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Tiempo de lectura

Ser un lector significa leer por sí mismo. Toda lectura toma tiempo.

Si esa premisa es cierta, desemboca inevitablemente en otra: los adultos que se preocupan por que los niños lean deben asegurarse de que tengan tiempo para leer por su cuenta: Es lo que muchos llaman “tiempo de lectura”.

Hace algunos años, John Werner sintetizó los argumentos a favor del tiempo de lectura:

1. Cada alumno debe recibir la oportunidad de leer, a su propio ritmo, materiales de una dificultad adecuada para él. Algunas lecturas requieren de una práctica frecuente.

2. Ningún maestro puede estimar qué libro satisfará las necesidades emocionales e intelectuales de un individuo. Por lo tanto, se debe probar con muchos libros.

3. Las lecturas no pueden dejarse para el tiempo libre de los alumnos. Muchos niños vienen de hogares en donde la lectura seria simplemente no forma parte de su modo de vida; la televisión, con todas sus ventajas, ha limitado sin duda el incentivo para adquirir el hábito de la lectura, cuando esta práctica no forma parte de sus patrones sociales aceptados.

4. El maestro no debe estar siempre involucrado en la respuesta a un libro. Los bloqueos emocionales hacia la lectura pueden provenir de una relación insatisfactoria con el maestro. Con lo numerosos que son los grupos, no siempre es posible detectar los problemas a tiempo. Cualquiera que sea el caso, un maestro anterior puede haber dejado el legado de una actitud insatisfactoria hacia la lectura […]

5. Un maestro no puede tener sobre sí la responsabilidad de todos los libros entre los cuales va a escoger el niño. Si sólo se estimula lectura dirigida, el grupo tan sólo reflejará el gusto del maestro, en lugar de desarrollar el propio de cada alumno.

6. Si un niño sólo lee basura, este es un asunto que se debe tomar en cuenta y tratar (en otro momento).

7. Muchos de nuestros grandes autores […] se nutrieron de una dieta temprana de amplias lecturas al azar […].

8. El niño debe aprender a discriminar por sí mismo. Si a un alumno se le permite aceptar o rechazar, él mismo va a demandar estándares más altos en el material de lectura mucho antes que si su maestro intenta decirle qué es bueno y qué es malo.

(John Werner, The Practice of English Teaching. Graham Owens y Michael Marland (comps.), Backie, 1970)

Werner subraya algo que ya sabemos: necesitamos leer con frecuencia y regularmente durante la infancia y adolescencia para tener una buena oportunidad de crecer como lectores comprometidos.

¿Con qué frecuencia deben leer los niños por su cuenta?

Hasta los dieciséis años, lo óptimo es que cada niño tenga un tiempo de lectura independiente, no dirigido, todos los días durante las horas de clase. Los padres atentos notarán, especialmente durante los fines de semana y en vacaciones que sus niños son estimulados a leer solos.

¿Cuán largos deben ser estos períodos de tiempo?

La respuesta simple es: tanto como un niño pueda sostener la concentración y el interés, más otro poco. Naturalmente, la longitud varía de acuerdo con otros límites. Los niños muy pequeños tienden a tener períodos de concentración más cortos que los más grandes. Los niños que han crecido dentro de una familia lectora y están acostumbrados a “entregarse” a los libros pueden leer por períodos más largos que los niños de la misma edad que vienen de familias no lectoras. Los niños en aulas de clase bien conducidas y bien equipadas por lo general pueden concentrase durante períodos de tiempo más largos que aquellos que tienen el infortunio de estar con un maestro incompetente (en donde la disposición está en contra) o están en aulas que no son atractivas ni confortables (en donde la circunstancia no ayuda).

Tampoco se puede esperar que niños que no están acostumbrados a leer solos, de pronto lo hagan simplemente porque un nuevo maestro introduce un tiempo regular de lectura. Se les debe preparar e incluso llevar gradualmente. En estas circunstancias, una buena idea, una vez que ha explicado qué va a suceder y por qué, es leer en voz alta durante parte de cada sesión, porque esto une al grupo y sintoniza sus mentes con la historia. En el resto de la sesión los niños leen sus propios libros durante un tiempo que se extiende gradualmente a medida que se acostumbran a la actividad y crece su aguante para la lectura. Una vez que se han acostumbrado a leer solos, pueden iniciar sin que se les lea antes y a la lectura en voz se le puede dar un tiempo diferente.

El siguiente es un promedio razonable a alcanzar: para niños de siete años, sesiones de por lo menos quince minutos (tal vez dos sesiones al día). Para los de nueve, sesiones de media hora. Para niños de trece años, sesiones de entre cuarenta y cuarenta y cinco minutos.

La lectura en silencio, sostenida y sin interrupciones

Desde luego, este tiempo es para la lectura. No incluye el tiempo para sentarse o prepararse o para que la maestra dé las instrucciones.

Debe ser ininterrumpido. No es un momento para que la maestra revise el trabajo de los niños ni para que los escuche leer en voz alta ni para ir por el salón haciendo todo tipo de cosas. De hecho, si trabajamos bajo el principio de que los niños están más dispuestos a hacer lo que los adultos consideran importante, la maestra debe ponerse también a leer.

Una lectura sostenida se da mejor si tenemos la seguridad de que no seremos interrumpidos. ¡Pero también hay momentos en que necesitamos que alguien nos anime¡ Una de las cosas que puede hacer la maestra es proporcionar la fuerza de voluntad que los niños a veces no tienen para relajarse y leer. Esto es más fácil si regularmente se aparta un tiempo que todos saben que se ocupará para leer. Un periodo sacrosanto es otro de esos rituales que condicionan nuestra disposición mental. Algunas escuelas se organizan para que coincida el de todos los grupos. Otras le dejan la decisión al maestro.

¿Silencio? Mientras más envejecemos, más nos gusta leer en silencio. Los niños pequeños con frecuencia hablan todo el tiempo mientras están leyendo. Se señalan cosas unos a otros, ríen, cuentan la historia, la critican e improvisan. Y no parece molestarles que otros niños cerca de ellos hagan lo mismo. Para ellos no es necesario insistir en un silencio que podría incluso sacarlos de la lectura. Pero para los nueve años, los niños que se han vuelto lectores asiduos entienden que no deben interrumpir a los demás durante el tiempo de lectura y entonces éste es ya un tiempo para permanecer en silencio.

Si tuviera que nombrar los elementos indispensables del ambiente de la lectura, los recursos sin los que no podemos ayudar a los más jóvenes a volverse lectores, el tiempo de lectura sería uno de los cuatro esenciales. Otros dos son: existencias bien elegidas de libros y la lectura en voz alta. El cuarto yace fuera del rango de este libro, porque tiene que ver con la enseñanza directa más que con el ambiente de la lectura. Aparece como “respuesta” en el círculo de lectura y es la conversación entre los niños, guiada por el maestro, sobre los libros que han leído.

Es obvio que el tiempo de lectura ocupa el primer lugar entre estos cuatro importantes elementos, pues, ¿qué sentido tiene ofrecer una rica provisión de libros si ninguno se lee? ¿Y que caso tiene hablar sobre libros que pocos en el grupo conocen? Y aunque leer en voz alta es valioso en sí, cuando hablamos de ayudar a los niños a volverse lectores, la pregunta debe ser: ¿qué tanto leen los niños solos como resultado de esta experiencia?

Ciertamente, el tiempo de lectura le da un propósito al resto de las actividades basadas en la lectura. De hecho, la calidad de una escuela se puede juzgar por el énfasis que pone en proporcionar tiempo para la lectura y por el vigor con el que se protege ese tiempo contra todas las otras demandas.

Fuente: Chambers Aidan. El ambiente de la lectura, Fondo de Cultura Económica, México 207, p. 53-59

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