Nuestras fiestas de fin de año eran sensacionales. Todos, niños y grandes, dirigentes súbditos, íbamos a la procesión del templo del Sol en Suamox (Sogamoso). Eramos miles de peregrinos. Nos pintábamos la cara y el cuerpo según los dibujos de nuestra tribu y nos poníamos nuestra mejor manta.

Llevábamos ofrendas al templo y pedíamos buena salud y abundantes cosechas. Después, el cacique nos invitaba a su cercado a tomas chicha y a bailar durante varios días.

Los futuros sacerdotes recibían desde niños una larga educación. Cuando se volvían jeques, cuidaban los templos y dirigían las ceremonias religiosas. También enterraban a los muertos; a los grandes jefes, los momificaban primero. Eran ellos los que entregaban nuestras ofrendas a los dioses en los santuarios.

Mascaban mucha coca y por eso siempre cargaban su mochila, llena de hojas, y su poporo, recipiente donde tenían cal para poder masticar con la coca.

Educaban niños que llamaban moxas y que a los 15 años tenían que sacrificar y ofrecerle su sangre al dios Sol.

Los jeques además sabían muchas cosas. Por el movimiento de estrellas y nubes predecían lluvias, vientos, hielos y cambios de temperatura. Curaban muchas enfermedades con hierbas y podían interpretar los sueños. Por loscambios de luna, calculábamos el tiempo y sabíamos cuándo había que sembrar, abonar y podar las plantas.

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