Nuestra casa era pequeña y protegida...

 

 

Nuestra casa era pequeña y protegida del frío. Tenía paredes de bahareque, mezcla de barro y paja, sostenida por una armazón de chusque. Tapizábamos los pisos con esteras. Dormíamos en camas de madera o de caña cubiertas con muchas mantas. La puerta era de caña y la cerrábamos con un lazo.

Teníamos unas piedras sobre las que poníamos las ollas para cocinar. Todos los días traíamos agua y leña para la comida. Mi mamá molía maíz sobre una piedra grande y preparaba envueltos y arepas.

Salaba la carne, la ahumaba o la dejaba secar al sol para que durara buena mucho tiempo. Claro que patos y cangrejos, sazonados con hierbas y ají, eran reservados para días especiales. Manteníamos calabazas y múcuras llenas de agua fresca y jugos de frutas que endulzábamos con miel de abejas.


Los bosques y las lagunas eran de todos. Por eso, los hombres iban antes de la madrugada a cazar y pescar.

Mi papá me enseñó a imitar el arrullo de las palomas y de las tórtolas y a reconocer el aleteo de las pavas cuando volaban entre las ramas. Desde nuestra balsa de junco lanzábamos redes y anzuelos. Esperábamos en silencio. Cuando teníamos suerte, sacábamos un capitán, si no, nos teníamos que contentar con guapuchas. Los hombres más entrenados se internaban en el monte persiguiendo con sus lanzas y dardos dantas, borugos, mapaches o tigrillos. El venado estaba reservado al cacique y su familia y a los usaques, jefes de tribus. Nosotros no teníamos permiso para cazarlo.

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