| S i m ó n  L a t i n o
 

 

Seudónimo de Carlos H. Pareja. Nació en Sincé, Bolívar, en 1899. Escritor, poeta, abogado, profesor universitario. Entre sus obras principales tenemos: |Curso de derecho administrativo teórico y práctico, adoptado como texto en varias facultades del país; |Código Administrativo; |recopilación de jurisprudencia de los tribunales del ramo; |Código del Trabajo. Escribió una biografía de Simón Bolívar titulada |Vida de Bolívar para niños, publicada por Editorial Cromos en 1930. En la nota editorial que introduce la obra dicen los editores: "Pocas obras han alcanzado en Colombia el éxito editorial y literario de la |Vida de Bolívar para los niños. Aparecida su primera edición en julio pasado, dos meses después se inicia esta segunda, que la Editorial Cromos, sin ahorrar gastos, ha querido presentar del mejor modo posible, a efecto de hacerla muy agradable a los pequeños lectores. Tal éxito se explica por el mérito de la obra en sí misma y por la oportunidad de su aparición. Siendo 1930 el año del Libertador, ningún homenaje podía ser más digno de su memoria que el de difundir su maravillosa existencia entre las nuevas generaciones ha-ciéndosela amar y gustar como un libro de cuentos". Es la primera biografía sobre el Libertador escrita para los niños en el país.

Por tratarse de un libro tan curioso para los tempranos años 30, y de valor para la historia literaria infantil, hemos seleccionado el primer capítulo que cuenta la infancia del Libertador.

 

| Vida de Bolívar para los niños

 

 


CAPITULO PRIMERO
|Infancia y juventud de Bolívar

 

 

Eran las ocho de la mañana del día 24 de julio de 1783 en la ilustre ciudad de Caracas, capital de Venezuela.

En aquella mañana feliz, en una casa amplia y hermosa de la plazuela del Convento de los frailes dominicanos, el Convento de San Jacinto, se notaba extraordinaria animación; ¿qué había sucedido? Que la dueña de la casa, doña María de la Concepción Palacios, había recibido del cielo como regalo de Dios, un cuarto hijo, pues hasta entonces ella y su marido, don Juan Vicente Bolívar, sólo tenían tres.

La joven madre, de 23 años apenas, sumamente pálida, sonreía dichosa en el amplio lecho maternal, cubierto de finos cortinajes de raso que casi llegaban hasta el suelo y defendían al tierno niño de los ataques del demonio.

El niño lloraba en ese instante en el seno amoroso de su madre; lloraba como un desconsolado el pobrecito, porque hacía frío y no le habían dado de comer; después de un viaje tan largo como el que había hecho, desde el cielo volando en alas de los ángeles hasta caer en los brazos cariñosos de doña Concepción, el nene sentía fatiga, pero su madre estaba muy débil por el esfuerzo realizado y no podía darle de comer.

Ya sabéis, pues, qué fue lo primero que aquel niño hizo al nacer: lo que han hecho todos los niños desde que el mundo existe, lo que hicisteis vosotros también: llorar inconsolablemente y sin saber por qué. Aquel niño lloraba agitando con fuerza los piececitos morados y dando a su mamá unos buenos golpes en las mejillas con las manecitas inquietas.

En la sala principal de la casa y en los corredores, el padre del niño, su primo que era sacerdote y los familiares, comentaban alegremente el grato acontecimiento; estaban felices: Dios les había enviado aquel niño que completaba precisamente dos pares en la casa; los que habían nacido primero eran María Antonia y Juan; luego vino un varón llamado como su padre, Juan Vicente, pero faltaba este buen compañero que Dios enviaba ahora a sus hermanitos para que tuvieran con quién jugar.

En el momento en que el suceso se verificaba, María Antonia, Juana y Juan Vicente estaban haciendo diabluras en el Patio de los Granados, allá al fondo de la casa; los niños no habían caído en la cuenta del suceso, hasta que Hipólita, una buena esclava negra que iba a ser el aya del recién nacido, fue a participarles la cosa para que se apresuraran a conocer al nuevo hermanito; los niños suspendieron sus juegos y corrieron hacia la alcoba de la mamá, a donde entraron de puntillas, para sorprender al nene. Cuando le vio, lleno de frío, con carita de angustia y llorando sin cesar, María Antonia dijo:

– Este niño va a ser loco, porque llora sin razón.

Juana, en cambio, era muy seria, y contemplaba curiosa aquel asunto, porque no podía comprender cómo pudo venir desde el alto cielo un niño tan primoroso sin romperse ni siquiera una pierna; por eso ahora, viendo a su nuevo hermanito, callaba esperando que su mamá estuviera bien para que le explicara la cuestión.

Juan Vicente, por su parte, como era el más chiquito de todos, pues no tenía sino dos años, luchaba inútilmente por subirse a la cama; María Antonia le alzó y así pudo fácilmente conocer a su futuro compañero de travesuras.

Todo era contento en aquella casa y pasados los momentos de mayor animación, la madre del niño sintió sueño; los niños entonces se fueron de nuevo al patio de los Granados, a continuar tirando, la pelota, porque ellos sabían que cuando mamá duerme no hay que hacer ruido, hay que dejarla dormir...

Todas las mañanas iban los niños a ver cómo había amanecido el hermanito, que aún no sabían cómo habría de llamarse; por fin, al sexto día del nacimiento resolvieron sus padres bautizarlo. Fue el 30 de julio. Su padre quería que se le llamase Santiago, en honor del Apóstol Santiago, patrono de España; pero su padrino, el cura, que era un tremendo, en el momento de escribir la boleta en el bautisterio, dispuso que se le llamase Simón, porque decía que el niño había tenido muchos abuelos de ese nombre y como todos habían sido hombres ilustres, había que llamarlo así para que él también fuese un grande hombre.

Se le llamó, pues, Simón y se le agregaron otros nombres, los de los Santos de devoción de toda la familia; el pobre niño, tan flaco y tan débil, llevaba encima todos estos apelativos: Simón, José, Antonio, de la Santísima Trinidad.

A los tres años de nacido Simón, murió su padre; entonces era un niño delgado y pálido, de pelo castaño oscuro y ensortijado. Su vida, como la de sus hermanitos, era la que todos los niños viven en los dulces años de la infancia: comer, jugar y dormir.

En Caracas se comía muy temprano, pero se levantaban los niños más temprano todavía; desde las siete de la mañana, María Antonia, Juana, Juan Vicente y Simoncito, que apenas podía correr, iban por esos patios haciendo toda clase de daños y poniendo furiosa a su mamá. Las niñas saltaban la cuerda; en tanto que Juan Vicente y Simoncito montaban a caballo... en los bastones de su tío, pues estaban muy pequeños para darles caballos de verdad; los acompañaba la esclava negra, que era el aya de Simón, la buena Hipólita, que los quería como una madre y les enseñó a jugar el escondite, la candelita y la gallina ciega.

Otras diversiones, sin embargo, les gustaban más; a las niñas era el vestir y desvestir a sus muñecas; a Juan hacer barquitos de papel que echaba a bogar en la taza de agua del Patio de los Granados; y a Simoncito, jugar con la caja de soldados de plomo que le había regalado su tío Esteban, el hermano de su madre. El niño se apartaba a un rincón del patio, enfilaba los soldados y los mandaba marchar. Pero como no marchaban porque eran de plomo, se enfurecía y llamaba a Hipólita. La pobre negra tampoco podía hacerlos andar. Simón entonces los rompía para ver qué tenían dentro, saber si estaban enfermos y darles aquellas medicinas tan amargas que a él le daba su mamá.

Al anochecer, temblando de miedo, los niños se acurrucaban al lado de Hipólita para que les refiriera cuentos. La esclava les contaba las terribles historias de la Sayona y del Tirano que se engullía a los niños desobedientes; o la de la Mula Manía, que era la que más les asustaba. Los niños se atemorizaban de eso y juraban que en adelante obedecerían ciegamente a su mamacita querida, mientras Hipólita reía por lo bajo, mostrando sus blancos dientes de negra buena.

El sueño los vencía entonces y uno a uno los llevaba la esclava a sus camitas, en donde, arrodillados y formales, rezaban el bendito y recibían la cariñosa bendición de la mamá.

Hipólita los quería a todos, pero a ninguno tanto como a aquel loquito de Simón, que era el más travieso. La negra lo consentía mucho y cuando su mamá lo reprendía por alguna travesura, el niño corría a esconderse detrás de las amplias polleras de la negra.

Cuando fueron ya más crecidos, Juan y Simón, con el permiso de su madre, salían por las tardes a la esquina de la plaza en donde formaban conciliábulo con otros chicos de la vecindad tan traviesos como ellos. Entonces remontaban cometas y gritaban, hasta que Hipólita iba a buscarlos porque estaba servida la mesa y "mamá no podía esperar".

No vayáis a suponer que Simón, cuyo destino más tarde iba a ser tan glorioso, puesto que llegó a ser el Libertador de la América, el Padre de nuestra Patria, el hombre más grande del mundo, fuese en aquellos sus primeros años un niño formal y estudioso; nada de eso: era tremendo y peleaba con sus hermanitos por cualquier cosa; especialmente con María Antonia, que era su hermana mayor, y mandona como todas las hermanas mayores; Simón no permitía que ella le castigase, porque decía que eso debía hacerlo su mamá, pero tampoco dejaba que su mamá le reprendiese, porque alegaba que era su papá quien podía hacerlo, y su papá estaba muerto. Era terrible aquel Simón.

Sus travesuras llegaron a ser tan insoportables que doña Concepción resolvió salir de él y dárselo a un tutor que lo educara. La persona escogida para tan difícil cargo fue un viejecito respetable, abogado, llamado don Miguel, de quien el niño se burlaba a las mil maravillas. Cuando el tutor salía de la casa, Simón quedaba en ella haciendo diabluras, que Hipólita y la mujer del tutor ocultaban a éste cuidadosamente.

A veces el niño era obediente y respetuoso, pero si le negaban algo se encolerizaba. Su genio levantisco y alocado se calmaba, no obstante, al ver a Hipólita que le distraía echándolo sobre sus espaldas, como un jinete, a lo que Simón llamaba "jugar al caballito".

Cuando el tutor volvía del trabajo, si Simón se había portado bien, lo llevaba de paseo por los alrededores de Caracas. El viejo montaba un caballo manso y lerdo. El niño, que apenas tenía seis años, un burrito negro, tan inquieto como el jinete.

Una tarde tutor y pupilo salieron de paseo; Simón iba de lo más distraído en su burro, viendo cómo en un predio cercano unos chicos del pueblo intentaban alcanzar un nido, cuando tropezó el asno con una piedra del camino y arrojó al suelo a Simón que se raspó la rodilla y la nariz. El niño se puso colérico y el tutor le reprendió diciéndole:

– No se enfurezca, Simón, que la culpa es de usted, porque no sabe montar a caballo.

A lo que respondió el niño rabioso:

– ¿Y cómo quiere que sepa montar a caballo, si lo que me da es un burro que no sirve ni para cargar leña?

En la casa se reunían de vez en cuando muchos señores respetables, amigos del tutor de Simón. A éste le gustaba intervenir en las conversaciones; hasta que un día, en el almuerzo, mientras los señores trataban de un asunto muy serio, Simón pretendió meter su cucharada, y el tutor le ordenó que cerrara la boca y callara, porque aquello no era para él. Simón entonces dejó de comer.

El tutor le dijo:

– ¿Por qué no sigue comiendo usted?

– ¿Cómo quiere que siga comiendo –replicó el niño– si me manda que cierre la boca? ¡Yo no puedo comer con la boca cerrada!

El tutor se puso furioso y viendo que le era imposible dominar a aquel diablito, resolvió devolvérselo a la madre. Tenía Simón siete años. Doña Concepción con sus niños e Hipólita decidió vivir desde entonces en una hacienda de su propiedad, llamada "San Mateo", que era la preferida.

El niño aprendió a amar la vida del campo, los animales y los deportes. Su mamá le había regalado un caballito blanco, que era el mejor amigo de su corazón. Acompañado de Hipólita, que montaba siempre en una yegua coja, Simón corría por los campos vecinos y llegaba a veces hasta los ranchos lejanos de los esclavos; éstos adoraban al amito, complaciéndole en todo, porque cuando aquellos negros tenían discusiones con el mayordomo de la hacienda, Simón se ponía del lado de ellos y los defendía.

Otras veces Hipólita llevaba al niño al río para que aprendiese a nadar, lo que logró hacer desde entonces con bastante desenvoltura.

Pero el tiempo pasaba, el niño crecía y era necesario que aprendiese siquiera a leer. Había entonces en Caracas un señor llamado don Simón Rodríguez, que daba clases a domicilio, y a quien doña Concepción eligió para primer maestro de sus niños. Ese señor usaba unos zapatos grandotes y vestía extravagantemente, pues decía que las gentes de Caracas no le importaban un comino y que allí se podía vivir de cualquier modo. Era un maestro muy raro, pero amaba a Simoncito y el niño también le quería. Con él aprendió los primeros conocimientos, y un joven muy sabio llamado Andrés Bello le dio más tarde lecciones de geografía y cosmografía.

Al cumplir nueve años, quedó huérfano de madre. Pasó entonces Simón a vivir con sus tíos hasta los dieciséis. Entonces era ya un joven distinguido, de maneras exquisitas, que había ingresado al ejército del Rey, con el título de alférez. Simón era muy ingenioso en la conversación y se distinguía particularmente en el trato con las señoritas de su edad. No hay que decir que era extremadamente enamorado y siendo como era de presencia gallarda, hijo de un marqués y sumamente inteligente, tuvo bastantes admiradoras...

Su carácter era orgulloso con sus semejantes, pero con los pobres era muy humilde y por eso le querían todos bastante.

Sus tíos resolvieron enviarlo a España para que siguiese alguna carrera, bien la de las armas o la de las leyes, pues para ambas mostraba una vocación muy decidida.

Resuelto el viaje, se embarcó en la Guaira, principal puerto de Venezuela sobre el océano Atlántico, en enero de 1799. El buque atracó en la ciudad de Veracruz, que era el mejor puerto de Méjico; como el barco demoraba allí algunos días cargando el oro que los españoles mandaban a España, Simón resolvió ir a conocer la capital de México, que se llama Méjico también.

El Virrey Español que gobernaba aquel país, al saber la llegada de un joven tan distinguido, quiso conocerle y le invitó una tarde a su palacio a tomar chocolate.

Gustaba el Virrey de la conversación del joven Bolívar, que era muy despejado y contestaba con mucho ingenio a las preguntas que se le hacían. Esa tarde el Virrey, orgulloso de la autoridad real que ejercía, habló del Rey y de lo muy amado que era en América, provocando a Simón para que dijese alguna cosa. Simón levantándose de la silla que ocupaba, de mal humor, dijo:

– Señor Virrey, América no ama al Rey; sino que por el contrario, quiere ser independiente.

Aquella imprudencia enojó al Virrey, quien reprendió a Simón por ella, y ordenó que inmediatamente continuara su viaje.

Al volver de nuevo a Veracruz para tomar el barco, Simón escribió a su tío Pedro una carta dándole cuenta del viaje; la carta está llena de faltas de ortografía y voy a copiárosla para que vosotros corrijáis esos errores y no os desalentéis si también los cometéis, porque quien entonces escribía tan mal, fue después el Libertador de un mundo y el primer escritor de la América. La carta decía:

"Estimado tío mío: mi llegada a este puerto ha sido felismente, gracias a Dios: pero nos hemos detenido aquí el motibo de haber estado bloqueado la Abana y ser presiso el pasar por allí; de sinco Nabios y onse Fragatas Inglesas. Después de haber gastado catorse dias en la nabegasion entramos en dicho puerto el dia dos de febrero con toda felicidad. Hoi me han sucedido tres cosas que me an complasido mucho: la primera es el haber sabido que salia un barco para Maracaibo y que por este conducto podia escribir a usted mi situasion y partisiparle mi biage que ise á Mexico en la inteligencia que usted con el Obispo lo habian tratado, pues me allé aquí, una carta para su sobrino el oidor de allí recomendandome á él, siempre que hubiese alguna detención, lo cual lo acredita esa que le entregara usted al obispo que le manda su sobrino el oidor, que fue donde bibí los ocho dias que estube en dicha ciudad. D. Pedro Miguel de Echeberria costeo el viage que fueron cuatrocientos pesos poco mas ó menos de lo cual determinara usted si se los paga aquí ó allá á D. Juan Esteban de Hechesuria que es compañero de este Sr. á quien bine recomendado por Hechesuria y siendo el conducto el Obispo. Hoi a las onse de la mañana llegue de Mexico y nos vamos á la tarde para España y pienso que tocaremos en la Abana porque ya se quitó el bloqueo que estaba en ese puerto y por esta razon asido el tiempo muy corto para ha serme mas largo. Usted no estrañe la mala letra pues ya lo hago medianamente pues estoi fatigado del mobimiento del coche en que hacabo de llegar y por ser mui á la ligera pues ya me voi á embarcar la he puesto muy mala y me ocurren todas las especies de un golpe. Espresiones a mis ermanos y en particular a Juan Visente que ya lo estoi esperando, á mi amigo D. Manuel de Matos y en fin a todos a quien yo estimo.

Su mas atento serbidor y su yjo.

Simón Bolívar

Yo me desembarqué en la casa de D. Jose Donato de Austrea el mario de la Basterra quien me mando recado en cuanto llegue aqui me fuese a su casa y con mucha instancia y me daba por razon que no havia fonda en este puerto".

 

Antes de salir de Méjico visitó Simón las ciudades de Puebla y Jalapa. Luego conoció La Habana, capital de la república de Cuba, entonces colonia española, y llegó a Madrid poco después.

Al llegar a Madrid, su tío Esteban, a quien el joven iba encomendado, dispuso que Simón comenzase estudios de derecho, sin dejar de pertenecer todavía al ejército del Rey. A poco pudo darse cuenta el tío de que su sobrino era muy desaplicado y le gustaba más jugar que estudiar.

Habiendo conocido Simón a la Reina en algún sitio, se hizo bien pronto amigo de su hijo, el príncipe heredero, joven casi de su misma edad, llamado Fernando, cuyo carácter afectado y despótico le granjeaba muchas antipatías en la Corte. Una tarde en Aranjuez, lugar de recreo de la familia real, Fernando y Simón jugaban a la pelota delante de la Reina que sentía mucho afecto por el joven americano. Al concluir el segundo partido, tocaba a Simón lanzar la bola, pero lo hizo con tanta fuerza, que no pudiendo el príncipe evadirla, le dio un golpe en la frente, causándole un chichón. Fernando, disgustado, se negó a seguir jugando, pero intervino la Reina y los reconcilió.

Otra vez, mientras paseaba a caballo una tarde por la Puerta de Toledo, en la misma ciudad de Madrid, la policía quiso registrarlo con el pretexto de saber si llevaba diamantes, joyas que entonces era prohibido usar en abundancia. Pero Bolívar sacó la espada que llevaba en el cinto, y revelándose ya como el combatiente que habría de ser después, dijo a los guardias que antes de dejarse requisar, mataría al primero que le tocase. Ninguno le tocó y el joven pudo continuar su paseo.

Por todos estos sucesos tuvo que salir de Madrid para Bilbao, pero antes visitó París, la capital de Francia, en donde un revolucionario llamado Napoleón Bonaparte acababa de triunfar sobre el despotismo, proclamando la República. "El triunfo de la libertad, las nuevas y filosóficas instituciones, las maravillas del arte, los prodigios del genio que diariamente se le presentaban, cautivaron su mente. Pero Bonaparte fue el principal objeto de su admiración; el jefe de la República era entonces universalmente admirado".

Antes de partir para París había conocido Bolívar en Madrid a una joven distinguida y honesta, de extraordinaria hermosura, que despertó en su corazón los primeros impulsos del amor, sentimiento que fue correspondido. Era doña Teresita Toro y Alaiza. Al regreso quiso Bolívar contraer matrimonio y aunque por su corta edad los familiares de ambos no eran amigos de ese enlace todavía, logró al fin vencer su pasión, y la boda se verificó el 25 de mayo de 1802.

Los recién casados se vinieron en seguida para Venezuela y se establecieron en la hacienda de San Mateo, que tan dulces recuerdos tenía para Bolívar. Apasionado por la vida del campo, pensó dedicarse a la agricultura, pero el destino, que presidía su agitada existencia, le reservaba fines más altos; a los ocho meses de casados, el 22 de enero de 1803, murió Teresa, y Bolívar, que la había amado sincera y noblemente, juró no volver a casarse jamás.

Aquel dolor, lejos de acobardarle, exaltó su temperamento nervioso y, por una reacción propia de su carácter, sintió desprecio hacia la vida común, desdén por la fortuna, ansias de hacer cosas grandes y nobles. El dolor le hizo rebelde: ¡desde entonces fue revolucionario.

Comentarios () | Comente | Comparta c