Me parece estar soñando cuando veo sobre una colina, un árbol bello y frondoso con frutas que reflejan el sol.

Nos acercamos y cuando intento coger una me doy cuenta de que es una campana de oro. Muchas campanitas cuelgan de las ramas. Ahora vamos a llegar a Faraquiel. Todos los Zenúes vamos por lo menos una vez en la vida al templo que hay allí. Dice el abuelo. El pueblo está lleno de gente. Casi todos van al festival y aprovechan la ocasión para visitar el templo. Hay música en las calles. Entramos al inmenso templo a adorar a nuestros dioses. Los mohanes, nuestros sacerdotes, viven cubiertos de oro, hacen sus ceremonias y llevan a los adoradores hasta el lugar de las ofrendas. Las estatuas doradas nos miran desde las paredes del templo. Parecen contentas de vernos colocar en la hamaca, los animalitos de oro que el abuelo me entrega

