| Prólogo
 

 

La presente antología es un intento por reunir los relatos de algunos de los autores de la literatura infantil colombiana. Sin embargo, al hacer un recorrido por las diferentes épocas encontramos una dificultad: el hecho de escribir específicamente para los niños con una intención estética es un acto propio del siglo XX. Es más, sólo en los años 30 empezamos a encontrar escritores que se plantean las letras para la niñez como algo independiente de la pedagogía, de las intenciones didácticas, moralistas o afectivas. Esto no quiere decir que la presente selección sólo se haya limitado a la producción contemporánea, debido a que, de todas maneras, los niños colombianos, como todos los niños del mundo, han nutrido su espíritu y su imaginación con diversas creaciones culturales.

Por un lado, está la rica cantera popular, fuente inagotable de mitos, leyendas, cuentos, anécdotas, juegos, trabalenguas, retahílas, en fin, todas aquellas manifestaciones de la tradición oral que han sido recreadas en los espacios propios del ámbito familiar coti-diano. Por otro lado, está aquella producción escrita que muchos adultos han concebido, ya como homenaje a los niños, ya con inten-ciones formativas, ya por móviles afectivos, pero que por su cali-dad estética y literaria y por su temática, ha alcanzado sentido y significación para los lectores infantiles. Este inmenso |corpus es lo que los teóricos de la literatura para niños han denominado |literatura ganada: es decir, aquella que aunque no fue escrita deliberadamente para los niños, ellos se la apropiaron por la vía de la institución escolar o por las lecturas hechas en el hogar.

Aunque este libro no pretende ser un inventario historiográfico, sí ha procurado recuperar –en una búsqueda bibliográfica cuidadosa, aunque todavía inacabada– una producción específica a través del tiempo, con varios propósitos: uno, devolver a los pequeños lectores la literatura que les pertenece y que, a pesar del paso implacable de los años y las épocas, podría procurarles placer estético. Otro, enriquecer su imaginario con personajes, sentimientos, situaciones y paisajes, pertenecientes a las manifestaciones más propias de nuestra cultura. Y por último, un propósito para el lector adulto: acercarlo a esa transformación de la noción de la infancia que las diferentes generaciones de intelectuales, escritores y poetas han reelaborado durante los diferentes momentos históricos.

La tradición oral
 

 

Nuestra tradición oral, como la de los demás países de América Latina, es resultado de la simbiosis de tres vertientes culturales: la indígena, la africana y la española.

Conviven así, en nuestra memoria colectiva, los mitos indígenas, desafortunadamente empobrecidos por el adoctrinamiento de los españoles. La rica cantera de arrullos, nanas, canciones y relatos propios de la cultura africana, recreada por los negros esclavos y, finalmente, los romances, los cuentos antiguos y los juegos propios de la tradición hipánica, quizás el legado mayor, recibido por generaciones enteras de colombianos.

La tradición española es, tal vez nuestra herencia más legitimada, pero también la más reelaborada a través de las instituciones educativas, gubernamentales y religiosas encargadas de fusionar esa mezcla cultural y devolverla intencionalmente depurada a las jóvenes generaciones.

En la región cundiboyacense, por ejemplo, la narrativa de tradición española se fija a raíz de la fundación de Santafé, a través de la institución de la Encomienda. Elisa Mujica, en su estudio sobre |Las raíces del cuento popular en Colombia, les atribuye un papel importante a las mujeres españolas en esta difusión, quienes se vienen a América detrás de sus esposos, hermanos, padres y familiares y comienzan, ellas también, a manejar las encomiendas. Dice:

"Es fácil suponer que en los atardeceres, concluido el adoctrinamiento y las labores ordinarias, se reunieran las señoras con sus subordinados, para enseñar a las indias a confeccionar sayos y jubones y a preparar platos de cocina a usanza de Castilla... De los labios de las españolas saltaría el cuento, o ‘poesía narrativa’ como ha sido denominado, hermano del romance, que había sido contado a su vez por las abuelas en las noches de invierno españolas..."1.

Estas historias se fueron mezclando con los mitos y cuentos propios de los aborígenes y con las imágenes y personajes de la religión católica, hasta generar un mestizaje cultural que empezó a tener características propias y que produjo narraciones en las que se hace evidente la transculturación:

Fray Pedro Simón en sus |Noticias Historiales (citado por Elisa Mujica) cuenta que mientras desempeñaba en Sogamoso y Tunja su labor doctrinal, se enteró de una historia corriente entre los nativos: "Dos hijas vírgenes del cacique de Guachetá habían adoptado la costumbre de subir, apenas comenzaba a amanecer, a una de las colinas que rodean el pueblo donde esperaban a que subiera el sol. Al cabo de unas semanas el demonio –con permiso de Dios– hizo que una de ellas quedara embarazada por obra y gracia del sol. A los nueve meses dio a luz una grande y valiosa ‘guacata’ que en su lenguaje es una esmeralda. Envuelta en algodón, la colocó entre sus senos, donde se transformó en poco tiempo en una criatura viva".

O la versión que cita Rocío Vélez de Piedrahíta en su |Guía de literatura infantil y juvenil, de un cuento popular chocoano, en el que la fusión se hace desde la perspectiva cultural del hombre negro, y el cual relata el origen de los hombres blancos:

"...empieza diciendo que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, por lo tanto lo hizo negro. Sigue relatando en la forma usual la aparición de Eva y la conducta de Caín y Abel. Cuando Caín mató a Abel, temeroso del castigo divino quiso esconderse: corría y más corría, pero Dios lo seguía, lo seguía. Lleno de pánico se cubrió de sudor y empezó a palidecer, cada vez más, hasta quedar totalmente blanco. De ahí provienen los hombres blancos: del miedo."2.

En esa mágica fusión propia de las leyes de la tradición oral, van surgiendo seres fantásticos, con poderes provenientes ya de Dios, ya del diablo, ya de las fuerzas de la naturaleza, ya de otros dioses, seres que forman parte esencial de nuestra cultura, como la madremonte, la patasola, el mohán, el hojarasquín, los cuales son creaciones auténticamente americanas, propias del mestizaje cultural.

Es así como los personajes y las estructuras de los cuentos maravillosos y de los cuentos más antiguos de Europa, Africa y América, se armonizan con los hábitos, paisajes, costumbres y creencias locales, creando una fuente propia, casi inagotable de historias, leyendas, poemas narrativos, mitos, legado del cual se han apropiado los niños de generación en generación.

Algunos autores han recogido estos relatos con la intención de recuperar esa riqueza y variedad del folclor colombiano. Sería una labor no sólo demasiado extensa, sino que excedería los propósitos del presente libro, el reseñar los trabajos de los diferentes recopiladores y folcloristas. Por eso nos hemos limitado a seleccionar algunas narraciones que podrían ser del agrado de los niños, tanto por su temática como por la sencillez con la que fueron reescritas, o aquellas que se han editado pensando específicamente en los niños como receptores.

De esta forma, la tradición oral, no solamente es devuelta al ámbito cultural, de donde proviene, sino que se convierte en una corriente de la literatura y el libro infantiles, y es recreada con intenciones estéticas, por varios escritores, aumentando su producción a medida que desaparecen los espacios propios de la recreación oral.

Entre ellas, hemos seleccionado una del escritor Rafael Jaramillo Arango, tomada del libro |Los mejores cuentos del mundo, colección de relatos de la tradición oral antioqueña, en la que se mezclan el ingenio paisa con el imaginario religioso, y otras que recrean las aventuras del Tío Conejo y Tío Tigre. Además una narración del escritor José Antonio León Rey, |El Pájaro Malver, que hace parte de su recopilación de cuentos del oriente de Cundinamarca.

En esta línea cabe destacar el libro de Euclides Jaramillo Arango, |Las aventuras del pícaro tío conejo, personaje popular que sólo necesita de la astucia y el ingenio para sobrevivir. Mago en ardides y trucos ingeniosos para conseguir su alimento o para escapar de las trampas que le ponen el tigre, la zorra, el león o el hombre. Este libro fue publicado por primera vez por la editorial Iqueima, en 1950, habiendo recibido en 1949, mención honorífica en el concurso literario convocado por la Caja Colombiana de Ahorros. El narrador de los cuentos es Rigoberto, campesino paisa, recordado por el mismo Euclides de esta manera:

"Con infinito cariño recuerdo a Ribogerto, el más antiguo de los jornaleros de la finca de mi padre, allá en el Viejo Caldas, con su alta y fornida silueta, su rostro arrugado por los años, sus manchados pantalones anudados con bejucos tripeperro arribita de los tobillos como semejando polainas, su delantal de lona, su raída gorra de caña, su camisa con muchos remiendos, tantos que jamás se hubiera podido saber la tela original con que fue confeccionada, sus zamarros cortos de cuero de tatabra, su carriel de nutria..."3.

Y quizás sea porque estas historias alimentaron su infancia campesina que Euclides Jaramillo logra recrearlas con gran vivacidad. Se trasladan a los cuentos giros del habla campesina paisa, pero sin caer en lo dialectal. Con la gracia del narrador oral, va recreando las aventuras del pícaro conejo, quien, al hablar con expresiones locales, cobra vida y enriquece la trama narrativa.

El libro está ilustrado con dibujos de dos niños de 10 años: Hernán y Marietta, y tiene una doble dedicatoria: una para el niño y otra para el adulto, lo que nos evidencia un propósito deliberado de llegar al niño como lector.

Otro esctritor que se destaca en este esfuerzo por recuperar la tradición oral es Leopoldo Berdella de la Espriella, muerto muy joven, pero quien deja una pequeña obra hecha con cuidado y con acierto por el lenguaje sencillo y la reelaboración de mitos y relatos populares expresados en estructuras modernas. Es el caso de |Juan Sábalo, mitos y cuentos de los zenúes, personificados por Juan Sábalo. |Los cuentos del tío conejo, ensamblados uno tras otro con la continuidad de una novela, o |Koku-Yó, mensajero de los dioses.

Quizás el trabajo más destacado en esta recuperación de la oralidad sea el de Hugo Niño, quien ha logrado transformar el relato mítico en texto literario, combinando una gran pulcritud en los recursos narrativos con el respeto por la cosmovisión aportada por los mitos. De su obra afirma el crítico cultural Carlos Rincón: "El etnotexto de Hugo Niño, como se aprecia en |Los mitos del Sol (1993) es trabajo poético de autor que es transcriptor y que es intérprete intercultural guiado por el propósito ético de escribir al otro y su memoria con sus propias categorías".4.

A diferencia de Hugo Niño, quien se nutre de fuentes vivas, Gonzalo España reconstruye acontecimientos del pasado a partir de fuentes de carácter histórico. De esta forma se remonta a las épocas precolombinas y reelabora en amenos relatos, acontecimientos de la historia de los aztecas, mayas e incas, valorando una tradición que aunque violentada y silenciada, no por eso carece de historia.

Otro escritor que ha reelaborado relatos y leyendas de la tradición oral caldense y antioqueña es Hernando García Mejía. Muchos de sus cuentos tienen elementos tradicionales que se mezclan con un realismo social, heredero del costumbrismo. Crea historias con personajes de pueblo, en las que se describen las costumbres de sus habitantes a través de la personificación de conflictos sociales vividos por seres desamparados o marginados. Entre sus cuentos se destacan La vara de Bochica y El Mohán y el pescador.

La tradición literaria infantil
 

 

Al contrario de la tradición oral, cuyos orígenes se pierden en la fusión de las culturas y en ese tejido de voces que viene viajando desde tiempos inmemoriales, la tradición literaria infantil en nuestro país es tan joven como lo puede ser el reconocimiento del niño como un ser con un universo cultural, afectivo e imaginario propio, independiente del mundo de los adultos. Si en Colombia el surgimiento de una literatura nacional que dé cuenta de una mirada y una percepción auténtica se ubica apenas a mediados del siglo pasado (sin desconocer algunos antecedentes importantes, por supuesto), el origen de una literatura infantil es un hecho que no logra –aún hoy en día– surgir con la fuerza que se desearía y que ha tenido en otros países latinoamericanos como Cuba, Brasil y Argentina.

Detrás de la creación literaria para los niños está subyacente una concepción de la infancia. Y al hacer el recorrido en busca de esa literatura creada para ellos en Colombia, encontramos que el niño es el gran ausente durante la época colonial; es sólo un esbozo, una idea o una noción que se pierde en la nostalgia de la propia infancia durante el siglo XIX; apenas empieza a materializarse como ser independiente en las primeras décadas del siglo XX, logrando finalmente cuerpo y presencia a través de algunos autores contemporáneos.

Una literatura infantil durante la época colonial es algo impensable. Si el imaginario de los adultos estaba colonizado y controlado a través de mecanismos tan rígidos y violentos como el Santo Tribunal de la Inquisición, o el adoctrinamiento a través de la lectura de libros piadosos y edificantes, vidas de santos, de varones ilustres, sermones, etc., ¡qué diremos de los niños!

En un curioso libro publicado en 1928, titulado |Literatura colonial y popular |de Colombia, el escritor Gustavo Otero Muñoz, hace una interesante relación entre la Inquisición y la producción literaria en la Nueva Granada.

Al referirse a la conformación del Santo Tribunal de la Inquisición en Cartagena de Indias en 1610, dice:

"Este suceso no debe pasarse en silencio en nuestra historia literaria. Sabido es que aquel tribunal tenía en sus manos la vigilancia para que se diera estricto cumplimiento a la prohibición de introducir en América no sólo los libros heréticos y condenados, sino también ‘los de romance de historias varias o de profanidad, como son de Amadis y otros de esta calidad’. El oficio de tales prelados llamábase santo por definición y su autoridad se cernía por encima de la del obispo y la del gobernador..."5.

En una pormenorizada relación de los autores de esa época, encontramos en su mayoría libros religiosos: biografías de santos, cuadernos de rezos, relación de milagros, en fin, obras de carácter doctrinal escritas en su mayoría por sacerdotes. Si la libertad, espacio propio de la imaginación y del arte, estaba sometida y controlada para los adultos, mucho más control se debía ejercer sobre el niño, el gran colonizado en todas las épocas:

"...Al estruendo de los combates, siguieron las pacíficas tareas de la enseñanza; al ruido de las armas, el suave murmullo de los niños indios que se instruían y recitaban sus primeras oraciones..."6.

Sólo en las postrimerías del período colonial, cuando influenciadas por la renovación que viven España y Francia en su vida económica y cultural, las "provincias de ultramar" viven una verdadera explosión cultural, científica, literaria y artística. Llegan las primeras imprentas, aparecen los primeros periódicos, se construyen teatros, se clasifican las plantas y los animales, se descubren raíces y plantas medicinales, y surgen científicos, sabios y dibujantes en nuestras propias tierras7.

Todo este movimiento no sólo da lugar a la independencia, sino que despierta en los habitantes la necesidad de volver los ojos hacia el propio medio con sus características singulares: personajes, costumbres, paisajes, etc. Esta es la herencia recibida por los escritores costumbristas, quienes en la continuación de una búsqueda de la identidad nacional vuelven los ojos hacia el detalle minucioso, describen la superficie de las cosas, del paisaje, etc., creando sus cuadros de costumbres.

Los escritores costumbristas se aglutinan alrededor de las tertulias y la publicación de un periódico, |El Mosaico, el cual se ha considerado no sólo como el primer salón o agrupación literaria de importancia que se da en nuestro país, sino como el surgimiento de lo que se puede denominar una literatura nacional. En |El Mosaico se publican por entregas algunos capítulos de |Manuela, de Eugenio Díaz Castro, considerada como la primera novela verdaderamente nacional.

Alrededor de |El Mosaico se reúnen y se expresan escritores como José María Vergara y Vergara, José David Guarín, Ricardo Silva, Manuel Pombo, Eugenio Díaz, José Manuel Groot, entre otros. Es dirigido y editado por José Joaquín Borda y aunque se publica durante sólo dos años, con el subtítulo de Periódico de la Juventud, tuvo una resonancia cultural importante no sólo para el pensamiento intelectual del momento, sino para la literatura colombiana. Es el comienzo de una nueva mirada a las manifestaciones de la propia cultura y una valoración de nuestras expresiones más auténticas.

En la presentación del primer número se expresa, casi como un manifiesto, esa necesidad de mirarnos y reconocernos y de trascender las luchas políticas y sectarias tan características de la época. Es un llamado a la reconciliación nacional a través del arte y la literatura, pero también un llamado para entregar a las generaciones jóvenes una visión cultural propia:

"A los que estamos separados de esa lucha enconosa de las pasiones públicas nos toca trabajar con ahínco por hacer conocer el suelo donde recibimos la vida i donde seguirán viviendo nuestros hijos. A nosotros nos toca el elogio de las grandes acciones, la pintura de nuestros usos y costumbres. A nosotros nos toca también, aunque indirectamente, despertar esa multitud de corazones jóvenes, llenos de savia i de vigor, que solo necesitan de una mano que los impulse para estallar en himnos inmortales, de una palestra en donde puedan recoger guirnaldas vistosísimas...

"Las cuestiones políticas y los odios personales los dejamos para mejor ocasión; por ahora publicaremos únicamente lo que se nos envíe relacionado con las ciencias y las glorias del país donde nacimos."8.

Aunque desde una perspectiva actual no podemos hablar de una literatura creada específicamente para los niños, sí podemos considerar a los escritores costumbristas como el antecedente más significativo de la literatura infantil colombiana, en la medida en que su escritura no sólo era en su conjunto un proyecto de formación estética y cultural para las generaciones más jóvenes, sino también, en que ese conjunto de cuadros, relatos, crónicas, cuentos y novelas está escrito en un lenguaje sencillo, cotidiano, lleno de imágenes vivas y pintorescas muy cercanas a la percepción y al gusto de los jóvenes lectores.

Al respecto, dice Rocío Vélez:

"En ese conjunto aparecen como un mosaico literario todos los temas y estilos –del siglo XIX, claro está– imaginables: descripción de viajes, por tierra, por ríos, entre montes, tres o cuatro descripciones del Tequendama, regiones, habitantes, costumbres del campo y el Bogotá de entonces; relatos históricos, cuentos; en estilo descriptivo, realista, costumbrista, humorístico, burlón..."9.

Uno de los mayores obstáculos causantes del desconocimiento y olvido de la literatura costumbrista y de su valoración, por parte de los niños y jóvenes, es la utilización que ha hecho de ella la institución escolar. Infortunadamente, esta literatura se ha transmitido a través de los programas de español y literatura y se ha convertido en objeto de estudio y "análisis" prefabricados, antes que en fuente de lectura y placer estético. Esta no es más que una manera de prohibirla e impedirle la resonancia cultural que, por su importancia y su calidad, ha debido tener.

Rafael Pombo, el padre poético de los niños
 

 

Los cuentos de Rafael Pombo pueden hacer parte, de igual manera, de una antología del relato infantil como de una antología de poesía, pues estos son cuentos rimados y, a la vez, son poemas narrativos. Esta fusión se explica como algo natural: para escribir sus textos infantiles, Pombo bebe de la tradición oral inglesa. Su obra viene de las manifestaciones tempranas de la cultura oral sajona: los cuentos de la mamá Oca, los |Nursery Rimes. Y en la tradición oral, las fronteras genéricas se funden en una sola voz: la que cuenta y la que canta. Pombo vierte esas historias en romance, en coplas, en décimas. Las entrega en las estructuras de la versificación usadas en la época, y también transforma los personajes, los espacios y el lenguaje, con sentimiento y expresión de colombiano. Un colombiano culto, aristócrata, escritor de profesión y oficio diplomático, quien durante su estadía en Nueva York es contratado por la editorial Appleton para traducir unos cuentos ingleses. Pombo no se limita a traducir. Glosa y recrea las diferentes rimas, y lo hace de una manera tan original y con un estilo tan propio, que se vuelven producto de su propia cosecha.

Sin embargo, Pombo también ha sido víctima de la escolarización de su obra. Hoy en día, sólo nos llega un débil susurro, caricaturizado, por demás, en las recitaciones del |Rin Rin Renacuajo y |Simón el Bobito, en los homenajes patrios de las escuelas.

El Pombo que conocemos no tiene nada que ver con el hombre de su tiempo. Fue un autor prolífico con una injerencia en la vida cultural de sus contemporáneos y una resonancia muy grande en toda América Hispánica. Hasta mediados del presente siglo las poesías infantiles de Rafael Pombo aún no habían quedado prisioneras únicamente del recinto escolar y se leían a los niños en las noches familiares.

Prueba de ello es un bello soneto de Isabel Lleras Restrepo, publicado en la revista |Senderos de la Biblioteca Nacional, en 1935, como homenaje en la celebración del centenario de su nacimiento:

"El pasado, la infancia, la abuelita relata

a los nietos los cuentos que pidieron en coro

y a la luz de la lámpara mis cabellos son oro

y a la luz de la lámpara sus cabellos son plata.

Un turbión de preguntas al final se desata:

¿Quién guardó de la pobre viejecita el tesoro?

Cuando el gato bandido enjugando su lloro

el perdón solicita, ¿lo perdona la gata?

Y a las pobres ovejas, ¿quién sus colas les trajo?

cuando ve que no vuelve el Rin Rin Renacuajo,

abuelita, ¿no sale a buscarlo la rana?

Y ella a todo responde con su voz temblorosa,

mientras besan sus labios mis mejillas de rosa:

esta noche ya es tarde, te lo cuento mañana..."10.

El 20 de marzo de 1893, estando aún vivo el poeta, se publican como parte de la Biblioteca Popular con destino a las escuelas del país, las |Fábulas y verdades, los |Cuentos pintados y |Cuentos morales para niños formales. En 1912, el Congreso Nacional dictó una ley para honrar su memoria, muerto el 5 de mayo de ese mismo año, y en ella dispuso que las obras literarias del poeta se imprimieran por cuenta de la Nación, bajo la dirección de la Academia de la Lengua.

El caso de Rafael Pombo, en relación con su influencia en la producción literaria infantil, es extraño y digno de reflexión. Desde la perspectiva de la recepción, es indudable su influencia en el imaginario colectivo. ¿Qué colombiano, aún hoy en día, no tiene como imágenes primordiales de la infancia al |Rin Rin Renacuajo, la colección de trajes y vestidos de |La Pobre Viejecita o las colas de las ovejas de la Pastorcita? Pero, a pesar de su popularidad y de su resonancia cultural, su obra infantil no logra transformar dinámicamente la producción para los niños como podría esperarse, y lo que es más extraño, no genera una valoración de la poesía infantil como expresión cultural digna de ser imitada y superada. Tenemos que esperar hasta los años 50 de este siglo para que poetas como Carlos Castro Saavedra o Fanny Osorio escriban una poesía de alta calidad lírica para los niños. Quizás esto se deba a esa manía tan colombiana de canonizar figuras y detenerlas en el tiempo, o al conocimiento tan fragmentario que se tiene de su vida y su obra.

Rafael Pombo era un hombre de una cultura amplia y universal. Fue poeta romántico, escritor del amor y la naturaleza, pensador, pedagogo, traductor y fabulista. Era aficionado a la música y a las artes plásticas. Era además un incansable lector, y los libros de su biblioteca estaban llenos de notas y observaciones. Todo este refinamiento cultural se mezcla con un gusto y conocimiento profundo de la música popular. Esta fusión entre lo culto y lo popular se refleja en muchas de sus poesías. Considerado poeta del amor, enamorado del "eterno femenino", escribe innumerables versos a mujeres diferentes. Para los niños no se limita a publicar los tres libros de cuentos, ya mencionados, sino que hace numerosas traducciones de fábulas de autores clásicos.

Pombo renueva la fábula en nuestro país, no sólo al adaptarla a un lenguaje más sencillo y propio de la infancia, sino que recrea motivos y personajes. Es así como | "da carta de ciudadanía a nuestro caimán, que pasó por derecho propio a figurar en la fauna fabulística tradicional."11

"Largo, ojiverde y más feo

que un podrido tronco viejo

pero veloz cual trineo

a pesar del bamboleo

con que anda el animalejo".

Elaboró, además, un método de lectura, que llamó |El Nuevo Método, y una cartilla de lectura |"en forma de retahíla traviesa y caprichosa, en verso..." con la confianza que tenía en el niño y en su fuerte sentimiento del ritmo y del gusto por la poesía.

En la presentación de |El Nuevo Método, dice:

"Este nuevo método para enseñar a leer, y para asentar desde temprano por medio de la lectura las bases de la educación y de la conducta de la vida, es una combinación completamente nueva y original basada en la observación de los rasgos de carácter y aptitudes naturales distintivas de la infancia.

"...Así como el camello parece gozar con el canto de la caravana o de su solo guía, y mientras oye el canto es infatigable, y aun dicen que ajusta su andar al ritmo de ese canto, el niño notoriamente gusta del canto de su nodriza, se duerme con él, y los cambios de su ritmo lo perturban mientras no está en profundo sueño"12.

El legado que el siglo XIX le deja a la literatura infantil colombiana se reúne, básicamente, en las obras de Rafael Pombo y en aquellos cuadros y crónicas costumbristas, que se convierten en antecedentes importantes para la producción literaria destinada a los niños en el siglo XX. Sin embargo, encontramos algunas obras sueltas que vale la pena mencionar, ya porque se erigen en antecedentes de producciones posteriores, o ya por su singularidad. Es el caso de |El romancero colombiano, de una pequeña y amena colección de narraciones titulada |Historia y cuentos para los estudiantes del Colegio del Rosario, de monseñor Rafael María Carrasquilla, y algunos relatos de Tomás Carrasquilla, que aunque no escribió especialmente para los niños, es un heredero de los escritores costumbristas y un autor de transición que se proyecta hacia el siglo XX.

|El romancero colombiano, publicado en primera edición en 1883 por la imprenta La Luz, surge como un homenaje a la memoria de Simón Bolívar en el día de su centenario. Por iniciativa del Enviado Extraordinario chileno José Antonio Soffía, se escriben en romance los episodios más significativos de la independencia colombiana. Se convoca a los poetas más reconocidos del momento, se reúnen las creaciones de cada uno y se publica el libro.

En este curioso y bello homenaje participaron escritores como Rafael Pombo, con dos romances: "Sucre derrotado" y "Queseras del Medio" |. También escribieron Jorge Roa, José Caicedo Rojas, Ricardo Carrasquilla, Miguel Antonio Caro, Diego Fallón y José Manuel Marroquín.

En 1889, se publica una segunda edición de |El romancero, en la cual se sugiere que haga parte de la lectura en las escuelas.

|El romancero colombiano puede ubicarse como un digno antecedente de lo que podríamos llamar la corriente del relato histórico en la literatura infantil y aunque haya sido concebido con la intención pedagógica de entregarle a la infancia los sucesos y acontecimientos más relevantes de la historia nacional, logró en muchos textos una dimensión estética y literaria de calidad, por la amenidad en las narraciones, la caracterización de los personajes, el dramatismo de las situaciones, en fin, todos los elementos propios del lenguaje narrativo, pero teniendo como referente el hecho histórico.

El otro libro, |Historias y cuentos para los estudiantes del Colegio del Rosario, aparece como una curiosidad literaria sobre todo para la época y por la intención con la que fueron compilados. Aunque fue editado en 1915, recoge los relatos escritos en la revista del Colegio durante los años de transición entre los dos siglos, en los que monseñor Carrasquilla fue rector de esta institución. Algunos son originales y otras traducciones recreadas a manera de "variaciones" de Jules Lamaitre y recreaciones de la novelista andaluza Cecilia Böhl de Fáber, conocida en el mundo literario como Fernán Caballero.

En su presentación al lector, escribe monseñor Carrasquilla:

"Aquí tienes, lector amigo, el inventario de lo que contiene este librillo, con expresión del haber y el debe, de lo mío y de lo ajeno. Si logra servirte de recreo y descanso de la metafísica y del derecho civil, habré logrado mi objeto al publicarlo. ¡Y mira si seré yo vanidoso! ¿Pues no he llegado a imaginarme que estos cuentos pudieran ser leídos en familia, y reemplazar para algunas niñas los peligrosos novelones de moda y aun verse en manos de algún hombre de estudio y hacerle desarrugar el agrio sobrecejo y plegarle los labios con una sonrisa de agrado?"13

Y aunque están explícitamente dirigidos a los jóvenes, más que a los niños, su lectura resulta tan amena en unos cuentos y tan fantástica en otros, que bien pueden ser disfrutados en familia, por chicos y grandes, como lo deseaba su autor.

De Tomás Carrasquilla hemos seleccionado el cuento |Simón el Mago, sobre todo porque el personaje es un niño que no solamente nos cuenta acerca de la manera como fue criado, de las costumbres cotidianas de la época, sino que además se empeña en un deseo muy propio de la imaginación y el universo infantiles: ¡ser brujo! Pero de la misma forma se pudo haber seleccionado otra de sus narraciones, porque Carrasquilla, en este sentido de la literatura para chicos o para grandes, resulta inclasificable. Sus historias están tan llenas de humor, de picardía, de reflejo de las expresiones más cotidianas y están contadas con tanta agilidad y movimiento, sin detenerse en largas descripciones, que también pueden ser disfrutadas por niños y adultos. De su genialidad como escritor costumbrista dice el maestro Rafael Maya: "...su poder de observación es infinito. Tiene mil ojos para ver, escrutar y juzgar detalles, pequeñeces y nimiedades de la vida social de las poblaciones antioqueñas, y lo ofrece todo con pintoresco movimiento, con absoluta verdad humana, con increíble sagacidad de aná-lisis..."

La entrada al siglo XX
 

 

En las primeras décadas del siglo XX, la literatura para los niños sigue siendo obra de algunos autores que esporádicamente incursionan en ésta, más con móviles afectivos o pedagógicos, que estrictamente literarios. Es el caso del escritor Santiago Pérez Triana.

De Santiago Pérez Triana nos queda un hermoso libro de narraciones, titulado |Cuentos a Sonny, creado para su hijo cuando vivían en Inglaterra, con el propósito de acercar al niño al conocimiento de su tierra. El libro fue escrito en inglés, y posteriormente traducido al español por Tomás Eastman, pues el mismo autor confesaba, no poder traducir a un idioma lo que había escrito en otro.

Su primera edición en español data de 1907, por la imprenta y estereotipia de Ricardo Fe, en Madrid. Al ser escrito para un niño que no tiene referentes sobre lo que se está contando, está lleno de explicaciones aclaratorias acerca de la manera de ser de los habitantes del otro lado del océano, que en lugar de entorpecer el relato, le dan una curiosa perspectiva de comunicación y asombro a un lector nativo.

En "La tierra del Dorado", por ejemplo, a medida que narra, va ubicando también al receptor en ese desconocido espacio geográfico, logrando una cercana comunicación: "El pueblo chibcha vivía en una llanura extensa, situada en el corazón del vasto continente sudamericano. La llanura se halla en aquella parte del globo donde los rayos del sol caen verticalmente como el agua de las nubes..."14

No todos los cuentos son de carácter histórico, hay algunos cuyos personajes son animales, como sucede en "De cómo la familia Chimp llegó a la ciudad", lleno de humor, ironía y cierta elegancia inglesa en la construcción de los personajes.

|Cuentos a Sonny, compuesto por seis relatos, es un libro escrito con mucha pulcritud, con un lenguaje preciso, contenido, en el que no sobran las palabras, con mucho acierto en las descripciones y con un excelente manejo en la construcción narrativa. Juega con el tiempo presente, creando dramatismo, para remontarse a los hechos pasados.

Podríamos ubicar los finales de los años veinte y los años treinta, como la época en que las letras para los niños empiezan, aunque tímidamente, a insertarse en los espacios propios de la cultura literaria.

Aparecen cuentos como los de Eco Nelly, destinados al lector infantil, en los que varios de sus personajes son muchachos que viven conflictos familiares o sociales, y en los que no se hacen concesiones frente a los temas tratados para los niños, ni frente a la calidad y los recursos estéticos y estilísticos del lenguaje. Ya empezamos a vislumbrar una producción literaria que se destina a los niños como lectores capaces de disfrutar de una obra sin mediar esa obsesión por dejar una enseñanza, dar una lección, inculcar valores patrios, o hacer un homenaje, en fin todos aquellos móviles que hasta ese momento han caracterizado la creación de los adultos cuando piensan dirigirse a la infancia. Muchos de sus cuentos son herederos del costumbrismo literario, otros caen en un idealismo un poco sofisticado, pero los mejores podrían calificarse de realismo social.

De los años treinta data también la revista |Chanchito (1933-34) editada y dirigida por Víctor Eduardo Caro, y quizás una de las publicaciones infantiles más importantes que se haya editado hasta ahora en el país. |Chanchito fue un verdadero vehículo cultural para los niños colombianos. Cada número conservaba una estructura más o menos similar, con ligeras variaciones. Una de las secciones que debió tener más atractivo para sus destinatarios era la de cuentos y novelas por entregas; en ella, los niños pudieron seguir, número a número, lecturas como "Espadas y Corazones" de Edmundo de Amicis; "Una invernada entre los hielos" |, de Julio Verne; "Simbad el Marino", cuento de |Las mil y una noches, etc. Había una página de juegos tradicionales y de mesa, donde los chicos podían recordar "El gato y el ratón", "Cuclí, Cuclí", "El puente está quebrado", "La Gallina Ciega"...; otra de poesías, donde podían leer y descubrir poemas de Rafael Pombo, Ismael Enrique Arciniegas, Diego Fallón, José Asunción Silva, Longfellow... Una sección informativa entregaba artículos referidos a temas diversos y que pudieran despertar la curiosidad y el asombro de los niños: "El olfato y el oído de los murciélagos", "Curiosidades de Australia", "El Sapo"...

En fin, una revista literaria infantil sin antecedentes en nuestro país, tanto por la calidad de la selección del material, lo que demuestra una respetuosa valoración del niño como lector, como por su estructura, que denota una deliberada intención formativa, en el más amplio sentido del término.

Insertándose en la corriente de la narrativa histórica, iniciada por |El romancero colombiano, encontramos dos curiosos títulos. Uno de ellos |es El romancero de la conquista y la colonia, de Ismael Enrique Arciniegas |, editado en 1938 por la sección de publicaciones del Ministerio de Educación Nacional, escrito como ofrenda a Bogotá en el cuarto centenario de su fundación.

Esta obra traslada a la forma del romance temas relacionados con Bogotá, como la llegada de los conquistadores a la altiplanicie, después de su viaje heroico por el Magdalena; el sojuzgamiento de la raza chibcha; la fundación de Santa Fe por Jiménez de Quesada y una serie de cuadros santafereños en incidentes ocurridos en la capital del Nuevo Reino de Granada, durante la vida colonial.

Su intención era poética más que didáctica, como lo expresa el mismo autor en el prefacio, al señalar los errores de otros romanceros hispanoamericanos que se limitaron a trasladar a octosílabos, casi literalmente, los relatos de los historiadores o de cronistas.

Y el otro libro, |Vida de Simón Bolívar para los niños, que puede considerarse como la primera biografía para pequeños lectores de la vida del Libertador, escrita por Simón Latino, seudónimo de Carlos H. Pareja. Es una obra, que aunque exalta demasiado la figura del héroe, tiene el mérito de recrear por primera vez la dimensión humana de un ser que había sido presentado sólo como prócer a través de datos y hechos sueltos en los libros de historia escolar.

Otro autor que recreó la historia nacional para los niños es el historiador Guillermo Hernández de Alba, quien escribía para la revista |Chanchito diferentes acontecimientos de la conquista y la colonia y firmaba con el seudónimo de Tío Remiendos.

Posteriormente fueron recogidas estas narraciones en dos volúmenes, con el nombre de |Retazos de historia, publicados en 1938 por la editorial Centro de Bogotá, en la Biblioteca del Maestro y dedicados a los niños de Cundinamarca.

En el segundo volumen, aparece a manera de "Ofrecimiento" una presentación para los lectores firmada por Gabriel Anzola Gómez que dice:

"Las hermosísimas lecturas de la primera serie sobre temas de la conquista española están hoy seguidas de amenos relatos de la vida colonial en que el autor, con gran destreza y originalidad, hace desfilar los personajes, entreteje las escenas enseñando y deleitando a los niños ávidos de seguir esta maravillosa aventura de los conquistadores, encomenderos, señores de noble apariencia, soldados, capitanes y frailes que fundaron la rica y grande heredad que hoy es nuestra amada Colombia"15.

En esta corriente histórica, la producción literaria ha tenido cierta continuidad. Cabe citar los |Cuentos tricolor, de Oswaldo Díaz Díaz; |La historia de Colombia para los niños, de Eduardo Caballero Calderón, reeditada en 1993, en cuatro volúmenes, por Carlos Valencia Editores; |Cuentos para niños de La Candelaria, de Elisa Mújica, Carlos Valencia Editores, 1996, y |Galería de piratas y |bandidos de América, de Gonzalo España, Ediciones Gamma, 1993.

Quizás la figura más destacada de los años cuarenta en las letras infantiles, sea Oswaldo Díaz Díaz. Historiador, dramaturgo y cuentista, que ejerce la escritura para niños con gran valoración y acierto. Entre sus libros sobresalen |El país de Lilac, Otra vez en Lilac, Cambam Bali y |Cuentos tricolores. Sus cuentos se nutren de diferentes fuentes: los hay fantásticos, tradicionales, con elementos de los cuentos maravillosos, históricos, animistas. Son relatos que han logrado separarse de la nostalgia del tiempo de la infancia, y crear situaciones y personajes vivos, desprendidos de la mano de su autor, inscribiéndose en una tradición literaria universal.

Díaz Díaz es uno de los primeros escritores que reflexionan públicamente acerca de la literatura infantil como un campo específico de la literatura en general. Es así como en la |Revista de las Indias, importante publicación de la época, dirigida por Germán Arciniegas y con un cuerpo de redacción conformado por escritores como Baldomero Sanín Cano, Tomás Rueda Vargas y Eduardo Carranza, entre otros, da a conocer un artículo sobre el tema. En este trabajo se pregunta sobre cuál debe ser su definición y qué elementos debe tener una literatura escrita para los niños. Cita como un elemento fundamental el contenido moral del escrito, aclarando que no se trata de una moral mojigata, ni de didactismo ejemplarizante, ni de un modelo virtual. Para Oswaldo Díaz lo moral en la literatura infantil es "la lección de energía, de entusiasmo, de educación personal, de propio conocimiento, que el niño extrae por sí mismo de lo que ha leído"16, lo moral es aventurar de Mowgli, el protagonista de |El libro de la selva, de Kipling, por la jungla, sin otros maestros que el oso, la pantera y la serpiente.

Otro aspecto indispensable es lo maravilloso, pero no el concepto que tiene el adulto, como los gnomos y las hadas, sino el que explica como "el que de la semilla brote la planta, que de la cascada resulte la iluminación eléctrica, que los aviones vuelen y los submarinos se sumerjan. Lo maravilloso es que Bolívar fue un niño que jugó con manos inexpertas y con espadas de carrizo y que tenía un aya negra que lo arrullaba por las noches..."17

Estos dos elementos deben estar unidos a una lógica de la fantasía, sumados a dos adjetivos: el movimiento y el color. Defiende el final feliz, pero cuando sea necesario. Si el cuento es reflejo de la vida, puede tener un final triste, siempre y cuando deje una luz de esperanza, o al menos transmita una serena tranquilidad. Critica el lenguaje infantilizado y pueril, abogando por uno que sea serio, sencillo y de gran precisión. Después de criticar los textos escolares, por estar hechos con exceso de academicismo y de didactismo, hace un llamado de intercambio cultural entre los pueblos de América, a través de las literaturas nacionales, otorgándole un papel fundamental a la literatura infantil.

Realmente es un artículo no sólo visionario, sino que cincuenta años después resulta tan fresco y tan esclarecedor, que bien haría su lectura a muchos de nuestros escritores actuales.

Por esta misma época se ubica un libro que resulta una verdadera curiosidad. |El Osito Azul, de Lilia Senior de Baena. Parece un cuento digno de Andersen. Está compuesto por tres partes: "Exégesis de los siete colores", "Coloquios" y el cuento "El Osito Azul" |. Ganó el premio Espiral en 1942, concurso auspiciado por la Editorial Iqueima y organizado por la revista mensual de artes y letras |Espiral.

El libro comienza con una dedicatoria que dice:

"Al oído de todas las madres en la tierra y a la memoria de mis hijos Eugenio y Jaime".

La "Exégesis de los siete colores" es una descripción romántica y edulcorada del hijo, contando, además, los paseos que hacía con su madre y con el osito de peluche. Esta parte parece preparar al lector para los coloquios, una serie de conversaciones entre la madre y el hijo, que para ese entonces ya está muerto. Aunque son diálogos de un romanticismo almibarado, logran conmover al lector y le crean un ambiente triste y nostálgico a la hora de comenzar el cuento, el cual es realmente lo que merece conservarse como delicada pieza de escritura romántica para los niños.

En los años cincuenta y sesenta sobresalen tres escritores: Carlos Castro Saavedra, Fanny Osorio y María Eastman. Los dos primeros se destacan sobre todo en el ámbito de la poesía para niños, pero también incursionaron en el cuento. Carlos Castro Saavedra escribió más de ochenta cuentos que eran publicados en fascículos por la editorial Bedout en su colección Chispirín. Son relatos escritos en el tono de la narración oral, algunos recrean personajes populares colombianos, otros presentan figuras alegóricas, como la mujer que cuida las esmeraldas llamada Colombia, los hay con niños y adultos campesinos pobres y trabajadores como personajes. Se trata de historias bien narradas, pero con una evidente intención moralizadora que hace perder fuerza a la creación estética. En muchas, se refleja la preocupación del escritor por la situación política del país, sobre todo por la violencia en los campos colombianos. Sin embargo, Castro Saavedra alcanza su mejor expresión para los niños en la poesía.

Los pocos cuentos de Fanny Osorio, recogidos hasta ahora: |Milagro de Navidad, editado en 1956; |El Ratoncito estudiante y |Copito de Canela podrían ubicarse en una corriente romántica e idealizada de la infancia. La autora se desenvuelve mejor en el género poético.

Las narraciones de María Eastman son muy didácticas y pretenden dejar siempre una lección de moral. Otras se pueden enmarcar dentro de un realismo social en defensa de los más desfavorecidos.

Estos primeros sesenta años del siglo XX son realmente de silencio y olvido para la literatura infantil colombiana. Aunque no estamos frente a ningún movimiento fuerte, ni frente a una conciencia colectiva con relación a esta modalidad como manifestación cultural independiente, sí hubo una producción relativamente importante como para generar una corriente literaria con continuidad. Sin embargo, todos estos escritores parecen ser asunto del pasado y han quedado "dormidos" en las bibliotecas o son simples referentes históricos en unos pocos artículos que se conocen sobre el tema.

Quizás por ese manto de olvido es que los años setenta y ochenta se presenten como el momento del surgimiento de la literatura infantil en Colombia. Aunque es cierto que la producción crece respaldada por el Premio Enka de Literatura Infantil, también es verdad que los autores se profesionalizan como escritores para niños, pero esto responde más que todo a un impulso editorial, que a una conciencia o a un proyecto literario por parte de los creadores como conjunto, grupo o movimiento.

De este llamado "boom" editorial hubo algunos que no volvieron a incursionar en el tema, después de un asomo esporádico, otros no alcanzaron la calidad deseada y unos cuantos quedaron atrapados por el afán de publicar y han desmejorado muchísimo la calidad de su creación.

Entre los autores más representativos que surgen en las décadas de los setenta y los ochenta están: Jairo Aníbal Niño, Celso Román, Triunfo Arciniegas y Luis Darío Bernal, quienes en la actualidad continúan escribiendo para la infancia.

De Jairo Aníbal Niño hemos seleccionado un relato de un libro que no está específicamente publicado para niños, aunque bien puede ser leído por ellos. Esto se debe a que lo mejor de su producción no está precisamente en los cuentos para niños, sino en algunas obras de teatro, o en la poesía y la novela. Por ejemplo, el libro |La alegría de querer, es un hermoso y delicado poemario para jóvenes.

Celso Román ha incursionado en la novela y en el cuento con acierto, a pesar del evidente didactismo o el afán de dar una lección de buenos sentimientos o del mensaje ecológico que hay en algunas de su obras. Quizás lo más logrado sea su libro |Las cosas de la casa, en el que abre una posibilidad creativa para llegar a los niños lectores: la poética de las cosas. Cada cosa en el mundo, cada objeto, tiene una historia, una vida, una biografía. Esta misma idea es explorada en |Los animales domésticos y electrodomésticos, publicado por Carlos Valencia Editores.

Los cuentos de Triunfo Arciniegas se sostienen en su mayoría con el tono de la oralidad. En ellos la acción de los personajes hace que la obra avance, marcando un ritmo rápido y ágil, propio del relato oral. Muchas de sus narraciones retoman los motivos y las estructuras de los cuentos maravillosos y los recrean con humor, con cierta perversidad, haciendo uso del recurso de la actualización de elementos, como es el caso de Caperucita Roja en bicicleta, de las princesas buscando novio a través de los avisos del periódico y de los cursos de besos por correspondencia.

Del realismo social y del romanticismo un poco dulzón que caracterizó algunas obras en los años cincuenta y sesenta, se pasa, en las dos décadas siguientes, a una búsqueda de lo fantástico. En muchas ocasiones, se concibió la fantasía como la suma de aventuras ilusorias unas veces, absurdas, otras, desconociendo su relación entrañable con la realidad, y el poder liberador y transgresor que tiene cuando se concibe como una visión arraigada en lo más profundamente humano. Algunos de estos relatos se convierten en una enumeración de acontecimientos irreales, sacrificando la verosimilitud y el carácter simbólico. Muchas de estas novelas están montadas sobre la estructura del viaje, propia de la novela de aventuras o del cuento maravilloso. Este es un recurso que ha sido utilizado con cierto facilismo por muchos autores que han participado en el premio Enka, fruto quizás de una escritura rápida plegada a las bases del concurso.

Sin embargo, el ejercicio de la escritura para niños y su reconocimiento dentro del círculo editorial y cultural dado a través del premio Enka sirvió no sólo como impulso y motivación para la producción literaria dirigida a la infancia, sino que preparó el camino para búsquedas posteriores y, lo que es más importante, legitimó la literatura infantil (al menos en el campo editorial) como una creación con ámbito y características propias, independiente de la literatura para adultos.

En los años noventa, aunque la producción ha disminuido en cantidad con relación a las décadas anteriores, surgen algunos autores que finalmente se desprenden de los afanes pedagógicos y crean obras que logran insertarse en la corriente cultural propia de la expresión estética, es decir, en la literatura como arte del lenguaje y de la creación de mundos posibles. También se evidencia una apropiación de la literatura para niños como un universo que puede dar cuenta de la percepción infantil. Surgen así algunas obras que no sólo exploran nuevas posibilidades literarias, sino que además tienen en cuenta al niño como receptor.

Entre estos escritores se destaca: Gloria Cecilia Díaz, quien ha explorado la novela y la poesía con gran delicadeza y acierto. Tiene una novela de carácter fantástico, |El valle de los Cocuyos, y otra de corte realista, |El sol de los venados, ambas publicadas por S.M. Editores, de España.

Con |El sol de los venados se abren nuevos caminos para la novela infantil y juvenil en nuestra literatura. Por primera vez se logra un acertado manejo del realismo desde el punto de vista del personaje infantil. No se trata únicamente de un recurso técnico bien utilizado, sino de una perspectiva de visión. Jana, una niña de diez años, es la protagonista que cuenta su vida familiar, nos va entregando su percepción del mundo de los adultos, unas veces injusto, otras afectuoso, hasta desembocar en la muerte de su madre. Lo que la muchacha cuenta no es algo ajeno a su visión de las cosas y del mundo. Esta novela logra que la voz narrativa del autor desaparezca por completo, dándole la palabra al personaje. De esta manera, el libro se inserta en una corriente de la literatura infantil explorada por los escritores más contemporáneos –al menos dentro del ámbito realista– , que es la de la realidad interior de los niños.

Esta perspectiva también es trabajada por Irene Vasco en su novela |Paso a paso, en la que una joven de quince años es quien relata el secuestro de su padre.

En el ámbito del relato infantil se destacan los trabajos de Evelio Rosero Diago, Yolanda Reyes e Ivar Da Coll, cada uno con un estilo muy propio, pero con búsquedas novedosas y exploratorias.

Los cuentos de Evelio Rosero, sobre todo aquellos reunidos bajo el título |El aprendiz de mago, demuestran, no sólo oficio como escritor, sino que exploran un tema poco abordado en nuestra literatura para niños: el misterio y el terror. Son historias escritas con humor negro, con ironía, las que, aun cuando han sido concebidas para los niños, no hacen concesiones ni en los temas ni en el estilo.

El volumen de cuentos de Yolanda Reyes, |El terror de sexto "B", también marca una pauta en la creación de obras para niños. Siete narraciones desenfadadas, que describen situaciones –unas divertidas, otras románticas, algunas terribles– que les suceden a diferentes niños o adolescentes en el colegio. Es una obra "transgresora" para el rígido y solemne mundo de los adultos, en la medida en que las historias están contadas desde la perspectiva, a veces perversa, a veces crítica, de los protagonistas.

Pero, quizás, el quehacer más coherente y depurado sea el de Ivar Da Coll, quien crea sus libros apelando a un doble lenguaje: el literario y el de la ilustración. A partir de recursos tomados de la dramaturgia, concibe personajes inolvidables para los niños y los pone a vivir conflictos tan sencillos como la dificultad de guardar un secreto, el miedo a los monstruos antes de dormir o el olvido del cumpleaños de un amigo. A través de los dibujos conocemos a los protagonistas y vemos la escenografía, como si fuera un teatrino, y por medio del texto narrativo se nos propone el conflicto y su resolución. Muchos de sus cuentos están armados a partir de las estructuras del juego tradicional, pero con una gran sutileza, de tal manera que como recurso no se hace evidente, pero sí logra atrapar la atención de los niños más pequeños. Sus personajes expresan ternura, solidaridad y afecto por los familiares y amigos cercanos, creando una poética de la amistad y la solidaridad, para quedarse a vivir en el corazón de los pequeños lectores.

A pesar de la ya apuntada reducción en la producción de libros para niños, en la década del noventa, se logran y se consolidan otros espacios que son fundamentales para que la literatura infantil logre conquistar su autonomía y ensanche su "frontera indómita", como con acierto la denomina la escritora argentina Graciela Montes. "...Zona de libertad, el primer y último reducto, lo que no se rinde... No es un adorno sino un territorio necesario y saludable, el único en el que nos sentimos realmente vivos, el único en el que brilla el breve rayo del sol de los versos de Quasimodo, el único en el que se pueden desarrollar nuestros juegos antes de la llegada del lobo..."18.

Este territorio tiene que ver no sólo con la escritura para los niños, sino también con lo que se ha llamado la animación de la lectura, es decir, ese "hálito de vida" que el lector adulto le infunde a las obras para que despierten y sean leídas por sus destinatarios; tiene que ver, también, con las revistas y demás medios de divulgación, reflexión y crítica de una literatura que, aun hoy en día, sigue considerándose en muchos medios como "subliteratura" y que debe seguir luchando por ensanchar sus fronteras. En este campo cabe destacar varias publicaciones: la revista |Espantapájaros, que ya no circula, pero que contribuyó a que los niños lectores conocieran textos de autores contemporáneos y que divulgó las primeras creaciones de escritores que están dedicados a la literatura infantil en la actualidad.

O las revistas |La lleva y |La barra, para niños y jóvenes, respectivamente, publicaciones de Fundalectura que aunque también dejaron de circular (siempre por razones de fuerza mayor: los costos), divulgaron textos y autores de la literatura infantil universal, desconocidos hasta entonces en el país, y generaron en muchos de sus receptores el deseo de leer libros de calidad. Otras revistas que cumplen una labor importante en la divulgación y en la formación en el área, dirigidas a los adultos, son |Hojas de lectura, publicación de Fundalectura, y la |Revista latinoamericana de literatura infantil y juvenil, del IBBY (International Board on Books for Young People), editada por Fundalectura.

Tiene que ver también con los organismos y las personas que se dedican a divulgar y dar a conocer la literatura infantil como un universo que, a estas alturas del siglo XX, ya ha alcan-zado vida y movimiento propios: la biblioteca infantil de la Fun-dación Rafael Pombo, la librería Espantapájaros, las bibliotecas infantiles de las cajas de compensación familiar, organismos in-ternacionales como el Cerlalc, que difunden el libro infantil y juvenil en América Latina, la Red Prolectura, grupo de entidades que promueven la lectura en el país, las áreas culturales del Banco de la República, la Fundación para el Fomento de la Lectura, Fun-dalectura; los programas de formación de maestros en esta área, en algunas universidades; las salas de lectura para niños en algunas de las bibliotecas públicas del país... en fin, todo un movimiento que, poco a poco, va ganando terreno en su esfuerzo por ensanchar las fronteras.

En este contexto, la presente antología se convierte en un esfuerzo más por conservar vivo y libre ese territorio de la infancia y defenderlo de las huestes del olvido y de la mano domesticadora del adulto, y poder así decir –junto con Graciela Montes–: "Vale la pena aprovechar que al lobo se le ha hecho tarde, para jugar un buen juego, vale la pena sentirse entibiado por un rayo del sol antes de que se lleguen la noche y el silencio".

 

Beatriz Helena Robledo

Santa Fe de Bogotá, 15 de noviembre de 1996

1 MUJICA, Elisa. |Raíces del cuento popular en Colombia. En: Boletín de la Academia Colombiana. Tomo XXXIV. Nº 146. Bogotá, 1984.
2 VÉLEZ DE PIEDRAHÍTA, Rocío. |Guía de literatura infantil. Secretaría de Educación y Cultura de Antioquia. Medellín, 1983.
3 JARAMILLO, Euclides. |Las aventuras del pícaro tío conejo. Editorial Iqueima, Bogotá, 1950.
4 RINCÓN, Carlos. |La no simultaneidad de lo simultáneo. Editorial Universidad Nacional, Bogotá, 1995.
5 OTERO MUÑOZ, Gustavo. |Literatura colonial y popular de Colombia. La Paz, Bolivia, 1928.
6 OTERO MUÑOZ, Gustavo. Idem.
7 REYES, Carlos José. |Manual de literatura colombiana. Tomo I. El costumbrismo en Colombia. Bogotá, Editorial Planeta-Procultura, 1988.
8 NÚÑEZ SEGURA, José A. S. J. |Literatura colombiana. |Sinopsis y comentarios de autores representativos. Editorial Bedout, Bogotá, 1953.
9 VÉLEZ DE PIEDRAHÍTA, Rocío. Idem.
10 LLERAS RESTREPO, Isabel. Revista |Senderos. Vol. III, Nº 12. Biblioteca Nacional, Bogotá, 1935.
11 CASTILLA BARRIOS, Olga. |Breve bosquejo de la literatura infantil colombiana. Aedita Ltda., Bogotá, 1954.
12 GÓMEZ RESTREPO, Antonio. |Poesías completas. |Rafael Pombo. Aguilar, Madrid, 1957.
13 CARRASQUILLA, Rafael María. |Historias y cuentos para los estudiantes del Colegio del Rosario. Arboleda y Valencia, Bogotá, 1915.
14 PÉREZ TRIANA, Santiago. |Cuentos a Sonny. Imprenta y Estereotipia de Ricardo Fe. Madrid, 1907.
15 HERNÁNDEZ DE ALBA, Guillermo. |Retazos de historia. Editorial Centro, S.A., Bogotá, 1938.
16 DÍAZ DÍAZ, Oswaldo. La literatura infantil. En: |Revista de las Indias. Bogotá.
17 Idem.
18 MONTES, Graciela. |La frontera indómita o donde se ponen los cuentos. Conferencia leída en el Seminario de Evaluación de la Red Prolectura celebrado en Piedras Blancas, Antioquia, en septiembre de 1996.
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