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Querido Francesco:
Esta mañana me has traído tu libro. Todavía medio dormido, tus ojitos oscuros se resistían a abrirse y caminabas, como sueles hacerlo, torciendo las piernas que parece que te vas a caer en cualquier momento. Me has traído un libro con muchas imágenes. Era el de la mariquita, encuadernado con canutillo. Lo hojeas con frecuencia y mamá te lo lee antes de dormir. Te lo compramos el día del parque después de que yo te pusiera la mariquita en el dorso de tu mano para que supieras cómo era. La mariquita empezó a caminar hacia tu muñequita mientras la mirabas con esa mezcla de curiosidad y conocimiento que poseen los niños como tú, esperando a ver qué hacía el bichito, para cogerlo y, de alaguna manera, apoderarte de él. Pero la mariquita, en el momento más interesante, echó a volar, y te quedaste muy triste. No pensabas que aquello iba a acabar así. Las mariquitas no parece que vayan a echarse a volar: a primera vista aparentan ser animales muy de tierra. Cuando volvimos a casa, para nuestra sorpresa, pediste a mamá que te contara la historia de la mariquita. No estoy diciendo que lo expresaras de forma tan clara: todavía no sabes hablar, aunque estás aprendiendo muchas palabras. Sin embargo, dijiste algo parecido a “historia-mariquita” (o mejor “toria-ita”, que es lo mismo): y nosotros te contamos que había una vez una mariquita que vivía en el parque, y un día un niño de nombre Francesco la cogió en su mano: era roja con unos puntitos blancos y parecía que le gustaba caminar sobre la mano de Francesco hasta que otra mariquita amiga, amarilla con puntos azules, la llamó desde lejos y le dijo: “Ven, vayamos junta a un lugar muy bonito”. Entonces, la mariquita roja echó a valor al lado de la amarilla hacia un mundo lleno de aventuras.
Fue una de tus primeras historias, Francesco, ¿lo sabías? Quizá sea mejor decir que lo sentías, porque sentías la necesidad de oír un cuento. Unos días más tarde te compramos el librito, una edición encuadernada con canutillo y con una gran mariquita roja en la portada. Para que pudieras reconocerla. Y aquel libro se convirtió en una historia cada vez distinta. Es curioso, para ti los libros siempre han sido algo familiar, habitual: nuestra casa está llena de libros, hay miles de ellos, y nunca te he prohibido tocarlos, más bien he insistido en que podías cogerlos, pero sin arrancar las páginas, al igual que jamás te prohibí que te acercaras al piano: puedes tocarlo, sí, tú, tan pequeñito, sentado ante el enorme piano de cola, aunque a veces pisas con el pie las teclas y armas un alboroto tremendo. Y recuerdo que al principio pedías que la partitura estuviera en el atril, para hacer como papá, que a menudo lee la música cuando toca.
Leer, sí, siempre nos has visto leer, libros y periódicos, y a menudo nos has visto escribir cuando no quieres ir a dormir por las noches, lo que ocurre con frecuencia; entonces nos piden que te enseñemos una vez más el libro de Peter Pan o El libro de la selva. En muchas ocasiones nos has pedido que te leamos tus libros, que empiezan a ocupar un espacio propio en la estantería: el de Dumbo o el de La Cenicienta, los que emiten sonidos cuando presionas sobre las imágenes o los que se abren y se convierten en un tiovivo o en un guiñol; o los que tienen la forma de un animal, de los tuyos, de los que has aprendido a reconocer y a los que llamas por su nombre. Así, todos los conejos son Lulú, el de la jaula de la terraza, y todos los cocodrilos son Coco, el que quiere comerse al Capitán Garfio y que cuando se acerca deja oír el tic tac del despertador que se tragó hace tiempo.
Querido Franceso, esta mañana, una mañana de playa veraniega, te has despertado y me has dicho: “Papá, historia”, y venías con el libro de la mariquita, todavía despeinado, con tu pelo rubio rizado algo alborotado. Y estabas descalzo. Te dije que te sentaras en el escalón y pensé que este libro podría empezar desde aquí. Desde tu rostro atento, a veces tan serio, desde tu “síes”, pronunciado con una “s” que parece “t”, que hace que tu voz parezca sacada de un personaje de dibujos animados. De momento puede que sea suficiente para ti la historia de la mariquita, o la de Dumbo, pero, dentro de poco, cambiarás y querrás leer otras cosas. Necesitarás nuevos libros: arrinconarás los que tenían tantas imágenes de animales y también los de los sonidos. Empezarás a hablar de algo que se llama literatura y también de poesía; aprenderás de memoria alguna cantinela y a lo mejor olvidarás cómo acaba. Y todos se reirán de ti. Y correrás el riesgo de que algún maestro intente inculcarte de buena fe, desde pequeño, desde muy pequeño, el valor sagrado del estudio, el deber de leer, el deber de saber, que quiera hacerte como un mosquito insignificante frente a las montañas imponentes del genio universal. Pero que no te enseñe a escalarlas, solo a fotografiarlas como un turista cualquiera. No quiero convertirte en un alpinista de las letras, Franceso (precisamente yo, que sufro de vértigo), sino que deseo hacerte entender que la admiración es siempre el final de un proceso, nunca el principio. Si no, es misticismo, es enamoramiento, y , por tanto, es algo completamente distinto.
Querido Franceso, soy crítico, ése es mi oficio, crítico literario. Hay unas personas que me pagan por que emita juicios sobre libros que leo. Y por ahora hay quien me paga para que lo haga sobre los libros que no me gustan: y es un ejercicio de estilo y, después de todo, es más fácil encontrar libros feos que libros hermosos. Mi trabajo es igualmente útil para lectores que no quieren equivocarse de libro, porque van poco a librerías y necesitan el consejo de alguien más experto que ellos. Siempre te he explicado que los libros no se estropean, que hay que hojearlos con cuidado. Aunque también te digo que los libros no son sagrados: no hay que conservarlos por encima de todo, pues la dignidad de un libro no reside en el hecho de que alguien, algún día, encuadernara unas hojas llenas de palabras. Es más, te diré que los libros se pueden tirar, que solo hay que rendir culto a los buenos libros. Los libros que te rodean, los nuestros, a menudo son buenos libros, precisamente porque muchos otros nunca encontraron un hueco en las estanterías, sino que han ido ocupando otros lugares y algunos hasta han terminado sus días en la papelera. No tengas miedo cuando crezcas, querido Franceso, no será como esos que, por un supuesto temor hacia la cultura, no se atrevan a manejarla, a bromear con ella, a utilizar la paradoja, a dialogar con los autores de igual a igual. No hay que tener miedo a la literatura, Franceso: ni siquiera a la más difícil. No tienes que preguntar: ¿Pero, usted ha leído a Joyce? ¿Todo, hasta la última página?. Bromea sobre Joyce, él lo habría apreciado. No conviertas la poesía más turbulenta y compleja en una mónada, en algo que hay que admirar por su grandeza inútil. No tienes que aprender la poesía de Dante como si fuera una cantinela, hay que oírla como si fuera música reggae, solo que le ritmo lo marcan los tercetos, no la guitarra de Bob Marley que ahora ya quieres escuchar.
No haré de ti un presuntuoso (aunque aunque algo de presunción ayuda a defenderse en la vida); estaré a tu lado en una tarea mucho más difícil, que siempre ha contado con escasas probabilidades de éxito: la de borrar definitivamente una buena dosis de lugares comunes que demasiada gente tratará de meterte en la cabeza. Ya te estoy viendo, con esos ojillos oscuros y tan vivos: no será fácil venderte como buenas muchas cosas, convencerte de lo que no siempre es. No eres el tipo de niño al que se le puede decir: esto es así, tienes que creerme. Posees un espíritu trasgresor e irónico y muchos se darán cuenta de ello. Alguna vez sufriremos tu madre y yo las consecuencias de ese espíritu tuyo, y no siempre será agradable, pero está bien así.
¿Se puede escribir una carta en forma de libro para explicar un placer, el de la lectura? La respuesta está en la existencia de este libro que es una manera distinta de contarte de nuevo la historia de la mariquita. En el fondo, aquellas historias y la que te contaré, se parecen bastante. Al final, Dumbo vuela y se resarce de las burlas del público: Rudy ganará mucho dinero a costa de Cruella de Vil y tendrá un criadero de perros dálmata, y al Capitán Garfio le seguirá siempre el Cocodrilo que jamás olvidó lo bien que sabía su mano. Aquellas historias se mezclarán con otras y a Peter pan le sustituirá a lo mejor Stephen Dedalus. Sin embargo, es mucho más probable que le hagas coexistir en un juego memorístico que puede llegar a asómbrate. No te sorprendas cuanto mayor sea la confusión, cuanto más se entremezclen los autores, cuanto se confunda en tu mentes los siglos, los títulos y la literatura toda, más habrás entendido. Y si la última canción de moda, la más estúpida te trae a la memoria un fragmento de la obra de Heráclito, eso querrá decir que tu cultura no corre peligro.
Tuve un profesor en el bachillerato con que el que nunca aprendí mucho inglés, pero que me enseñó que era la literatura, y lo hizo sin sacralizarla, sin colocarse en un plano de superioridad. Entraba en un aula de chicos de 15 años y preguntaba: “habéis oído hablar alguna vez del doctor Johnson?”. Se refería a Samuel Johnson; es más, se refería a la biografía James Boswell, de más de mil páginas. Ninguna de nosotros conocía la Vida de Samuel Johnson; el milagro consistía en lograr que leyésemos ese y otros libros sin pedírnoslo. Le debo muchas lecturas que han sido fundamentales en mi vida y, lo más importante, le debo el aprendizaje de un método único. Todavía lo recuerdo, con sus gafas de montura gruesa, el pelo aún oscuro y su inefable traje gris. Fumaba, entonces se fumaba. Entraba en clase y nos miraba con aire irónico, diciendo: “¿usted conoce a Joyce? ¿No? Es usted un ignorante”. Lo decía de broma y utilizaba la palabra ignorante en el sentido etimológico, no como un insulto, ignorante es el que ignora. Ignorábamos la existencia de Joyce, de Lawrence Steren y de Virginia Woolf. Iba a resultarnos muy provechoso que nos llamara ignorantes un hombre que sabía que era la mayéutica. A los 15 años leí a Joyce, The Waste land y muchas cosas más. Fue mi primera educación intelectual. Y recuerdo la emoción de descubrir el placer de razonar sobre “la ineluctable modalidad de lo visible”, sobre qué es la epifanía y sobre los tiempos narrativos en To the lightouse, de Virginia Woolf. Fue muy provechoso todo aquello. El ansia brutal de interpretar lo que se esconde bajo las páginas de un libro y lo que provoca la ironía en aquellos que en el fondo no aman lo libros la desarrollé a la edad justa, en la adolescencia. De vez en cuando alguien me pregunta si se puede escribir con claridad. Mi respuesta es ésta: la sencillez es un ejercicio intelectual constante, una gimnasia mental.
Pero nos habíamos quedado en el profesor y su doctor Johnson. Es verdad, ha pasado mucho tiempo y ni siquiera sé si las pocas cosas que conozco de literatura me las enseñó é o si yo le atribuyo mis conocimientos como si se tratara de una caja a medio llenar. Si soy yo el que le atribuye al profesor lo poco que sé, le regalo también, de lo que he ido aprendiendo después, los intereses de capital que me ayudó a amasar. No creo que sea importante, pero espero que tú puedas tener, que encuentres un profesor como él. Un profesor que sepa dar clase, antes que dar clase de algo; que sepa enseñar, antes que enseñar una asignatura; él era y es (aunque ya no enseña) un intelectual como he encontrado pocos; y puedo asegurarte que mi trabajo me ha permitido conocer y tratar lo mejor de la intelectualidad italiano de estos años.
Fuente: Cotroneo Roberto, Si una mañana de verano un niño, Taurus, 1995 p.
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