| G u i l l e r m o  H e r n á n d e z  d e  A l b a
 

 

Nació en Bogotá en 1906. Riguroso historiador. "Su obra como historiador es de las más brillantes y copiosas y en ella se destaca muy por encima de otros historiadores no sólo por la seriedad científica y el dominio absoluto de los temas, sino también por las condiciones de crítica sagaz y su estilo brillante y castizo y por la emoción y vívido interés con que sabe revivir el pasado"*. Entre sus obras se destacan: |Estampas Santafereñas, Guía de Bogotá, Los Estudios Históricos, escrita en colaboración con su hermano Alfonso; |Crónicas del muy ilustre Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, Teatro del arte colonial, Memorias científicas de don José Celestino Mutis y |Archivo epistolar del sabio naturalista José Celestino Mutis. Fue miembro de las Academias de historia de Colombia, Venezuela y Panamá, de varias academias históricas y geográficas norteamericanas y españolas y de la Societé des Americanistes de París. Escribió para los niños los |Retazos de Historia, conjunto de relatos históricos del Descubrimiento de América, la Conquista, y La Colonia, los cuales fueron publicados por primera vez en la Revista |Chanchito con el seudónimo de Tío Remiendos, y posteriormente en 1936, en dos tomos dedicados a los niños, por la Dirección de Educación Pública de Cundinamarca, en la colección Biblioteca del Maestro.

Guillermo Hernández de Alba murió en 1988.

 

| Retazos de historia | Las Aventuras de Mandeville
 
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Cuando era niño mi imaginación íbase tras los inolvidables cuentos de Calleja, que evocaban países maravillosos, con casas de caramelos, ríos de leche y fuentes de vino. A pie juntillas creía estas tonterías y anhelaba porque cualquier día cayese sobre mi casa una lluvia de monedas de oro o cosas por el estilo. Los palacios de cristal, las paredes cubiertas de brillantes, o los poderosos talismanes, a la manera de la linterna de Aladino, que me pondrían en posesión de todo, eran mis sueños infantiles. Los años pasaron y con ellos los cuentos: Caperucita, Gulliver, Aladino, quedáronse en el más escondido rincón de mis memorias y otros nombres y otros cuentos vinieron a poblar la inquietud de mi cabeza juvenil y hoy, este pobre tío lleno de remiendos confunde unos y otros para concluir cosas al parecer descabelladas. Escuchad mis cuentos de hoy. Mucha atención que en el curso de mis palabras, descubriréis cuánta verdad había en los cuentos de Calleja y cómo, sin errar, se pueden confundir con cosas que han pasado aquí y en el mundo entero y que se conocen con el nombre de historias.

En el siglo XIII hubo en Inglaterra un inquieto aventurero, el caballero Mandeville, que aburrido de la vida que llevaba en su tierra, se lanzó por esos mundos en busca de sorpresas. Por varios cuentos sabía la existencia de un país maravilloso, y creyendo en aquéllos como yo creía de chiquito, dijo hasta luego a sus padres y hermanos, que se quedaron llenos de lágrimas y con la seguridad de que no volverían a verle, y, sobre una frágil embarcación, se fue mar adentro.

Pasaron muchos años: nadie volvió a saber de Mandeville y parecía que su recuerdo se borraría para siempre de la memoria de los hombres; cuando hete aquí que vino a hacer su aparición en lejanas tierras, en la República de Venecia, vestido de sedas preciosas, adornado con joyas que envidiaban los más poderosos, perfumes que hacían soñar, innumerables esclavos que le hacían honores de rey al ofrecerle, en copas de oro y diamantes, vinos que volvían la boca agua. Imposible que este rey tan poderoso fuese el pobre Mandeville que se fue en busca de aventuras. Nadie le quería reconocer: todos pensaban que era el mismísimo Preste Juan de las Indias, de cuyas tierras venía, o un poderoso enviado de él.

¡El Preste Juan! Locos se volvían todos por conocerle. ¡Qué semidiós tan poderoso sería cuando podía mandar mensajeros cubiertos de oro y pedrerías! Potentados de Venecia y Génova mantenían comercio con el Preste, pero jamás habían logrado conocerle.

Mandábanle mensajeros de todas partes, pero inútil; nadie podía llegar hasta él. Sólo hubo un feliz mortal, Mandeville, que logró penetrar en sus dominios. Contaba aquél cómo las rocas eran un solo diamante; cómo cada año los peces venían a las costas a tributar reverencia al rey de aquellas tierras, que vivía en un palacio cuyas paredes eran de rubíes, zafiros y topacios. ¡Cómo si había árboles que producían cuanto uno quisiera!

La imaginación de los atónitos europeos se volvía loca ante tanta maravilla. Había que ir, costara lo costase, a las tierras del Preste Juan. ¿Pero cómo?

El Mediterráneo era la única vía conocida en el sur; por allí cruzaban los navíos portadores de las riquezas que atrevidos navegantes recogían en las costas asiáticas para traerlas a los mercados de Venecia y Génova. ¿Cómo encontrar un camino que comunicara directamente con las legendarias tierras de Katay y Cipango?

En los conventos, en las academias, diéronse los sabios a estudiar. ¿Se podría llegar directamente a los dominios del Preste Juan? Los más pensaban que era imposible, porque la tierra, según ellos, era un gran plano, y explicaban el día y la noche diciendo que cumplido el medio círculo recorrido por el sol, éste se escondía detrás de una gran montaña y daba origen a la noche. Otros, los menos, de ideas que se creían en contra de las enseñanzas de la Iglesia, defendían que la tierra era esférica y que navegando siempre al occidente encontrarían a muy poca distancia las tierras orientales.

Ved cómo, a partir de la aparición de Mandeville y de conocerse sus viajes y sus tesoros, que no eran sino de cuento, sólo se pensó en buscar el más corto camino para llegar al reino del Preste Juan con otras cosas que os contaré más adelante.

 

 

| Pablo, el Fisico
 
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Las célebres aventuras de Mandeville, que no fueron sino fruto de imaginación, aumentaron en los europeos la ansiedad por conocer las maravillosas tierras del Preste Juan de las Indias, y todos, o una buena mayoría, creyeron que eran ni más ni menos como os acabo de contar. La cosa no era para echar en el olvido y así doctos e ignorantes se dieron a soñar con los tesoros del oriental y en la manera de poder llegar hasta sus dominios, costara lo que costase. En el fondo la historia tenía algo de verdad.

Las grandes ciudades de que os hablé, la preciosa Venecia y la ilustre Génova, que tenían en sus manos el monopolio de comercio con las tierras de Oriente ofrecían en sus mercados telas tan ricas, piedras tan preciosas, perfumes tan exquisitos y especias tan raras, que sólo podían venir de la tierra de los castillos de pedrería de que hablaba Mandeville. En aquella época –corría el siglo XV– ninguno se contentaba con lo poco o mucho que tenía y quería más riquezas. En su tierra no las encontraba, luego tenía que ir a buscarlas a las tierras desconocidas.

La ambición animó a muchos atrevidos, duchos en el arte de marear, que así se llamaba entonces la profesión de los navegantes, a lanzarse por mares desconocidos en busca de tesoros. El pueblo que más se distinguió entonces por sus excursiones fue el de Portugal. En su capital primero, y luego en Sagres, promontorio situado al sur del reino, se dieron cita los más notables marinos de toda Europa, llamados por un príncipe, Enrique el Navegante, que quería ser el primero en llegar a las tierras de las especias. Decidme, lectorcitos, si vosotros no haríais lo imaginable para alcanzar tan precioso botín!

Eso hicieron los portugueses. En frágiles carabelas que eran impulsadas por el viento se lanzaron hacia las desconocidas costas africanas, camino que ellos creían ser el verdadero para llegar al reino de las riquezas. No estaban en un error; por allí se podía ir. Y poco a poco fueron avanzando hasta llegar a lo que llamaron Cabo Verde, donde establecieron una fortaleza para defenderse de los invasores. Al desembarcar a tierra encontraron muchos negros, hallazgo que les hizo llenarse de alegría. Donde hay negros, hay oro, se decían entusiasmados. ¿Por qué pensaban esto? Escuchad.

Químicos, nigromantes y físicos no descansaban ni de día ni de noche. Los hornos de sus laboratorios estaban siempre prendidos; en sus retortas echaban y echaban sustancias de las que resultaría el oro, que tanto ambicionaban. El fracaso naturalmente fue definitivo. En vano trabajaron, en vano estudiaron. El oro no se podía fabricar. Bien sabéis que es un mineral que sólo se encuentra en las entrañas de la tierra y que a veces es arrastrado en forma de pequeños granos, por algunos ríos. ¿Qué pensaban ellos que fuera el oro, para alegrarse de haber encontrado negros?

El oro, según esta gente del siglo XV, no era otra cosa sino rayos de sol, que al penetrar en las tierras se convertían en piedra; luego, donde hubiera gente con piel negra, tenía necesariamente que haber oro, toda vez que la piel se ponía así, con la poderosa influencia del sol. Suerte tuvieron los portugueses navegantes, pues confirmaron sus suposiciones acerca del áureo metal, al encontrar, en tierras africanas grandes yacimientos del preciado mineral que tantas desgracias y tantos bienes ha traído a la humanidad. Todo el mundo vivió desde entonces convencido de que el oro era simples rayos de sol, y que, sin duda alguna, se había llegado a los dominios del célebre Preste Juan, que había quitado el sueño a más de cuatro.

Al lado de estos aventureros, hubo un grupo de hombres, pequeño en realidad, a quien no hacía mucha gracia eso de los rayos del sol hecho oro, y de que no hubiese más camino para llegar a la India, distinto del encontrado por los portugueses. Entre aquellos hubo uno, Pablo, el Físico, que echando mano de obras antiguas, escritas hacía quién sabe cuántos siglos, en las que se decía, que más allá de Portugal, había una poderosa isla, llamada la Atlántida, desaparecida por un terrible cataclismo y que vino a ser reemplazada por un mar tan terrible, que le bautizaron con el nombre de |Tenebroso y en el cual, se pensó más tarde, era imposible que hubiera tierras donde habitasen hombres, salvados quizás de tan temido suceso. Aprendió también Toscanelli, que tal era el apellido del físico, que cosas tan nuevas enseñaba, que la tierra no era plana, sino esférica y por consiguiente navegando por el mar |Tenebroso, se llegaría más rápidamente a las tierras tan ambicionadas.

No se redujo Pablo a esos estudios. Se dio a levantar cartas goegráficas para demostrar la verdad de sus conocimientos y una de ellas la envió a un experto marinero que se apellidaba Colón, el cual hubo de sacar mucho fruto. Encontró al estudiar la carta de su amigo, que tenía mucha razón y desde ese momento se propuso llevar a cabo la temeraria empresa de lanzarse por el mar |Tenebroso en busca del camino más corto para llegar a las Indias.

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