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Reflexiones para padres

El encanto de contar cuentos

Ya desde la remota prehistoria, el hombre practicó el arte de contar cuentos. No en vano hay pinturas rupestres que representan a un individuo central rodeado de otros en actitud de escuchar. Muy probablemente la figura del centro relata alguna anécdota y su comunicación es captada con interés.

En el devenir de la historia puede señalarse que Cleopatra, la reina egipcia, se distinguió no sólo por su poder y belleza, sino también por ser una excelente conversadora. Según dicen, su voz era tan agradable que tanto súbditos como enemigos no podían sustraerse al hechizo de las anécdotas e historias que relataba con gusto exquisito.

¿Y qué decir de Scheherezada? Mito o realidad, ha pasado a ser, sin duda la mejor contadora de cuentos. Tuvo gran poder de persuasión, dominio de la memoria y, sobre todo, una gran capacidad para despertar la curiosidad de quien la escuchara, por muy califa que fuera.

Pero hoy, ¿se habrá perdido el arte de contar cuentos? ¿Habrán podido la televisión, los juegos electrónicos y el cine arremeter y vencer el hermoso arte de contar historias?

En cierto modo, así es. Cada adulto, actualmente, corre de su casa al trabajo y de éste a su casa; posiblemente encienda el televisor, posiblemente practique la lectura, pero lo hará para sí. Lejos han quedado aquellas veladas en que el padre, la madre o el hermano mayor leían en voz alta para el resto de la familia, n poco antes de irse a la cama. Lejos también está la práctica de contar cuentos. Sin embargo, creo que todos tenemos la agradable manía de narradores, aún sin proponérnoslo.

La madre es la primera narradora. Desde el instante mismo en que el bebé nace, le canta nanas canciones de cuna:

Arrurrú niñito
cabeza de ayote
que si no te duermes
te come el coyote.

Cuando el bebé descubre sus manos y pies, y juega con ellos, le repite:

Tengo dos manitas muy bien lavaditas:
La derecha es ésta y la izquierda es ésta.

Más adelante el niño parece distinguir los dedos. Entonces, la madre, tocándole cada uno de ellos, le recitará:

Este perdió las llaves,
Este las encontró,
Este abrió el armario,
Este sacó el huevito
Y el pícaro gordo se lo comió.

Así el pequeño va escuchando una cota narración que, a medida que vaya creciendo, se hará más compleja. De dos a cuatro años, es recomendable contar cuentos en los que haya personajes que el niño conozca. Un papá, un abuelo, un hermano; un gato, un perro, un loro, un pajarito, una hormiga. Surgen los cuentos-repeticiones:

Pisi-pisigaña, jugando la caraña.
¿Con qué mano se juega?
Con la mano del rey.
¿Qué si hizo el rey?
Se fue a traer agua.
¿Qué se hizo el agua?
Se la tomaron las gallinas.
¿Qué se hicieron las gallinas?
Se fueron a poner un huevo.
¿Qué se hizo el huevo?
Se lo comió el Padre.
¿Qué se hizo el Padre?
Se fue a dar misa.
¿Qué se hizo la misa?
Se hizo ceniza.
¿Qué se hizo la ceniza?
Se fu a la puerta de San Miguel.
¿Qué se hizo San Miguel?
Se fue a tomar sopitas de miel.

Estos sencillos cuentos van acompañados por gestos, ademanes actitudes corporales que son parte del mismo relato. El niño recuerda los movimientos propios de cada frase o palabra y participa activamente de la narración.

A medida que el pequeño adquiere destrezas y conoce más el mundo que lo rodea, exigirá nuevos cuentos. Los de hadas, gnomos, genios y dragones no deben desestimarse, por mucho que se haya criticado lo fantástico de esos personajes y su influencia en la personalidad infantil. Una calabaza que se convierte en carroza, unas botas de siete leguas o un genio que sale de una botella, ni riñen en lo absoluto con el imaginativo mundo del niño que ve un barco en s almohada o un tren en el tubo dentífrico. Una imaginación bien alimentada –sanamente alimentada- es la mejor colaboración de la inteligencia.

Vendrán luego las leyendas autóctonas o de otras latitudes, los cuentos poéticos, los de aventuras, los de amor. El niño siempre se interesará si la exposición, la voz, el timbre y la intención son los adecuados.

Fuente: Andricaín Sergio, Marín de Sásá Flora, Rodríguez Antonio Orlando, Puertas a la lectura, Bogotá, Cooperativa Editorial Magisterio, 1995, p. 21-24

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