Casi todos sabíamos tejer. Cambiábamos sal por algodón con nuestros vecinos de tierra caliente. Mis hermanos lo hilaban y teñían los hilos con plantas de achiote y zumo se cortezas. Mi abuelita mezclaba hilos de diferentes colores en el telar o pintaba las telas con pinceles. Así, lograba lindas formas geométricas y de animales.

Fabricábamos toda nuestra ropa: mantas de diferentes tamaños que nos poníamos sobre los hombros o amarradas a la cintura con fajas o chumbes de colores. Tejíamos también gorros y mochilas. Mis hermanos y yo cortábamos fique para obtener largos hilos blancos. Con estos hilos, los mayores tejían canastos, cuerdas, cinturones anchos y grandes redes. De las lagunas sacábamos juncos para nuestras esteras.

 

Muchas familias fabricaban sus propias vasijas. Había también pueblos de olleros, especializados en trabajar la arcilla.

Con largos rollos de arcilla, iban formando las vasijas.

Las pulían con piedras, las pintaban y las cubrían con mucha leña para cocerlas al aire libre.

Producían miles de ollas y múcuras como las de mi casa, otras muy adornadas para las ceremonias del templo y unas enormes vasijas muy burdas para la producción de sal.

 


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