| Todos los que trabajamos en ducación sabemos que, más allá de los métodos, es la personalidad y la capacidad profesional de docente la que tiene mayor incidencia en un buen aprendizaje. Sabemos que el docente, como cualquier profesional, tiene gustos, deseos, y también rechazo por algunos temas o áreas de la enseñanza. No desconocemos que los maestros, a diferencia de los profesores, deben manejar y transmitir un repertorio amplio de conocimientos y propuestas de distintas áreas.
Tradicionalmente, en la escolaridad primaria las materias del área expresiva est{an a cargo de especialistas, y aun las ciencias exactas y el lenguaje también, en los grados del tercer ciclo.
Esto nos lleva a pensar que, desde el punto de vista formativo, se entiende que hace falta una preparación especial para algunas áreas, a lo cual debiera ir unida una inclinación vocacional de parte del docente.
Ahora bien, ¿qué ocurre, en cambio, con el maestro y la lectura, si pensamos en esta última como en una actividad vocacional, por un lado, que necesita, por otro, que el maestro domine la especialidad como promotor, de lo cual se desprende la importancia que juega el entusiasmo, en la transferencia de esa actitud lectora, del promotor a su alumno?
La lectura placentera pone en juego una serie de aspectos de la personalidad que involucran el campo, no sólo intelectual, sino también socio-emocional y aun corporal. Cabe, entonces, preguntarse qué aprendizaje o instrucción o experiencia vivencial es la que el maestro debe poner en juego como promotor y en qué medida está capacitado para hacerlo.
La pregunta que se nos plantea es, pues, ¿cómo podemos los maestros despertar el deseo e leer si no tenemos un buen vínculo con la lectura?, y ¿cómo reparar o elaborar esta problemática? No es un tema sencillo, pero tampoco es imposible de abordar.
Revisar el vínculo del docente y la lectura quizás no nos sirva a los efectos de modificarlo sustancialmente, pero poder reconstruirlo y entenderlo sin duda nos aliviará e instrumentará para buscar técnicas y apoyos didácticos para lograr una acción más positiva.
Plantearse la importancia de algunos de los fundamentos actuales de las nuevas teorías, y poner al alcance de los docentes la reflexión sobre el sentido que cobra su rol de incentivador a la luz de esas teorías, puede ser un primer paso en un trabajo sobre la reconstrucción de nuestro propio vínculo con la lectura y de nuestra historia como lectores.
No se trata, pues, de leer y acumular información sobre las diferentes posturas teóricas sobre el tema, sino de analizar, y aprehender ese análisis, confrontándolo con las experiencias propias y las de otros colegas para avanzando en un camino de reflexión vivencial sobre esta cuestión.
Otro aspecto interesante y necesario para trabajar es el que muy acertadamente llama Noé Jitrik el mandato vacío del deber de leer, por el enorme, agobiante peso sociocultural de este mandato, de esa lectura obligatoria, y obligada –no se sabe bien por quién y por qué-, pero que todos, se supone o suponía, debíamos hacer. Estos y otros temas vinculados con la lectura, como los conceptos de interacción, transferencia, transacción, negociación, esquemas cognoscitivos y los aportes de la psicolingüística, entre otros, deben ser trabajados, no sólo estudiados, con los docentes.
Estimo válida, como propuesta, la de desandar el camino de la lectura, comenzando por reconstruir el vínculo, bueno o malo, de los maestros con ella, porque es un vínculo innegable en nuestra cultura, como cultura de la palabra escrita.
¿Podemos pasar por alto las reflexiones de Fancesco Tonucci sobre los docentes como los profesionales que menos leen, como lo comentara en su paso por Buenos Aires? “Lamentablemente, los maestros italianos, que son los que mejor conozco, no leen. Resulta de investigaciones que la de maestro es una de las profesiones que menos lee. Yo frecuentemente me encuentro con maestras y maestros que me dicen que no tienen tiempo de leer. Es posible, pero i es verdad, ¿cómo pueden enseñar a otros a leer? Se sigue pensando que enseñar a leer es enseñar a descifrar palabras y lamentablemente es mucho más. Es transmitir una pasión, una necesidad”
No dejaría de ser interesante investigar el porqué de esta situación que plantea Tonucci y preguntarse, por ejemplo, cómo fue la forma en que estos maestros fueron llevados hacia el terreno de la lectura, cómo fueron ellos mismos formados –o no- como lectores, a la luz de qué ideas, y esto sin perder de vista la época en que cada generación de maestros ha crecido, próxima o inmersa ya en la era del homo videns. Maestro educados con libros que deben educar a niños educados por la televisión o maestro educados por la televisión que deben venerar la lectura. No deja de ser contradictorio en ambos casos.
Se puede pensar, también, si no será que los maestros, como muchas otras personas, no leen libros porque se ven urgidos a leer de otras formas y a leer otras cocas. ¿Podemos no “leer” el diario, la televisión, la radio, toda la información que los medios nos traen desde los más recónditos lugares? Y ¿podemos negarnos a saber todas las cosas terribles, por cierto, en su mayoría, que ocurren en nuestro planeta? ¿Podemos no estar absortos en la lectura de nuestros propios pensamientos sobre todo eso que ocurre? Nunca, creo, el ser humano ha dependido tanto de esta actividad y de la necesidad de interpretar la realidad, de sospechar, de intuir, de reflexionar, de analizar, de prever, de crear sus propias hipótesis de lectura de la realidad. Nuestra cabeza no para de leer esas cosas y a veces, además, somos capaces de leer libros, a pesar de la computadora, Internet, el e-mail, el cine, el video, la publicidad…
Creo, pues, que leemos y quizás demasiado. Propongo simplemente seleccionar lo que leemos y hacernos espacio para esa otra lectura, la literaria, la absolutamente gratuita, la innecesaria, la placentera, la maravillosa “lectura para perder el tiempo”. Y dosificar, en cambio, y elegir la información de un modo personal y racional como para no anestesiarnos cono ella y decidir un día, por saturación, no querer leer nada más.
Hoy, más que nunca, vale la pena pensar, realmente, qué es leer. Pensarlo a la luz de los avances tecnológicos en materia de comunicaciones que nos presentan un mundo globalizado sometido a las leyes de la diosa informática, por un lado, y por otro a los índices de analfabetismo que, según recientes informes de la UNESCO, son de más de mil millones de adultos que no saben leer ni escribir y más de cien millones de niños, en edad escolar, que no tienen escuela. Éste es nuestro problema del milenio como educadores. Sin acceso a la palabra escrita no hay acceso a Internet, y el analfabetismo informático, aunque problemático, no es insalvable como la brecha, cada vez más profunda, por su impacto social, entre un analfabeto y una persona informatizada.
Nuestro mandato, ya no vacío, por cierto, como educadores, es promover la promoción de la lectura, porque los educadores, solos, ya no podemos dar respuesta a esta responsabilidad y debemos buscar una forma de multiplicarnos formando gente que promueva.
La construcción de uno mismo como lector, a partir de la literatura
Creo firmemente en la lectura como construcción de la identidad. Esa forma subjetiva, cuyo estudio ha sido poco valorado y ocultado, en cambio, por el de la oposición entre lectura de entretenimiento y lectura informativa.
Cuando me refiero a la forma placentera, si bien ésta tiene una connotación vinculada con el entretenimiento y con las lecturas de ficción, incluyo también, en la noción de placer, la de participación emocional del lector, ya que la sensación de goce que permite disfrutar la literatura está vinculada con las posibilidades de afinidad, semejanza o ideales de realización personales que encuentra cada uno en un texto. Ese no sentirse solo en el mundo y encontrar en otros, en las palabras de otros, las propias palabras, permite compartir sentimientos y sensaciones que no siempre encontramos en el mundo real y en el momento necesario. De este modo, la lectura va creando un espacio propio en el que es posible la simbolización de nuestros deseos, lo cual escucho más, en el sentido de trabajo psíquico, que lo que se pone en juego en los mecanismo de proyección o identificación, como tan bien ejemplifica Michele Petit, con los testimonios de su libro, cuando manifiesta que el lector descubre que es el libro que se sabe sobre él. Esta simbolización y este espacio propio permiten, a la vez, que cada lector construya su camino, su itinerario. Por eso la importancia de la búsqueda personal del libro, del autor, del tema. Nadie puede determinar exactamente cuál es el mejor libro para otro y, por ello, el rol del maestro o del bibliotecario, en cuanto a selector, también debería ser pensado como el de un facilitador que guía, pero que, primero, escucha al lector. Con este mismo enfoque intento hablar de libroterapia, como la ayuda de la lectura en la construcción de la identidad y no de biblioterapia, en el sentido de recetar determinados libros para determinados problemas. Creo sí, que escuchando los intereses de una persona encontraremos muchas posibles lecturas a sugerir para orientarla, pero el lector se forma tanto en la búsqueda de sus textos como en su lectura, y también en la decisión de leer o no, si no le gusta. Ayudar a cada lector a encontrar su propio libro; ése podría ser nuestro rol como promotores.
Fuente: Caron Bettina. Niños promotores de lectura: de la lectura placentera a la comprensión de textos, el vínculo entre el docente y la lectura, los adolescentes y la literatura, actividades para nivel inicial, educación básica y secundaria, Buenos Aires, Ediciones Novedades Educativas, 2005, p. 11-14. |