| J o s é  A n t o n i o  L e ó n  R e y
 

 

Nació en Fómeque, Cundinamarca, en 1903. Académico, historiador y folclorista. Ha dedicado mucha parte de su trabajo a la recolección y escritura de cuentos, leyendas y juegos populares de Cundinamarca, agrupados en libros como |El Pueblo Relata, compendio de imaginación e ingenio de los campesinos narradores. Otros libros: |El porvenir del idioma español en Hispanoamérica, el cancionero titulado |Espíritu de mi oriente y |El secreto atractivo de María de Jorge Isaacs.

El Instituto Caro y Cuervo le publicó en 1982 el libro titulado |Juegos infantiles del oriente cundinamarqués, hermoso compendio de juegos tradicionales que hacen parte de la tradición viva de los pobladores del oriente de Cundinamarca.

El relato escogido para la presente relatoi hace parte de su colección de cuentos de esta zona del país y fue publicado por primera vez en la revista PAN en 1938.

Su trabajo es fuente de referencia obligada para aquellos investigadores de la tradición oral. Es así como en el libro |Las altas torres del humo, por ejemplo, Elisa Mujica cita varias veces las peculiaridades en el tratamiento de algunos personajes que figuran en los cuentos recopilados por José Antonio León. Dice: "En |El pueblo relata, el doctor León Rey trae tres variantes de una de las escaramuzas conejiles más audaces, como fue la de apoderarse de las pieles del tigre, del león y del zorro, y presentarlas a Nuestro Señor a fin de obtener un aumento de estatura".

 

| El Pajaro Malver   |

Pues un buen día amaneció el rey con deseos de salir a pasear al campo. La comitiva regia pasó por cerca de la casa de un labrador tan arruinado, que no tenía manera de proporcionar vestido a sus tres hijas, tan bellas como perlas, las que, viéndose desnudas, se la pasaban en el zarzo de su covacha.

Las tres doncellas, al sentir las voces de los paseantes, se asomaron a alguna ventanilla que se habían fabricado en el empaje, y quedaron maravilladas ante la elegante apostura y las distinguidas facciones del soberano. Tan grande fue su asombro, que la primera dijo:

– Es tan lindo y tan bello el rey, que si se casara conmigo, le pondría un castillo en la mitad del mar, desde el cual se divisara toda la tierra!

Y la segunda exclamó:

– Es tan lindo y tan bello el rey, que si se casara conmigo, le haría con mis propias manos una camisa tan fina que no tuviese puntada alguna!

Y la tercera:

– Es tan lindo y tan bello el rey, que si se casara conmigo le daría dos niños que lloraran perlas y corales.

Pero uno de los fieles servidores del monarca alcanzó a escuchar el primor de aquellas voces y se adelantó a comunicar a su amo el suceso. El rey se devolvió al punto y sin más ni más se entró a la casita de las doncellas, en donde encontró al labrador, todo acoquinado por la miseria.

– Diles a tus hijas que comparezcan ante mi presencia!

– ¡Majestad! Perdonadlas, que ellas no pueden salir porque mi pobreza es tan grande, que no les puedo dar vestido y están desnudas.

Todo fue oír el rey tan triste confesión y mandar a sus siervos a la ciudad a que trajesen los más ricos vestidos que encontrasen.

Y los vestidos llegaron, y las niñas se acicalaron lo mejor que pudieron. Al ir a postrarse ante su soberano, toda la corte quedó alelada por la belleza no vista de las hijas del labriego. Y el rey no se pudo sustraer a la fascinación general. Y habló:

– Bellas niñas: quiero escuchar de vuestros propios labios lo que dijisteis cuando con mi comitiva pasaba.

Las niñas se confundieron, pero al fin no tuvieron más remedio que dejar oír la música de su voz. La primera dijo:

– Es tan lindo y tan bello el rey, que si se casara conmigo, le pondría un castillo en la mitad del mar, desde el cual se divisara toda la tierra!

Allí fue el quedarse todos boquiabiertos por la armonía de aquella voz que con tanto aplomo y misterio ofrecía al rey una obra tan fuera de usanza. Pero se quedaron cortos en su admiración cuando oyeron a la segunda moza repetir:

– Es tan lindo y tan bello el rey, que si se casara conmigo, le haría con mis propias manos una camisa tan fina, que no tuviese puntada alguna!

No salían de su embeleso, cuando oyeron a la última:

– Es tan lindo y tan bello el rey, que si se casara conmigo, le daría dos niños que lloraran perlas y corales!

El rey, fuera de sí al contemplar la sin par belleza de la tercera doncella y su voz angelical, en un arrebatado amor exclamó:

– Tú serás mi mujer!

Y todos se encaminaron a palacio, en donde se celebraron las bodas con tan magnífico esplendor, que los banquetes se sucedieron sin interrupción durante quince días seguidos y sin descontar sus noches.

Pero en palacio quien se entendía con disponerlo todo era una negra de mal corazón, que apenas vio a su soberana le cobró tal aversión, que desde ese momento determinó perderla.

Muy pronto el rey se vio obligado a hacer un largo viaje y, a pesar del gran cariño que a su esposa profesaba, tuvo que dejarla. Dio entonces a la negra orden de que si en su ausencia su mujer cumplía su promesa de darle dos niños que lloraran perlas, le enviara entonces su caballo blanco y que, si por el contrario, no realizaba su ofrecimiento, le hiciese llegar su caballo morcillo.

Pero aquí es preciso decir que en aquella remota época lo más precioso que se conocía eran las perlas y los corales.

Pronto la reina dio a luz dos niños, bellos como soles y que lloraban perlas y corales. Mas la negra, mientras su señora dormía, se los cambió por dos marranitos acabados de nacer. Y mandó hacer la malvada mujer a un carpintero un cajoncito, entre el cual colocó a los niños, para arrojarlos en seguida a la corriente de un río.

Muy abajo estaba un pescador atareado en su labor de echar el anzuelo, cuando alcanzó a divisar la caja que venía entre los tumbos del río y derechamente se dirigió a cogerla, y cuál no sería su sorpresa al sentir dentro el llanto de dos niños y luego, al destaparla y ver que ellos lloraban tantas perlas y corales que, al llenar la caja, ya casi se ahogaban.

Sin dilación llevó a los niños para su cabaña, y su mujer por poco se muere de un patatús, pues, fuera de no tener hijos, a pesar de habérselos pedido con ahínco al cielo, vivía en estrecha pobreza con su buen marido.

Desde el siguiente día fueron vendiendo en la ciudad vecina el tesoro que de los infantiles ojos brotaba y quedaron ricos en grado sumo.

Los niños, hombre y mujer, de una belleza incomparable, crecieron y a los antiguos pescadores les tomaron tanto cariño como a sus propios padres. No había atención que los adolescentes no les dispensasen, y por eso rogaron a aquéllos que les permitiesen ir a la ciudad a vender la maravilla de sus lágrimas. Y los buenos pescadores no pudieron negarles el permiso, no sin haberles hecho antes una infinidad de recomendaciones.

Al atardecer retornaron los niños muy contentos, porque habían logrado vender a mejor precio que el alcanzado por sus padres. De ahí que volviesen al día siguiente y en los demás días.

Al fin, por causa de tantas idas, la fama de la belleza de los niños y de la finura de sus joyas entróse por palacio y la negra cobró tan grande desazón, que ella misma salió a buscarlos y a decirles:

– Estas perlas y corales son muy bellos, pero lo serán más si al volver mañana entráis a la laguna encantada y los laváis con sus aguas.

Iban al día siguiente los inocentes niños hacia la laguna encantada a lavar sus perlas y corales, conforme se lo había aconsejado la negra para perderlos; mas en la mitad del camino encontraron a una viejecita que les dijo:

– ¿A dónde vais, buenos niños?

– A lavar a la laguna encantada las perlas y corales para que tengan más precio.

– Sí, andad –les dijo la abuelita–, pero cuando lleguéis, no hay que tocar el agua sino extender el brazo y con esta varita golpear el agua, la que saltará a lavar las perlas y los corales. Hacedlo así porque allí hay un dragón que, de otro modo, os comería.

Así lo hicieron los niños como la vieja les aconsejó y vendieron a mejor precio su mercancía, porque era más bella.

La negra ya no esperaba que los niños volviesen y estaba muy confiada en que el dragón se los hubiese comido. De ahí que cuando supo del regreso saliera toda afanada y les dijese:

– Estas perlas y corales son muy bellos, pero lo serán más si al volver mañana vais a la laguna encantada y traéis el |Pájaro Malver, que se encuentra en el centro de la laguna.

Las obedientes criaturas tomaron al día siguiente el camino de la laguna encantada, cuando se toparon con la consabida viejecita:

– ¿A dónde vais, buenos niños?

– Vamos a la laguna encantada en busca del |Pájaro Malver.

– Sí, andad, pero cuando lleguéis a la orilla, estirad el brazo con esta varita y sobre ella se posará el pajarito.

Y hablando así vieron los niños que la viejecita voló a los cielos porque era la Virgen.

Los niños cumplieron lo que su consejera les mandara y pronto llegó el pajarito, el más lindo de cuantos hayan visto ojos humanos.

Presurosos tomaron entonces el rumbo de la ciudad, la que se conmovió ante la llegada de los niños, porque aquel día estaban más bellos que nunca y se parecían, el varoncito al rey y la mujercita, a la reina, la que había desaparecido sin saberse cómo desde la vuelta del monarca de su largo viaje.

Y el |Pájaro Malver cantaba que era un primor y tan pronto estaba en el hombro del niño como en el de la niña y con sus alitas multicolores los acariciaba.

Tanto revuelo causó la escena, que el rey hizo comparecer a los niños ante su presencia. La negra tembló, porque el pecado siempre acobarda.

Maravillóse el rey ante el primor de las perlas y de los corales y en su corazón tuvo un presentimiento, el que tomó cuerpo cuando se fijó detenidamente en las facciones de los niños.

Ello fue que inmediatamente el soberano ordenó a sus siervos que sirviesen un opíparo banquete para agasajar a sus visitantes, de quienes quería saber su historia y a quienes rogó se quedasen en palacio, pues querían regresar cuanto antes a su cortijo.

Ya sentados a la mesa, vino el primer plato, y fue entonces de admirar el afán con que el |Pájaro Malver volaba de un lado a otro y con sus paticas desocupaba los platos de los niños, sin dejarlos probar bocado alguno. Y lo mismo aconteció con el segundo plato y con el tercero.

Se hizo tan notorio el hecho que el rey, adivinando alguna insidia, le preguntó al pajarito:

– Pajarito Malver, ¿por qué no dejáis comer a los niños?

Y el ave prodigiosa, agitando sus alitas, dijo:

– Para que mis niños no mueran envenenados. Echad los manjares a los perros y veréis lo que sucede.

Hiciéronlo así, y al punto cayeron muertos los mastines.

– ¿Y quién puso el veneno? –bramó lleno de ira el rey.

– La negra que en palacio con todo se entiende. Y yo he salvado a los niños, porque son tus hijos, que un día fueron arrojados por ella al río y por fortuna fueron recogidos por unos pescadores.

– ¿Y la madre? –balbució el rey entre tembloroso y arrepentido, porque no las tenía todas consigo.

– Tú la emparedaste injustamente! Pero ella vive porque yo la alimenté y ahora está más bella que nunca.

Todo fue oír aquello y mandar el rey romper una pared, de donde salió la reina más hermosa que se haya visto ni se verá en los venideros tiempos. Y allí vinieron los abrazos, y los perdones, y los coloquios y las lágrimas.

A la negra malvada no le sucedió nada distinto de un descuartizamiento en la plaza pública.

Y en los magníficos tapices de palacio esplendían las perlas y los corales que caían de los ojos de los niños, y el |Pájaro Malver cantó por la postrera vez y solamente dejó tras de sí la sutil huella de su vuelo...

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