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Marina Colasanti
Marina nació el 26 de septiembre de 1937 en Asmara (Etiopía), durante la ocupación de Italia en ese país. Hija de padres italianos, su familia se radicó en Brasil cuando ella solo tenía 11 años y actualmente vive en Río de Janeiro con su esposo y sus dos hijas.
En 1952 ingresó en la Escuela Nacional de Bellas Artes, especializándose en grabado en metal. Posteriormente se desempeñó como periodista, editora e ilustradora y poco a poco se fue dedicando a la literatura.
Su primera publicación, Eu sozinha, fue conocida en 1968. Actualmente cuenta con 41 obras en distintos géneros, desde poesía hasta cuentos, crónica y novela, tanto para niños y jóvenes como para adultos. En su siguiente etapa escribió para los niños obras como Una idea toda azul, En el laberinto del viento, Ana Z., ¿dónde vas? y Entre la espada y la rosa.
Su trabajo literario la ha hecho merecedora de muchos premios y distinciones. Ganó con su relato La muerte del Rey el premio latinoamericano de cuentos para niños convocado por la UNICEF y FUNCEC, en 1994. También ganó en 1996, con el libro de cuentos Lejos como mi querer, el premio de literatura infantil y juvenil Norma-Fundalectura y el premio Jabuti, otorgado por la Cámara Brasileña del Libro, que ha ganado en tres ocasiones, una de ellas por Ruta de colisión.
Marina se describe como una persona que ama perdidamente su trabajo y que” ve libros y más libros por escribir”, en resumen una mujer enamorada del arte.
Se debe destacar en el estilo de Colasanti su capacidad de penetrar en la sicología de los personajes de forma magistral, en donde se desempeña como ella misma lo dice como una “descifradora de almas”.
Uno de sus mejores cuentos es el de La tejedora, en donde con su lenguaje poético, da muestra de su gran imaginación y capacidad de narrar historias.
Se despertaba cuando todavía estaba oscuro, como si pudiera oír al sol llegando por detrás de los márgenes de la noche. Luego, se sentaba al telar.
Comenzaba el día con una hebra clara. Era un trazo delicado del color de la luz que iba pasando entre los hilos extendidos, mientras afuera la claridad de la mañana dibujaba el horizonte.
Después, lanas más vivaces, lanas calientes iban tejiendo hora tras hora un largo tapiz que no acababa nunca.
Si el sol era demasiado fuerte y los pétalos se desvanecían en el jardín, la joven mujer ponía en la lanzadera gruesos hilos grisáceos del algodón más peludo. De la penumbra que traían las nubes, elegía rápidamente un hilo de plata que bordaba sobre el tejido con gruesos puntos. Entonces, la lluvia suave llegaba hasta la ventana a saludarla. |