
La cantidad de árboles frutales que había cerca al poblado atraía muchas abejas que tenían sus colmenas entre cuevas o en medio de los guaduales. Allá iban los hombres a sacar miel, con la que nosotros endulzábamos los jugos de frutas y las arepas de maíz molido. También sacaban cera, con la que llenábamos grandes totumas, que mis tías vendían en el mercado. Los orfebres adquirían cera para fundir las piezas de oro y los olleros, para pintar sus vasijas más finas. Los sacerdotes la necesitaban para embalsamar a los muertos y hacerles máscaras de colores a las estatuas de los dioses.
Vivíamos entre inmensos guaduales y por eso todos los quimbayas éramos especialistas en trabajar la guadua. Apenas fui capaz de manejar el hacha de piedra, aprendí a cortar la guadua con ella y a fabricar pequeñas flautas con las varas más delgadas. Mi mamá me enseñó a armar cajas, sillas y telares mientras mis hermanos tallaban lanzas, tiraderas y herramientas. Con las varas más gruesas, los hombres construían casas, cercados, puentes y canales de agua. También las usábamos para cargar canastos y bultos pesados sin cansarnos.
