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Reflexiones para maestros

Lectores infantiles y juveniles

Los hijos de una época y unas circunstancias

El objetivo de conseguir futuros ciudadanos lectores no puede hacernos olvidar las específicas circunstancias socio-culturales en las que se están desarrollando las generaciones más jóvenes; generaciones formadas bajo el poderoso influjo de la tecnología audiovisual en un mundo plural, pero de pensamiento débil y donde la ambigüedad se va instalando lentamente en la cultura.  Esta poderosa tecnología se ha infiltrado en la vida de todos, influyendo en el modo de construir las propias percepciones y conformando la propia mirada sobre el mundo; su irrupción en la vida privada está suponiendo también una revolución en el modo de relacionarse y de conocerse los individuos.  La era electrónica en la que estamos inmersos también está condicionando la sensibilidad y los propios sentidos, como señala Sven Birkers; de esta forma estaría influyendo y modificando la relación de los jóvenes con la comunicación impresa.  Algunos especialistas ya han alertado sobre los serios peligros que para el pensamiento supone la colonización de la imagen.  Giovanni Sartorio o Pierre Bourdieu, por ejemplo, nos advierten de que la capacidad de abstracción se debilita cuando se accede al mundo primordialmente por la vía de la imagen.  Por lo demás, la sucesión tan vertiginosa de acontecimientos en todos los órdenes, la imagen de un mundo agitado y el rostro de una sociedad tan cambiante, no pueden ofrecer otra cosa que incertidumbre.  El exceso de información bloquea el conocimiento.  La celeridad propaga la superficialidad.

El papel que estos factores representan en la configuración del imaginario colectivo y en la propia conciencia individual es determinante.  La  desprotección de niños y jóvenes expuestos a tales influencias es explicable por la inestabilidad emocional propia de setas edades, por la falta de madurez y por el carácter inacabado de los procesos de socialización.

Tales circunstancias forzosamente condicionan los hábitos, al mismo tiempo que nos obligan a replantearnos algunas preguntas: ¿Cumple la lectura alguna función en la vida del niño o del adolescente de hoy?  ¿Qué función cumple?  ¿Es la que debería cumplir?

Reconozcamos que no puede ser la misma que cumplió en la vida de sus progenitores, en el caso de que estos fueran lectores asiduos.  Sin embargo, la necesidad de escuchar y de contarse historias y narraciones para ir construyendo el sentido de su experiencia y su identidad es tan vieja como la humanidad.  Humberto Maturana se ha encargado de mostrar el papel tan importante que juega el pensamiento narrativo en el proceso de autoorganización del ser humano a medida que va interaccionando con la realidad.  Entonces, sigamos preguntándonos: ¿Qué otras instancias contribuyen a la formación de ese pensamiento narrativo?  ¿Cuáles son las deseables?

Walter Benjamín decía hace más de medio siglo que se vivía en un mundo con abundancia de estímulos y pobreza de experiencias.  El tiempo que nos separa desde entonces no ha hecho otra cosa que corroborar su aserto y agudizar esa divergencia.  Pero además esta inagotable corriente de estímulos le impide su discriminación y sobre todo su jerarquización  resultando de todo ello que es la propia realidad la que es “leída de forma defectuosa.  Con razón se preocupa Jorge Larrosa cuando se pregunta cómo escuchar lo que nos dice la naturaleza, los hechos humanos, las personas o los libros con tanto “ruido” de fondo.

Y si hemos sostenido más arriba que la lectura va remodelando de forma continua la mente del lector, lo mismo podemos decir del consumo de mensajes audiovisuales.  No vamos a entrar a comparar ni a juzgar el beneficio o perjuicio de ambas influencias, pero admitamos al menos que son distintas y que ambas compiten, aunque de manera desigual, por el mismo tiempo y cada vez más por los mismos espacios.  Sin embargo, no tienen por qué ser incompatibles necesariamente. 

La segunda parte de la afirmación de Walter Benjamín requiere más matizaciones, ya que el joven lector actual puede disponer de un formidable caudal de experiencias sensibles, intelectuales y vitales.  Hemos visto también que perfeccionar la lectura implica, entre otras cosas, enriquecer las experiencias del lector para que pueda conectarlas con el texto.  Un paso en la buena dirección es, por tanto, fomentar y extender las oportunidades para ampliar el cúmulo de experiencias de cada lector.

Otro aspecto a considerar es la proyección que hace una época o los hijos de una época sobre un texto.  ¿Qué se demanda de una propuesta textual?  ¿Qué expectativas despierta en una generación concreta?  Si comparamos el texto con una red de ilimitadas interconexiones, deduciremos que de estas pueden surgir múltiples trayectos de lectura.  Las variadas opciones quedan predeterminadas por el contexto y las competencias culturales de cada lector; es decir, sus vivencias, sus saberes previos y los paseos por otros textos ya asimilados.  Cuando el lector detecta los espacios en blanco, cuando añade las palabras no dichas por implícitas, está trazando su propio itinerario y, de alguna forma, está produciendo su propio texto.  Por eso, los mensajes que se pueden desprender de un libro no son unidireccionales; en tanto en cuanto la lectura sea un encuentro interpretativo con las ideas del autor, sus mensajes serán susceptibles de múltiples significaciones.  Retomando la argumentación, si cada generación es hija de su época, del mismo modo que cada lector actualiza la cooperación que el texto demanda, debemos deducir que cada generación aborda de un modo específico los textos escritos.  Los valores predominantes en cada momento histórico dictan una determinada traducción; en este sentido leer es en parte traducir, reescribir.  Cada época hace su lectura de las obras literarias valorando unos aspectos y devaluando otros, sin que tengan necesariamente que coincidir con los juicios de valor que hicieron otras sociedades históricas.  Nos significados se actualizan, otros se ignoran.

Por otro lado, también el concepto de tiempo es un factor generacional; como construcción cultura, emana de unas coordenadas históricas concretas y es una clave para explicar algunas de las actitudes de los jóvenes ante la lectura, y ante la propia vida.  Su forma de ocuparlo, de vivirlo en su propia existencia o de percibirlo en las obras literarias esta mediatizada por dicha concepción. Cualquier reflexión sobre el papel de la lectura y el hábito lector debe tenerlo presente.

Animar a leer, una tarea compartida

Para fomentar el deseo de leer, es esencial que nos olvidemos de las grandes ideas, de la ampulosa retórica que a menudo empleamos cuando hablamos de la lectura y tratemos de asentar las bases de nuestra actuación en pilares más eficaces, como la modestia, el realismo y la constancia.

Debemos ser conscientes de que animar a leer es una labor callada, metódica y constante; que pone el énfasis de su acción en el día a día, en la actividad continuad en el aula y fuera del aula, más que en actividades espectaculares.  Debemos volcar nuestro esfuerzo en conseguir un espacio pensado especialmente para la lectura silenciosa, una amplia y variada selección de libros y otros materiales, y un tiempo destinado a la lectura libremente elegida, no impuesta por los adultos.  Derrochar esfuerzo e ingenio en ocasiones señaladas está muy bien, siempre que estas actividades sean un complemento; pero sin olvidar que el objetivo primero es lograr que los niños y los jóvenes encuentren sentido a la lectura y disfruten leyendo; hacerles descubrir que el libro puede ofrecerles información y placer.  Necesitaremos, como ya se ha dicho, buenas dosis de paciencia y de constancia y olvidarnos de los éxitos inmediatos, los resultados espectaculares y las conversiones súbitas.

Leer exige –tantas veces se ha dicho- esfuerzo-, silencio, concentración y soledad.  Leer es un viaje al interior de uno mismo al que llegamos a través de la senda de las páginas de un libro y cuyas consecuencias son impredecibles.  Los lectores, ensimismados en el recorrido de las páginas, tratan de descubrir y adueñarse de la belleza y de la verdad que encierran esos signos que le son ajenos pero que, debido a una suerte de misterio, les están revelando su ser más íntimo y secreto, descubriéndoles partes ocultas de su propio ser que hasta entonces desconocían.

Así Marcel Proust cree que leyendo un libro aprendemos a leer el mundo y a leernos a nosotros mismos.  En El tiempo recobrado escribe que “el lector es, cuando lee, el propio lector de sí mismo.  La obra del escrito no es más que una especie de instrumento óptico ofrecido al lector ara permitirle discernir lo que, si ese libro, no hubiera podido ver en sí mismo”.  Insistiendo en la misma idea, André Bretón lo escribió con palabras muy acertadas: “Realmente es como si yo me hubiese perdido y que alguien de golpe viniera a darme noticias mías”.

Los equipos de profesores deben plantearse el objetivo de conseguir lectores asiduos como una de las tareas prioritarias de la actividad escolar; y dicho objetivo debe ser asumido por todos los docentes y quedar reflejado en el proyecto educativo del centro.  La actividad lectora debe ser adecuadamente planificada y sistematizada, concretando de manera detallada los pasos que se van a dar para fomentar el hábito lector.  Es necesario perder el miedo a trabajar en equipo, a emprender tareas comunes, a experimentar y evaluar lo que se hace, y a rectificar cuando la práctica y la reflexión así lo aconsejen.  En esta línea de trabajo, hay que conceder al aprendizaje de la lectura la importancia que merece.  Los primeros pasos en la adquisición de la técnica lectora son momentos clave, a menudo causa de tensión y conflicto.  Por ello, padres y profesores debemos plantarnos el tema en común, para que la familia y el centro educativo no empleen métodos contradictorios que perturben el normal aprendizaje del niño o creen problemas donde no tiene por qué haberlos.  En consecuencia, los centros deben propiciar la colaboración de las familias, especialmente durante los primeros años de escolaridad.  A tal fin, será conveniente orientar a los padres, y estudiar de qué manera se pueden implicar en dicha tarea.  Para ello, será necesario invitarles al centro, comunicarles nuestra preocupación por el tema, contarles cómo pueden colaborar e implicarles en un proyecto común de promoción de lectura.  Desgraciadamente, aún existe en determinados ambientes un concepto negativo de los libros de ficción, personas que consideran que la lectura es una pérdida de tiempo, o familias que desconocen o apenas dan importancia a la formación lectora de los hijos.  La colaboración de los padres puede resultar determinante.

Otro problema añadido es el pesimismo que en ocasiones se apodera de una parte del profesorado.  As, entre quienes trabajan con adolescentes  jóvenes, existe un cierto fatalismo acerca de que los hábitos no conseguidos en la infancia ya no se pueden conseguir.  Es este un error que puede tener funestar consecuencias, porque sólo conduce al desaliento y al conformismo, impidiendo pensar nuevas iniciativas.  El deseo de leer no conoce edad, y cualquier momento es adecuado para intentar desarrollar este hábito.  Por lo tanto, nunca debemos darnos por vencidos.  La realidad es la que es, y aunque en ocasiones lo veamos todo negro, fomentar y desarrollar la práctica de la lectura sigue siendo un objetivo que la escuela y el instituto no pueden eludir.  Basta de quejas y lamentos: justamente porque lo tenemos todo en contra, necesitamos pertrecharnos de bunas dosis de optimismo y de profesionalidad para trabajar en algo que merece la pena.

Hay aún otra cuestión que nos parece importante destacar: la necesidad de tener en cuenta a los destinatarios concretos de nuestra actividad.  Es muy conveniente que conozcamos a los chicos con los que trabajamos: cómo son, qué piensan, cómo sienten, cómo entienden el mundo, cuáles son sus deseos y sus sueños.  Y también, que conozcamos el mayor número posible de los libros a ellos destinados.  Debemos acabar con la comodidad del “leed lo que os apetezca” o de la recomendación de las selecciones de libros que nos llegan y que usamos una y otra vez sin cuestionarlas.  Quizá así acertemos a sugerirles libros que puedan aportarles algo, lecturas que respondan a sus preocupaciones existenciales y a su manera de ser; poner en sus manos una historia a la que puedan considerar auténticamente suya, definitiva tal vez en su trayectoria como lector.

Fuente:
Equipo Peonza. El rumor de la lectura, Madrid, Anaya 2001, p. 82.

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