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PROLOGO
Esta es la historia de un personaje colombiano, andariego y proletario, con arterias de
alambre y corazón de madera.
El tiple es hijo de padre desconocido y madre
reconocida. Nació en algún lugar de nuestra geografía. Nadie cayó cuenta en cuenta de
bautizarlo, darle nombre, posición social, manutención o apoyo. Se distinguió por un
apodo. Creció y vivió entre los humildes: mineros, campesinos, arrieros, artesanos.
Nunca, durante su infancia, fue invitado a una fiesta de alcurnia. No podía entrar a las
casas de la gente bien. Hasta hubo párrocos que lo expulsaron de las iglesias.
Pobre, anónimo y humillado, el tiple no se
dejó abatir. Por el contrario, continuó creciendo, calando y adentrándose en el alma
colectiva. Ayudó a los Comuneros en su grito. Acompaño a los Libertadores en las
jornadas de emancipación. El adjetivo que traía como apodo se convirtió en nombre
propio. El general Santander lo presentó en sociedad. Y llegó por fin a los encopetados
salones, a las exclusivas salas de concierto. Sin abandonar al pueblo, siendo fiel
compañero de bodas y funerales, en serenatas y despechos, el tiple se incrustó
definitivamente en la vida de la nación, como símbolo y anclaje de la
colombianidad.
Este libro es el recuento, nunca
antes narrado, de esa larga peregrinación. El autor pretende que este trabajo expida la
cédula de ciudadanía que nunca tuvo el instrumento y administre la confirmación de una
presencia todavía activa y vigorosa. Es este el tiempo para hacerlo. No puede prorrogarse
la omisión. Después, con el acelerado correr de nuestra deculturización, una tardía
historia del tiple no serviría más que como testamento y extremaunción del más genuino
patrimonio popular colombiano.
DAVID PUERTA ZULUAGA
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Luis Emilio Puerta
hubiera querido conocer estas páginas.
Pero se fue hace tiempo,
con su tiple y voz prodigiosa,
a enseñarles bambucos a los ángeles.
Ligia Zuluaga - noble antorcha de
fe,
de amor y de esperanza - me dio la
vida, el ejemplo y la actitud.
Amelia Mora sabe que por ella
se ha hecho todo.
Los pobres forman los versos
con sus antiguos dolores.
Después vienen los señores
con un cuaderno en la mano,
copian el canto paisano
y presumen de escritores.
Atahualpa Yupanqui
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Tiplecito querido de mis mayores:
cuando rasgo tus cuerdas en la montaña
me parece que estrujo pulpa de caña
en el viejo trapiche de mis amores.
En manos de labriegos y trovadores
tú alegraste las noches de la cabaña
y le contaste al perro que el canto engaña
las penas, los trabajos y los dolores.
Tus cuerdas son raíces del tinajero,
de la rústica troje de aquel sendero
que bajaba al remanso de la quebrada.
Tiplecito querido: dinos cómo era
la estampa del abuelo que en tu madera
cantó una raza fuerte y enamorada
Jorge Robledo Ortiz
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