Me parece estar soñando cuando veo sobre una colina, un árbol bello y frondoso con frutas que reflejan el sol.


 

Nos acercamos y cuando intento coger una me doy cuenta de que es una campana de oro. Muchas campanitas cuelgan de las ramas. Ahora vamos a llegar a Faraquiel. Todos los Zenúes vamos por lo menos una vez en la vida al templo que hay allí. Dice el abuelo. El pueblo está lleno de gente. Casi todos van al festival y aprovechan la ocasión para visitar el templo. Hay música en las calles. Entramos al inmenso templo a adorar a nuestros dioses. Los mohanes, nuestros sacerdotes, viven cubiertos de oro, hacen sus ceremonias y llevan a los adoradores hasta el lugar de las ofrendas. Las estatuas doradas nos miran desde las paredes del templo. Parecen contentas de vernos colocar en la hamaca, los animalitos de oro que el abuelo me entrega

 
Yo sabía que los tres gobernantes de las provincias del gran Zenú eran hermanos y que uno de ellos era la cacica del Finzenú, una mujer adorada por sus dos hermanos. El Cacique Yapel ordenó que todos los Zenúes al morir debían ser enterrados aquí y si no era posible, mandaran oro y ollas para ser enterrados en su nombre. De esta manera honraba la tierra gobernada por su hermana. Vamos a ver a Totó, la gran cacica. Dijo el abuelo. Cuando entramos a una sala grande, la cacica se estaba bajando de su hamaca apoyándose en la espalda de una mujer muy joven. Todas las niñas que hay aquí esperan con la cabeza hacia abajo que la cacica se apoye en ellas y así evitar que Totó tenga que tocar el suelo desnudo. Nos acercamos y el abuelo postrándose ante ella, le entregó los regalos que habíamos estado escogiendo en la mañana.



 

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