| M a r í a  E a s t m a n
 

 

Nació en Supía (Caldas) en 1901 y murió en Bogotá en 1947. Después de graduarse en la Normal de Medellín, se dedicó al magisterio y estuvo vinculada a los movimientos que a partir de 1920 buscaron renovar la escuela, en el sentido de ligarla al trabajo y a la vida. Fue la primera mujer en desempeñarse como inspectora de las escuelas en Antioquia. Fue, también, de las primeras maestras que mostraron su adhesión a la psicología experimental. En la Normal Superior de Bogotá ayudó a hacer centenares de fichas psicotécnicas que eran utilizadas para medir la capacidad media de los estudiantes colombianos. Se inició como escritora desde muy joven. Sus primeras producciones fueron cuentos e instantáneas de tipo lírico. Mujer sensible a las inquietudes sociales va transformando su creación hacia temas de carácter social. Escribió un libro de cuentos para niños |El conejo viajero (cuentos para niños), editado en 1948, con ilustraciones de Lucy Tejada, y Enrique Grau, entre otros artistas, y de niños de las escuelas de Bogotá y Medellín. Dejó una novela inconclusa sobre la vida escolar de los niños pobres. Publicó cuentos en diferentes revistas literarias de la época, entre éstas |El Cuento, en la que publica |El Refractario. Quizás por sus afanes como maestra, sus cuentos, aunque denotan una gran sensibilidad y conocimiento de la dura realidad de los seres más desfavorecidos, están atravesados por una fuerte intención didáctica y moralizante, también reflejo de la concepción que se tenía de la literatura para los niños en estas primeras décadas del siglo.

 

| Los Caballos que no Querian Amo
 
|

En una hacienda de caña había un caballo color melado, que a fuerza de trabajar y comer mal, mostraba las costillas y parecía que iba a desarmarse. Durante la semana cargaba caña y el domingo traía el mercado del pueblo. No conocía, pues, día de descanso. Por otra parte, las moscas no le dejaban punto de reposo, revoloteando alrededor de las mataduras que tenía en el lomo. ¿Comida? Apenas la poca yerba que encontraba en el potrero. Sintiéndose viejo y enfermo pensó que muy pronto lo matarían para aprovechar su piel. Había sido resignado, pero no hasta el punto de dejarse matar después de tanto sufrir. Resolvió huir de la hacienda en busca de mejores aires. Como lo pensó lo hizo. Al amanecer salió al camino y se dirigió al pueblo; no se le ocurrió irse al monte porque estaba seguro de que por allá irían a buscarlo, mientras que a ninguno se le ocurriría que estaba en la ciudad. Era malicioso el viejo caballo. Iba medroso porque creía encontrar enemigos en todas partes.
Al pasar por la hacienda vecina salió un perro conocido suyo. –Ahora, éste va a contar que me vio y estoy perdido– se dijo para sí. Resolvió hablarle con franqueza y contarle que se iba, aburrido de soportar a sus amos. El amigo le concedió la razón y le prometió guardar secreto. Camino adelante, las moscas empezaron a atormentarlo volando alrededor de sus heridas que se habían irritado con el calor. –No puedo seguir con este sol tan fuerte, y se internó en el monte vecino; se echó sobre la hierba. ¡Qué gusto! ¡Cómo se sentía de libre! Se revolcó gozoso y dio fuertes relinchos. Cuando refrescó la tarde siguió su camino y anduvo gran parte de la noche. Ya iba por campos desconocidos para él, que nunca había salido de los límites del pueblo. Se sintió trotamundos y se culpó de haber permanecido tanto tiempo en la finca; sólo ahora sabía lo que era vivir. ¡Qué pastos tan fértiles y tiernos! ¡Qué arroyos más frescos! Había casas a lado y lado del camino y se encontraba a cada paso con otras bestias que lo saludaban con un alegre ¡adiós, camarada! Era todo tan agradable y tan fácil. Ya no le dolían las heridas y hasta las moscas escaseaban cerca de él. Avanzada la noche se entró por un potrero hasta cerca de una casa, cuando oyó que varios caballos conversaban en un pesebre y se acercó. Se quejaba uno del mal trato que le daba su amo haciéndolo trotar todo el día sin descanso. "Melado" entonces le propuso que se fueran juntos, y el otro, ni corto ni perozoso, aceptó. Ya eran dos e iban felices relatándose sus quebrantos.
Servían hoy a un labriego, mañana transportaban leña, al otro día caminaban; así iban ganando el sustento y adelantaban camino. Hicieron valiosas relaciones y aprendieron cosas útiles. Primero se hicieron amigos de un caballo de carreras que los invitó a la pista para que lo vieran correr. Los dos caballos campesinos estaban deslumbrados; jamás habían visto tanta gente reunida, ni caballos tan enjaezados y que corrieran tan aprisa. Pero se alejaron desengañados al comprender la envidia y la rivalidad que existía entre esos caballos; las gentes los habían dañado prodigándoles elogios.
En un pueblo donde pernoctaron, trabaron amistad con una pareja de yeguas de tiro que arrastraban el coche de una anciana señora. Eran blancas, gordas, con crines cuidadas y muy presumidas ellas. Parados al borde del camino las vieron al día siguiente uncidas a su vara, erguidas y solemnes. No; tampoco aquella vida era envidiable por más que las mimaran. Siguieron adelante. En un recodo se pararon en seco; entre la cuneta había un pobre caballo que no podía valerse; los generosos amigos lo ayudaron a salir y él les dijo que su amo lo había abandonado por inútil. Si el amo cruel hubiera entendido el lenguaje de los caballos habría huido horrorizado al saber lo que de él decían. Siguieron marchando más despacio para que el enfermo pudiera seguirlos. Como ya eran tres, resolvieron ponerse un nombre, repartir el trabajo y ayudarse mutuamente. "Melado" escogió para su primer compañero el nombre "Amigo" y el de "Infortunado" para el último llegado. Fue "Melado" el jefe natural porque era el más recorrido e inteligente. "Amigo" le ayudaría en todo y sería como su secretario. El "Infortunado" no tendría que hacer por el momento sino reponerse. Corrieron los días y los tres compañeros fueron por regiones montañosas de donde descendían grandes corrientes de agua; pasaron ante socavones por cuyos agujeros salían hombres tiznados; vieron las dragas en las minas de aluvión: se pararon muchas veces mientras pasaba el ferrocarril y siempre se les volvía cosa de maravilla que aquél corriera tanto sin necesidad de caballos; caminaron por la orilla de un gran río y vieron deslizarse por él barcos inmensos; fueron luego por entre maizales verdes, por sembrados de caña, por platanales extensos; pasaron más tarde por pastales altísimos, llenos de novillos. Estaban embriagados de dicha, cada vez querían conocer más. Oyeron nombres de ríos, de ciudades y de regiones. "Melado" amaba las montañas porque en ellas había nacido y trepaba ágilmente pero sus dos compañeros se decidían por los valles, sus años y sus enfermedades no les permitían subir con la misma agilidad.
Asistieron, escondidos en el monte, a una cacería de venado y llegaron a interesarse tanto que casi se delatan con sus relinchos.
Pero todo va cansando y "Amigo" fue el primero en manifestar que quería radicarse en algún sitio. –Tendrás que tomar dueño, –le dijo "Melado". –¡Eso nunca!– contestó el caballo. –Entonces: ¿cómo piensas vivir?
– ¡Libre!
– ¡¿Crees que si el hombre te ve suelto y sin dueño te va a durar la libertad?
– Entonces, ¡huiré!
– Pues tendrás que vivir huyendo, porque el hombre es igual en todas partes.
– "Infortunado", que estaba oyendo, intervino:
– Ambos tienen razón: es bueno tener casa, comida y sitio fijos, pero es tremendo tener amo. Podríamos
buscar un refugio a donde el hombre no llegue.
– ¿A donde el hombre no llegue? Y qué lejos debe estar ese lugar –repuso "Melado".
– Pero debe existir –dijo "Amigo"–. Vamos a buscarlo.
– Reanudaron la marcha. El hombre estaba en todas partes; ya era el hacendado, el vaquero, el médico, el leñador o el militar. No había camino por donde pudieran ir tranquilos, monte donde estuvieran seguros o poblado donde pudieran descansar. Sentían siempre que el hombre estaba cerca.
Al fin divisaron la selva y creyeron que habían llegado al término de su viaje, cuando les salió al encuentro una yegua que huía.
– De dónde vienes? –le preguntaron.
– De la selva; allí hay unos colonos y me maltrataban tanto que tuve que escapar.
– Se miraron desconsolados.
– ¿A dónde ir, pues?
– Yo sé a dónde –dijo la recién llegada–. ¡Síganme!
– Trotaron felices detrás de ella presintiendo la cercanía de un llano, rico en pastos, con grandes ríos y lejos de los hombres.
Al fin de varias jornadas se presentó a sus ojos un gran arenal; era el desierto.
– Hemos llegado –dijo la yegua.
– Pero aquí no podremos vivir –exclamó "Amigo"–, no hay agua ni yerba.
– Además –agregó "Melado"– hace un calor insoportable y no veo un árbol que nos dé abrigo.
Aquí no hay vida, todo está muerto, repuso "Infortunado".
– Pues es el único sitio en donde no vive el hombre –dijo la yegua.
Los cuatro amigos se declararon derrotados y se echaron en el límite del campo a esperar la llegada de un amo.

 

 
| La Comadreja y la Familia Armadillo
 
|

El papá armadillo era campesino y muy tímido; jamás había bajado al pueblo; pero, ¿para qué quería él recorrer mundo cuando tenía una cueva tan bonita debajo de las raíces de una ceiba, tapizada con musgo y tan espaciosa que a no ser por la falta de luz, se hubiera creído un palacio? La familia vivía holgada y doña Armadilla, en compañía de sus hijas Armadilla–Melada y Armadillita–Gris, había hermoseado la cueva con flores, festones y plumas recogidos en el monte. Todo era paz en aquella casita hasta el día en que al otro lado del árbol vino a vivir la Comadreja.
A poco llegó de visita a casa de la familia y con muchas zalemas empezó a alabar el orden, el aseo y el buen gusto de la señora; a los armadillitos les dijo que eran primorosos, que la concha que tenían en el lomo debía ser de carey cuando menos, según era de fina, que eran, además, los niños más bien educados que ella conocía. La mamá halagada, la invitó a almorzar, y por la tarde a dar un paseo. Desde entonces, la entremetida Comadreja no dejó a la familia ni a sol ni a sombra.
– Que haga el favor de prestarme un poco de sal; que su cedazo para cernir la guayaba; que un asiento para una visita que me llega; que Armadillita–Gris para que me traiga un poco de agua. A estas molestias continuas se agregaron los chismes.
– Estoy furiosa –decía la hipócrita– porque la Coneja dijo que ustedes son unos orgullosos. La Zorra dice que le dijeron que don Armadillo es un vago y así, todos los días.
La casa se volvió un infierno y ya el papá no iba sino a horas de comida; los niños se salían a corretear mientras mamá recibía la visita de la vecina y Armadilla-Melada aprovechaba para ir a la huerta a conversar con Armadillo-Negro, su novio. La señora Armadilla estaba desesperada y no encontraba medio de salir de su importuna amiga.
La familia tuvo una junta para idear el medio de salir de la chismosa. Después de muchas cavilaciones, el Armadillo más pequeño, como quien dice el nene de la casa y a quien la Comadreja molestaba más con sus recados, dijo:
– Como al único animal que teme la Comadreja es al perro cazador, propongo que consigamos alguno que venga a vivir unos días con nosotros.
– ¡Magnífica idea! –repuso papá–; pero ¿dónde conseguirlo?
– Eso es cosa mía –contestó el avispado Armadillito y salió corriendo hasta la cueva de un conejo amigo y le dijo:
– Necesito que me pongas en relaciones con un perro cazador.
– Tú sabes –replicó el otro– que no cultivo relaciones con gentes de esa clase. Desde hace muchos siglos la familia de los conejos y la de los perros son enemigas; pero como quiero prestarte ayuda, le hablaré a una lora amiga para que ella te consiga lo que desees.
La Lora y Armadillo se dirigieron a una hacienda de caña; cerca al trapiche estaba echada una perra amarilla; la Lora trepó a un árbol y empezó a decir:

– Amita doña Perra: si usted fuera tan amable y se acercara un momento, pues tengo grandes deseos de saludarla y de paso tratarle un negocio.
La Lora era muy fina para hablar porque era sabia y vieja. La Perra dio un salto y Armadillito, que no las tenía todas consigo, se escondió entre su concha; la Perra se acercó ladrando:
– ¡Hola! amiga Lorita; ¿cómo estás? ¿En qué puedo ser-virte?
Esta, como buena charlatana que era, le echó de una vez todo el cuento de la Comadreja y el favor que le pedían los Armadillos. La Perra pidió tiempo para reflexionar y a fin de estar más cómoda se sentó en un banquito que halló cerca y que no era otra cosa que la concha del Armadillo; éste más muerto que vivo, no se atrevió a hacer ni un movimiento. Después de breves instantes la Perra expuso las condiciones en que aceptaba la propuesta:
– Yo voy a la casa de la familia Armadillo durante ocho días y me comprometo a sacar de en medio a la Comadreja pero que papá Armadillo me garantice un hueso al día y buena cama.
La Lora empezó a llamar a voces al Armadillito pero éste no podía contestar porque la Perra estaba sentada encima de él y se moría de miedo. Al fin se atrevió y desde el fondo de su concha gritó: "¡Acepto!" La Perra dio un brinco tremendo cuando oyó que su asiento hablaba. Rió la Lora sin parar y explicó lo que pasaba; salió el Armadillo y convinieron el trato. Volvió entonces a la casa y anunció para el día siguiente la llegada del huésped. Papá salió temprano y volvió con un apetitoso hueso; al pasar por la ventana de doña Comadreja, ésta lo atajó diciéndole:
– ¡Ay!, don Armadillo; qué hueso más delicioso; hoy como que hay banquete en su casa, ¿no convida?
– Por supuesto, señorita –contestó el malicioso viejo–, queda invitada.
– Muchas gracias. No faltaré.
Llegó muy peripuesta con cinta en la cabeza y gafas de oro. Estaban tomando la sopa cuando golpearon a la puerta. Armadillito fue presuroso a abrir y abrazando a la Perra que llegaba, exclamó:
– ¡Mi querida maestra! Cuánto tiempo sin verla; qué gusto nos da viniendo a casa; ¿se quedará algunos días con nosotros, verdad?
– Ya lo creo, queridito, estuve mala y el médico me aconsejó los aires de la montaña y pensé que con nadie mejor que con ustedes podría estar, y aquí me tienen.
La Comadreja paraba las orejas para no perder palabra del diálogo; cuando apareció la Perra, por poco se desmaya: se le cayeron las gafas y le temblaba el lazo de cinta.
La Perra fue acogida con grandes muestras de afecto e invitada a almorzar. Ella que se sienta y la Comadreja que se levanta.
– Ustedes van a perdonar que me retire, pero recuerdo en este momento que me llega un pariente. Pero sigan, tengan la bondad. Nadie se levante, no faltaba más, que pasen feliz día –y salió disparada.
Después de almorzar fueron todos a dar un paseo menos mamá que tenía que lavar la vajilla. Vino entonces la Comadreja llorando a lágrima viva y manifestó que tenía que irse al pueblo vecino porque había recibido noticia de que su abuela estaba gravemente enferma, y se marchó corriendo.

Comentarios () | Comente | Comparta c