Solo para niños
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Reflexiones para maestros

Educar en la lectura no significa sentirnos como niños, nuestro contacto con los más pequeños no provoca en nosotros una puerilización, no perdemos ni un centímetro del altura, ni se nos encoge la barba, ni se nos rebaja el pecho. No leemos estos libros “para ser como niños”, sino porque al hacerlo encontramos un placer maduro que queremos compartir con ellos. Y si no lo conseguimos, francamente, es mejor que desistamos.

Pero, por favor, que por culpa nuestra no se acentúe más la línea divisoria que nos separa de ciertos ciudadanos de hoy en día, los niños, a quienes resulta difícil de calificar de discapacitados. Quizá toda la cuestión se limite a afirmar que un buen pedagogo no es más que un buen comunicólogo. Y que, por consiguiente, echa mano de los medios de comunicación que tiene a su alcance para divulgar la cultura, tarea que le ha encargado la sociedad.

Otros prejuicios de los que deberíamos desprendernos son los que nos llevan a disociar una estética visual adulta de una estética infantil, un lenguaje de otro, un mundo de otro… Estos prejuicios, en el fondo, nacen de la convicción que “solo existe una manera de hacer bien las cosas”. Hay que ir con cuidado, porque este reduccionismo es la base del fundamentalismo y en una época en la que se entrecruzan tantos fanatismos como resulta ser la nuestra, no convendría contribuir a la génesis de un fundamentalismo cultural. En otras palabras: con frecuencia, en el ámbito de la enseñanza, la preocupación por educar bien nos lleva a considerar factible una única manera de actuar. Lejos de esta actitud, si la educación es una tarea cultural, deberíamos desestimar –con más razón en el campo de las lecturas infantiles- la locución “tiene que ser” a favor de la locución “puede ser” Es decir, los libros infantiles no deben contemplarse desde el limitado prisma del “tiene que ser”, entendiendo esta locución como la coincidencia de una serie de rasos genéricos –este tema sí, este tema no; esta letra sí, esta letra no; este trazo de dibujo sí, este color no, etc, sino desde el amplio prisma del “puede ser”. Es decir, ¿es posible?, ¿caben otras posibilidades? ¿Amplía el conocimiento?, ¿por qué sí?, ¿o por qué no? Tal vez porque, como formadores, nuestra tarea en el ámbito educativo consiste justamente en ver y trabajar las múltiples posibilidades de cada niño y de cada contexto, en lugar de reducir niños y contextos a un común denominador normativo. Así mismo, los profesionales que se encuentran detrás de las lecturas, los autores, también recurren a ese punto de partida: quiero expresar tal cosa, ¿qué posibilidades tengo?, ¿cómo debo hacerlo?, ¿por qué medio?, ¿con qué técnica?

Los profesionales que se dedican a hacer libros, o videos, o que cuentan cuentos, no son niños, sino adultos ya maduros y conscientes de su trabajo. Como tales, nos corresponde exigirles profesionalidad. En el caso de los libros infantiles, muchos profesionales participan en el proceso de elaboración: el editor que selecciona unos títulos en lugar de otros, que coordina un equipo en el que participan el escritor, el ilustrador, el grabador, el impresor, la fotocomposición, el corrector de textos, el traductor, el maquetista, el encuadernador… De la profesionalidad del escritor se espera el dominio del lenguaje, la creatividad narrativa, el ritmo, la sensibilidad y el tacto emotivo… De la profesionalidad del ilustrador se espera una buena mise en scene, o espectáculo, el aspecto externo de los personajes, la escenografía, la iluminación, la forma visual y plástica de la historia, el movimiento…

Del mismo modo, ellos esperan que nosotros demos señas de receptividad y de “profesionalidad –por decirlo así– lectora. No nos engañemos, se trata de un juego entre profesionales. Tanto a los primeros como a los segundos la profesionalidad nos ha llevado a estar en contacto con los niños. Deberíamos sentirnos responsables de la cultura que transmitimos… ¡Dónde iríamos a parar si únicamente transmitiéramos una cultura periclitada, de ayer o anteayer, para demostrar que cualquier tiempo pasado fue mejor! Si nos limitáramos a inculcar una cultura pragmática, práctica, competitiva, convencidos de que “esto sí que merece la pena que lo aprendan cuanto antes, y dejémonos de tantas historias sentimentales”. ¡Si nos fijáramos estrictamente en lo más moderno y tiráramos por la borda todo lo que nació ayer! ¡Si, por miedo, tuviéramos de repente el antojo de pintarlo todo de color rosa y solo habláramos de lo bonita y encantadora que es la primavera para así preservar a nuestras tiernas y diminutas criaturas de todos los males! ¡Qué imagen deplorable daríamos!

Cuidado, pues, con la variabilidad temática y estilística. Sin olvidar, no obstante, que la imprescindible variabilidad temática y estilística de las lecturas de nuestros niños no es sinónimo de permisividad y pasotismo –como es para niños, todo va bien–. Hemos de tener en cuenta el papel primordial del adulto que asesora, que aconseja, que escoge, que comparte la lectura con el niño y que lo hace como adulto, como persona que cede al niño la propia ventaja por la experiencia y es capaz y está preparada para separar el grano de la paja. Dicho así, la perspectiva parece muy atractiva, pero, ¿cómo separar el grano de la paja? ¿En qué perspectiva debemos situarnos para elaborar un criterio frente a unos libros que proporcionarán a nuestros niños el acceso a la cultura del próximo milenio? Una de las personalidades intelectuales más preclaras de nuestro siglo, Italo Calvino, recibió una invitación por parte de la Universidad de Harvard para dar un curso de seis conferencias centrales en el tema de los “valores literarios que era preciso conservar de cara al próximo milenio”. Por desgracia, Calvino murió antes de impartir estas conferencias, aunque cinco de ellas se conservan por escrito y se conoce el contenido de la sexta. La verdad es que Calvino trabajó exclusivamente sobre ejemplos de la “gran” literatura, la de clásicos como Ovidio, Bocaccio, Dante, Shakespeare, Cervantes, Goethe, a quienes aplica ejemplos de la narrativa contemporánea, como Kundera, Montale, Borges, etc. Aquí queremos hacer hincapié en los “valores cualitativos” de la literatura. Para Italo Calvino, las propuestas cualitativas que es necesario mantener son las que derivan de la:

1. Ligserez (lightness), oponiendo la claridad a la pesadez

2. Rapidez (quickness), como concisión de la concatenación de los hechos.

3. Exactitud (exactitude), como definición, nitidez, precisión en el léxico y en los hechos, emotivos o no.

4. Visibilidad (visibility), como capacidad de evocación de imágenes en nuestra mente.

5. Multiplicidad (multiplicity), representar el mundo como un sistema de sistemas sin atenuar su complejidad.

6. Consistencia (consistency). (Es la propuesta que no llegó a escribir)

Todas estas cualidades tan apreciadas y valoradas por Calvino pueden exigirse y encontrarse en los buenos libros infantiles, en los álbumes ilustrados que tan encarecidamente hemos aconsejado, en esos textos de poca extensión pero de tan alta intensidad. Podemos considerarlos buenos libros, buenos textos, buenos álbumes en la medida en que gozan de las virtudes preconizadas por Calvino. Piense lo que piense nuestra cúpula intelectual y universitaria, los niños tienen acceso desde la más tierna infancia a los valores literarios más elevados a través de sus libros, a condición de que, como adultos, prestemos atención a las cualidades de ligereza, rapidez, exactitud, visibilidad, multiplicidad y consistencia que nos transmiten sus lecturas.

Fuente:
Durán, Teresa, Leer antes de leer. Madrid, Anaya, 2002.

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