CLAUDIO MONTEVERDI

 

CAPÍTULO XIV

Los niños fueron al día siguiente al salón de música. Se sentaron en silencio a escuchar el coro cantando madrigales muy bellos del propio Monteverdi, a cinco y siete voces. Algunos eran acompañados por conjunto de instrumentos: clabicénvalo, instrumento parecido al virginal de María, pero más grande, violas y laud.

Monteverdi exigía que cantaran muy afinado e interrumpía muchas veces para que repitieran los pasajes difíciles.

En un momento de descanso los niños se acercaron a Monteverdi, quien los saludó cariñosamente.

— Y tú... ¿sabes cantar, linda? —le preguntó a Pilli agarrándole la puntita de la nariz en señal de afecto.

— Sí señor —le contestó Pilli.

— Vamos a ver cómo cantas — el maestro se sentó frente al clavicémbalo y le dijo:
— Repite esta melodía.

Y tocó unas notas en el instrumento. Pilli las repitió en la afinación exacta y con un hermoso "timbre" de voz. Monteverdi quedó admirado y le dijo:

- ¡Canta tú sola!

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Pilli comenzó a entonar una hermosa y larga melodía, igual como las cantaba en la tierra de los dioses. Le hizo señas a Xochi de que cantara también. Xochi hizo un "contracanto" a la melodía de Pilli, de una manera tan bella, que todos los cantantes y músicos se fueron acercando rodeándolos para admirar la hermosura de su voz.

Monteverdi estaba emocionadísimo.

— ¡No sé que decir! — Comentó cuando Xochi y Pilli terminaron.

— Nunca había oído a niños cantar así. ¡El duque debe oírlos! Se me ocurre prepararle una sorpresa para el viernes. Ensayaremos algo con los niños.

Se dirigió a los integrantes del coro y de la orquesta y les pidió que se retiraran y volvieran a las tres de la tarde para ensayar el "Orfeo".

— iPero es un secreto que el duque no debe saber! — le dijo a los músicos.

Estos se retiraron en silencio, todavía impresionados por lo que acababan de escuchar. Xochi y Pilli cantaron varias melodías que fascinaron a Monteverdi.

— Quisiéramos cantar algo suyo, maestro — le pidieron.

— ¿Saben leer música? — les preguntó.

— Sí señor; en Inglaterra hemos aprendido.

Henry, que estaba escuchando, estaba aterrado. No podía ser posible que con tan pocas clases que habían tenido de lectura musical ya supieran leer las notas.

Sin embargo Xochi y Pilli tomaron en sus manos las partituras de Monteverdi y cantaron perfectamente, leyendo a primera vista, sin ningún error.

La emoción del maestro era muy grande. Por primera vez escuchaba su música cantada como él la había oído en su imaginación al componerla.

Incluyó en el programa seis canciones de los niños. Henry y María estaban orgullosos de ver el éxito de sus amiguitos y Akbal iba entendiendo más la gran diferencia entre los humanos y los dioses.

La noche del viernes en la sala de los espejos estaban reunidos los invitados en espera del concierto. A la entrada del duque, todos se pusieron de pie en señal de respeto. La familia Milton ocupaba los asientos a la derecha de Vincenzo Gonzaga, por ser los invitados de honor. Allí estaban también, Xochi, Pilli y Akbal.

Fue una hermosa velada. El coro cantó los madrigales de Monteverdi y después, salió una preciosa niña de dieciseis años llamada Caterina Martinela de Roma, quien, con voz angelical, entonó algunas canzonetas especialmente compuestas para ella.

Esta niña vivía en el palacio ducal desde la edad de doce años y Monteverdi había sido su maestro. Su actuación mereció los más calurosos aplausos de los invitados.

El pobre Xochi ya no podía soportar la calentura de su nariz. Era la más grande emoción sentida en la tierra de los humanos. Miraba a Pilli, pero ella no veía nada. Tenía los ojos nublados por las lágrimas de la emoción.

Finalmente les llegó el turno a los niños y Monteverdi los llamó al escenario. El duque se desconcertó un poco, pero el propio maestro explicó a los concurrentes que Xochi y Pilli cantarían a dos voces.

Los niños cantaron tan bello, que el propio duque se levantó de su asiento, los alzó y besó en las mejillas. Los aplausos fueron tan prolongados, que el propio Monteverdi tuvo que pedir que se calmaran.

El duque los felicitó y comenzó a forjar en su mente la idea de educarlos en el palacio ducal. Esos niños eran un tesoro y no podía desperdiciarlos.

Los días siguientes, asistieron los niños a clase de música con Monteverdi, a cacerías de liebre con el duque y a clases de pintura con Pablo Rubens. A veces iban a verlo trabajar mientras pintaba al duque o a otras personas de la corte.

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Llevaban quince días en Mantua cuando Akbal comenzó a preparar un viaje a Venecia, ciudad muy importante, situada junto al mar.

— Quiero llevarlos a Venecia para que conozcan un instrumento muy bello que hay en la iglesia de San Marcos; se trata del "Organo".

— ¿El órgano? ¿y eso qué es?. . . — preguntó interesada Pilli.

— Es un instrumento completísimo; suena como una orquesta. Puede imitar los sonidos de la flauta, los violines, las trompetas y de otros instrumentos conocidos.

Xochi y Pilli escuchaban con mucha atención.

— Increíble! — dijeron. —¡Debe ser bellísimo!

— Es tan grande que no se puede llevar de un lugar a otro. Está en la iglesia para   acompañar los coros. Pero a veces toca solo.  Es un instrumento de teclado y de viento.

— ¡No me lo imagino!— comentó admirada Pilli.

— Ya lo verás y creo que podremos tocarlo. El maestro de Capilla de San Marcos es muy amigo del duque Vincenzo.

Akbal les contó a los niños historias interesantes sobre Venecia:

Era una ciudad sin calles para los coches, toda construida sobre el agua. Las personas iban y venían en pequeñas embarcaciones a través de los canales.

— Venecia es de las ciudades más importantes del mundo. Allí viven artistas de todas partes. El palacio ducal es muy bello y está decorado con cuadros de los más famosos pintores.

Una noche, faltando pocos días para el viaje a Venecia, estaban Akbal, Xochi y Pilli conversando en uno de los parques del palacio, disfrutando de una hermosa luna y de las estrellas que la rodeaban.

— La noche en nuestra tierra es siempre tan clara como esta noche de luna
— comentó Xochi. — Las estrellas se ven más cerca y siempre hay una luz azulosa.

— ¡Qué hermoso debe ser! — dijo con nostalgia Akbal. — Quisiera ir algún día a la tierra de los dioses, "mi tierra".

— Debemos esperar un poco más. Nosotros tendríamos que llevarte y todavía no es el momento. Tienes que acostumbrarte a la idea porque. . . es un lugar muy distinto a éste — le explicó Xochi.

— ¡Se me ocurre una idea! — dijo Akbal.

— Podríamos viajar juntos por un tiempo.

— Pero tendrás que pedir permiso al duque.

— Creo que no habrá problema. El es una persona que sólo quiere mi bien. Algunas veces hemos hablado de que sería conveniente que yo viajara solo. El quería enviarme a España y Portugal y no creo que le disguste la idea de que los acompañe en su viaje. Mañana mismo le hablaré.

— Bueno, trata de obtener su permiso. A nosotros nos encantará viajar contigo. ¿Verdad Pilli?

—Sí, nos divertiremos mucho viajando los tres.

Xochi siguió hablando sobre la tierra de los dioses.

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— ¡Los dioses somos felices! Cuando nosotros vinimos a la tierra de los humanos no conocíamos la tristeza, ni el hambre, ni el cansancio. Decidimos venir y ya sabíamos de todas las cosas extrañas que pasan aquí, por ejemplo, las guerras, o la maldad de algunos hombres. Nuestro padre nos lo había advertido y con todo, quisimos venir a vivir por algún tiempo entre los humanos para conocer sus costumbres y sobre todo, su música.

— No te imaginas, Akbal, lo que ha adelantado la música desde que llegamos por primera vez a Grecia — comentó Pilli.

— En esta época es bellísima.

— También hemos conocido mucha gente, el peor de ellos, el astrólogo Abelardo, que nos quería tener prisioneros y tal vez matarnos, pero nos le escapamos.

— También — dijo a su vez Pilli, —hemos conocido personas amorosas y muy
buenas, como Conchita.

— ¿Cómo se les ocurre que podría ir yo a la tierra de los dioses?

— Primero tendríamos que consultarlo con nuestro padre, pero creo que debemos esperar un poco — dijo Xochi.

— La impaciencia no es cualidad de los dioses — dijo Pilli, repitiendo lo mismo que alguna vez dijera Cornelio.

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