Cada vez que se posesionaba un nuevo cacique, los Muiscas organizábamos la gran ceremonia de "EI Dorado".

Al cabo de largos años de preparación y ayuno, el heredero, hijo de la hermana del cacique anterior, era conducido hasta la pequeña laguna sagrada de Guatavita.

Antes del amanecer, los sacerdotes lo desvestían y untaban su cuerpo con resina, luego le rociaban polvo de oro y le entregaban su nuevo cetro de cacique: un propulsor de oro. Como una estatua dorada, el joven subía a una balsa con sus usaques o ministros y los jeques o sacerdotes sin que ninguno, por respeto, lo mirara a la cara. Nosotros prendíamos fogatas y rezábamos de espaldas a la laguna, mientras la balsa navegaba silenciosamente.


Con los primeros rayos del sol, el joven cacique y su séquito arrojaban al agua oro y esmeraldas, como ofrendas a los dioses.

El príncipe dorado se consumía y ya despojado del oro que lo cubría, se subía de nuevo a la balsa. Mientras regresaba a tierra, comenzaban a resonar alegremente tambores, flautas y cascabeles. Bailábamos, cantábamos y tomábamos chicha durante varios días para desearle a nuestro nuevo cacique valor, autoridad y felicidad.

Nos gobernaban dos grandes caciques, el Zipa de Bacatá (Funza) y el Zaque de Hunza (Tunja). Ellos cuidaban de todo y cada cacique dirigía muchísimos pueblos. Tenían esclavos y varias mujeres. Les pagábamos impuestos en trabajo o con cosecha. En sus cercados mantenían así grandes depósitos llenos de armas, mantas y alimentos que nos distribuían en épocas de sequía o de guerra.

Los caciques comandaban el ejército y hacían cumplir las leyes.

Los demás dirigentes pertenecían a familias de caciques. Algunos eran jefes militares que defendían nuestro territorio contra los ataques de los enemigos. Otros eran sacerdotes importantes. Todos podían usar adornos de oro y sus mantas eran pintadas con
En sus casas de recreo de Guasca, Tabio, Iza y Ramiriquí se bañaban en aguas termales y cazaban venados en los bosques vecinos.

 

Comentarios () | Comente | Comparta c