Organizábamos fiestas cada vez que nacía un niño en el pueblo. Festejábamos con cantos y bailes las buenas cosechas y las victorias de nuestros guerreros. Nunca faltaban los músicos ni la chicha, hecha de maíz molido y fermentado que nos daba ánimo y alegría. 

Los mayores jugaban al turmequé, lanzando gruesos discos de cerámica hasta que cayeran entre un hueco del mismo tamaño Los jóvenes más fuertes participaban en carreras. Corrían varios días, subían montañas y atravesaban ríos y lagunas. Debían seguir un recorrido que pasaba por varios santuarios. A la llegada, el cacique coronaba al campeón y lo premiaba con una manta bellísima. Se organizaban luchas entre varios hombres. El ganador se volvía guerrero. Jugábamos con ollitas de barro.

Algunos de los nuestros eran mineros y sacaban esmeraldas, cobre, carbón y sal. La sal fue para nosotros muy importante y nos dio mucho poder. La cambiábamos con nuestros vecinos por oro coca, frutas y algodón. Nuestra sal provenía de las fuentes saladas de Nemocón, Zipaquirá y Tausa. Los hombres cargaban el aguasal desde las fuentes hasta los hornos comunales.

Allí las mujeres permanecían llenando el aguasal las gachas o vasijas especiales y avivaban el fuego con la leña que los niños les llevaban. Poco a poco el agua se evaporaba y sólo quedaba la sal entre las ollas. Con hachas muy fuertes rompían las vasijas para sacar los panes de sal.

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