:
¡El que tenga tiple en mano
que arroje su tiple al río!
Tal vez otro haya pasado
aquello que yo he vivido.
Ser hombre de causa firme
y no temerle al peligro.
Y cumplir con la consigna
arrojando el tiple al río.
Sentí su queja en las piedras
al rodar por el abismo.
Como pidiéndome amparo
con el último sonido.
La noche creció dos veces
en el monte, y dentro mío.
Y yo me fui sombra adentro
y el tiple cayó en el río.
Adiós compañero fiel
de juventud y amoríos.
Nos mordía los talones
la sombra del enemigo.
...............................
Mañana cuando amanezca
han de oír los campesinos
un nuevo canto en el agua.
Mitad canto, mitad grito.
Madera rota en las piedras,
alma que busca un camino.
Lo encuentra y se va cantando
sobre la espuma del río (226, p. 55).
Por su lado, la música colombiana tradicional también se encuentra en estado de sitio, acorralada por los boleros, tangos, rancheras y guarachas que, con creciente comercialización, invaden los receptores de radio, las victrolas campesinas y los ambientes urbanos.
En Armenia, mientras Sedy Cano puntea su inimitable Viejito Sinvergüenzón, Evelio Moncada y Bernardo Gutiérrez dan un paso al frente para alinearse entre quienes no se resignan a ver desaparecer sus bambucos. Rescatan el Tiple viejo, empeñado en cruel hipoteca de ilusiones:
Hoy te exhibe el montepío
lleno de bruscos remiendos,
sin la cinta roja al cuello
y mohoso el clavijero.
................................
A ti al menos te fijaron
interés al diez por ciento,
ya que la carroña humana
no la cotiza el peñero.
Porque vale más que un hombre
el coco de un tiple viejo.
Y llegan Moncada y Gutiérrez al taller del maestro Monsalve, para pedir en bambuco insuperable:
Hágame un tiple, maestro,
pero hágame un tiple bueno,
que toque y toque bambucos
y cante bambucos viejos.
Iguales a los que llevo
como un tesoro en secreto,
todos escritos con llanto
en el papel del recuerdo.
Como atendiendo ese llamado, se abre para el tiple una nueva ruta, no transitada hasta entonces, con la grabación de discos donde el instrumento adquiere categoría de protagonista. Con la modalidad tradicional en Santander, el tiple punteado con pluma o plectro y acompañado por otros instrumentos, generalmente tiple y guitarra, sale al mercado una realización que obtiene gran acogida y obliga a sucesivos tirajes. Canta un tiple, de Pacho Benavides, con el acompañamiento de José A. Morales, muestra a los colombianos una novedosa manera de expresar sus propios sentimientos.
Por esta grabación, Benavides es reconocido como el renovador del instrumento. Es invitado al Palacio Presidencial, donde estrena en honor del general Rojas Pinilla el bambuco Sol de junio y se convierte así en el único tiplista que se presenta de manera oficial en la residencia de los gobernantes de Colombia.
Como el alcance nacional resulta estrecho para su creciente fama, Benavides salta las fronteras y llega con su equipaje melódico a Venezuela, Cuba, México, Estados Unidos, Austria, Portugal, Suiza, Francia y España.
Siempre habrá que reconocerle a Benavides su carácter de precursor y paradigma. Acarició con personalísimo estilo sus propias composiciones. Es verdad que no rayaba a la misma altura cuando acometía la interpretación de pentagramas ajenos, pero esto no ensombrese una tesonera labor en su afán de abrir una trocha para que otros tiplistas pudiesen transitar.
Nació Pacho Benavides el 20 de octubre de 1900 en Vélez, Santander. Estudió en la escuela del Centenario y en el Colegio Universitario de su ciudad natal, donde también conoció a su esposa y compañera de tantos años, doña Aura Sarmiento. Su primera presentación en el Teatro Colón de Bogotá se efectuó el 25 de mayo de 1967, con ocasión de una semana cultural santandereana. Recibió importantes condecoraciones y honores, entre los cuales tuvo siempre en alto aprecio a la “Orden de la Guabina y el Tiple”, señal indudable de que logró ser profeta en su tierra. Falleció en Bogotá el 18 de diciembre de 1971. De sus innumerables composiciones, se recuerdan especialmente Veleñita, Guabina No. 2, Anocheciendo, Lejana Juventud, Lontananza, Caricias, Tatica, Socorro, etc.
Importantísimo papel en el éxito de Benavides cumplieron sus acompañantes, que deben recordarse porque sus nombres fulguran con luz propia dentro del panorama artístico nacional. Edilberto Quiroga, arquitecto y tiplista de respeto. Carlos J. Mancipe, compositor inspirado y dueño de un rasgueo de mano derecha que ya quisieran para sí muchos colegas. Aristarco Gómez, arquitecto, guitarrista, señor y maestro en toda la extensión de la palabra. Eduardo Osorio, decano de la guitarra criolla, con una dilatada y ejemplar trayectoria.
Una vez abierto el mercado del disco para el tiple, Gonzalo Hernández asombra a sus compatriotas con su maestría imposible de imitar. Es el solista de tiple sólo, que marca una nueva orientación con sus Surrungueos y bambucos. Investigador y talentoso, Hernández ensaya el tiple polifónico, tratando de introducir elementos electrónicos al cuerpo mismo del instrumento.
Alvaro Dalmar, en Su majestad el tiple, hace gala de una consumada técnica y una prodigiosa digitación, aprovechando el doblaje en las pistas para conseguir efectos impresionantes. Mario Martínez, en Un tiple y un corazón, apela al sentimiento con su ejecución confidencial, pulida y emotiva y el respaldo de Jaime Martínez y Jaime Llano González.
Vienen luego Rodrigo Becerra, en Ecos de mi tiple, Olga Acevedo en varios acetatos, Marcos Murcia en Canta un tiple, vol. IV, Peregrino Galindo en Soy colombiano y Arcesio Salazar en Mi tiple y yo.
Luis Uribe Bueno recurre a su innegable virtuosismo y utiliza los adelantos tecnológicos del doblaje para lograr un gigantesco avance en Mis tiples y mis guitarras y Tiple cumbiambero.
En los últimos años, José Luis Martínez lleva el estilo punteador a su máxima expresión, cuando graba en compañía de su hermano Alejandro el disco Ensueño colombiano. Y Gustavo Adolfo Rengifo entrega en Campo en la ciudad una selecta muestra de sus originales composiciones, subrayadas por un tiple solista fuera de serie.
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A finales de los años cuarentas, salta a la palestra un dueto que durante muchos años gozará de aceptación inextinguible: Darío Garzón, guitarra y primera voz, con Eduardo Collazos en el dúo y el tiple. Garzón y Collazos renuevan el repertorio, dan salida a nuevos compositores y preparan el camino del éxito discográfico para los duetos subsiguientes, en los que el tiple continúa jugando su papel de primera importancia: los hermanos Martínez, Jaime y Mario; Los Tolimenses, Jorge Ramírez y Lizardo Díaz, en cuyas manos aparece por primera vez el tiple en la televisión colombiana, el 13 de junio de 1954; José Macías y Octavio Ríos; Julio Gómez y Carlos Villegas; Luciano Bravo y Juan de Dios Concholón Bedoya; Alvaro Villalba y Rodrigo Silva; Jaime Posada y Fernando Calle, entre los más destacados. Y ya en nuestros días, los hermanos Calero, José Vicente y Andrés Alberto.
Las agrupaciones instrumentales típicas, que desde la “Lira Colombiana” y “Ecos de Colombia” hasta el “Conjunto Granadino” y la “Rondalla Bumanguesa” han tenido siempre en el tiple un baluarte armónico, forman un capítulo relevante dentro del desarrollo de nuestra cultura musical.
El Trío Morales Pino, de Diego Estrada (bandola), Alvaro Romero Sánchez (guitarra) y Peregrino Galindo (tiple), ocupa lugar de privilegio en su modalidad. Más de treinta años de supremacía acreditan por qué este conjunto llegó a ser considerado en su momento como “el más perfecto que se haya formado en el país”. Y sea esta la oportunidad para rendir cumplido homenaje de admiración a Peregrino Galindo quien, como en la consigna académica, ha pulido, fijado y dado esplendor al tiple colombiano.
En ocasiones, y ante ausencias temporales de Galindo, el trío ha contado con la experta colaboración de jóvenes y esmerados acompañantes como Arley Otálvaro y Hernando Duque Bedoya.
Las altas esferas, que durante mucho tiempo sólo fueron ocupadas por Estrada, Romero y Galindo, han visto llegar con sobra de méritos al Trío Joyel, que cuenta como director y arreglista a uno de los más talentosos músicos de los últimos tiempos: Fernando León Rengifo, quien es, además, connotado bandolista que pone punto cimero en la ejecución y el virtuosismo, “esas dos ariscas cualidades”, al decir de Jaime Llano González. A su lado, Fidel Alvarez y Glauco Cedeño en distintas épocas, han dado cabal muestra de firmeza en la guitarra criolla. Y Aycardo Muñoz, por su elegante rasgado, su delicadísimo punteo, los brillantes efectos que extrae del instrumento y su perfecta disciplina académica, ha sido considerado como uno de los más completos ejecutantes del tiple en la actualidad.
Ya se habló atrás del Trío Instrumental Colombiano. Por donde pasa Jesús Zapata deja huella de buena música. Este trío, bajo su dirección y el liderazgo de su bandola, cuenta con Elkin Pérez en la guitarra y Jairo Mosquera en el tiple. Su ejecución se proyecta de una manera distinta, con arreglos donde cada instrumento lleva una parte autónoma dentro del mejor formato de la clásica música de cámara.
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Izquierda: Peregrino Galindo, Aycardo Muñoz y David Puerta. Actuación en el Teatro Colón de Bogotá, abril 22 de 1979. Derecha, Gustavo Adolfo Rengifo, Lucho Vergara, | |
Como destacados tiplistas en otras agrupaciones deben figurar los nombres de Pablo Emilio Sanabria, en el Trío Santiago de Tunja; Gustavo Leal, director de Cuerdas Javerianas; Ferney Giraldo, en el Trío Lisandro Varela; Georgina Forero, acompañante de la insigne pianista Ruth Marulanda; Juan Mendoza, del Trío Bacatá; Isaac Santoyo, en el recordado Nocturnal Colombiano de Oriol Rangel; Eduardo Carrizosa Navarro, Jaime Barbosa, Samuel Ruiz y Santiago Barrero en la Estudiantina Bochica; Jaime Cerón, José Rubio y el médico Jorge Hernández en la Estudiantina Colombia; Jorge E. Sosa, en Nueva Cultura; Pedro Gómez, Luis Alejandro López, Félix Celedón, Merced Rosado, Mingo Cotes y Enrique Zimmerman, del Conjunto La Vieja Guardia, de Riohacha, conjunto que por sí solo merece todo un capítulo aparte; Orlando Mateus, Luis Leguizamón y Hernando Ariza en Los Luceros de Oiba; Alonso Angel, del Trío Calima; Eduardo Guzmán, otrora compañero de Marcos Murcia, en el Trío Alma Colombiana; Carlos Conde, punteador inigualable, en dúo con Rodrigo Mantilla; José Patrocinio Castañeda, en el Conjunto Instrumental Colombiano, con Iván Uribe, Fortunato Caruso y otros músicos de similar jerarquía; Jorge Pineda y Fidel Alvarez, en la estudiantina Emblema de Colombia; Luis Agudelo, el Papi Tovar, Julián Lombana, Patricia Ramírez, Ricardo Márquez, Stella de Mesa y Amalia Ramírez, en distintas épocas de la Orquesta Colombiana de Francisco Chistancho C.; Ernesto Baraya, en el Trío Ritmos Nacionales; Alberto Puentes, en el Trío Oriol Rangel; Marco Tulio Arango, Manuel Osorio y Guillermo Ceballos, en Perla del Ruiz.
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Agrupación musical “Vieja Guardia” de Riohacha, Guajira, cuando participaba en los actos conmemorativos del Sesquicentenario de la batalla naval de Maracaibo, julio 24 de 1973 Pertenecían a la agrupación entre otros, Enrique Zimmerman, Antonio Ezpeleta Damíes, Juan Brugés, Luis Barrios Gómez, Hermócretes Pimienta, Carlos Vidal Brugés. Los tiplistas eran Luis Alejandro López y Pedro Gómez R., con instrumentos de la casa Padilla de Bogotá. Foto cortesía de L. A. López |
En conjuntos de formación esporádica o aleatoria, se ha visto lucir el tiple en manos de Gilberto Chato Murillo, Juvenal Cedeño, Glauco Cedeño, Hector Vargas, Gustavo Motta, Raúl Sánchez Niño, Luis Candelo, Guillermo Uribe Cataño, Jaime Figueredo, Oscar Hernández (lo mismo que sus hermanos Hector, Pacho, Gonzalo y Pepe), Isabel Chava Rubio, conocida compositora, Aquiles Téllez, fino artista santandereano.
Sin estar vinculados a agrupaciones específicas, mantienen viva la devoción por el instrumento muchos otros ejecutantes; en Bogotá, Carlos González y Jorge Rojas, quienes han dado numerosos recitales como solistas; en Cali, Gustavo Sierra, profesor distinguido y admirado, Angel Forero, Jairo Cardona y Miguel Angel Saldarriaga; en Popayán, Alfonso Castillo; en Santander, Nelson Olarte y Carlos Aponte, cultores de la tradición del tiple punteado; en Boyacá, Luis Alfredo Pedraza, Felipe Atuesta, Heriberto Soto y Yezid Fonseca; en Antioquia, William Mejía, Hector Alvarez y Argemiro García, así como los hijos de este último; en Ibagué, Víctor Manuel Plazas; en Bucaramanga, Jorge Eliécer Rodríguez y Mario Arenas; en Armenia, Alvaro Londoño; en Villavicencio, Lucy Medina de Alvarez; en Neiva, Jesús Antonio Reina; en Pitalito, José I. Trujillo. Y tantos más, imposibles de enumerar.
León Cardona no es muy conocido como tiplista, pero es uno de los grandes. Juega con el tiple como con cualquier otro instrumento musical. Se recuerda aquí, porque a Cardona podrían perfectamente aplicarse las palabras que hace cuatrocientos años se dijeron del vihuelista Narváez: a los que no entienden de música, lo que hace Cardona parece milagroso. Y a los que sí entienden, les parece milagrosísimo.



