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Reflexiones para padres

Si vamos a hablar de la lectura, de cómo promover desde el hogar firmes hábitos lectores en los niños, se impone precisar algunos términos:

Por ejemplo: ¿qué significa leer?

En cualquier diccionario podremos hallar una acepción de ese verbo.  Pero a los efectos de nuestros intereses, recordemos  esta definición que resume, en muy pocas palabras, el sentido de esa acción humana: Leer es interpretar la palabra escrita y construir su significado.

En la tarea de acercar a los más jóvenes a la lectura, los padres no se encuentran solos.  En esa batalla pueden hallar el apoyo de importantes aliados, como los maestros y los bibliotecarios.  Cada quien en su terreno, y con las armas propias de su condición, puede hacer mucho.  Lo ideal es que esos tres factores (hogar-escuela-biblioteca) conjuguen sus empeños.

Y acá se impone una definición más: ¿qué es promoción de la lectura?  Como tal entendemos la ejecución de un conjunto de acciones sucesivas y sistemáticas de diversa naturaleza, encaminadas todas a despertar o fortalecer el interés por los materiales de lectura y su utilización cotidiana, no sólo como instrumentos informativos o educacionales, sino como fuentes de entretenimiento y placer.

Los padres se relacionan con los niños antes que cualquier otro miembro de la sociedad.

Ellos son, pues, los primeros promotores de lectura, los que siembran tempranamente (o no) la semilla del amor al libro, los que más pueden hacer para cultivar desde la más temprana infancia esos hábitos.  Y para terminar con las definiciones, precisamos que formar hábitos de lectura es lograr que el individuo recurra regularmente, y por su propia voluntad, a los materiales de lectura como medio eficaz para satisfacer sus demandas cognoscitivas y de esparcimiento.

Hijo de gato… ¿caza ratón?

En la educación infantil, el ejemplo es un recurso de extraordinario valor.  Si el niño, desde sus primeros años de existencia, observa cotidianamente en la casa normas, modelos de conducta relacionados con distintas actividades, de manera instintiva, orgánica, tenderá a imitarlos.

¿No imitan los menores el modo en que se conducen los adultos, no tratan de copiar la forma en que se mueven, visten y hablan?  Los niños intentan reproducir el comportamiento de sus mayores a la hora de comer.  ¡Cuántas veces nos hemos reído al ver como intentan llevarse a la boca los alimentos con una cuchara que aún no pueden manejar por sí mismos, o cuando los sorprendemos maquillándose igual que mamá o afeitándose como ha visto hacerlo a papá!

En la formación de los hábitos alimenticios de un niño es fundamental la referencia que él obtiene de los mayores que lo rodean.  Le gusta lo que ellos le han enseñado a paladear; hereda, así mismo, el rechazo a determinados sabores y texturas.  Sin en la casa todos ingieren sin reticencia los diversos vegetales, es muy posible que el niño adopte esta norma sin necesidad de imponérsela, de forma natural, por obra del ejemplo.

Así sucede con la lectura.  Cuando, desde que abre sus ojos a la vida, el niño encuentra la presencia del libro como un elemento insoslayable dentro de su entorno, se está contribuyendo a establecer un vínculo natural  cotidiano con el acto de leer.

El niño que ve leyendo a sus padres, exigirá también un libro o un periódico para sostenerlo delante de su nariz (con frecuencia al revés) y jugar a que él también comparte la placentera experiencia de la lectura.  Es altamente recomendable poner al alcance de los más pequeños, libros resistentes, de colores llamativos, de cartón o plástico, que ellos puedan palpar, manipular e, incluso, morder con entera libertad, en un feliz acto cognoscitivo; enseñarles el modo en que se sostienen los libros, de qué forma se pasan las páginas, ayudarlos a descubrir los colores, leer juntos los dibujos.

Antes de proponernos influir sobre la conducta lectora de nuestros muchachos, debemos realizar un análisis autocrítico profundo: ¿Hay libros en la casa? ¿Existe algún espacio donde se les coloque y cuide? ¿Qué tiempo dedicamos habitualmente nosotros, como adultos, a leer?

Si no hay libros u otros materiales de lectura en el hogar (revisas, periódicos, comics, etc.), si rara vez o nunca tenemos tiempo para sentarnos a disfrutar de la palabra escrita, será conveniente que comencemos a reflexionar acerca de esto: “¿Con qué moral puedo reprochar a mi hijo que no lea lo suficiente, si él puede observar con claridad que la lectura tampoco es algo indispensable ni vital para mí?”

No se trata de predecir, mecánicamente, que todo hijo de padres lectores será, a su vez, un empedernido lector.  Sabemos que la realidad es mucho más compleja, y que con frecuencia no sucede así, debido a disímiles razones.  Pero, en cualquier caso, la ley de las probabilidades nos permite aseverar que existen bastantes posibilidades de que un “hijo de lector, lea libros”.

Desde la cuna…

… empieza a cultivarse el amor por la palabra, por la belleza y musicalidad del lenguaje.  Cuando el niño viene al mundo y la madre lo arrulla con nanas, está depositando en él la simiente del gusto por la expresión literaria.  Cuando le canta:

Señora Santa Ana,
¿por qué llora el niño?
Por una manzana
Que se ha perdido.

O:

Este niño lindo
que nació de noche
quiere que lo lleven
a pasear en coche

Este niño lindo
que nació de día
quiere que lo lleven
a la dulcería

Viejas tonadas que nadie sabe a ciencia cierta quién inventó, expresiones del folclor, joyas de la poesía popular.  Con ellas el niño comienza a nutrirse, junto con las sustancias alimenticias que le entrega la madre, del tesoro de la literatura infantil de origen tradicional.  (“El folclor es la literatura infantil por excelencia”, aseveraba la poetisa chilena Gabriela Mistral.)

No faltará algún escéptico que piense: “¡Pero para que perder el tiempo cantando o recitando a un niño de brazos!  ¡Un bebé no entiende el sentido de las frases!”  De acuerdo, no logra captare el significado de las palabras, pero si se enriquece con la musicalidad de los fonemas, con la afectividad de las inflexiones vocales, y ese sustrato será de gran importancia cuando crezca y ya su relación con los vocablos sea más rica y compleja.

Coplas, rimas, retahílas y trabalenguas irán ganando en complejidad a medida que el niño crezca habituado a disfrutarlos.  Hay quienes van más allá y recomiendan que se empiece a hablar al niño, a arrullarlo, cuando aún permanece en el vientre materno.

Fuente: Cómo formar hijos lectores y no morir en el intento.  Edición Sergio Andricaín, Antonio Orlando Rodríguez. Santa Fe de Bogotá: Taller de Talleres, 1998.

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