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Contar cuentos
Hay quienes dicen que no les gusta leer relatos, pero nunca me he encontrado con alguien a quien no le guste escucharlos.
Las bromas, las anécdotas personales, los chismes (la historia de nuestra vida que nos contamos unos a otros todos los días), todos ellos son relatos sobre personas que cuentan lo que hicieron, cómo lo hicieron y por qué. Esta tradición oral se remonta, nos dicen los antropólogos, a las primeras reuniones de seres humanos. Y de ellas han surgido todas las formas de la literatura: poesía, prosa, drama; así como la historia y la biografía, la religión y la filosofía: todas las formas en que usamos imaginativamente el lenguaje para hablarnos unos a otros de la vida del hombre y tratar de darle un sentido.
Esto es una verdad de la historia de la raza humana también de cada individuo. En este sentido, cada uno de nosotros vive la historia de la humanidad en la historia de su propia vida.
Todos nos iniciamos en la literatura impresa a través de relatos que nos leen en voz alta. Antes de que pudiéramos hablar, ya nos contaban historias en forma de juegos. Las llamamos rimas infantiles: Este niño lindo se quiere dormir y el pícaro sueño no quiere venir…, Este dedito compró un huevito, este dedito lo cocinó…; los cuentos infantiles, como : Había una vez…, Hace mucho, mucho tiempo…; …y vivieron felices para siempre.
Palabras simples acomodadas siguiendo distintos modelos narrativos; sonidos que nos preparan para lo que más tarde veremos impreso. Esto nos familiariza con la música del lenguaje. Nos da imágenes para perfink. Ellas almacenan en nuestra mente una gabinete tlleno de lanos que nos ayudan a reconocer la arquitectura de la narrativa y a construir historias propias.
Una vez que somos capaces de hablar, las historias que nos cuentan responden nuestras preguntas sobre quiénes somos, de dónde venimos y por qué estamos aquí. Escuchamos historias sobre nuestra famita, sobre nuestra comunidad y sobre el mundo; y a través de ellas nos ubicamos en el tiempo y en el espacio y lentamente construimos identidades que llamamos por nuestro nombre.
Si queda alguna duda, basta practicar un juego muy simple con un conocido, alguien a quien no conozcamos muy bien: preguntémonos el uno al otro: “¿quién eres?” y hagamos más pregunta a medida que vamos contestando, particularmente la pregunta: “¿cómo lo sabes?” Tal vez quedaremos sorprendidos por lo difícil que es explicar quiénes somos sin contar una serie de anécdotas, fragmentos de historias, y por la frecuencia con la que contestamos –cuando nos preguntan: “¿cómo lo sabes? –que alguien nos lo djo –padres o abuelos, amigos o vecinos-. De hecho, si jugamos el tiempo suficiente, empezaremos a preguntarnos si no somos, sobre todo, las historias que contamos sobre nosotros mismos. ¡Si cambiamos las historias, cambiamos lo que somos!
Nuestro gusto por leer literatura está profundamente enraizado en esta experiencia con la narrativa oral, en qué tanto la necesitamos y cómo entendimos sus formas y sus medios. Las rimas y los cuentos infantiles, los relatos tradicionales y los cuentos de hadas, incluidas las fábulas, los mitos y las leyendas, y las bromas y fantasías que los niños se transmiten unos a otros. Todo esto ayuda a formarnos como lectores.
Como he dicho, no solo los niños pequeños disfrutan escuchando historias; también los niños más grandes y los adultos. Piense en esa popular forma de entretenimiento: las novelas. ¿Qué son sino una forma televisada de chisme ficticio? Piense en cómo, cuando visitamos a nuestros amigos, les gusta mostrarnos dónde viven y nos cuentan historias sobre su edificio y su calle, con aquel campo y ese río, esta persona y aquella familia. Piense en cómo, con frecuencia, nos explicamos nuestra vida cotidiana usando el lenguaje de los cuentos populares: Cenicienta, La liebre y la tortuga, La Bella y la bestia o La gallina de los huevos de oro. Piense en cómo los personajes ficticios habitan nuestro mundo como si fueran tan reales como nosotros: Robin Hood, Santa Claus, Cenicienta, Blanca Nieves. Piense por qué persistimos contra toda evidencia, en considerar a los cerdos como glotones, a los zorros como astutos, a los osos como amigos cariñosos y a los borregos como estúpidos. Y por qué con tanta frecuencia las personas que dejaron de leer ficción cuando eran adolescentes, la retoman cuando se vuelven padres y, casi por instinto, comienzan a contarles a sus niños cuentos y rimas tradicionales.
Contar cuentos es indispensable para que las personas se conviertan en lectores, no importa cuál sea su edad. De hecho, la evidencia sugiere que los adolescentes a quienes no les gusta leer necesitan escuchar las viejas historias tanto como un aprendiz de lector de cinco o seis años, casi como una forma de ponerse al día antes de ir más lejos como lector. Es más, necesitan contar sus propias historias: las historias de su vida y las que han inventado, pues así recuperan lo que han olvidado o adquieren algo que nunca se les ofreció: un sentimiento hacia el relato que todos necesitamos para ser lectores autónomos que saben cómo jugar el rol de lector para darle sentido a la literatura.
Fuente:
Chambers Aidan, El ambiente de la lectura, Fondo de Cultura Económica, 2007, p. 65-68 |