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Contar cuentos y leer en voz alta: sus diferencias

Contar cuentos es mucho más una relación de un narrador hablándole al oyente.  Es como una conversación; se siente personal, como si quien narra le diera al oyente algo de sí mismo.

Al leer en voz alta, el libro literalmente objetiva la experiencia.  En este caso la relación es más como de dos personas que comparten algo que está fuera de ellos mismos.  No son oyente y narrador mirándose uno al otro, sino lector y escucha, lado a lado, mirando juntos algo más.

Al leer en voz alta, la comunicación se realiza siempre a través de palabras e imágenes impresas provenientes de la figura no visible, por lo general desconocida, del autor.  Este autor, esta persona que no está presente, tiene algo que ofrecernos.  Simplemente ocurre que uno de nosotros es el lector.  Pero todos, incluyendo el lector, somos receptores de lo que nos da la historia.

Contar cuentos tiende a lo emocionalmente dramático; leer en voz alta tiende a la contemplación reflexiva.

Contar cuentos tiende al placer de la diversión; leer en voz alta tiende al placer del autoreconocimiento.

Contar cuentos tiende al grupo hermético, conspirativo, exclusivo, limitado por los poderes de aquellos que se sientan juntos; la lectura en coz alta tiende a lo permeable, a la mirada hacia fuera, al grupo inclusivo, cuyos poderes se expanden por la suma de aquellos en el texto: poderes del lenguaje, del pensamiento, del otro que  no está allí.

Contar cuentos es culturalmente afirmativo; leer en voz alta es culturalmente generativo.

Estas distinciones requieren otro libro para ser analizadas.  Aquí sólo se apuntan como temas para la discusión.

En la práctica

Tiempo para escuchar
Se contar un cuento demanda más del intérprete, la lectura en coz alta demanda más del escucha.

Para empezar, leer en voz ala es un arte menos conversacional, una comunicación menos directa entre el que narra y el que escucha.  En el lenguaje escrito, el significado por lo general está más compactado, las oraciones están construidas más densamente que en el habla.

Además, con frecuencia las palabras impresas deben ser vistas para que el elector pueda captar su doble sentido.  A veces la manera en que se disponen en la página es importante para su entendimiento.  Al contar cuentos, el intérprete puede explicar y repetir y cortar y editar a medida que avanza, y hace que todo eso parezca parte de la historia.  El que lee en voz alta no puede adaptarse tan fácilmente a la audiencia.  Tiene un texto autorizado que seguir.  Explicar y cambiar a medida que lee podría arruinarlo.  Por eso el que escucha necesita más tiempo para capturar el significado y entender qué está sucediendo.  La lectura en voz alta, por lo tanto, con frecuencia debe ser más lenta que el contar cuentos.

Tiempo para mirar
Debido a que la fuente de la lectura en voz alta es un texto visible, a los aprendices de lectores (de todas las edades, pero en especial los niños más pequeños) con frecuencia les gusta mirar el libro y al lector, mientras escuchan.  Y, con frecuencia, cuando han disfrutado de una historia quieren oírla otra vez o leerla por su cuenta.  Cuando se planea una lectura, hay que tomar en cuenta estos impulsos.  ¿Cómo puede mostrarles el texto a los oyentes si quieren verlo?  ¿Habrá ejemplares disponibles si luego lo quieren leer?

Tiempo para prepararse
Nunca les lea un cuento a los niños hasta que no lo haya leído usted mismo.  ¿Por qué?  Primero, si no sabe lo que sigue, podría fácilmente encontrase leyendo algo incómodo o inadecuado.  Segundo, muy pocas personas son tan buenas leyendo a primera vista como para hacerlo sin preparación, lo que significa más que una lectura previa, en silencio, del texto.

El lenguaje que puede parecer muy fácil en la cabeza se puede volver muy engañoso al leerlo en voz ala.  De modo que hay que leer en voz alta para uno mismo antes de leer para los demás.

Por supuesto, una selección cuidadosa de los textos apropiados para su audiencia es esencial. Si selecciona y se prepara bien, puede relajarse durante la narración, entregándose a las palabras, disfrutándolas tanto como espera que lo haga la audiencia.  Y después puede permitir que la sesión se desarrolle naturalmente, pues pase lo que pse, se sentirá seguro con el “guión”.  Ya se trate de hablar o escuchar, de permitir o no las interrupciones, de hacer pausas o seguir adelante, de suspender la lectura antes de lo esperado o dejar que se extienda más; todo se resolverá de acuerdo con la disposición del público y las necesidades del momento.

Todo esto –escribió Frances Clarke Sayers, respaldada por personas con una larga experiencia leyendo en voz alta-, demanda una gran inversión de tiempo.  No obstante, difícilmente alguna otra inversión o alguna otra área de estudio produce un medio tan poderoso para hacer que la literatura cobre vida para los niños.

Fuente: Chambers Aidan, El ambiente de la lectura, Fondo de Cultura Económica, México 2007.

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