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Estrategias para convertirnos en un grupo familiar comprometido con la lectura:
Dando ejemplos cotidianos de lectura. Si hay libros en la casa y los actos de lectura son frecuentes en los padres, si estos tienen libros en sus mesas de luz como corroboración de que habitualmente leen por las noches, etc., los chicos crecerán con la convicción de que la lectura es una práctica usual. Incluso por curiosidad, los más chiquitos querrán saber “de qué se trata” cuando sus padres se sienten cerca de ellos se pongan a leer un libro.
Compartiendo al menos una lectura diaria en familia. Antes de ir a dormir, leer un cuento a los chicos, por ejemplo, se convertirá e un hábito y cinchará a la lectura con el afecto.
Intentando por todos los medios de eliminar del vocabulario adulto la orden: “¡Leé!” dirigida a los chicos. El escritor y educador francés Daniel Pennac señala al respecto que el verbo, ‘leer’ no se conjuga en imperativo, al igual que el verbo ‘amar’.
Creando espacios para la lectura dentro de la casa. Si es posible, tratar de crear un pequeño lugar acogedor (en el suelo, con almohadones, en interiores, en un rincón del patio, bajo un árbol, en exteriores). Si esto no fuese posible, compartir co los chicos la ida a las salas de lectura de las bibliotecas o a espacios públicos como plazas, parques o paseos en donde se pueda leer en un sector tranquilo. De la misma manera, si el viaje en medios de transporte es cotidiano (algo que ocurre con frecuencia en las grandes ciudades).
Incluyendo la compra de libros dentro del presupuesto familiar. La realidad económica actual es acuciante, sin embargo en muchos casos los libros no son caros si los comparamos con otros objetos que, teniendo el mismo valor material, no constituyen elementos significativos dentro de la formación de los niños.
Haciéndose socios de bibliotecas públicas. Si las cuestiones económicas impiden comprar libros, la familia puede asociarse a una o más bibliotecas públicas, generalmente gratuitas o que cobran cuotas mensuales muy accesibles, y eventualmente, a círculos de lectores, etc. La concurrencia a las mismas debe ser un acto habitual.
Fuente: Actis, Beatriz, ¿Qué, cómo y para qué leer? Un libro sobre libros, Rosario, Homo Sapiens Ediciones, 2002
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