| C e l s o  R o m á n
 

 

Nació en Bogotá en 1947. Se graduó como médico veterinario para luego dedicarse al arte y a la literatura, estudiando artes en la Universidad Nacional de Colombia y realizó estudios de postgrado en el Pratt Institute de Nueva York. Ha exhibido sus esculturas en el Museo de Arte Contemporáneo, la Galería San Diego y el Museo de Arte de la Universidad Nacional. Ha sido, además, profesor de Bellas Artes en las universidades Pedagógica, Jorge Tadeo Lozano y Nacional.

Ha publicado |Cuentos para tiempos poco divertidos, primer premio en el concurso de la Universidad del Tolima, 1977. |Mejor en la montaña, Amadeo, primer premio en el concurso de cuento 90 años de |El Espectador, 1978.

Para los niños ha escrito varios libros de cuentos y novela, entre los que se destacan: |Los amigos del hombre, Premio Enka, 1979. |El pirático barco fantástico, Las cosas de la casa (Premio Aclij, 1988). |El maravilloso viaje de Rosendo Bucurú, El hombre que soñaba, De ballenas y de mares, Los Animales Domésticos y |Electrodomésticos.

Los dos relatos escogidos hacen parte del libro |Las cosas de la casa, editado por Carlos Valencia Editores, en el que se describen con imaginación y poesía el origen y la historia de los diversos elementos que conforman una casa: las tejas, los ladrillos, las puertas, las ventanas, las mesas... en fin, es una poética de las cosas.

 

| Los grandes muebles de sala
 

Tímidos habitantes nocturnos de lo más profundo de lejanas llanuras del Asia Central, los grandes muebles de sala habitaron hasta hace relativamente pocos años las estepas de jugosos pastos y grandes ríos apacibles.

Los guerreros mongoles, audaces jinetes en pequeños caballos de largas crines, que cazaban con poderosas flechas la pantera nebulosa y el lobo estepario, nunca se atrevieron a matar un solo mueble de sala.

El Gran Khan descansaba después de las batallas reclinado en un enorme sofá amaestrado, que dormía plácidamente la mayor parte del día en la penumbra de su tienda. Los aguerridos hombres de la estepa, considerados salvajes por los europeos de su época, eran sin embargo, extremadamente tiernos con los grandes muebles de sala, a los que protegían y veneraban considerándolos dioses del descanso.

Menos razonables que los mongoles fueron los exploradores europeos, que no dudaron en cazar a sangre y fuego los pacíficos animales, al descubrir que podían hacer con ellos un magnífico negocio. En vista de que los ejemplares que intentaban llevar vivos a Europa morían de tristeza una vez abandonaban su hábitat, los naturalistas disecaron y montaron algunos en una estática actitud, para ser enviados a los grandes museos. Rellenándolos de paja y usando resortes de alambre, hicieron un burdo remedo, una vulgar imitación de los mullidos vientres de los pacíficos animales, que a pesar de ser sólo una infame copia del original, causaron sensación en el público al divulgarse el uso que les daban los jefes mongoles a los ejemplares que habían domesticado.

Los pedidos no se hicieron esperar. Reyes, príncipes, duques y papas, la nobleza de alcurnia y la nobleza del dinero encargaron hasta tres y cuatro juegos de sala completos para alegrar palacios y jardines.

Indefensos como la mayoría de los grandes animales nocturnos, los cazadores los ahuyentaban por centenares incendiando los juncales donde habitaron por siglos, arreándolos en ruidosas batidas hasta los mataderos de la llanura abierta donde los sacrificaban a garrote para no dañar las pieles.

Fue un proceso de extinción semejante al que acabó con la mayoría de los bisontes americanos y los grandes herbívoros africanos, con la dolorosa diferencia que los grandes muebles de sala desaparecieron totalmente. Los cazadores furtivos, la soledad, la tristeza de los criaderos asolados y algunas plagas como el comején y la polilla acabaron con los poquísimos ejemplares que habían sobrevivido, en parajes aislados, a la inmisericorde persecución llevada a cabo por los europeos.

De esta manera los fabricantes se adueñaron del mercado, inundándolo con las vulgares imitaciones en varios estilos, que nada tienen que ver con la ternura y la gracia de los originales. Las exorbitantes ganancias les alcanzaron hasta para pagar avisos de prensa en los que se decía que la masacre de los grandes muebles de sala era una invención de naturalistas celosos de la industria, de científicos exagerados y de ecólogos románticos enemigos del progreso; y que esa maravilla de la fauna, junto con el pájaro Dodó y el lobo de Tasmania, las otras joyas perdidas de la naturaleza, eran invenciones de viajeros alucinados.

 

 
| Las almohadas

 

 

Durante mucho tiempo se creyó que las almohadas eran el simple producto de una leyenda propalada por los pastores de la alta montaña.

Ellos afirmaban que no era sino sentarse a la sombra de un sietecueros de flores moradas y tocar la quena con amor para que empezaran a aparecer. Se entremezclaban con las mansas ovejas y con ellas pastoreaban la loma comiendo grama tierna y amarillas flores de retama.

Nadie nunca había cogido una viva para demostrar la verdad, pues las almohadas que viven en libertad son extraordinariamente tímidas. La silenciosa montaña hace que el más leve ruido sea inmediatamente detectado: dejan de comer, levantan medio cuerpo y miran atentamente en todas direcciones. A la menor señal de peligro se escabullen veloces buscando los tupidos matorrales del páramo.

El primero que amansó una almohada fue Desiderito Palma, un pastor de Miraflores. Fue por la época en que conoció a Adrianita Pérez, una muchacha delgadita, de ojos negros y pelo largo, que sembraba rosas y claveles en un cuadrito de tierra al lado de un robledal.

Desiderito la conoció un domingo en el mercado cuando ella bajó al pueblo a vender flores y él a vender lana. Ese día por la tarde ya estaba enamorado y desde entonces se pasaba las horas en la montaña cuidando sus ovejas y tocando la quena, inventándose melodías de amor para la bella que le había robado el corazón.

Estando debajo del sietecueros de flores moradas le pasó lo que les pasaba a los pastores enamorados: las almohadas silvestres salieron tímidamente a triscar revueltas con las ovejas. Cuando al domingo siguiente lo contó en el pueblo, se rieron de él diciéndole que lo que pasaba era que estaba tan enamorado que veía visiones. Adrianita se ruborizó, pero dijo que sí le creía, pues ya empezaba a descubrir que ese amor era verdadero y que Desiderito no mentía.

El volvió a la montaña con su rebaño y se dio cuenta de que entre más grande era el amor que sentía, más linda salía la música de su quena, menos flores amarillas de retama comían las almohadas y más se acercaban a escucharlo.

Con el transcurrir de los días hubo una que se aproximó despacito, con el mullido cuerpo levantado y apoyada únicamente en sus cuatro puntas blancas, llegando paso a paso, como pensando cada movimiento, dejando por un instante la pata en el aire, indecisa, pero por fin arriesgándose.

Durante horas y horas escuchaba la música sin dejarse tocar, hasta que llegó el día en que se acercó ronroneando y se acomodó detrás de su cabeza invitándolo a recostarse en ella. Fue un agradable descubrimiento reposar en una almohada mullida que endulzaba el corazón cuando el pastor pensaba en Adrianita.

Desiderito sabía que la almohada lo escuchaba cuando le contaba los progresos de su amor. Una mañana llegó especialmente feliz a decirle que por fin se iban a casar y por lo tanto ella era libre de volver al páramo con las demás almohadas. Por primera vez en tanto tiempo el mullido animalito de monte habló para decirle que si la libertad era escoger, su decisión estaba tomada: se iba con él, como su primer regalo de bodas.

Esa misma tarde la gente se convenció de que el cuento del pastor no era la invención mágica de un enamorado: la almohada silvestre llegó caminando como otra de sus ovejas, dispuesta a compartir también el amor.

Sobra decir lo felices que fueron los recién casados compartiendo lo poco que tenían, pero que por ser grande el querer, parecía mucho. Dulces sueños después del amor soñaron, abrazados sobre la tierna almohada que desde entonces, alimentándose de ternura, no volvió a necesitar las amarillas flores de retama.

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