| H u g o  N i ñ o
 

 

Nació en Bogotá en 1947. Literato y lingüista. Fue maestro de escuela indígena en el Amazonas. Desde entonces ha retornado constantemente a las comunidades indígenas, a través de cuya convivencia ha llegado a captar la esencia de la narración mitológica. Actualmente es profesor universitario de literatura latinoamericana. En su actividad como investigador de asuntos culturales ha desarrollado notablemente el campo de los estudios etnoliterarios centrando su preocupación en la literatura aborigen. Su territorio de investigación de campo ha sido el Amazonas. En esta dirección ha producido trabajos de la trascendencia de |Literatura de Colombia aborigen, 1978, que surge como el primer libro orgánico de su tipo en América Latina. Dentro de su trabajo como creador, siempre vinculado a los grandes temas mitológicos aborígenes, se destacan |Primitivos relatos contados otra vez, Premio Casa de las Américas en 1976, |Rodapalabra, 1993, |Mitos del sol, 1994, y |La historia de Gitoma, su último libro. El crítico Carlos Rincón opina que con |Primitivos relatos contados otra vez la historia de la literatura colombiana se abre en dos por tratarse de un tipo de texto completamente inesperado que establece un nuevo modo de narrar donde la historia que se cuenta reflexiona sobre sí misma. Por otro lado, |Rodapalabra ha sido seleccionada como obra relevante dentro de la literatura infantil y juvenil en lengua española, reseñada en el |Vademécum publicado por Fundalectura.

El relato escogido para la presente Antologia de los mejores relatos infantiles fue seleccionado del libro |Mitos del Sol, con grabados de Dioscórides Pérez, publicado por el Banco de Colombia en 1993.

 

| Cuiba   |

De cómo Paloma roba el fuego a Namon para entregárselo a los hombres y de cómo Xomé-To Sol se aparta para dar paso a la noche. De cómo Serpiente Azul se transforma en arco iris.

A veces sólo frutas, miel. Comiendo lo que se encontrara, como se encontrara, sin poder conservarlo más allá, sin poder transformar los alimentos para apetecerlos, para placerse en ellos. Los niños padeciendo en los montes y los llanos. A veces sólo carne secada al viento. Siempre con el temor de alejarse y no encontrar alimento de probar con gusto. Así transcurría la vida de los hombres antes de esto que se cuenta aquí: antes del fuego.

Entonces no había lumbre para iluminar el interior de las malocas. La vida era incompleta para los hombres, y sin la dicha de recorrer las llanuras a su antojo. El corazón cuiba estaba hecho pesar por la falta del fuego.

Sólo Namon lo poseía. Sólo él guardaba en su casa los árboles del fuego: Palma de cucurito, candelei, onoto, laurel: los árboles creados por el mismo Namon para hacer fuego de su madera. Mientras los hombres padecían por su falta, él se saciaba comiendo las delicias preparadas gracias a su poder de transformar.

Apiadado con las penas de los hombres, Pájaro Carpintero acometió la osadía de penetrar en la casa de Namon. Ingresó allí, aprovechando que Namon comía: Carpintero hurtó una rama de laurel y emprendió el vuelo con ella en el pico, dirigiéndose en busca de los hombres. Pero el oído de Namon era rápido y el vuelo de Carpintero, lento, de manera que el poderoso no tardó en darle alcance. Carpintero fracasó en su intento de robar el fuego.

He aquí que Paloma decidió entonces obtener lo que Carpintero había perdido. Tras este propósito se presentó ante Namon, solicitándole una rama de cucurito. "No puedo dártela", le respondió él. "Aunque sea una astilla", le replicó Paloma. Namon le advirtió que no permitiría que el fuego fuera entregado a los hombres. Paloma continuó con su plan: "¿Aunque sea un palito de este candelei?", y Namon le respondía impaciente que no. "¿Y una punta de onoto? ¿Sólo una punta?". La impaciencia de Namon ya estaba sin freno, y se movía de un lado a otro volviendo a colocar en su sitio cada rama, cada palo que Paloma levantaba.

Fue cuando Namon, por fin, se descuidó. Y fue cuando Paloma se alzó con una rama de candelei y emprendió la huida. Namon se dio vuelta afanado, sólo para darse cuenta de que Paloma ya iba lejos. El vuelo de Paloma es veloz, a diferencia del de Carpintero, por lo que Namon fue pronto tras ella: vio cuando Paloma se refugió en un árbol hacha. En el interior de su mismo tronco se refugió. Namon llegó hasta allí, golpeó con fuerza el tronco del árbol hacha, pero no notó rastro de Paloma. Ni un ruido. Ni un aletazo. Nada. Entonces introdujo una tea encendida en el interior del tronco. Pero el tronco del árbol era completamente hueco, desde la copa hasta la base, y Paloma había descendido por él hasta la raíz misma. Largo rato insistió Namon en su búsqueda. Finalmente se cansó y se alejó furioso.

Viendo que la sombra de su perseguidor ya no se proyectaba hacia el interior del tronco, ni se oían sus pasos ni sus voces, Paloma ascendió por el túnel del árbol hacha y buscó la salida: Namon se había ido. Entonces voló agitada hacia la sabana en busca de los hombres. Llegó hasta donde ellos y he aquí que al tocar tierra portando el candelei se transformó en hombre. Felices, los hombres frotaron unos con otros los palos y en seguida obtuvieron fuego. Se calentaron con su calor, se deslumbraron con su lumbre. Rápidamente multiplicaron el fuego y lo transportaron por todo el llano. Ahora, poseedores del fuego, su vida era otra.

Alegres festejos se dieron para celebrar la posesión del fuego por parte de los hombres. La vida era entonces un solo día pleno, continuo. Día afuera, en el llano, gracias a la presencia de Xomé-To Sol que siempre estaba ahí. Ahora también día adentro, gracias al fuego. En aquellos festejos se preparó y se comió cuanto alimento se puede componer con fuego. Comieron con ahínco, con exceso. Algunos perdieron el juicio de tanta hartura. Fue cuando una mujer amenazó con lanzar una piedra al cielo para quitar a Xomé-To de ahí. "No lo hagas", le advirtió su marido. "No lo hagas, pues he sabido en un sueño que al otro lado habitan las langostas". Pero la mujer no hizo caso de la advertencia de su marido. No le importó el sueño de su marido, ni siquiera porque era un gran shamán. No hizo caso de nada y lanzó la piedra con fuerza hacia lo alto. La piedra voló y chocó contra la bóveda celeste.

He aquí que la bóveda se rompió haciéndose un boquete en ella. Y en seguida, ¡Ah!, por el boquete se derramó, descendió la noche, una oscuridad desconocida se regó sobre la llanura. Y detrás de la noche descendieron las langostas furiosas que atacaron a los festejantes comiéndoles los ojos. Fueron devorados los ojos de todos: todos, menos el shamán que había sido advertido, y que advirtió. Sólo él fue testigo de lo que pasó: del enojo de Xomé-To Sol, de la furia de las langostas, de la noche. Fue testigo del dolor y de la desolación que siguió a la mala idea de la mujer de golpear el cielo, a la catástrofe.

También sólo a él le fue dado presenciar cuando llegaron las golondrinas cargadas de tierra. Le fue dado ser testigo de su laboriosidad, del empeño con que se dieron a reparar el cielo. Mucho trabajaron las golondrinas, hasta repararlo por completo: una vez puesta la última gota de barro, en ese mismo instante reapareció Xomé-To. Apareció arriba y desaparecieron las golondrinas a lo lejos. Pero en adelante el día ya no sería continuo como antes. En adelante Xomé-To habría de aparecer y marcharse luego para ser reemplazado por la noche y para que en la memoria de los hombres se mantuviera el recuerdo de aquella malograda ocasión en que una mujer tuvo la mala idea de golpearlo consiguiendo, en cambio, quebrar el cielo.

Las golondrinas se marcharon y poco después comenzó a llover. Los hombres vieron con angustia que el cielo comenzaba a gotear, amenazando desplomarse sobre la llanura. La reparación del cielo aún estaba fresca y la catástrofe también. El cielo comenzó a agrietarse allí mismo donde había sido reparado. Angustiosos clamores se extendieron junto con la lluvia por toda la sabana.

Los lamentos llegaron hasta la cueva de la Serpiente Azul y la sacaron de su sueño. Enterada de la desgracia que se cernía sobre los hombres, Serpiente Azul salió de su cueva. En seguida se irguió hasta tocar el cielo. Era de maravillarse ver su hermoso tronco azul encorvándose pegado al cielo. Se extendió contra él sujetándolo de parte a parte, cubriendo con su cuerpo el boquete de la reparación para evitar que siguiera goteando por allí. Luego comenzó a empujar la bóveda para alejarla de la tierra y alejar también el peligro.

La lluvia cesó tras los esfuerzos de Serpiente Azul. Maravillado por su valentía, Xomé-To derramó sobre ella sus más brillantes rayos. Y esto fue lo que vieron los asombrados ojos de los hombres cuando pasó el temporal: el tronco de la serpiente convertido en un arco deslumbrante de todos los colores: el abrazo de Xomé-To Sol, reconociendo la hazaña de Serpiente Azul.

Fue así al comienzo y es así mismo ahora. Pero la anciana serpiente a veces se agota y entonces puede verse el arco iris como recogiéndose del cansancio.

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